Rostyslav Averchuk
Goráivka (Ucrania), 1 nov (EFE).- La búsqueda de tranquilidad y recuperación en la naturaleza por parte de miles de residentes de ciudades duramente bombardeadas está impulsando el turismo interno e insuflando nueva vida a pueblos y pequeñas localidades en las zonas más seguras de Ucrania.
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"La petición principal de mis huéspedes en estos últimos meses ha sido el silencio absoluto", explica a EFE Serguí Tolstijin, propietario de una casa de huéspedes en el pueblo de Goráivka, en el suroeste de Ucrania.
Tolstijin, él mismo un ávido viajero, lleva años renovando antiguas casas locales construidas con arcilla y piedra en este pueblo cercano al cañón del río Dniéster, cuyas orillas el otoño ha pintado de una gran variedad de colores.
Este lugar, situado a unos 50 kilómetros de la ciudad más cercana y junto a la pintoresca bahía de Bakota, ya atraía a visitantes en los años anteriores. La intensificación de los ataques aéreos rusos contra las ciudades ucranianas ha hecho que esta tendencia sea aún más evidente.
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"La gente viene aquí desde Kiev, Odesa y otros lugares porque está muy cansada de las constantes explosiones. Algunos ya no pueden soportar el estrés acumulado", explica Tolstijin.
Estos visitantes no buscan atracciones turísticas clásicas ni intentan incluir tantas actividades como sea posible en sus viajes. "Todo lo que necesitan es un pequeño pueblo o una aldea. No necesitan entretenimiento, solo dormir bien o dar un paseo tranquilo", añade.
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Los datos oficiales confirman este crecimiento. Las pernoctaciones aumentaron un 12,7 % en el primer semestre de 2026 en comparación con el mismo periodo del año anterior, según la Agencia Estatal de Desarrollo Turístico de Ucrania, incluso a pesar de que los desplazamientos internos son complicados por los ataques rusos a las vías férreas.
"Viajamos para ser capaces de vivir y seguir adelante. De lo contrario, hace tiempo que nos habríamos vuelto locos", dice a EFE Tetiana Barabanova, de 40 años, una de las recientes huéspedes de Tolstijin.
Barabanova, residente en Kiev y aficionada al ciclismo de montaña, siempre ha viajado para escapar del ruido de la capital. La situación no ha hecho más que empeorar a medida que Rusia ha intensificado los ataques diarios con misiles y drones contra la ciudad.
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Muchos ucranianos, según explica, sienten que no tienen derecho a disfrutar de momentos agradables en medio de tanto sufrimiento, con gente muriendo tanto en el frente como lejos de él a causa de los ataques rusos. Su marido fue reclutado recientemente por el ejército, lo que ha intensificado el estrés diario de Barabanova, que padece depresión y ansiedad.
Para mantener la cordura, este año ha pasado períodos más largos en pueblos, tanto cerca de Kiev, donde aún se oyen los drones, como en el oeste, que sigue siendo relativamente más tranquilo a pesar de la creciente frecuencia de los ataques. Allí camina o pedalea durante horas, sola o con otros viajeros, disfrutando del silencio y los paisajes.
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"Es esta energía de la naturaleza, la inmensidad del espacio, lo que me ayuda a darme cuenta de que sigo teniendo una vida, de que hay algo más allá de la guerra", afirma.
El auge del turismo interno también viene impulsado por limitaciones prácticas: la aviación ucraniana lleva más de cuatro años y medio sin volar, mientras que cruzar la frontera implica viajes largos e impredecibles o está restringido debido a la ley marcial.
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Las regiones occidentales, más seguras, siguen siendo los destinos más populares y las redes sociales están repletas de coloridas imágenes otoñales, sobre todo de los Cárpatos.
No obstante, la necesidad de tranquilidad hace que incluso los lugares con pocas atracciones tradicionales se estén beneficiando, según Tolstijin. La ausencia de turismo de masas se convierte en sí misma en una ventaja para los ucranianos que buscan recuperarse tras meses de ataques diarios en sus ciudades.
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En Goráivka, los anfitriones también acogen habitualmente a veteranos de guerra que practican senderismo, nadan o se dedican al arte, y cuyas pinturas adornan las paredes de casas antiguas.
"En su momento temí que nuestro pueblo, relativamente aislado, acabara por desaparecer", afirma Svitlana Arseniuk, una tendera cuyo yerno sirve en el ejército.
"Es triste que haya sido la guerra lo que haya ayudado a muchos a descubrir este lugar. Pero espero que algún día toda esta pesadilla termine y que aún más gente venga aquí a admirar su belleza", añade. EFE
(foto)(vídeo)
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