Cómo recuperó una cineasta de Kenia su voz tras la mutilación genital femenina

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Lucía Blanco Gracia

Nairobi, 6 feb (EFE).- "Parecen pétalos, como una rosa", dice la cineasta Beryl Magoko en una escena de su documental, mientras observa la vulva de una amiga que, a diferencia de ella, no sufrió mutilación genital femenina (MGF), una práctica a la que han sido sometidas más de 230 millones de niñas y mujeres en todo el mundo, según la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Magoko nació en un pueblo del condado de Nyanza, en el oeste de Kenia, y a la edad de diez años, sin decírselo a su madre y empujada por "la presión social" constante, se escapó para "ser cortada".

Pero, ese día, supo que "ninguna mujer debería atravesar esto" y nació en ella el deseo de contar su historia, asegura en una entrevista con EFE este 6 de febrero, Día Internacional de Tolerancia Cero con la Mutilación Genital Femenina.

La cineasta, de 41 años, logró cumplir esa promesa con dos documentales: "The Cut" (2017, "El corte") e "In Search..." (2018, "En búsqueda..."), en los que recoge las voces de su comunidad para explicar el impacto de esta práctica y también relata su propio proceso para someterse a cirugía de reconstrucción del clítoris.

Un grupo de mujeres sacude maracas mientras se mueve al ritmo de la música y suelta gritos de alegría alrededor de decenas de niñas, envueltas en coloridos kitenges (pareos de tela africana), pero con mirada taciturna.

En medio de la celebración, la cámara capta un hilo de sangre que resbala por la pierna de una de las jóvenes, mientras otra se desmaya y los adultos la animan a mascar unas hierbas que deben anestesiarla.

"No creo que haya ninguna palabra para describir ese dolor", recuerda Magoko.

Veinte años después de pasar ella misma por la MGF, considerada un "rito de paso a la edad adulta", la cineasta decidió regresar a su comunidad para documentar las consecuencias de esta práctica y las creencias que la sostienen.

Algunas de estas "historias de terror" aseguran que la ablación evita la prostitución o que una mujer que no ha sido mutilada no conseguirá hacer crecer las verduras de su huerto, explica.

Hemorragias, infecciones, problemas urinarios y vaginales, dolor durante las relaciones sexuales, exceso de tejido cicatrizal, fístulas, complicaciones en el parto, problemas psicológicos y también la muerte son algunos de los efectos que puede tener la MGF.

"No sabes qué te van a hacer porque nadie te dice lo que te van a cortar. A muchas chicas no les dicen realmente nada, vas allí como un cerdo que llevan a un matadero", describe.

Esta práctica se realiza en una treintena de países de África, Oriente medio y Asia, si bien el continente africano concentra la mayoría de las víctimas, unas 144 millones (un 63 %).

Unos cuatro millones de mujeres y niñas están en riesgo cada año de sufrirla, también en países de residencia de comunidades migrantes, por lo que Magoko defiende que se trata de un "problema global".

Después de recoger los testimonios de su comunidad -el pueblo kuria- en su primera película, la cineasta decidió abordar su propia historia y ponerse ante la cámara en su segundo documental.

"¿Sentiré las sensaciones normales, como la gente normal?", pregunta con voz tímida Magoko en la que fue su primera visita con un doctor en Alemania -donde reside actualmente- tras descubrir que existe una operación para reconstruir el clítoris.

Esta pionera cirugía, sobre la que todavía existe una investigación limitada, permite a algunas supervivientes desplazar hasta la superficie la parte del clítoris que no fue mutilada y así devolver a las mujeres la sensibilidad de este órgano, además de aliviar el dolor que muchas arrastran hasta la edad adulta.

"La cultura -señala- me quitó lo que me pertenecía por naturaleza, pero lo recuperé. Y no me refiero necesariamente al clítoris. Intentaron silenciarme, pero, a través de esta película, recuperé mi voz y eso es lo más importante, porque la cirugía mejora las cosas, pero no hace que el trauma se vaya".

A pesar de noticias descorazonadoras, como la petición que evalúa actualmente la Corte Suprema de Gambia para legalizar de nuevo la MGF en el país, Magoko se muestra dispuesta a seguir "distribuyendo información para crear conciencia".

Y el cambio parece florecer poco a poco.

La última vez que visitó su pueblo, preguntó tanto a su abuela como a su madre si, a día de hoy, participarían en una ceremonia de ablación. "Me dijeron que no, que huirían y que lucharían 'hasta su último aliento'" contra la práctica, concluye, sonriendo. EFE

(foto) (vídeo)