
Esmirna (Turquía), 1 sep (EFE).- Resucitar la milenaria cultura del vino de Anatolia, mermada por la marcha de la población cristiana desde el fin del Imperio otomano hace un siglo, es un reto que afrontan varios viticultores de Turquía, decididos a crear marcas de calidad con cepas autóctonas.
La zona de Urla y Çesme, al oeste de Esmirna, en la costa del Egeo, es ideal para los viñedos, explica Can Ortabas, fundador de la bodega Urla Sarapçilik y decano entre quienes se proponen dar nueva vida al vino en Turquía.
"Son suelos pobres, arcillosos y calizos, hay brisas marinas y fuertes diferencias de temperatura. Plantamos varias variedades locales, endémicas, además de internacionales como Cabernet-Sauvignon o Shiraz" explica Ortabas a EFE.
Con 4 millones de toneladas al año, Turquía es el 7º productor de uvas del mundo, pero produce apenas 70 millones de litros de vino anuales, la décima parte que Portugal.
Esto no siempre fue así. "Hace cien años, sólo la península de Çesme (de unos 2.500 kilómetros cuadrados), producía 72 millones de litros anuales", recuerda Ortabas.
¿Qué pasó? Al caer el Imperio otomano en 1923, los Gobiernos de Turquía y Grecia organizaron un intercambio forzoso de población por el que los griegos de Anatolia tuvieron que emigrar a Grecia y gran parte de los musulmanes de Grecia y Balcanes, a Turquía.
"Los que se fueron en este intercambio eran en parte viticultores; los que vinieron no lo eran. Así hubo un paréntesis en la producción de vino. En los últimos 20-25 años intentamos cerrar este paréntesis", concuerda Alihan Haydaroglu, dueño de la bodega Statera, también cerca de Urla.
También Ortabas define el siglo XX como "unos 100 años oscuros para el vino de Anatolia".
"En el Imperio otomano, el vino lo producían sobre todo los cristianos; tras el éxodo griego se perdieron viñedos, bodegas, conocimientos. Hemos tenido que empezar un poco de cero" asegura.
Desde los inicios de la República en 1923 hay varias grandes bodegas para el mercado nacional, pero incluso en el segmento mediano, con precios de 10 euros por botella, la calidad de los caldos está por debajo de un vino español cotidiano.
El alto coste, debido también a unos impuestos del 45 %, que el Gobierno islamista ha ido aumentando progresivamente desde hace años, pone el vino fuera del alcance de gran parte de la población turca y esto no ayuda a desarrollar una cultura popular de vino.
Con todo, Ortabas ve cambios: "Antes, incluso en un buen restaurante, el maitre solo te preguntaba si querías tinto o blanco; ahora hay sumilleres, se habla de variedades, añadas..."
Las cepas internacionales se dan bien en Urla, pero Ortabas ha recuperado también dos variedades históricas, una tinta y otra blanca, cuyas raíces aún se encuentran en la tierra tras un siglo de abandono.
Varios viticultores de la zona han tomado ejemplo y ahora "buscan y recuperan viñas locales que se hayan perdido; hacen una selección de clones, con pruebas de ADN, y fabrican vinos con ellos", corrobora Haydaroglu.
Los caldos producidos con cepas locales son algo más ásperos que los internacionales, revela una jornada de catas en las bodegas de Ortabas y de Haydaroglu, a la que EFE fue invitado por el Ministerio de Cultura y Turismo turco.
Turquía promociona así una "Ruta del Vino", participada por diez bodegas de la zona, que constituye hoy un importante imán turístico.
Aunque el partido islamista AKP, que gobierna Turquía desde 2002, "no ve el alcohol con especial simpatía", en palabras de Ortabas, el Ministerio apoya sus iniciativas para promocionar un "turismo del vino".
"Recibimos unos 120.000 visitantes al año; somos una de las bodegas más visitadas de Europa. El 30 % son extranjeros, pero el 70 % son turcos", subraya Ortabas.
Con la publicidad y la venta de bebidas alcohólicas por internet prohibidas, la comercialización tiene trabas, admite, "pero eso también pasa en países no musulmanes".
A él le gustaría diferenciar legalmente el vino de otras bebidas alcohólicas: "El vino es el único amigo de la gastronomía y es parte de una tradición milenaria".
Ortabas asegura que empezó a plantar viñas en 2000 "tras hallar en la tierra una vasija griega de 3.500 años de antigüedad, que aún olía a vino".
"Lo llevamos en la sangre", concluye el viticultor.
Ilya U. Topper
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