
Londres, 29 oct (EFE).- Daniel Levy, el dueño del Tottenham Hotspur, se adelantó a todo el mundo en Inglaterra al anticipar el éxito de la NFL en Europa y firmar un contrato de diez años para hospedar los partidos europeos en su estadio y evitar que el enorme beneficio económico de estos se dividiera entre otros campos de Londres.
La jugada fue maestra para Levy y para los 'Spurs', que cobran un fijo por ceder el estadio cada año y se aseguran recibir los ingresos íntegros de lo que se consumiese dentro del estadio. Es decir, que todo lo que las más de 120.000 personas que pasan por el Tottenham Hotspur Stadium durante los dos partidos anuales comprasen, iría a parar a las arcas de Levy y su equipo.
Por ello el club de Londres hace hincapié en promocionar la NFL cuando este deporte sale de Estados Unidos rumbo a Reino Unido. Transforma su tienda, cambia la temática e impulsa la NFL. En lugar de encontrar camisetas de Harry Kane y Heung-min Son en cada rincón, las bufandas, cascos, balones de fútbol americano y los nombres de Kyle Pitts, de los Atlanta Falcons, y de Zach Wilson, de los New York Jets, son más habituales.
Se estima que en torno a un 90 % de la tienda pasa a estar dedicada a la NFL y el otro 10 % al Tottenham en los días que hay partido de fútbol americano en Londres.
A esto hay que sumar los patrocinios que han aupado al Tottenham por encima de otros equipos de Inglaterra y que tienen su eco en Estados Unidos, donde los 'Spurs, por cierto, ya ganaron la International Cup en 2018. Su estadio es el único en Inglaterra que aparece en el videojuego 'Madden 22' y hace apenas dos semanas, como preparación para los partidos londinenses, se añadieron dos equipaciones del Tottenham.
Esto permite al Tottenham difundir su marca en el país americano a unos niveles que otros clubes no pueden o no vieron viable en su día. En lo más puramente económico, la NFL permite a los 'Spurs' monetizar los encuentros de una forma que es impensable e imposible en la Premier League.
La normativa 'anti hooligans' de la competición inglesa impide que las bebidas alcohólicas sean consumidas durante un partido de fútbol, pero no en uno de la NFL, así como en otros deportes del Reino Unido, donde son habituales los sonidos de botellas descorchadas entre los puntos de Wimbledon, por ejemplo.
Mientras que en la Premier solo se puede beber en el descanso, y únicamente fuera de las gradas, en la NFL no es así y los ingresos por venta de cervezas y de comida, cuyo valor durante un partido de la NFL puede superar el millón de libras, se lo lleva enteramente el club.
No es de extrañar, por lo tanto, que cuando Levy vio el potencial de este deporte se lanzó a por ello. Y eso que firmó el acuerdo con la NFL en 2017, diez años después del primer partido en Londres en 2007. Desde aquello se han jugado 30 en la capital inglesa.
Pero Levy contaba con una piedra angular con la que hacerse fuerte, un nuevo estadio que ofrecía mecanismos y herramientas que ni siquiera Wembley, el campo que más partidos de la NFL ha visto en Londres, tiene.
Ya desde su construcción se interpretó que no estaría dedicado solo al fútbol, sino también al mundo del entretenimiento, con conciertos, veladas de boxeo, como el reciente combate entre Anthony Joshua y Oleksandr Usyk y, sobre todo, NFL.
En Wembley, el césped que se usaba para el fútbol americano y para el fútbol era el mismo, dejando lamentables escenas como un encuentro en 2018 entre Manchester City y Tottenham con el campo completamente arrasado y con las líneas de la NFL aún visibles. Esto se tuvo en cuenta en el nuevo Tottenham Hotspur Stadium, por lo que se implantó un mecanismo capaz de intercambiar el césped natural con el que se juega al fútbol por uno de césped artificial.
El artificial espera a 1,6 metros debajo del natural, que se divide en tres partes y se guarda, gracias al trabajo de 204 motores eléctricos, debajo de la tribuna sur. Esto solo tarda 25 minutos, dejando el campo listo para que comience el partido y sin dañar el césped natural.
La implicación del Tottenham no termina aquí, sino que también llegó a un acuerdo con la NFL para establecer una academia de fútbol americano en el norte de Londres, dirigida a chicos de entre 16 y 18 años que quieran combinar la educación con un programa de entrenamiento intenso con entrenadores profesionales.
En total, se estima que el impacto económico de la NFL en Londres supera los 300 millones de libras (334 millones de euros) y por eso no extraña que otras ciudades, sobre todo alemanas y francesas, ya hayan hincado su mirada en este deporte. Con la ambición de hospedar hasta cuatro partidos al año fuera de las fronteras de Estados Unidos, comienza la carrera por ver quién atrapa a la gallina de los huevos de oro de la NFL, esa que Daniel Levy avistó hace ahora cuatro años.
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