
Barcelona, 13 mar (EFE).- Un bebé gigante dormido abraza a unos diminutos padres como si fueran un peluche en la portada de "Los pequeños", el nuevo libro de Marion Fayolle, donde esta francesa, dibujante de poéticas metáforas, se interroga sobre la metamorfosis que supone la maternidad, tras convertirse ella misma en madre primeriza.
"Los pequeños" (Nórdica) es un libro mudo, sin texto, aunque las palabras resultarían redundantes en esta obra de alta carga de simbolismo visual, que obliga a detenerse en cada ilustración, en cada una de las interpretaciones con las que Fayolle (Ardèche, 1988) traslada al papel el torbellino sensorial provocado por el nacimiento de su hijo, en febrero de 2018.
Abandonar el estatus biológico único de ser hija, para convertirse a su vez en madre, trastoca la vida, reconoce a Efe la autora, habituada a introducir en sus libros experiencias propias, aunque con el objetivo, siempre, de ir más allá del testimonio personal, como ya hizo en "La ternura de las piedras", el libro que dedicó a la muerte de su padre por un cáncer.
"La maternidad viene forzosamente acompañada de una gran metamorfosis. Es difícil expresar con palabras en qué ha cambiado mi vida, pero sí sé que sentí la necesidad de dibujar para conseguir abordar mi nuevo papel desde una cierta distancia, interrogarme al respecto y cuestionar mis sentimientos y emociones", revela.
Por ejemplo, la sorpresa del esfuerzo que le supuso despegarse del bebé, tras dos años de darle el pecho, para retomar sus viajes por razones laborales, o el vacío que puede provocar el parto y que Fayolle dibuja como una mujer con un gran agujero en su abdomen.
¿Se sintió ella así? Contesta: "durante varios meses sentí el bebé en mi interior, notaba cómo se movía, percibía cuando tenía hipo. El parto es un momento inolvidable, pero hay que aprender a tener el vientre vacío otra vez. No lo viví como un sufrimiento, sino como algo asombroso. Luego los pechos se llenan y se vacían, es decir, también ahí surge una cuestión de lleno y de vacío, de fusión y de separación".
Porque la lactancia, el vínculo del pecho como conexión entre madre e hijo es otro de los elementos recurrentes de la obra, pero no como representación de la animalidad, sino como gesto de amor.
"Un poder inmenso que se nos ha otorgado a las mujeres. Durante esa etapa me sentí plenamente realizada al ver que podía llenar a mi hijo de leche y amor, hacer que creciera, calmarlo sin tener que comprarle nada, simplemente compartiendo con él algo que mi cuerpo creaba", describe.
El ansia de protección rebosa las páginas de "Los pequeños", ese temor a que al recién nacido le pueda ocurrir algo, y Fayolle lo expresa en sus dibujos sencillos y directos: una madre convertida en campana de vidrio, en salvavidas, en cueva, o en un "pecho nido".
En las páginas de "Los pequeños", las madres parecen además -literalmente- querer diseñar, fotocopiar, recortar, esculpir a sus hijos, un deseo, en el fondo, de proyectar y controlar su futuro, tarea complicada si no se desea apisonar el material que viene de fábrica.
"Educar a un hijo es una tarea muy compleja, porque siempre nos preguntamos cómo acompañar sin malcriar. Porque un niño posee una libertad, una intuición, una actitud abierta e inocente que va perdiendo con el desarrollo. Así, no resulta nada fácil ayudar a crecer a un niño intentando preservar, al mismo tiempo, todo ese material bruto que lleva dentro", argumenta la autora.
Y además, añade, se trata de una carretera de doble sentido, porque "sería una lástima creer que sólo los padres enseñan a sus hijos; muy al contrario, los niños nos enseñan muchas cosas. Vivir con un niño es agotador, pero es vivir con la poesía, contemplar la vida cotidiana con una nueva mirada, reencontrarse con el placer del juego, aprender a sentir el mundo otra vez".
Y no puede faltar, por supuesto, el asunto nada trivial de cómo ese recién llegado afecta a la relación de pareja de los adultos: "¡Pasar de dos a tres no es fácil! La relación cambia y hay que encontrar un nuevo equilibrio, reconstruir el vínculo de un modo distinto, pero no se trata de algo negativo, sino de un desequilibrio. La vida es mucho más rica e interesante cuando hay desequilibrios", se contenta la dibujante.
¿Alguna sensación sobre la maternidad que haya dejado en el tintero por pudor o por miedo a represalias ante determinado integrismo maternal? Parece ser que no.
"Habría podido dibujar cosas distintas. No suelo censurarme, pero llegó un momento en que me detuve porque pensé que ya había terminado ese libro. Sin embargo, ahora sé que tendrá una continuación, quizá como segunda parte, quizá en otros libros. Antes, como no tenía hijos, en mis obras no salían niños, ahora, al ser madre, seguro que en el próximo habrá un bebé", adelanta Fayolle a sus lectores.
Sergio Andreu
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