El fútbol era, a comienzos de la década del 60, muchas cosas tan incomprobables como creíbles. Lo que nos contaban los más grandes, los que sabían, respecto de esas hazañas con la pelota de cuero que pesaba más que el alma cuando se perdía (y más en una cancha pesada como la del Monumental ayer) y seguía siendo pesada, pero posible cuando se ganaba. Esas hazañas tenían héroes de pantalones cortos y jopos grandes.
El fútbol era lo que devorábamos leyendo Noticias Gráficas, las 5ta y 6ta de La Razón, no dejando que se nos escape el "canilla" que las voceaba yéndose a los piques. Era la Biblia deportiva que llegaba semanalmente con El Gráfico y no mucho más. Eran los viejos que nos transmitían saberes, historias y conocimientos en esa " ciencia" de la pelota.
En ese comienzo de los 60 conseguimos con mi hermano Roberto que mi viejo (recién había cumplido 40 pero ya le decían Don Julio, ¡que tiempos y qué modismos!), diera por prescriptas la gran tristeza y las suspicacias de 1956 (cuando Lanús perdió el título con River) y accediera a acompañarnos a la cancha. Queríamos ver iin situ/i todo lo que sentíamos y vivíamos en el potrero, en la Canchita de la Compañía, allí enfrente del Hospital Evita (en ese momento Aráoz Alfaro, por rebautismo de la Libertadora), apenas a dos cuadras de nuestra casa.
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