Para los primeros Juegos Olímpicos modernos, organizados por Atenas en 1896, se decidió premiar al ganador de cada prueba con una corona confeccionada con ramas de olivo y una medalla de plata. Al segundo se le reservó una presea de bronce, y al tercero un diploma. La tradición de entregar el oro, plata y bronce para los que se subieran al podio comenzó en la tercera edición celebrada en la ciudad estadounidense de San Luis en 1904.

El esfuerzo de los griegos para el desarrollo del innovador evento deportivo fue notable. El estadio Panathinaiko fue restaurado de las ruinas del antiguo coliseo construido en el año 350 a.C. Gracias al aporte monetario del empresario local, Gregorios Averoff, el escenario deslumbró revestido en mármol blanco del monte Pentélico. Además, el comité organizador, presidido por el príncipe Constantino, tuvo que realizar varias operaciones para recaudar fondos con el objetivo de preparar los lugares donde se desarrollarían las competencias. Un ejemplo de ello fue la iniciativa de la emisión de doce sellos postales dedicados al deporte (los primeros de la historia): se lanzaron 16.000 series y hoy tienen un valor incalculable entre los coleccionistas.

Con 176 atletas de 12 naciones diferentes, distribuidos en 9 deportes y 43 disciplinas el espíritu olímpico dio su primer paso.

Una de las pruebas más llamativas fue la que ideó el investigador Michel Breal, quien le propuso al barón de Coubertin desarrollar el maratón, basado en la epopeya del soldado heleno Filípides, héroe de los primeros enfrentamientos bélicos entre las ciudades griegas y el imperio persa durante el Siglo V a.C; encargado de recorrer entre 40 y 200 kilómetros a pie para transmitir los mensajes entre Maratón, Esparta y Atenas.

Naturalmente, las exigencias no estaban dadas para improvisados, como el caso del francés Albin Lermusiaux, quien se había destacado con el tercer lugar en los 1.500 metros. Su idea de tener una rápida salida para posicionarse puntero y luego administrar sus fuerzas no le resultó: a falta de 8 kilómetros para el final, el galo decidió tomar algunos vasos de vino ofrecidos por los espectadores al costado del camino. La mezcla del alcohol, el calor y su cansancio derivaron en un desmayo que lo obligó a abandonar para ser asistido por los vecinos que observaban a los corredores.

Ese hecho le permitió al local Spiridon Louis quedarse con el primer puesto. Si bien el atleta de 23 años también se hidrató con vino del público para llegar a la meta, su actuación pasó a la historia por la consagración lograda ante más de 50.000 personas que lo recibieron en el estadio capitalino. La euforia que provocó fue tan intensa que los príncipes Constantino y Jorge abandonaron el palco oficial para acompañar al campeón en los últimos metros.

Además de las joyas, las flores, el dinero y los sobreros que recibió cuando cortó la cinta de llegada después de 2 horas, 58 minutos y 50 segundos de competencia, Louis se hizo acreedor de pequeñas fortunas recaudadas por periódicos, clubes y políticos, acompañadas de suministros de alimento para el resto de su vida.

En cambio, el griego Spiridon Velokas, quien arribó tercero detrás de Kharilaos Vasilakos, fue denunciado por el húngaro Gyula Kellner con el argumento consistente en que su rival había empleado un carro tirado por caballos para transitar varios kilómetros del trayecto. La acusación provocó que los organizadores interroguen al deportista heleno y el resultado no dejó margen para la duda: Velokas admitió la trampa, fue descalificado y Kellner se quedó con el último escalón del podio. Por tal motivo, recibió un reloj de oro de manos del rey Jorge I como compensación del mal momento que atravesó.

Finalmente, el sabor amargo que sufrió el italiano Carlo Airoldi permanecerá en el registro como el primer "profesional" en tener el acceso denegado a su inscripción. Como el oriundo de Origgio no contaba con los recursos para viajar a Atenas, firmó un contrato con el periódico de Milán La Bicicletta, uno de los más populares de la región, para costear sus viajes y documentar su experiencia.

Tras recorrer cuatro ciudades a pie y embarcar en Austria para evitar la peligrosa zona de Albania, el italiano se sorprendió cuando los miembros del COI no le dejaron competir por los premios adquiridos en su pasado (recibió 2.000 pesetas españolas por ganar la prueba Milán – Barcelona del año anterior).

La repercusión del medio gráfico no fue grata. Por esos tiempos emplearon titulares en los que afirmaban que no le permitieron competir a Airoldi con el objetivo de facilitarle el triunfo a Spiridon Louis. Los argumentos se basaron en que el italiano desafió al griego en un maratón entre ambos que nunca se estableció debido a la negativa del campeón olímpico.

En Río 2016 Luis Molina y Mariano Mastromarino buscarán devolverle la gloria a la Argentina, dado que el maratón es la disciplina que más medallas le dio a la delegación albiceleste a lo largo de la historia del atletismo. Los oros de Juan Carlos Zabala y Delfo Cabrera (en Los Ángeles 1932 y Londres 1948 respectivamente), junto con la plata de Reinaldo Gorno en Helsinki 1952, son las últimas actuaciones destacadas de los criollos.