"Hombre soy, y pienso que nada humano me es ajeno" (Publio Terencio)
"No estoy muy seguro de por qué unos desconocidos que corren peligro en algún lugar del mundo sean un problema nuestro", decía alguien con algún efímero poder. Sin embargo, esto lo piensan más personas de lo que uno cree. Fuera de que algunos líderes o ciudadanos comunes digan lo contrario por cuestiones políticas de conveniencia.
Pero unas palabras sacudieron el polvo acumulado en algunas estructuras egoístas e indiferentes. Ha sido un gesto majestuoso del papa Francisco, que ha recordado, con ello, que las palabras conmueven, pero los ejemplos arrastran: "Que abran las parroquias, los conventos, y todas las instituciones de la Iglesia, para acoger a cuantos refugiados se pueda", ordenó como el que tiene una autoridad más allá de las conciencias.
No hay duda de que sacudió la modorra del que se adormece pensando en que no es su problema. Se estremecieron los cálculos políticos ante el grito desde Roma, y la indiferencia ante el drama humano de los refugiados empezó a tener urgencia y dramatismo. ¿Algo está cambiando bajo la autoridad moral de Francisco? Claro que sí. Por el momento algo se está haciendo. Las conciencias de los que mandan en el mundo han tomado nota.
Para la casi totalidad de la historia, los límites de nuestro universo solidario o moral estaban en la tribu, en la religión o en la nación. Ahora debe tomar forma la idea de que tenemos obligaciones con seres humanos más allá de nuestra quinta y esto es sencillamente porque son hermanos nuestros que sufren, aman, tienen ilusiones. Igual que nosotros. Esto parece ser que es un descubrimiento reciente. Pero hace mucho tiempo que la Iglesia hizo esto y puso las manos en el arado y actuó en consecuencia. No es cristiano quedarse en frases ingeniosas, pero huecas. La de Joan Bestard Comas, por citar alguna, parecida a la del comienzo de esta columna, pero igual de poco eficaz: "Todo lo humano me interesa porque soy hombre" (Punto ético). Claro que algunos han leído esta frase y la han expresado muchas veces, pero pocos la han puesto por obra en forma positiva.
Todo lo que es humano y requiere nuestra ayuda debe movernos a actuar, en la medida de nuestras posibilidades. El Papa no puede permanecer ajeno, y con él todos los cristianos, ante las grandes catástrofes humanas que ocurren en el mundo. Pero la misma o más atención requieren los seres más próximos. Aquella vieja frase de nuestras abuelas: "Caridad bien entendida, comienza por casa", no perdió para nada su vigencia o verdad.
Escuché a la presidente Cristina Fernández de Kirchner decir. "No quiero parecerme a países que dejan morir inmigrantes, eso no es de cristianos. Se andan tirando los inmigrantes de un país a otro como si fueran bultos". Hasta se le quebró la voz. Así ha sido. Cuando algunos de sus hijos le pregunten qué es sentir vergüenza ajena, hágale escuchar ese audio de la Presidente de los argentinos. Por una cuestión de respeto a la institución presidencial no voy a hacer un juicio de valor. Pero en ese instante tuve la sensación de que el cadáver de un chico argentino, uno de los cientos que mueren por las enfermedades que trae el hambre, le estaba golpeando el hombro.
Oscar Sánchez, tenía 14 años y pesaba 10 kilos. Además presentaba una grave tuberculosis como una de las tantas consecuencias de la desnutrición. Se había muerto en un país ubérrimo, que mana leche y miel. Absurdo. Mientras los funcionarios buscaban justificativos, un juez debería procesarlos por el delito de lesa humanidad. Me temo que eso ocurrirá en el juicio final.
Mientras tanto, Oscar y el poeta, le cantarán al oído muy despacio a los funcionarios, desde la Presidente hasta el último de ellos: "Pobreza, me seguiste por los cuarteles y los hospitales, por la paz y la guerra. Cuando enfermé tocaron a la puerta: no era el doctor, entraba otra vez la pobreza" (Pablo Neruda).
iPeriodista, ex columnista Ambito Financiero, La Gaceta (España)/i