Mauro Libertella se ríe con ganas cuando escucha una tontería: El invierno de mi generación es la precuela de Mi libro enterrado. El chiste surge cuándo el escritor explica que en el momento de cerrar su segundo libro se dio cuenta que terminaba en el tiempo cronológico en que el primero empezaba. Ese momento son los 23 años de este joven autor que nació hace 32 en Buenos Aires de una pareja de escritores: Héctor Libertella y Tamara Kamenszain. La tentación es decir lo obvio, crecer rodeado de libros y abrazado por el lenguaje de quienes mejor lo trataron predestinaba al pequeño Mauro a escribir ¿Será así? O la carga biológica en realidad puede convertirse en una carga pesada que llevará en el momento de presentar una página.
Libertella (Mauro) se inclina por la segunda opción y dice que la forma de mitigar esos fantasmas fue su primer libro. El problema es que una vez publicado él mismo puso la vara tan alta -fue considerado el mejor libro nacional de forma unánime en el 2013- que enfrentarse a la segunda obra fue sumar un nuevo desafío. Y otra vez lo sorteó, con delicadeza y un tratamiento de las palabras, la trama y la historia que llevan a que el lector vuelva a conmoverse y a emocionarse frente a un texto escrito en otro registro pero en el que se advierte una voz propia que se alimenta de su propia biografía.
En El invierno de mi generación, la novela que Penguin Random House distribuye en estos días, no hay muerte ni el abordaje a la compleja relación con el padre; nos enfrentamos a la relación de un grupo de amigos de la clase media acomodada de Buenos Aires en los años de la transición que va de la adolescencia a la adultez con un punto de partida en el momento en que el protagonista ingresa al aula del secundario.
Para hablar de estos temas, Libertella estuvo en la redacción de Infobae.
i-Usted está acostumbrado a entrevistar a escritores ¿Cómo lleva el estar de ambos lados del mostrador?/i
Entrevistar es un modo muy lindo de leer. Uno lee libros de distinto modo y con distintas intensidades, a veces de un modo crítico. El libro que uno lee ya sabiendo que va a entrevistar al autor es una lectura especialmente linda porque vas buscando otro tipo de cosa: vas buscando la vida, las huellas, los restos fósiles del autor dentro del libro. Si lo pensás en términos abstractos, es bastante raro leer un libro y saber que cinco días después vas a hablar con el tipo que lo escribió, es muy estimulante.
i-Tiene una mochila muy pesada que cargar, con un apellido célebre en la literatura argentina. Uno imagina que escribir su primer libro fue empezar a alivianar ese peso, pero después de su gran acogida, ¿volvió a sentir esa presión para este segundo trabajo?/i
Totalmente, te imaginás bien. Antes de tener ese primer libro en la cabeza tenía una presión muy fuerte de cómo ponerme a escribir teniendo padres escritores, cómo ponerme a escribir cuando el apellido ya había agotado la posibilidad literaria. Una generación de mi familia ya había ocupado esa habitación que es la literatura y a mi me daba la sensación que habían cerrado la puerta y que ya no había más lugar para que uno se metiera ahí. Al mismo tiempo, yo quería escribir porque me gustaba leer y porque me daba la sensación que escribir iba a ser algo lindo y divertido. Tenía el deseo y las ganas pero estaba ese fantasma de que me iban a comparar. Tenía todos estos fantasmas y lo que se me ocurrió fue escribir Mi libro enterrado, para exponer ese propio miedo, esa imposibilidad y esos fantasmas. Sacármelos de encima escribiéndolos. Ese primer libro es sobre la muerte de mi viejo y sobre mi relación con él, pero también es donde se narra una entrada a la literatura.
i-El narrador de El invierno de mi generación dice en un momento: "Armamos del encierro nuestra trinchera social". Y esa línea, por un lado me pareció muy gráfica para describir a la década del 90 y, por otro, resulta estimulante pensar la idea de trinchera en la Ciudad./i
Siento que el libro o el relato responde a la experiencia social de un grupo muy acotado, mis amigos, que es un grupo muy específico con una serie de consumos culturales muy definidos y con una estructura económica familiar en cierto modo similar. En ese sentido, el título del libro puede suscitar un equívoco porque hablar de generación es, en cierto modo, demasiado ambicioso porque la verdad es que decir que hablo de mi generación cuando estoy hablando de un grupo que además circulaba por dos barrios burgueses de la Ciudad de Buenos Aires. No puedo decir que no conozco a la gente de mi edad de Santiago del Estero porque ni siquiera conozco a la de Parque Patricios, que seguramente se criaron en contextos muy distintos y quizás no se reconocería dentro de este libro. O sí, no lo sé. Está todo esta cuestión de si las experiencias de este grupo que narro en este libro pueden funcionar como una condensación de lo que era la juventud en los años 90 en relación a cómo se relacionaba con la política. En la adolescencia está esa cuestión de que uno decide lo que está haciendo y, en realidad, después te das cuenta que, ya sea la coyuntura, ya sea la época, ya sea la política, tu familia o lo que sea, te formó a comportarte de un modo aunque vos creías que estabas eligiendo. Me fui dando cuenta después de escribir el libro que ese encierro también respondía a una reacción a la época, que era como un modo de darle la espalda a la política de los años 90 y a un contexto social y cultural que a este grupo de pibes les provocaba perplejidad e irritación y una serie de sentimientos no demasiado alegres que los obligaban a encerrarse y darle la espalda a eso.
i-Ese encierro incluso persiste con la crisis de fin de siglo./i
Se adormecen ellos. A partir del 2001, que es la segunda parte del libro que es cuando terminan el colegio secundario y arrancan al mundo real, laboral, de la facultad y de la calle después de haber estado encerrados en ese pequeño mundo de ficción que es un secundario. Justo coincide con el 2001 y el país hecho mierda. Ellos empiezan a fumar porro todo el día. Se juntan en plazas aisladas, como que buscan los bordes de la Ciudad y las zonas en donde pueden tener la ilusión de que están solos. En esas zonas ponen como una barrera entre la realidad, que es donde está la gente, y un paraíso que encuentran en donde nada está pasando.
i-A eso me refería con la idea de trinchera, varios espacios que arman sobre la cartografía de una Ciudad./i
Sí, totalmente. Me doy cuenta ahora que estamos charlando que en un momento hablo de haber encontrado una plaza perfecta, que es al lado de la Facultad de Derecho, adónde ahora llevan los autos que se llevan las grúas. Trato de replicar la alegría que sentimos en ese momento al haber encontrado el paraíso perdido, esa Buenos Aires aislada que los pibes del libro encuentran, es también replicar la idea de un paraíso perdido que es también la infancia, que es también esa juventud que se está perdiendo, que es uno de los fondos del libro.
i-¿La transición de la juventud al mundo adulto?/i
Sí, totalmente. Otra cosa que me di cuenta después de terminar el libro es que termina donde empieza el otro. En términos de edad eso es exacto: este va de los 16 a los 23 años y el otro el primer capítulo es mi viejo murió, que muere cuándo tengo 23 años. En ese sentido este libro es la inocencia, la juventud y como eso va mutando y desapareciendo y el otro es entrar a la adultez con un hecho traumático.
i-Para tomar un término de moda hoy, El invierno de mi generación es la precuela de Mi libro enterrado./i
(Se ríe) Spin-off diría...
i-Describe y narra en el escenario de la Escuela ORT de Nuñez, sin embargo nunca la nombra ¿Por qué?/i
No tengo muy claro por qué, creo que es porque también tengo la idea de que cuando uno referencia demasiado las cosas le está achicando al lector sus posibilidad de imaginar y de meterse en el libro o de identificarse. Si digo que esto sucedía en la Escuela ORT, el lector lo único que va a pensar es en la Escuela ORT, si le decís esto sucede en una escuela privada de la Ciudad de Buenos Aires, el lector se puede meter en su propia escuela privada, puede imaginar que es la que le contó su primo. Es como un pequeño afán universalizador que trato de tener más o menos en cuenta. También para abrir un poco el sentido del libro. Una pequeña herramienta narrativa.
i-Le propongo hablar de algo que no hizo, que es la tapa. Allí se ve a un joven atravesado por un libro que casi funciona como un grillete o una guillotina y es curioso porque el narrador dice en las primeras páginas, parafraseando a Marshall McLuhan, que los 90 fue la década en el que el medio se convirtió en mensaje y destaca la presencia de la televisión y la radio pero la imagen es la de un libro./i
Es curioso lo que decís, por un lado no lo había pensado mucho y, por otro lado, hubo una anécdota que resume el tema: la editorial me mandó una serie de tapas y elegí dos, una era esta de este chico atravesando un libro y la otra era un cassette con la cinta que salía por arriba y formaba una figura atrás del título. Le mostré las dos tapas a mi compañero con el que trabajo en la computadora de al lado, Diego Erlan, que también es escritor y me dijo que le gustaban las dos, pero que la del cassette iba mejor con el libro porque es un libro más de música. Para joderlo elegí esta. En serio: me gustaba más esta porque me parecía más misteriosa. No deja de ser un libro de iniciación y es como una escena de iniciación, un chico atravesando un libro pero al mismo tiempo el libro le está cortando la cabeza.