Las tristes imágenes del pasado jueves en cancha de Boca Juniors dieron la vuelta al mundo. La barbarie, moneda corriente dentro de las canchas de fútbol, fueron noticia otra vez. Nuevamente el deporte más popular de nuestro país se tiñe de un color opaco, como tantas otra veces. Nuevamente sorprende (ya no tanto) la inercia con la que los jugadores enfrentan este tipo de situaciones. La imagen de Orión, frutilla del postre de una secuencia vergonzosa y casi surrealista, saludando y arengando a sus compañeros a hacer lo mismo, lo dice todo.
Toda esta violenta vorágine no fue una novedad. No sorprendió a nadie. Nos estamos acostumbrando a ser testigos de este tipo de situaciones con mucha frecuencia porque la violencia en el fútbol es simplemente un reflejo de la violencia con la que nos manejamos como sociedad.
Vemos violencia casi todos los fines de semana, casi todos los días en que hay un partido de fútbol en cualquiera de sus categorías. Videos viralizados de peleas y grescas entre padres de alguna escuelita de fútbol, con los niños atónitos ante semejante muestra de violencia insostenible. Peleas entre facciones del mismo club dentro y fuera de algún estadio, con armas, tiros, piedras, fuego.
Todo esto es visto desde el ambiente del fútbol como una especie de manual de oxidados códigos, que por más que te lo quieran mostrar como "caballerescos", no es ese el término que les cabe. Es otro el que mejor los define: cavernícolas. Seres humanos degradados a tal punto que lo único que les importa en estas situaciones es lastimar al otro, al rival, al adversario. Una locura que bajo ningún punto de vista debemos naturalizar ni en la más mínima de sus aceptaciones. De ninguna manera.
El problema, estimo, es que esos códigos que los propios jugadores respetan dentro de la cancha, ni siquiera obedecen a un universo de decisiones del que formen parte. Para ejemplificar en este caso particular, el saludo de Orión y sus compañeros es consecuencia de la aplicación de códigos con los que, estoy seguro, no se identifican. Ni por asomo es esto un intento de justificarlos, sino de comprender el contexto general de estas reacciones.
Es el miedo el que domina la situación. El miedo como consecuencia de la violencia con la que desde afuera de la cancha se maneja a los protagonistas que están adentro. No tengo ninguna duda de que es así. Y en muchos casos, son los propios protagonistas de este deporte los que terminan por creerse este cuento de códigos violentos. ¿Cuántos casos existen de jugadores y directores técnicos avalando métodos de violencia para solucionar algún conflicto, en nombre del "honor"? Ejemplos abundan. Basta recordar nomás las patéticas imágenes de Caruso Lombardi y Fabián García.
Pero, como dije recién, cada situación tiene su contexto. Saludar a un grupo de violentos que cinco minutos antes, y luego de más de dos horas de caos dentro de la cancha, despide al equipo contrario con una lluvia de botellazos te convierte en cómplice de ese mecanismo de violencia. Lo inexplicable es el por qué de ese aval a la violencia. ¿Estamos ante un nuevo caso tácito de "manos atadas"?
Los barrabravas usan la violencia como método de administración y sobre todo, de dominación. Hacia la dirigencia, hacia los jugadores y hacia las fuerzas de seguridad del Estado. El claro mensaje de referentes como Osvaldo y Orión, "en Boca se saluda", me exime de mayores comentarios. ¿Qué pasa si no se saludaba? Seguramente la actitud sería tomada por la barrabrava como una ofensa con la que luego los jugadores deberán batallar. Amenazas, pintadas, aprietes, rotura de vehículos. Todo lo que ya conocemos y vemos en cada una de estas situaciones.
Ningún grupo de violentos puede subsistir si desde el vamos no se le da cabida desde el club y si no están, de alguna forma, avalados institucionalmente. Ese polémico drone no evadió ningún control, entró con permiso. Esto es responsabilidad de las autoridades. Y si desde allí la respuesta que surge es "un cacheo es un cacheo", como quien se excusa al venderte un producto de segunda marca, la solución al problema de la violencia en el fútbol se ubica a millones de años luz de distancia.
El bochorno del jueves parece estar inserto en una zona a todas luces liberada. No había público visitante, no había mayores inconvenientes. La única zona sensible a controlar era la manga visitante peligrosamente pegada al alambrado. Fue ahí donde no se controló y donde por más de dos horas no hubo ningún accionar efectivo de las fuerzas de seguridad.
Existe violencia en las canchas porque existen grupos de violentos que tienen el poder, la espalda y la seguridad de impunidad suficiente como para generarlo. Si desde el Estado no hay nadie capaz de combatir a 30 ó 40 barras recaudando miles de pesos cada fin de semana en los alrededores de los estadios, en concepto de "estacionamiento", estamos realmente jodidos.
Los dirigentes, en la mayoría de los casos, son parte del problema. No van a ser la solución, a no ser que haya un cambio radical en cuanto a la actitud de manejo para con los violentos. Y eso, ni por asomo, es lo que está pasando. Es así, esa es la realidad. Si tenemos a Angelici confesando que no encuentra razones para negarle el ingreso a violentos históricos como Rafael Di Zeo o Mauro Martin y no sólo eso, sino que pretende blanquearlos, no hay mucha esperanza de una actitud genuina anti-violencia.
Si tenemos un ídolo popular xeneixe como Carlitos Tevez que en lugar de quitarle entidad a esta estructura de marginalidad y violencia, la alimenta con una ofrenda textil imponente que reza "La 12 unida jamás será vencida", la ecuación es simple: la violencia en las canchas no va camino a detenerse, porque ninguno de los actores fundamentales que debiera combatirla lo hace, ni tiene la más mínima intención de hacerlo, sino todo lo contrario: la apañan abiertamente.
Una de las canciones que más se acerca a reflejar este tipo de situaciones violentas como la vivida el jueves pasado, tan inexplicable como evitable, es La Bengala Perdida, del Flaco. Con él quiero cerrar esta columna: "Alguien debió conservar y cuidar con amor este jardín de gente". Nunca es tarde. Mañana es mejor.