Un encuentro mágico con García Márquez

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A mis 17 años, el autor que más me sumergía en las aguas profundas de la mente y la emoción era García Márquez.

Yo también ascendía a los cielos con Úrsula y los personajes de Macondo, pero eran sus cuentos los que me demostraban que en pocas páginas se transitaba por toda la gama de la furia y la pasión, de la soledad y la plenitud.

Junto a "Las mil y una noches", era mi descubrimiento de una literatura sensual,que yo quería hacer parte de mi vida; de ahí que cuando me toco ir a Cartagena, a esa edad, a un congreso de cine en el que yo presentaba "Ifigenia" sobre el mito griego, más que el festival en sí, me interesaba correr a la casa de Gabo, en la costa colombiana.

Dejé las cosas en el hotel y pedí un taxi hasta la dirección que esperaba fuera la del admirado maestro. Manotee un ejemplar de "Ojos de perro azul", que se me mojaba con lagrimones muy sentidos cada vez que lo leía, y al tocar el timbre, la desilusión demostró que nadie respondía, ni siquiera una mucama trigueña y rellena que me anunciara las buenas nuevas.

Después de varios minutos patee hasta la orilla del mar, tan azul como los ojos del animal de los cuentos, y me pareció ver una silueta familiar, hacia la cual corrí como si fuera un espejismo anhelado.

Era el Gran Gabriel, el arcángel literario, con sus perros. Le hablé jadeante de mi admiración, de mi deslumbramiento y del placer de poder abrazarlo. No le pedí permiso y lo hice. Se rió de buena gana y me dijo que en su juventud también tenía sus propios autores que lo cegaban de emoción y que se espejaba en mi reacción.

Caminamos un rato. Me dejó acompañarlo unos cientos de metros para mi gloriosos, hasta que su gente lo recibió en un rincón costero , en el que las rocas cerraban el camino. En ese momento tomó del suelo una piedra con forma de corazón y me dijo que representaba el amor de quienes buscaban amar incondicionalmente la existencia y que esa piedra estaría mucho tiempo más que nuestros cuerpos pero mucho menos que nuestras almas.

Podría haber elegido entre los objetos preciados de mi vida el anillo que me dio Sai Baba, la medallita de la Madre Teresa, una foto con Bernardo Bertolucci o un vinilo firmado por Paul Mac Cartney. El primero de los objetos que apareció en mi mano cuando me pidieron esta nota fue la piedra del corazón, que es mucho mejor que un corazón de piedra, esos que García Márquez se encargaría de derretir de amor a varias generaciones de lectores, disparándonos a la mejor versión de nosotros mismos .