En principio, la experiencia de la preocupación es común a todas las personas: todos tenemos noción de lo que es y hemos estado preocupados en algún momento. La esencia del proceso de preocupación está ligada a la necesidad de anticipar, es decir, tratar de prevenir que ocurra un evento negativo.
Pero el problema es la preocupación excesiva. Es decir, aquella preocupación inadecuada, difícil de controlar, adherente y generadora de ansiedad y malestar. Se trata de personas que tienden a preocuparse mucho sobre una amplia gama de acontecimientos, desde cuestiones menores a temas importantes. Y es que, preocuparse de más, demanda un esfuerzo del cual no siempre somos conscientes pero que tiene consecuencias.
La preocupación excesiva es un fenómeno común asociado a la psicopatología en general, especialmente en el caso de los trastornos del estado de ánimo y de ansiedad y puede estar indicando la presencia de un Trastorno de Ansiedad Generalizada.
Si la preocupación es sostenida en el tiempo se la asocia con contracturas musculares y sus consecuencias, insomnio, pérdida de la concentración, irritabilidad, alta fatigabilidad. A diferencia del pánico, en el que los síntomas son muy violentos, en este caso ellos están asociados al aumento de la tensión. Sus consecuencias van disminuyendo la calidad de vida del sujeto y su rendimiento.
A menudo el perfil de las personas que se preocupan de más está asociado a la responsabilidad y al éxito. Sin embargo, atravesado determinado límite, los procesos de tensión sostenida durante mucho tiempo pueden terminar afectando el desempeño de la persona.
En personas que advierten esta tendencia a preocuparse de más -hay quienes no logran darse cuenta- existen dos caminos: un enfoque orientado a la búsqueda de recursos de distensión en los que puede estar el ejercicio físico, yoga, e incluso herramientas de autoayuda. Y otro, donde se recomienda hacer un tratamiento de formato breve y específico en el contexto de un tratamiento profesional. La opción más recomendable es la terapia cognitiva comportamental y/o la farmacoterapia específicas.
Algunas recomendaciones:
El primer paso es reconocer cuando la preocupación empieza a ser un problema, por ejemplo cuando las personas toman conciencia de que se preocupan "por todo", o cuando la preocupación ocurre en momentos de descanso y disfrute, arruinando el momento. Una de las claves es disminuir el deseo por el control y la necesidad de garantías absolutas frente a la incertidumbre.
Manejar la propia agenda, alentando la productividad pero también buscando un balance entre las obligaciones y el placer. La responsabilidad también es un concepto importante, a menudo las personas que se preocupan de más tienden a sobrerresponsabilizarse, excediendo sus roles.
Por supuesto, la actividad física siempre ayuda. También es fundamental cultivar una actitud de cuestionamiento, un sano escepticismo frente a nuestras preocupaciones, buscando alentar un punto de vista racional y optimista.
*Por el Dr. Daniel Bogiaizian, doctor en psicología, presidente de la Asociación Argentina de Trastornos por Ansiedad, director del área psicoterapéutica de la Asociación Ayuda para el Tratamiento y Prevención de los Trastornos de Ansiedad y autor del libro "Preocuparse de más".
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