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Alain Badiou es un pensador singular. Siendo ateo y marxista, ha captado muy bien la esencia fundacional del mensaje del apóstol en su ensayo, San Pablo. La fundación del universalismo, y la expone de modo fascinante, rescatando no sólo lo original de sus escritos, sino su método de prédica y la ruptura radical que representó con todo lo conocido hasta entonces. Es decir, los motivos por los cuales muchos consideran a Pablo como la verdadera piedra sobre la cual se edificó la Iglesia, el verdadero fundador del cristianismo.

Aunque el libro fue publicado por primera vez en 1997, dos datos lo actualizan: primero, la "novedad" Francisco y su insistencia en el mensaje radical del Evangelio, al estilo paulino (como se verá más delante). Segundo, el hecho de que los motivos que llevaron a Badiou a bucear en las Epístolas de Pablo siguen vigentes; más aún, se han acentuado.

Badiou parte de una fuerte crítica, no a la globalización –que es un dato de la realidad-, sino a la respuesta que consiste en refugiarse en subconjuntos humanos definidos a partir de la diferencia. Y es por eso que, para superar esa tendencia fragmentaria, busca inspiración en San Pablo, al que llama fundador del universalismo.


La increíble vida de Saulo de Tarso

Pablo, el más tenaz predicador del Evangelio, no conoció a Jesús. Saulo de Tarso, tal su verdadero nombre, era un judío de tendencia farisea que participaba activamente en la persecución de la entonces pequeña secta herética cristiana.

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Pero un día, 3 ó 4 años después de la muerte de Jesús, sobre la ruta de

Damasco

, fue golpeado por una aparición divina y se convirtió, adoptando el nombre de Pablo. A partir de esa conversión -una ruptura total, un re-nacimiento-, se dedicó a viajar por toda

Arabia, Siria, Grecia y Macedonia

, anunciando el Evangelio, durante unos 20 años, hasta que fue arrestado, enviado a Roma y ejecutado.

Pablo protagonizó varias controversias con los discípulos más viejos, testigos de la vida de Jesús. El punto esencial de la polémica fue su insistencia en la novedad de lo que predicaba. Él no se apoyaba en textos anteriores, ni en la autoridad de ningún sabio: "Pablo reduce el cristianismo a un único enunciado: Jesús ha resucitado", dice Badiou. Él no asentó esta afirmación en ningún sistema filosófico o racional. Fue el primero en universalizar el mensaje: el anuncio era para todos, judíos y no judíos.


La crítica de Badiou a una sociedad global pero fragmentada

En una actualidad que todo lo remite a subconjuntos determinados de acuerdo a lengua, raza, nacionalidad, religión o sexo, Badiou identifica sin embargo un "unificador real" que es la "abstracción monetaria", cuyo carácter falsamente universal se lleva muy bien con los "abigarramientos comunitaristas".

Cabe aclarar que cuando hablan de comunitarismo, los europeos se refieren a la tendencia actual de llevar el respeto a la diversidad al extremo de subdividir a la sociedad en categorías, algo que en definitiva contraría la idea de igualdad.

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Badiou es un crítico implacable de este rasgo de la posmodernidad y de "una paradoja que muy pocos subrayan: en tiempos de circulación generalizada y de fantasma de la comunicación cultural instantánea, se multiplican por todas partes las leyes y reglamentos para prohibir la circulación de las personas. (...) Libre circulación de lo que se deja contar, sí, y antes que nada de los capitales (...). Libre circulación de la incontable infinidad que es una vida humana singular, ¡jamás!"

"Hay un proceso de fragmentación en identidades cerradas, y la ideología culturalista y relativista que acompaña esta fragmentación", señala Badiou. Y advierte: "Cada identificación (creación o bricolaje de identidad) crea una figura que hace materia para su inversión por el mercado. Nada más cautivo, para la inversión mercantil, (que) una comunidad y sus territorios. (...) ¡Qué devenir inagotable para las inversiones mercantiles es el surgimiento, en forma de comunidad reivindicativa y de pretendida singularidad cultural, de las mujeres, los homosexuales, los discapacitados, los árabes!".

Ironiza Badiou sobre "las combinaciones infinitas de trazos predicativos" que pueden hacerse, tales como "homosexuales negras", "serbios discapacitados", "sacerdotes casados", etcétera. Porque cada "imagen social" autoriza nuevos productos, revistas especializadas, centros comerciales, publicidad "targueteada"...

El filósofo denuncia que esta "lógica identitaria o minoritaria" lleva a planteos tales como que "sólo un homosexual puede entender lo que es un homosexual, un árabe lo que es un árabe", etc.

"Si, como lo pensamos, sólo las verdades (el pensamiento) permiten distinguir al hombre del animal humano que es su sustrato, no es exagerado decir que esos enunciados 'minoritarios' son propiamente bárbaros", sentencia.

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"Un proceso de verdad –sostiene- no puede anclar en lo identitario". Lo que le interesa entonces es estudiar la forma mediante la cual Pablo "extirpa la Buena Nueva (el Evangelio) de la estricta clausura en la cual la dejaría que sólo valga para la comunidad judía". Del mismo modo que tampoco la somete o vincula a la legalidad del Estado romano.

Por lo tanto, aunque se proclama ateo, sostiene que la pregunta de Pablo es la suya: ¿cuáles son las condiciones de una singularidad universal?

Pablo –dice Badiou- es un anti-filófoso, porque no proclama una filosofía particular o racional, sino un acontecimiento, puro y simple – la resurrección de Cristo- que no está por otra parte relacionado a las particularidades de una cultura, etnia, filosofía o sistema legal. Para Pablo, dice Badiou, la resurrección "es acontecimiento puro, apertura de una época, cambio de relaciones entre lo posible y lo imposible".


El mensaje del nuevo Papa

 Y aquí es donde el autor más se acerca a la radicalidad evangélica sobre la cual insiste Jorge Bergoglio en su prédica. Porque, aunque la llama "fábula", reconoce que el acontecimiento que Pablo predica -la resurrección-, atrajo y captó a las personas y cambió por completo el curso de la historia.

"Si no confesamos a Jesucristo, nos convertiremos en una ONG piadosa, pero no en Iglesia", fue una de las primeras advertencias de Francisco. Y resonó el eco de las palabras de Pablo, cuando el nuevo Papa pidió a los cristianos no tener vergüenza de vivir con "el escándalo de la Cruz".

Jesús no escandalizó por sus obras, sus palabras o sus milagros, sino porque afirmó ser Hijo de Dios, explicó el Papa en una de sus homilías. "La Iglesia confiesa que Jesús es el Hijo de Dios hecho carne: ése es el escándalo".  "Cuántas veces escuchamos –siguió diciendo: '¡No nos vengan con historias, con que Dios se hizo hombre!' Podemos hacer todas las obras sociales que queramos, y dirán: '¡Qué bien la Iglesia, qué buena tarea social hace!' Pero si decimos que hacemos esto porque estas personas son la carne de Dios, viene el escándalo".

En palabras de Pablo: "Cristo no me envió a bautizar, sino a predicar el evangelio; no con sabiduría de palabras, para que no se haga vana la cruz de Cristo. (...) Porque los judíos piden señales, y los griegos buscan sabiduría. Nosotros predicamos a Cristo crucificado, lo que es un escándalo para los judíos, una locura para los paganos, pero que, para todos los que son llamados, tanto judíos como griegos, es la potencia de Dios, la sabiduría de Dios. Ya que la locura de Dios es más sabia que los hombres y la debilidad de Dios más fuerte que los hombres." (1ª carta a los corintios)

 AFP 162
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Como lo señala Fernando Merodio Castillo (FMC), en un comentario sobre el San Pablo de Badiou, al filósofo le interesa la forma de la prédica paulina. Se trata de "escapar tanto de la universalidad abstracta como de los particularismos comunitarios (que) en el caso de Pablo remitían a la comunidad judía y en el nuestro a una inmensa red de demandas localistas y culturalismos desenfrenados, y falsa universalidad, que en la época de Pablo aparecía expresada por la legalidad romana y en la nuestra por la abstracción monetaria y la contabilidad del capital".

Frente a los judíos, sigue diciendo FMC, Pablo intenta ampliar a "todos" lo que hasta entonces no era sino una expresión local.

"El Señor nos ha salvado a todos, a todos con su sangre: todos, no solamente los católicos. ¡Todos! Pero Padre, ¿y los ateos? También ellos. ¡Todos! Esa sangre nos hace hijos de Dios de primera categoría. Todos tenemos el deber de hacer el bien", dijo Francisco, en otra homilía que causó un fuerte impacto.

A los griegos, dice FMC, Pablo buscó mostrarles que el conocimiento es impotente frente a la fuerza del acontecimiento de la Gracia, que se acepta por convicción –lo que ha sucedido, ha sucedido- y no por sabiduría.

Esto recuerda las palabras del músico irlandés Bono, en el año 2005, explicando su fe: "Y la gente dice (a Jesús): 'por Dios, intenta ser sólo un profeta. Un profeta es algo aceptable. Sólo eres un poco excéntrico ¡Si ya estaba Juan el Bautista, que comía hierbas y saltamontes! Pero por favor, no digas esa palabra con la M... (Mesías)'. Pero Cristo responde: 'Lo siento, soy de verdad el Mesías'. Así que lo que te queda es, o Cristo era quien decía que era –el Hijo de Dios– o era un completo chiflado, (que) se puso una tira en la frente que decía 'rey de los judíos' y subió a la cruz buscando el martirio... La idea de que el curso de la civilización ha cambiado, que se ha vuelto del revés, debido a un chiflado... para mí, eso sí que es difícil de creer'".

"Los procesos de verdad ni se dejan reducir a una unidad de cuenta genérica, ni se limitan a servir de soporte a las demandas identitarias de un sub-conjunto", dice FMC.

 AFP 162
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Paradojas

El Papa denunció recientemente el hecho de que, cuanto más informados estamos de lo que pasa en el mundo –y de modo más instantáneo- mayor es sin embargo la indiferencia ante los dramas humanos.

Y, diría Badiou, mayor es la "guetoízación" de las sociedades. En momentos en que más se difunden y afirman derechos, más se pone el acento en la diferencia.

En vez de una sociedad fragmentada en grupos que basan su verdad en una razón identitaria, Badiou busca una nueva verdad fundante, universal, que se dirija a la esencia común de todos los hombres.

Aunque la suya sea una búsqueda laica, incluso atea, lo ha llevado a exponer una verdad sobre la cual Francisco no se cansa de insistir. La universalidad del mensaje cristiano.