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"Por fin el mundo puede ver la verdadera imagen de la Argentina", dijo con enorme seguridad João Havelange, el presidente de la FIFA, cuando el Mundial de fútbol se ponía en marcha en Argentina en el año 1978. "Argentina está ahora más apta que nunca para ser la sede del torneo", sentenció el ex dirigente brasileño. Sus palabras graficaban una imagen equivocada del país, una postal que calzaba perfecto con los intereses de Jorge Rafael Videla.

El presidente del Gobierno de facto planteó un plan de comunicación y distracción preciso para que los argentinos desconocieran la situación real que se vivía a la vuelta de la esquina. La dictadura comandada por Videla encontró en el Mundial de 1978, el mejor telón para cubrir la obra macabra de la desaparición y la muerte.

Detrás de los gritos interminables de los goles de Kempes, estaban los gritos desesperados de los hombres y mujeres que desaparecían de sus casas, y eran torturados por las Fuerzas Armadas que gobernaban a la Argentina. El fútbol, el entretenimiento, la fiesta, fueron los actores de un circo montado y manipulado por los militares. De una obra dirigida por el dictador que hoy dejó de existir en la tierra.

      

"Duele saber que fuimos un elemento de distracción", dijo Osvaldo Ardiles, ex jugador de la Selección argentina, varios años después de haber jugado el Mundial. Porque los jugadores también fueron víctimas de un proceso en el que el engaño predominó sobre el deporte. A metros del estadio Monumental, la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), servía como centro clandestino de tortura. El sufrimiento y la algarabía distanciados por algunas cuadras.

Aquellas frases de Havelange le sirvieron a Videla para montar una imagen de la Argentina adecuada a su idea de país. Un lugar ordenado, con gobernantes de convicciones fuertes, y capaz de organizar un evento mundial en suelo nacional. Una verdadera patraña nacida de los cerebros militares y ejecutada con el fin de desviar la atención, del mundo y del propio país, hacia el deporte.

      

El fútbol fue primordial en la agenda de la dictadura militar. Ocupó un lugar importante desde el preciso instante en que Videla colocó un pie en la casa Rosada y puso en marcha el genocidio. Había que eliminar a las personas que pensaban diferente, a los subversivos que proclamaban las ideas anárquicas y a los militantes políticos que marcaban la contracara del poder reinante. La pelota girando en las canchas durante el año 1978, sería una pantalla apropiada para llevar adelante la idea original.

El Gobierno militar sabía que el fútbol era un deporte que movía pasiones y multitudes en Argentina. Contaban con esa ventaja para crear el mensaje que se emitiría durante la Copa del Mundo. El triunfo de la organización y, posteriormente, del equipo argentino, generaría un mayor consenso sobre el proyecto que imponía el Gobierno. En Argentina muchos lo creyeron, en el mundo supieron mirar detrás de las bambalinas.

      
 

El Mundial fue un instrumento de propaganda del proyecto, un atractivo para las miradas emocionadas por el evento y una barrera concreta para tapar las muertes generadas por la dictadura. Videla cumplió el papel protagónico en la película del campeonato. Gritó los goles mostrando sentimiento arraigado y le entregó la copa al capitán del equipo, Daniel Passarella. Buscó que su imagen se asociara con el fútbol, el orden, la alegría, la precisión en la organización.

Esta mañana, a los 87 años y con los pies adentro del penal de Marcos Paz, Jorge Videla dejó de respirar para siempre. Sus decisiones dictatoriales ya están escritas en los libros. El fútbol tendrá impreso en sus páginas el nombre del dictador. El de un hombre que manchó con sangre la pelota mientras manipulaba al deporte más lindo del mundo.