Henry Kissinger explica China al mundo

¿Podrán Pekín y Washington ponerse de acuerdo en un orden mundial que evite la confrontación? Uno de los artífices de la impactante reconciliación de 1972 responde en este libro

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China y los Estados Unidos son dos países "con una envergadura excesiva para ser dominados", sostiene el influyente ex secretario de Estado norteamericano (1973-1977), y por lo tanto es del interés de todo el mundo el que ambos gigantes encuentren concepciones comunes a partir de las cuales adaptar la geopolítica al nuevo balance de poder.

Hace tiempo ya que China atrae todas las miradas: desde que inició en los 70 sus reformas internas -para abandonar gradualmente el colectivismo y adoptar las formas de producción capitalistas- y su apertura al exterior, el ascenso de la potencia asiática es imparable y está cambiando las reglas de juego en la escena económica y política mundial.

El libro de Kissinger (*) busca esclarecer para el lector occidental las concepciones ideológicas que guiaron la evolución de China desde los inicios de esa civilización hasta el presente y que explican su singularidad y su modo de relacionarse -o de no hacerlo- con el resto del mundo. El resultado es un viaje apasionante por la historia de ese país que contribuye a correr el velo que aún oculta buena parte de su realidad a los ojos extranjeros.

En China, Kissinger expone "la forma conceptual en que los chinos se plantean los problemas de la paz, la guerra y el orden internacional" y cómo se vinculan con la concepción que los Estados Unidos tienen de estos mismos temas. Desde su posición de actor, testigo privilegiado e interlocutor de muchos dirigentes de primera línea de la potencia asiática, Kissinger explica los cambios ideológicos que acompañaron a estas evoluciones prácticas, las reformas económicas y la apertura diplomática, que pueden resumirse en un trayecto de Confucio a Mao y de regreso a Confucio, cuya estatua -recordemos- fue colocada en enero de 2011 en la plaza de Tiananmen, cerca del mausoleo de Mao.

Quien fuera uno de los artífices de la impactante reconciliación de 1972 entre Washington y Pekín (ver fotos relacionadas), cuyo punto culminante fue la visita del entonces presidente Richard Nixon a Mao, dedica también varias páginas atrapantes al desarrollo de estos acontecimientos que cambiaron al mundo. Siguiendo esa norma no escrita de que los que más se combatieron son los más idóneos para negociar la paz, fuer una administración republicana la que dio el primer paso para acercarse a China.

Pero el recurso de Kissinger a la Historia está en este libro al servicio de la resolución de una incógnita: qué uso quiere darle China a su poder presente. Convencido de que el auge chino puede ser compatible con un orden mundial estable y seguro pero consciente a la vez de que ése no es un porvenir garantizado sino asechado por numerosos peligros, Kissinger explora las posibles analogías con otras coyunturas de la Historia contemporánea. Concretamente, ¿puede repetirse la rivalidad británico alemana que desembocó en una conflagración mundial en 1914?

La pregunta que muchos analistas se hicieron a posteriori y que el autor retoma aquí es si aquél fue un enfrentamiento inevitable, intrínseco al ascenso germano, a su capacidad teórica de amenazar, o si fue consecuencia de la política llevada adelante por Berlín, de su comportamiento real, y habría podido entonces ser evitado.

"Lo que lleva a la rivalidad a veces no es lo que los países hacen sino lo que pueden hacer", advierte Kissinger. "Esto no tiene que ocurrir en las relaciones entre Estados Unidos y China", afirma, en lo que suena a una exhortación que es en buena medida la finalidad de este libro. "¿Puede crearse una asociación genuina y un orden mundial basados en la colaboración? ¿Pueden desarrollar China y Estados Unidos una confianza estratégica real?"; preguntas que prácticamente formulan un programa. El autor, cabe señalarlo, no es sólo un teórico, sino un hombre de acción, que ha ejercido cargos de altísima responsabilidad en el gobierno de su país y que, pese a estar retirado de la política activa -si no de los negocios-, sigue interviniendo e influyendo en el debate de ideas a nivel de su dirigencia.

¿Es el auge chino incompatible con un orden mundial estable y seguro? Kissinger no lo cree así, pero advierte que el suyo no es el pensamiento de todos y que, tanto en los Estados Unidos como en China, existen corrientes ideológicas convencidas de que entre ambos países la rivalidad es de ésas en la cual el triunfo de uno requiere del fracaso del otro.

"Soy consciente de los obstáculos reales que existen en la relación de colaboración entre Estados Unidos y China, que considero básica para la estabilidad y la paz del mundo. Una guerra fría entre los dos países detendría el progreso durante una generación a uno y otro lado del Pacífico (...) Ni la analogía más precisa obliga a la generación actual a repetir los errores de sus antecesores", afirma con esperanza.

Aunque sin criticarla abiertamente, señala que la postura neoconservadora respecto de China es un factor que incidiría en el sentido del inevitable conflicto: se trata de un sector que enarbola el argumento de que la democracia es "un requisito previo para unas relaciones de franqueza y confianza". De este juicio se desprende que los Estados Unidos deben presionar a China para un cambio de sistema, una exigencia que por cierto no es bien recibida por la potencia asiática que, recostada en sus logros económicos, se convence cada vez más de que no tiene por qué recibir lecciones de nadie. "La excepcionalidad estadounidense es propagandista, explica. China no hace proselitismo; no reivindica que sus instituciones tengan validez fuera de China".

Kissinger destaca los esfuerzos realizados por la elite china, en los últimos 20 años en particular, para disipar los temores que su ascenso a la categoría de superpotencia puede despertar en el mundo. Uno de ellos fue el recurso a la expresión "auge pacífico". Más aún, "en las declaraciones oficiales chinas se cambió la expresión por 'desarrollo pacífico', por lo visto porque se consideró que 'auge' era un término excesivamente amenazador y triunfalista", agrega.

El autor recuerda que el presidente Hu Jintao declaró en la ONU que "el desarrollo chino no va a perjudicar ni amenazar a nadie". Y cita también un artículo publicado en 2005 por Foreign Affairs de "un influyente político chino" (Zheng Bijiang): "China no seguirá el camino de Alemania, que llevó a este país a la Primera Guerra Mundial, ni el de Alemania y Japón, que desembocó en la Segunda Guerra Mundial, cuando estos países se dedicaban a expoliar recursos y a luchar por la hegemonía. China tampoco seguirá la vía de las grandes potencias que compitieron por el dominio del mundo durante la guerra fría".

Más de uno podrá preguntarse si esta actitud es sincera o si se trata de una táctica para disimular su poderío y sobre todo ahuyentar los temores que éste puede suscitar. Porque también del lado chino existen quienes creen que por más que su país prometa "auge pacífico" la competencia con Estados Unidos es de ésas en las que uno gana cuando el otro pierde. Kissinger analiza por lo tanto también el actual debate de ideas sobre el destino de la nación entre las elites de ese país, cuya prudencia está también dictada por imperativos de orden interna.

Se da por sentado, dice, que el auge de China implica un inapelable relativo estancamiento de los Estados Unidos. Pero todavía China enfrenta desafíos nacionales importantes, en particular en el plano social -pobreza- y demográfico -sobrepoblación y envejecimiento a la vez.

"No es realista por parte de ninguno de ambos países un proyecto que excluya al otro", sentencia Kissinger que definitivamente se coloca en el campo de los que promueven la cooperación. Para él, la relación actual puede definirse como co-evolución antes que colaboración, porque ambos "persiguen sus imperativos internos, colaboran en la medida de lo posible y adaptan sus relaciones para reducir al mínimo la posibilidad de conflicto".

Por lo tanto, dice, "lo que queda pendiente es pasar de la gestión de la crisis a una descripción de los objetivos comunes, de la solución de las controversias estratégicas a la forma de evitarlas, se pregunta".

Un libro obligado para todo el que desee asomarse a lo que puede ser el espectáculo del mundo en las próximas décadas.



(*) China, de Henry Kissinger, Editorial Debate, 2012