De trabajar en una maquila, a Londres 2012

Hace sólo un año, el guatemalteco Jaime Daniel Quiyuch pasaba largas horas en una fabrica. Este sábado logró la medalla de bronce en la marcha de 50 km de los Panamericanos. Además, se clasificó a los Juegos Olímpicos

Reuters
AP

"Hace un año estaba trabajando en una maquila y hoy soy el tercer mejor marchista del mundo", dijo nada más cruzar la meta, en una prueba en que los mexicanos Horacio Nava y José Leyver Ojeda ganaron respectivamente oro y plata con cronos de 3 horas 48 minutos 58 segundos y 3h49:16.

Quiyuch, de 23 años, que competía por segunda vez en los 50 km marcha tras una experiencia en Bratislava, Eslovaquia, logró un tiempo de 3h50:33, rebajando en más de quince minutos su récord personal y logrando un tiempo que lo lleva directamente a los Juegos Olímpicos de Londres 2012.

Algo inimaginable no hace mucho. "Trabajaba en una maquila, de siete y media a siete de la noche, algo muy duro, pero Dios hace las cosas a su voluntad", explicó Quiyuch, imbuido de la religiosidad de su entrenador, el cubano-salvadoreño Rigoberto Medina.

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Medina, que hace orar a sus corredores como parte de la preparación de una prueba, ha forjado una generación de oro de marchistas guatemaltecos, como Quiyuch, Jamy Franco y Erick Bernabé, ambos oros en la carrera femenina y masculina de los 20 km en Guadalajara. "Vamos a hacer vibrar a Londres, Guatemala estará presente", sentencia el corredor.

Su historia encaja perfectamente en el precario deporte centroamericano. "Después de usar mis pies para tocar un pedal y que la máquina caminara, ahora uso mis pies para que mi misma maquina, que es mi cuerpo, camine y haga cosas como las hice aquí".

La fábrica textil estaba al sur de la ciudad de Guatemala. "Eran varias marcas las que se trabajaban ahí, porque el dueño de la maquila exporta y las marcas siempre fueron diferentes, era ropa casual".

"Trabajé dos años ahí. Desgraciadamente dejé de estudiar a los 15 años, tengo ilusiones de seguir haciéndolo, espero un día volver a hacerlo", lamenta. Al término de sus turnos, Quiyuch solía correr, "pero era cuestión de correr una hora, hora y media y ya, se acabó".

Cuando se le pregunta quién lo descubrió, sólo tiene una respuesta: "Dios me puso en la marcha".

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