El UARS acaba de cumplir dos décadas en el espacio. El 12 de septiembre de 1991 fue puesto en funciones por una de las misiones Discovery, identificada como STS-48. El objetivo del nuevo satélite fue estudiar los procesos químicos y físicos de la atmósfera terrestre, función de la que deriva su denominación.
Su nombre en castellano, Satélite de Desarrollo de la Atmósfera Superior, le pone título general a sus estudios particulares sobre radiación solar y campos eléctricos que afectan a la Tierra, relacionando sistemas de entrada y salida de energía, fotoquímica, dinámica y relación entre todos los procesos.
Al margen de sus partes estructurales, acarrea diez instrumentos que le permitieron enviar informaciones hacia el Sistema de Observación de la Tierra (EOS por su sigla en inglés).
Sus datos sobre la incidencia de la radiación solar resultaron claves en tiempos en que la capa de ozono filtra cada vez menos rayos ultravioletas.
En realidad, fue sacado de servicio el 14 de diciembre de 2005. Desde entonces, su fuente de energía -un panel solar de 3.3 x 1.5 metros de superficie- mantuvo cargadas sus baterías, con capacidad de 50 amperios cada una. Sin embargo, esto no fue suficiente para que se mantuviera el control desde Tierra.
Algunos expertos criticaron la sobreactividad exigida al satélite, ya que de haberlo sacado de funciones previamente se lo podría haber desactivado controlando su caída, tal como sucedió en algunos casos previos.
Pero ya está fuera de órbita, y según las previsiones de la NASA, serán sus antenas las que primero se desprendan del cuerpo principal del aparato, que tiene unos diez metros de longitud por cuatro de ancho, un volumen semejante al de un autobús.
En total, tiene 150 piezas que se estima que no llegarán a tocar la superficie terrestre, ya que se fundirán a su paso por la atmósfera. Pero otras 26, aun calcinadas, tienen suficiente volumen y adecuada composición para soportar la reentrada al planeta.