El sueño americano, en versión de pesadilla

El escritor y cineasta chileno Alberto Fuguet sigue la historia de su tío Carlos, que emigró a EEUU y no vivió el sacrificio y el éxito. Habló con Infobae América sobre esta novela, reflejo de quienes dejan su país en busca de una vida mejor

Uno de los libros más latinoamericano de los últimos tiempos está titulado en inglés. Se llama Missing y es la historia de un perdido, un joven que deja Santiago por California pero no triunfa. No hace su primer millón. No logra retomar los estudios universitarios. No consigue una hipoteca para una casa en el suburbio ni compra un auto en cuotas con su trabajo de nueve a cinco. Y un día, sin más, desaparece.

Nadie lo busca. Sus padres y sus hermanos están muy ocupados tratando de adaptarse a los aspectos reales de la ilusión que mueve a millones de personas hacia los Estados Unidos: el sueño americano. Y quizá subyace una dosis de vergüenza: Carlos Fuguet ha fracasado.

"La historia se arma con aquellos que la cuentan", dijo Fuguet, "pero creo que hay muchos más inmigrantes que lo pasan pésimo, que terminan siendo nada, quizá con auto o con un trabajo más digno que en su país de origen. Pero han cambiado una cosa por otra. Eso me hizo pensar harto." Fuguet conoce el tema en la propia piel: como su familia dejó Chile, él creció en California. Regresó a Santiago en la adolescencia y se quedó con su madre, mientras su padre se afincaba definitivamente en los Estados Unidos.

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¿Y qué pensó?

¿Qué es mejor: ser muy pobre en México o no serlo en LA pero no tener lazos? Es una pregunta casi imposible de responder y quizá por eso no se hace, es casi de mal parido. Quizás la respuesta es huir de la pobreza o de lo que uno siente que lo atrapa, pero es algo que no viene con extras.

¿También pagan costos los que logran salir adelante?

Costos bastante graves, y para muchos de los involucrados. Los cuatro meses que pasé como profesor visitante en UCLA (la Universidad de California en Los Angeles), viví cerca del aeropuerto y a veces me iba a ver los aviones de Lan y casi tenía que contener las lágrimas. Me llama la atención: para ser alguien tan globalizado, soy bastante local.

¿Qué lo hizo interpelar la mirada aceptada sobre el latinoamericano en los Estados Unidos?

No ser un inmigrante allá me permitió escribir más libremente. Pero en las entrevistas previas a mi presentación en la Feria del Libro de Miami me preguntaron por esto. Sentí que hablar mal de la inmigración es un tema casi tabú. Me doy cuenta de que en otros latinos hay una suerte de agradecimiento, o hasta de paranoia de que les quiten la tarjeta verde, pero yo no lo siento. Si el día de mañana me dijeran "Tú no puedes entrar más a los Estados Unidos", en algunas cosas me daría pena, pero al final para eso está Amazon. A la larga, ése es el lazo que yo tengo con los Estados Unidos: las películas, los libros.

¿No cree que existe una cultura latina que une a los inmigrantes?

Es polémico. Recuerdo cuánto me impresionó la graduación de los alumnos en UCLA. Vi la tremenda separación que se abría entre esos chicos de 22 años y sus padres. Una persona que lee a Jean Baudrillard en inglés, ¿qué lazo puede tener con una señora que es analfabeta en castellano y vive de hacer tortillas? Sólo queda el cariño. Esos chicos no van a volver a vivir a Sonora, graduados de UCLA con un inglés perfecto. A muchos, inclusive, les costaba volver a sus barrios los fines de semana: sus amigos andaban con cuchillos, eran ya demasiado distintos.

Pero el castellano es el segundo idioma en los Estados Unidos. ¿Eso no importa?

No estoy muy de acuerdo con que se hablen dos idiomas, creo que provoca más aislamiento. Un inmigrante polaco tiene que integrarse, al final, porque no puede acceder a su cultura original. En cambio, Don Francisco, los comerciales en español que pasa la televisión, los restaurantes mexicanos o uruguayos o peruanos... todo termina por constituir una cultura inventada, porque tiene que tratar de llegar a todos los latinoamericanos, y termina por ser de alguna manera más superficial que la local.

La búsqueda

Missing lleva por subtítulo "una investigación", ya que un personaje llamado Alberto Fuguet, como el autor del libro, emprende un día la pesquisa del tío perdido. Llega a California y le pregunta al padre cómo fue que nadie buscó al tío antes. Llevaba tiempo, salía dinero, seguramente él no quería ser encontrado o habría dado señales. Las explicaciones le resultan insuficientes: Alberto toma la guía telefónica y busca un detective privado que encuentra cinco Carlos Fuguet en los Estados Unidos.

Comienza entonces la averiguación literaria.

Porque a Fuguet siempre lo atrajeron los perdidos. Mientras pensaba si escribía o no esta historia, quizo filmar El empampado Riquelme, otro relato de la vida real que escribió el chileno Francisco Mouat, sobre un hombre que desaparece en el desierto de Atacama -empampado: tragado por la inmensidad del horizonte- y cuyo rastro sólo se recupera décadas más tarde. Pero en esa época el cine todavía era para él un asunto de alto costo, tanto económico como emocional (ver nota relacionada).

"Siempre me interesó la gente que se pierde, literal o metafóricamente", siguió. "Me interesan menos los perdidos políticos, o los secuestrados de caso policial puro". El libro no usa la palabra desaparecido por su connotación en América Latina. Y, en cambio, apela a aquella película que, precisamente por la desaparición de personas, fue prohibida en el Chile de la dictadura de Augusto Pinochet.

Missing, de Costantin Costa-Gavras, cuenta la historia de Ed Horman, un estadounidense conservador que viaja a Santiago en busca de su hijo, un periodista progresista que desapareció el día del golpe. Lo acompaña su nuera, que comparte la visión política del marido y ve resquebrajarse las de su suegro a medida que descienden en la espiral infernal de la burocracia, la intriga política y el miedo. El guión ganó el Oscar y los actores principales, Jack Lemmon y Sissy Spacek, fueron nominados al premio de la Academia de Hollywood.

Fuguet recuerda haber visto la película en los Estados Unidos con el tío que al poco tiempo se perdió.

¿Buscó a Carlos por novelista, o por su interés en los perdidos?

Carlos se perdió mucho antes de que yo fuera nada. Quizá si Carlos no se hubiera perdido mi literatura no habría sido distinta, pero de alguna manera se produjo una conexión extraña con él. Según una suma de rumores y de mitos, Carlos era el escritor de la familia, aunque no lo fue. Tal vez por eso sentí que me tocaba encontrarlo en algún momento: yo había tenido una suerte que él no había tenido.

¿Fue difícil trabajar una novela a partir de datos reales, sobre la vida de una persona que existe y con elementos autobiográficos?

Por un lado Missing partió hace veinte años; por otro lado demoró cuatro meses de escritura. Los libros se hacen antes y después se escriben, y en este caso fue literal. Todo lo que se cuenta en el libro ocurrió: iba tomando apuntes, busqué y encontré a Carlos, luego lo entrevisté y me di cuenta que ese método no servía, al fin perdí las ganas de contar su vida y me reuní con él en el desierto, y recién entonces supe que el libro no era la gran novela de un tío perdido sino el relato de cómo se construyó esa historia. Mucha gente me dijo "Debe haber sido muy terapéutico, muy difícil", y no: fue muy fácil y muy divertido. Quizás llegar al libro fue más complicado.

Que viva el no-lugar

Hace un año ya que Missing salió en Chile y, mes a mes, se va presentando en los demás países latinoamericanos y en el mercado hispanohablante de los Estados Unidos. En ese tiempo, Fuguet ya cambió de tema dos veces: acaba de presentar otra novela, Aeropuertos, en su país, y sólo piensa en la siguiente, que se encerrará a escribir en Santiago, a su regreso de la Feria del Libro de Miami, por la que ganó la beca Guggenheim.

"Me quedo todo el verano trabajando, aprovecho que la ciudad está vacía y espero que no haya terremotos. Estaba aquí cuando fue el del año pasado, y todavía me queda pendiente arreglar los libreros, ajustarlos... La gente que la sufrió es la de más al sur, pero todas las casas tienen cicatrices", describió.

¿Qué va a escribir?

He cambiado de agente literaria, ahora estoy con Andrea Montejo, que es una colombiana de New York y, como toda americana, planea. Me ha ayudado a ordenarme y organizarme, y estoy más creativo que nunca. Es como mi coach, ahora me siento un boxeador que puede noquear. Trabajo en Matías Vicuña, la segunda parte de Mala onda (la primera novela de Fuguet), y la verdad es que podría entregarla cuando me diera gana, pero consideramos que sería bueno salir cerca de la fecha de los veinte años de Mala onda, cerca de abril de 2012. Así que quiero ponerme esta meta y cumplirla.

¿Cómo trabaja un escritor con la presión de una meta?

Yo, al menos, cuando me largo, pues me largo. Ya he hecho buena parte de la investigación, y si no trabajo en otra cosa llego. Nueve meses es tiempo de sobra porque ya tengo la idea y el libro en la cabeza. No me demoro veinticinco años en escribir. Es como con las películas, que por un problema económico no puedes estar filmando dos años. El cine fue un buen aprendizaje para mí (ver nota relacionada).

Si se encierra, ¿no habrá lanzamiento latinoamericano de Aeropuertos?

No creo mucho en los lanzamientos. Creo que no son necesarios. Esta novela va a salir un poco bajo cuerda, low profile, con poca promoción. Es una apuesta para ver si un libro puede funcionar sin todo el aparataje. Creo que es mejor llegar a quien uno quiere que llegar a mucha gente que no quiere recibir el mensaje.

Usted dijo que Aeropuertos es "una precuela" de su corto 2 Horas. ¿Qué significa?

El corto y la novela terminan igual, pero básicamente el libro cuenta lo que sucede antes. Todo empezó cuando el actor, Pablo Cerda, me preguntó cómo su personaje había llegado a donde estaba. Mientras le contaba sentí que ese personaje merecía un libro. Al fin el corto inspiró una novela, cuando en general ocurre lo contrario, se adaptan al cine novelas o cuentos.

¿Por qué el espacio del aeropuerto? ¿Lo influyó la idea del no-lugar?

No la conocía, y de pronto me di cuenta que, según los otros, yo hacía rato venía escribiendo de no-lugares... En 1994 participé del International Writing Program de la Universidad de Iowa, y al argentino Charlie Feiling y a mí nos dijeron que éramos poco latinos. ¡Yo llevaba cinco años de carrera, tenía lectores en Chile, me había hecho un nombre, y de pronto me decían eso! Nunca me había sentido poco latinoamericano. De ahí surgió la antología McOndo, contra el estereotipo del escritor derivado de la generación del boom y el realismo mágico (ver nota relacionada).

Del mismo modo, nunca había creído que escribía sobre no-lugares.

Y me di cuenta que la etiqueta era negativa. ¡De nuevo! Como me gusta jugar cuando te atacan, saqué el libro (se refiere a Los no lugares: espacios del anonimato, del antropólogo francés de Marc Augé) de la biblioteca de UCLA. Lo leí. Y quedé escandalizado.

¿Por qué escandalizado?

Totalmente escandalizado. Yo no soy un intelectual, pero me pareció de un grado de paternalismo y de racismo, contra el mundo nuevo, contra Estados Unidos... ¿Qué es esa idea de que uno si anda en avión o en metro o va al supermercado termina siendo una no persona? No es culpa de uno vivir en un país donde lo más antiguo no es tan antiguo. ¿Será que París es necesariamente mejor que Miami, a priori? Cada ser humano tiene deseos y necesidades diferentes, y cada lugar puede darle cosas distintas. Por eso le puse Aeropuertos.

Se lo dedicó a Marc Augé, indirectamente.

El sentido era armar una polémica menos polémica que la de McOndo. Ya no me interesa luchar tanto, escribir un artículo contra Marc Augé... Pero cuando me di cuenta que me estaban insultando me movió el orgullo, no quise aceptar que me insultasen tan fácilmente. Así que volví a dar pelear, pero con armas más creativas que intelectuales.

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