Si hay una frase futbolera por excelencia es "el amor por la camiseta". Ni hablar si se trata de defender los colores de la bandera nacional. Pero en los últimos tiempos eso se ha convertido en nada más que palabras vacías.
Muchos futbolistas de renombre internacional han desistido de jugar torneos importantes con su selección por las presiones que ejercen sus clubes, sobre todo los poderosos de Europa.
En defensa de los jugadores se puede sostener que las entidades que le pagan el sueldo durante el año los arrinconan con "recomendaciones" y "consejos" que son más que eso.
A favor de los clubes se puede decir que ellos defienden sus intereses y que no tienen intención de perjudicar a los equipos nacionales. Pero lo hacen.
El caso más reciente para los argentinos es el de Gonzalo Higuaín. El ex delantero de River no estará en el Mundial Sub 20 porque el Real Madrid le comunicó a la AFA que el joven necesita descansar de una cansadora temporada. Sin embargo, el "Pipita" no tuvo tantos minutos en cancha como para suponer que su físico pide un parate.
Algo parecido, aunque con distintos matices, sucedió con Maxi Rodríguez. El mediocampista no disputará la Copa América. Si bien Alfio Basile habría dicho que el ex Newell?s no está al 100%, después de una seria lesión, también se sabe que el propio jugador habría manifestado su postura de no ser convocado. Decisión que no cayó nada mal en el Atlético de Madrid.
Brasil sufre algo parecido. Sus principales figuras no estarán en el certamen continental de Venezuela por pedido de sus clubes. Pero ellos tampoco hicieron mucho por evitar tal situación. Esas figuras son nada menos que Ronaldinho y Kaká.
En los últimos días se desató un conflicto entre la Confederación Brasileña y el Real Madrid porque la entidad "merengue" no cederá al futbolista cuando su seleccionado así lo requería. Igualmente, estará presente en la Copa América.
El problema no parece tener una solución cercana. Menos aún si la FIFA defiende, generalmente, los intereses de los clubes y no de las asociaciones a las que representa.
Lo que hay que dejar en claro es que siempre la última palabra, más allá de presiones y amenazas, la tiene el propio futbolista. Si él quiere jugar, va a jugar se enoje quien se enoje.
Hoy, las pruebas vuelven a demostrar que los clubes salen ganando y le dan mayor fuerza a la teoría de que "el amor por la camiseta" es sólo una vieja frase cumplida por unos pocos.