La Renga, los caminos del antirock y la no violencia

La banda de rock de mayor convocatoria dio un recital el domingo. Hubo choques entre fans y personal de seguridad. El recuerdo de Cromañón y un llamado a la sensatez

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Otra vez estalló la violencia en un concierto de rock, poco antes, en realidad, de que comenzara el show de La Renga, la banda local más convocante.
Aunque en este caso las consecuencias no fueron lamentables en términos de vidas, los vecinos el estadio de Vélez no olvidarán la noche del domingo.

Rock y violencia no son sinónimos, desde luego, pero fans inadaptados nunca faltan en los megaeventos. Pueblan los estadios de fútbol o locales cerrados. Pero no está demás recordar que la estupidez y la falta de previsión se mezclaron un día cuando alguien encendió un bengala y desató una cadena de sucesos que terminó en la tragedia de Cromañón.  

El hábito de la bengala fue transplantado de las canchas y se instaló en el rock "chabón", que adoptaron las huestes de Callejeros, por ejemplo. Las consecuencias del asunto están a la vista. Aún hoy hablamos de la absurda masacre en el barrio de Once, cuando se incendió el techo del local que albergaba a cientos de jóvenes, muchos de los cuales murieron asfixiados por el humo y por falta de una vía razonable de evacuación.
 
Algo a los fans les seguía diciendo que era igual llevar bengalas incluso después de Cromañón. Durante el verano, con la tragedia aún fresca, varias bandas de rock se vieron obligadas a advirtir sobre los riesgos de la irracionalidad desde los escenarios. Los líderes rockeros ahora estaban condenando esas prácticas desafortunadas. La rebeldía típicamente rockera instaba ahora a seguir las normas. No podía ser de otra manera. 
 
El absurdo ritual del festejo con bengalas (que no existieron el domingo aunque sí se escucharo algunos disparos) cumplió  un nuevo capítulo. La Renga es una banda joven y, aunque de culto, moviliza a verdaderas masas.
 
Rock "chabón", le dicen aunque ellos renieguen -rock de barrio, crudo y enérgico-. El 9 de julio la producción, la seguridad de estadio y la privada resolvieron extremar los controles. Desde las habilitaciones al cacheo de objetos con los que pueden ingresar las personas. 
 
Todo se redefinió desde el caso Cromañón. La Renga no estaba alejada de lo que ocurría. Cuando se oyeron los primeros disparos, su líder advirtió desde el escenario que no usaran fuegos. Esta vez, la masa no adhirió a la locura, como lo hubiera hecho antes. Un joven había gatillado balas para festejar un
concierto y eso ya no era gracioso. El silencio de la masa bastó para que no se repita y para aislarlo.
 
Pero antes, durante el ingreso al recital, las cosas ya habían estado complicadas. En Liniers hubo choques entre fans y el personal de seguridad. Las entradas resultaron insuficientes y la cosa se podría haber arreglado de cualquier otra forma. Pero los seguidores que quedaron afuera optaron por reclamar con violencia: lanzaron piedras y blandieron palos contra el "enemigo", los encargados de controlar el ingreso a Vélez.
 
Vecinos de la zona reconocieron en Radio 10 que los episodios "fueron un desastre" y que se generó una verdadera "batalla campal". Además, contaron que se destruyeron vidrios y el frente de varias viviendas cercanas al estadio.
 
Dentro de él, sí, hubo disparos al aire. Sólo que esta vez el líder de La Renga, Chizzo Nápoli recordó con un gesto emotivo a las víctimas de Cromañón. El rock también concientiza. Chizzo tocó un tema con la guitarra de la que fue dueño una de la víctimas de Once. Sus cuerdas, el estadio a pleno, el homenaje y hasta el lamento tuvieron lugar a puro rock. No hizo falta amenazar con palazos para gozar del riff ni blandir una bengala para laurear a las estrellas.
 
La comunión rockera es posible en esos casos. El resto puede ser una pose, un artificio del odio y del resentimiento. Pero siempre será de una naturaleza distinta de la del rock.