
Vacaciones en la costa. Tarde nublada. Amenaza de lluvia. Librería. Compro "Entre la estupidez y la locura": el último libro de uno de los genios -a la manera de Leonardo- del siglo XX.
Me permito, como homenaje e iluminación, citar unas líneas suyas de la contratapa.
"Cuando yo era joven, había una diferencia importante entre ser famoso y estar en boca de todos. Muchos querían ser famosos por ser el mejor deportista o la mejor bailarina, pero a nadie le gustaba estar en boca de todos por ser el cornudo del pueblo o una puta de poca monta… En el futuro (¿o bien hoy y ya?: agrego, con pudor y respeto por el maestro de "El nombre de la rosa"), esa diferencia no existirá: con tal de que alguien nos mire y hable de nosotros, estaremos dispuestos a todo".
De pronto, y aun sin abrir el libro, al que imagino como un festival de la inteligencia, mi mente y mis ojos retrocedieron a las gratuitas, grotescas, patéticas escenas del llamado "tetazo" (síntesis casi obligada en un país que, más para mal que para bien, exhibe tantos "azos"; muchos, sangrientos…), en el Obelisco.

En realidad, el caso empezó con tono de comedia.
Tres chicas comunes y silvestres (como diría mi padre), en una playa costeña nac&pop, se despojaron de sus corpiños. Un ¡vade retro, satán! tan tardío como inocuo: hace más de medio siglo algunas francesas lo hicieron como broma erótica, y algunas chicas Made in USA como protesta contra la discriminación racial y la guerra de Vietnam…
Los demás ocupantes de la playa ni se mosquearon: a lo sumo, miradas curiosas y una que otra grosería lanzada por algún muchachón.
Pero tres agentes de policías las reprendieron. Las llamaron al orden.
Es justo comprenderlos: elegido su oficio, fueron formados dentro de más que comprensibles esquemas de convivencia social.
Y en ese esquema, las mujeres, en la playa y hasta fuera de ella… deben usar corpiño.
Actuaron sin violencia y según sus códigos.
Nada que reprochar.

Es más: pocas horas después, un juez de la Nación determinó (o recordó, mejor) que el destape de las chicas, según los códigos Civil, Penal y Comercial, "No constituye delito".
El episodio debió bajar su telón allí.
Algunas notas en gráfica, y repeticiones abrumadoras en los noticieros de tevé… ¡con tantas cosas más importantes en las cuales detenerse!
Pero la idiotez (o la estupidez, para serle fiel a don Umberto) tenía que manifestarse, explotar, alterar la de por sí alterada vida ciudadana, escandalizar, y convertir a sus tetas (y/o pechos o mamas: me niego a la hipocresía de llamarlas "lolas" como si fuera un "touch" Clase A, y que no es más que una tilinguería) en arietes. En armas de una batalla… contra un enemigo inexistente.
Se sabe: hubo más curiosos que damas militantes exhibiendo sus dotes pectorales.
Pero ellas, pobres, con tal de tener fotógrafos y cámaras delante… actuaron como si fueran Juana de Arco ante las murallas enemigas, o las asaltantes de la Bastilla en la Revolución Francesa, o las modestas y heroicas niñas de Ayohuma vertiendo agua fresca en las bocas de los casi muertos soldados del gran Manuel Belgrano en una de sus pocas derrotas…
Bien dijo Tolstoi (¿o fue Marx?) que lo que empieza como tragedia… termina como comedia.
El triste espectáculo que desplegaron las "descorpiñadas" del Obelisco lo probó con creces.

Ni siquiera me refiero a su condición o elección sexual: muchas de las pancartas decían "Sin Dios, sin Ley, sin Marido".
Como bien decía uno de mis viejos maestros de periodismo, "pibe, cada uno co… como puede".
Me detengo (por poco tiempo: Infobae merece mucho más) en un episodio. No en el ridículo y antiestético bailoteo, ni en las obvias consignas de liberación… por parte de señoras y señoritas que –imagino– si trabajan y tienen un jefe, mal podrían llegar a sus oficinas a teta pelada.
Cuestión de orden, de sentido común, de elemental aceptación de las reglas del juego.
Que ni siquiera discuten el tema "corpiños, sí o no".
El espectáculo que me… ("indignó" sería demasiado) asqueó fue la pintada del patrullero policial.
En verdad, su inutilización temporal.
¿Por qué, chicas tetonas?
Sí. Es cierto. Hay policías corruptos.
Pero también una mayoría que se juega la vida -y a veces la pierde- en un país de delincuencia cada día mayor… y más sofisticada.
Ergo, dejar a ese patrullero sin capacidad operativa bien pudo facilitar un delito: robo o muerte.
Eso, además de deteriorar un bien público.
¡Idiotas!: lo pagaron ustedes, y fue comprado para defenderlas… incluso de la incomprensión de los demás frente a sus prominentes y alimenticias proas…
Y los patrulleros no sobran.
Y los pagamos (con gusto) todos.
En fin.
Fue un maremoto en un florero (frase que acabo de robarle a Jorge Asís).
Fue una gota de agua en el océano.
Un océano donde viven musulmanas que no pueden descubrir su cara ni su cuerpo en público… y menonitas que, como contrapartida y según su religión… ¡se bañan vestidas!
Trilusa, un viejo poeta popular italiano, escribió un inolvidable verso que llamó "La pulcheta anárquica". Es decir, la pulga anarquista.
Alguien, conociendo la vocación y el impulso revolucionario de cierta pulga, la impulsa contra el orden establecido.
Le dice (lo escribo en castellano para su mejor comprensión), "tú, que eres una bestia de coraje, destruye ese reloj que condiciona nuestras vidas".
La pulga obedece.
Se arroja al centro del mecanismo.
Los engranajes la destruyen.
Y después de ese sacrificio… el reloj atrasa apenas un segundo.
Moraleja.
Me niego a explicarla.
Ni siquiera les serviría a los estúpidos.
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