
Que el espectador en cualquier evento escénico es fundamental lo sabemos todos. Pero aunque el teatro es prácticamente impensable sin alguien que lo esté mirando –la palabra deriva del latín "theatum" que quiere decir mirar– hace pocos años que el público dejó de estar confinado a la oscuridad de la sala, a ese espacio invisible que esconde su accionar. La escena se abre para alguien, sí, pero que está relegado a las sombras, escondido, callado, quieto. Sin embargo, hace unas décadas el rol del espectador como coproductor de sentido emergió en algunas corrientes de pensamiento y desde entonces su participación ha cobrado una fuerza arrolladora. Desde actores que nos reciben y nos invitan a pasar; mates que el elenco comparte con la platea y un sinfín de casos en los que el público es mucho más que un espía indiscreto. Los espectáculos se hicieron cargo de este receptor, lo visibilizaron y la llamada cuarta pared, aquella pared imaginaria que separa el escenario de la sala y que garantiza que la obra se desarrolle como si el público no estuviera, comenzó a cuestionarse y hasta llegó a derrumbarse en muchas propuestas modernas.
Por supuesto que esta tendencia no solo se dio cita en el teatro, también en el cine –con Woody Allen a la cabeza que, desde la pantalla, nos interpela y nos habla- y en otras manifestaciones artísticas (como la serie House of Cards) volviéndose así un signo de nuestros tiempos. Por eso, es tan común que en la actualidad asistamos a obras en las que el espectador tiene una presencia más activa. Unas cuantas propuestas, muy distintas entre sí, nos invitan a jugar por un rato un rol que sabemos desempeñar pero de una manera más dinámica.

1) Tebas Land. Algo descoloca de entrada; el actor Lautaro Perotti entra a la sala grande de Timbre 4 y se presenta con su nombre real. Lo hace serio, nervioso, algo inquieto frente a una platea a la que mira de frente, a la que saluda y a la que le exige su atención. Desde ahí algo está claro: en esta obra los límites entre ficción y realidad juegan un gran papel. Se necesitan dos actores mayúsculos -a Lautaro Perotti lo acompaña en escena Gerardo Otero, quien encarna dos papeles bien distintos-, para este desafío. Perotti, para confundirnos de tal forma que hasta creemos que el actor por esas cuestiones del arte moderno está presentando algo "real" y por eso su incomodidad. Otero, para pasar de un personaje a otro de un modo tan sublime que por momentos da la sensación de que se trata de dos actores distintos. La pieza del uruguayo radicado en Francia Sergio Blanco es de una inteligencia fuera de serie. La puesta en manos de Corina Fiorillo, un hallazgo. El espectáculo que se despliega frente a nosotros intenta reconstruir el proceso creativo desde sus comienzos. Un escritor investiga el tema del parricidio y para ello conoce a Martín Santos, un joven que ha matado a su padre. De los encuentros que tendrán ellos dos en la cárcel donde se encuentra el joven nacerá su modo de representarlo. Nosotros viviremos el proceso creativo desde sus orígenes hasta el momento de exhibición: esa función.

2)Duros. La propuesta de Lisandro Rodríguez, que actualmente tiene en cartel además la obra Dios, en el Centro Cultural Recoleta, estrenada en su propia sala, Elefante, es la más radical al respecto. El escenario es un pozo, sí, un pozo literalmente hablando hecho por el propio director junto al escenógrafo Norberto Laino (dupla que ya viene trabajando hace tiempo y que parece comprenderse a la perfección en esta búsqueda de correr riesgos y cuestionar todos los límites del teatro) en medio de la sala. Un pozo de tres por tres, fruto de cavar y penetrar en las entrañas mismas de la tierra. Arriba, en la superficie, los pocos espectadores que miran, asomados y parados, en los pasillos de los costados de este pozo lo que sucede allí abajo. Aquí no hay historia clásica sino seres que habitan ese espacio y que se ¿comunican? mediante sonidos. Olor a tierra, a barro, a humedad. Los espectadores además son los encargados de iluminar. Al comienzo de la función son entregadas unas linternas y unos barbijos para cubrirse del polvo. Desde arriba, cada quien con su linterna (una propuesta muy acertada del diseñador lumínico Matías Sendón) echará luz sobre estos cuatro habitantes. Seres de barro, seres que no pueden salir de ese pozo. Un llamado desde la superficie, quizás el único momento en que aparecen palabras comprensibles para todos, complejiza la situación, le otorga un marco concreto a esos seres que parecen de otro tiempo y de otro espacio. Una propuesta para audaces y para aquellos que gusten de vivir experiencias completamente originales de nuestro teatro.

3)La piel de Elisa. La obra de la conocida canadiense Carole Fréchette propone un hilvanado de historias de amor a cargo de Elisa, la protagonista. La directora y actriz Silvina Katz redobla la apuesta: lleva esta pieza a un bar, nada menos que el del Espacio Callejón, para que los espectadores, sentados en mesas muy próximas a Elisa se deleiten con sus relatos. Ella padece un mal, inventado, lejano; su piel crece más de la cuenta y para evitarlo debe contar historias de amor repletas de detalles, tantos que hagan sentir a los oyentes la pasión en estado puro. De ese modo, nos convertimos en partícipes necesarios para que su enfermedad no avance. Aquí tampoco hay un escenario convencional ni butacas clásicas. Y el espectador, más cerca que nunca, sentirá en su propia piel la sensualidad encendida.

4)En Parte de este mundo la propuesta es también muy original: unas mesas dispuestas en forma de cruz, unas cuantas sillas en torno a ellas, unos manteles a cuadros que dan sensación de hogar, unos libros de Raymond Carver dispuestos en las mesas y comida y bebida que, se aclara, están para ser consumidas (incluso a lo largo de la función los propios actores agregan, si hace falta, y completan los vasos a medida que son vaciados). Los espectadores -que tampoco podrán ser tantos- se sientan como quieren, sin saber demasiado lo que irá sucediendo a continuación.
Una vez que están todos acomodados, comienza la función. Sin escenario, con una iluminación pareja en toda la sala que homogeneiza a espectadores y actores. Es que aquí los actores están un poco infiltrados y a medida que avancen las acciones los iremos descubriendo. (¿El hombre que está al lado mío será personaje o público?) Las historias que se suceden parten de cuentos y poemas de Carver. Incluso habrá colado algún recitado por ahí. Una bella experiencia, un hermoso encuentro con el teatro que se cuela en todos los rincones.

5)En agosto llegó a Buenos Aires el formato Microteatro. En el piso de arriba: 6 salas de 15 metros cuadrados que contienen obras de 15 minutos de duración para 15 espectadores. Abajo: un bar en donde se sirven bebidas y comidas. Los visitantes puede elegir el camino a recorrer. Ver alguna obra, bajar a comer algo, subir nuevamente a participar de otra. Siempre con la opción de bebida en mano para seguir manteniendo la idea de estar en un bar. Una especie de "Elige tu propia aventura" o teatro on demand se instala en Buenos Aires como forma de responder a tiempos un poco más acelerados. Cada mes, Microteatro propone una temática diferente. Todas las obras (las 6 de la sección central y las 4 de la sección Golfa) parten de ese tema. En septiembre el tema es el amor. Algunas más clásicas disponen asientos para los pocos espectadores; en otras, la propuesta es más radical y los 15 participantes se deben acomodar a los costados de la pequeña sala e ir moviéndose como los personajes lo indiquen.
Bonus track: Un gabinete para un solo espectador dispuesto en la sala de espera de Timbre 4. Un actor, un micromonólogo de 5 minutos, es tal vez la propuesta más extrema que existe para el espectador. El espacio es reducido y la intimidad inmensa.
*Para agendar:
Tebas Land, jueves a las 20.30, viernes a las 20, sábados a las 23, en Timbre 4.
La piel de Elisa, sábados a las 20, en Espacio Callejón.
Microteatro, de miércoles a domingos, en Microteatro Buenos Aires, Serrano 1139.
Duros, viernes a las 22, en Elefante Club de Teatro
Parte de este mundo, sábados a las 22.30, en Timbre 4.
Gabinete para un solo espectador, sábados de 20 a 23 y domingos de 16.30 a 19.30, en Timbre 4, a la gorra.
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