Uno de los momentos importantes que tuvo el mundo literario argentino en 2016 fue la visita de Michel Houellebecq, quien en su momento de mayor popularidad gracias al éxito de "Sumisión", agotó entradas y provocó largas colas de lectores que lo quisieron escuchar y ver de cerca. Más allá de ese extraño fenómeno, hay quienes en Buenos Aires leen y discuten su obra desde hace años. Nicolás Mavrakis es tal vez el más activo y el que mayor dedicación le ha prestado: organizó un curso de lecturas, fue uno de los coautores que debatieron en el libro Discutir Houellebecq. Cinco ensayos entre Buenos Aires y París (Capital Intelectual, 2015) y el responsable de publicar Houellebecq. Una experiencia sensible, el ensayo que presenta editorial Galerna.

El libro recoge una encomiable tarea llevada adelante por Mavrakis en al menos dos cuestiones: el análisis de materiales que exceden la obra literaria (poesía, ensayo y narrativa), porque también desgrana su participación en la escena mediática o en el cine y, en segundo lugar, la reflexión sobre la base del diálogo con otros autores partiendo de una advertencia que hace en la primera línea: "La literatura de Michel Houellebecq, o al menos la que proponen sus novelas, es la obra de un best-seller. Es decir, un autor al que conocen y en muchos casos incluso leen quienes ni siquiera tienen el hábito de la lectura".

En esta entrevista con Infobae, Mavrakis, que acaba de terminar un libro de cuentos que espera publicar este año, cuenta que la pregunta que funcionó como punto de partida era si Houellebecq "escribe libros sobre un tema específico o si en realidad lo hace sobre una serie de temas idénticos".

—Antes de meternos en eso, ¿en qué momento a Houellebecq se lo asoció con la palabra "polémico"? Pareciera que no se puede escribir su nombre sin agregarle ese calificativo.

—Eso es interesante, porque Houellebecq empezó como ensayista; su primer libro es uno sobre Lovecraft, un escritor norteamericano del terror. Hace como un repaso de Lovecraft, pero para identificar los temas que a él le interesan para lo que va a ser toda su obra novelística que todavía no había empezado. En cuanto empieza a publicar novela, empieza la cuestión de la polémica, básicamente porque se mete con temas que tienen que ver con el sexo de manera inédita para lo que hasta entonces era el registro de lo sexual. Y después porque él también empieza a confundir, él mismo lo confiesa, la idea de que la presencia mediática tiene que ver con la venta de libros, con lo cual empiezan todas esas declaraciones mediáticas respecto a que la cultura francesa está muerta, a que la literatura francesa está muerta y eso se fue expandiendo a cuestiones que tiene que ver con el islamismo, la islamofobia, la relación con el islam, la relación con los homosexuales, los negros, los judíos…

—¿Con la mujer?

—Con las mujeres y todo lo que tiene que ver con el sexismo, las acusaciones de misoginia. Ahí es donde se empieza a caracterizar lo de polémico en los medios antes que en la literatura. La literatura de Houellebecq no es menos o más polémica que cualquier novela más o menos inteligente contemporánea sobre temas delicados.

—En un punto eso es la literatura: abrir campos de reflexión y sensibilidad.

—Exactamente. Ahí es la cuestión en la que está atrapado Houellebecq y que le da un poco origen al libro: hasta qué punto lo "polémico" devora la percepción de una obra mediatizada antes que leída. Ese es el problema del best-seller, el autor que conocen incluso los que no lo leyeron. Esa es una de las paradojas del escritor masivo: que a veces aquello que escribe es menos conocido que aquello que representa y ahí es donde cae la ficha de lo polémico, de lo transgresor, cuestiones que, tal vez, tienen que ver con las formas en que un medio presenta a un escritor, pero no con cómo un escritor presenta su obra literaria. Hay una especie de planificación que no es una planificación, sino más bien el diseño de una obra que parte de la poesía.

—Usted nombró algo al pasar que desarrolla en el libro, que Houellebecq llegó a la prosa como crítico antes que como novelista. "Ese salto cualitativo no es menor si se piensa que en esencia es un poeta", escribe en el ensayo. ¿Esa definición implica que estamos ante una obra planificada?

—Parte del trabajo del libro que nació del curso era tratar de detectar eso. ¿Es la obra de Houellebecq una cuestión que va atada a la coyuntura? Y entonces uno dice: "Cuando está de moda el tema del turismo sexual, aparece una novela; cuando está de moda el tema de la biología y la ciencia, sale una novela como Las partículas elementales; con el islamismo, sale Sumisión". Si uno registra la obra de Houellebecq, está eso que vos decís: hay una especie de planificación que no es una planificación, sino más bien el diseño de una obra que parte de la poesía, donde si uno lee los poemas (es lo primero que publicó), están los mismos temas que están en las novelas: el problema de la ciencia y el humanismo, la sexualidad, el problema de cómo la técnica se confronta con la religión o con lo espiritual y en el ensayo sobre Lovecraft está la lectura de un autor, no para descifrar lo que el autor dijo o hacer un trabajo de clarividencia, sino para ver qué hay ahí que después él va a potenciar. En el caso de Lovecraft, tiene que ver mucho con la ciencia, la tecnología y cómo eso altera la percepción de los otros y a los otros mismos, todos temas que después la biociencia y la técnica aplicada a la biología van a volver mucho más contemporáneos. Ese es el tema de Las partículas elementales, o de La posibilidad de una isla.

—Le propongo desarmar el título de su ensayo: dice "experiencia" y "sensible". ¿Por qué?

—La idea de la experiencia sensible como frase, que era la frase que le daba origen al curso, es más bien una pregunta: ¿Puede haber una verdadera experiencia del orden de lo sublime, de lo espiritual, de la conexión amorosa, en la civilización contemporánea moderna o está todo mediado por instancias más artificiales como la ciencia, el mercado? Ahí está la pregunta acerca de la experiencia, ¿es lo que pasa a través del tiempo una experiencia genuina? ¿O es un recorrido por el mundo como supermercado? Y lo sensible tiene que ver con otra cuestión que sí recorre todo Houellebecq, que es la pregunta acerca de lo sublime, de lo espiritual, eso que a veces en las novelas lleva al terreno del amor, pero que en Sumisión lleva también al terreno de la experiencia religiosa: la experiencia religiosa no en el sentido de creer en tal fe, sino en la idea de que hay algo que trascienda lo más real, inmediato, de lo mundano.

—Que en su obra está postulado como pregunta…

—Sí, es una pregunta. Ahí tenés un buen caso de lectura mediática y lectura literaria: Sumisión es una novela que automáticamente quedó instalada a través de los medios como una novela sobre la Francia, ni siquiera islámica, islamista atada inmediatamente al ataque terrorista a Charlie Hebdo y, sin embargo, si uno lee la novela con cuidado, no es una novela de alguien que se convierte al islam, sino que es alguien que fracasa para convertirse al catolicismo. Después la novela tiene una cuestión satírica, pero la pregunta que deja Houellebecq es: ¿es el sujeto occidental contemporáneo, acostumbrado a un montón de cuestiones cómodas y a resolverlo todo de manera pragmática, es todavía un sujeto capaz de someterse a lo que pide o exige cualquier religión? Eso lo trabaja de una manera bastante satírica, pero no cuando se convierte al islam, sino cuando él fracasa en volverse católico.

—Mi intuición es que usted llegó a trabajar a Houellebecq y a escribir este ensayo por rebeldía frente a la corrección política y que en este libro también se propuso ponerla en cuestión.

—Sí, es una buena lectura. La idea del libro no es hacer una hagiografía de Houellebecq. Para decir que escribe bien, ya se ha dicho y, en todo caso, se puede leer, pero sí que hay temas que trata que rebotan rápidamente, sobre todo en Buenos Aires. Sin duda los temas que trata son temas que resuenan en distintos lugares del mundo y el de la corrección política es uno de los más interesantes. La idea de que hay una especie de resolución de los conflictos a través de cierto ordenamiento del lenguaje, que uno no puede nombrar tal cosa porque eso significa desnudar una serie de conflictos. El problema de la corrección política es eso: solamente resuelve el problema pavimentando todo con una especie de lenguaje homogéneo que parecería resolverlo. Uno puede decir: "Está bien, el lenguaje es el primer paso para resolver un conflicto", pero evidentemente no los resuelve, los oculta. Y eso no es algo que sólo diga Houellebecq, es algo que dice un montón de otros escritores, filósofos, pensadores e intelectuales. En el caso de Houellebecq, cuestiones como el feminismo, es muy interesante leer cómo lo que Houellebecq usa en sus novelas o en sus ensayos puede leerse en clave contemporánea con discusiones que ocurren en Argentina y en distintos lugares que parecerían alejados de este Primer Mundo que aparece en sus novelas. Desde ese lugar me parecía interesante abrir la lectura de una obra hacia lo que pudiera tener que decir respecto de un montón de cuestiones que son mucho más cercanas a lo que uno podría creer en un primer vistazo.

—¿No tiene miedo a, por ejemplo, la calificación de misógino que es un una acusación que Houellebecq recibe?

—No y en el libro está planteado. La idea de la misoginia, por ejemplo, si uno lee las novelas, hay que decir que él en principio es un poeta romántico y tiene una visión del amor y el sexo absolutamente romántica. La idea del sexo gratuito, del rediseño del cuerpo, la idea de que uno es simplemente lo que desea ser sin ningún trabajo, sin ningún desarrollo, está muy criticada en Houellebecq. Sus novelas deben ser las que mayor énfasis hacen en la idea de la mujer como aquello que abre a las experiencias más sublimes, más ambiciosas que un hombre pueda tener. Eso atraviesa su obra y creo que es lo opuesto a ubicar a la mujer como un objeto.

Houellebecq no ubica a la mujer como un objeto del mercado.

—Bueno, ahí está la discusión. Puede haber un sexo que tiene que ver con el goce inmediato y eso no está mal. En las novelas eso no está obviado, todo lo contrario. En las novelas de Houellebecq eso inmediatamente implica un vacío que tiene que ver con la ausencia del amor: hay un superávit de placer y sexo, hay un enorme déficit de amor. En ese sentido, las mujeres ocupan un lugar central y definen las vidas de los hombres, de los personajes de Houellebecq, siempre. Leer eso como misoginia es precisamente este problema de la calificación polémica, es quedarse con la percepción mediática y no con la lectura misma de la obra.

—¿Qué trabaja Houellebecq a través del cuerpo?

—Hay una serie de novelas, sobre todo Las partículas elementales, la primera, que es Ampliación del campo de batalla, La posibilidad de una isla, en las que trata el tema del cuerpo en relación con cómo se presenta el sexo y cómo el sexo se enfrenta, nuevamente, porque es recurrente el asunto en Houellebecq, a la experiencia amorosa. Esa es una cuestión completamente coyuntural también acá: ¿es el cuerpo aquello que uno percibe que es o el cuerpo es lo que es y el valor se define en la relación con los otros? Ahí está la pregunta: ¿puede definir uno lo que es o uno ya es y tiene que aceptarlo? Eso Houellebecq lo lleva al terreno del sexo, ahí dice que hay un sistema que él identifica con el mercado que tiene que ver con el cuerpo como mercancía. Dice: las mercancías se ordenan y se intercambian por cuestiones por el mismo valor, entonces los cuerpos bellos tendrán derecho al sexo, circunstancialmente al amor, los cuerpos feos, no. Eso más o menos se va repitiendo. Si la frustración al no poder acceder al sexo puede repararse por la ciencia, entonces la ciencia lo va a hacer. Otra vez la sátira: ¿cuál es la reparación de la ciencia? No embellecer, sino desensibilizar, cuerpos cada vez más autónomos que necesitan menos de las compañías de los otros, del placer de los otros, del sexo definitivamente. Eso lo lleva en las novelas de esa manera, pero también en sus ensayos y en sus entrevistas da cuenta de cómo esa es una cuestión de cierto proyecto que él vincula con la ciencia y el mercado y que es la idea de homogeneizar. Ahí hay una pregunta que trato de cuestionar en el libro: si todos los cuerpos son iguales y cada uno es lo que percibe que es y se acepta con base en esto que llamamos corrección política, la elección libre de lo que uno sea sin otro trabajo que el mero pronunciamiento. Todos somos lo que queremos, dice Houellebecq, ese es el principio nada más y nada menos que del mercado, que todos podamos ser consumidores iguales de placer, de goce. El problema, y ahí está la paradoja, pronunciar eso no resuelve el problema, siempre va a haber —según Houellebecq— aquellos que quedan afuera de la distribución (que él compara con el mercado), están los ricos y los pobres y los que acceden al placer y los que no. Esta cuestión de que la belleza es relativa es un problema muy contemporáneo.

—En el libro puntualiza que había temas vinculados con el desarrollo de internet que por el momento en que lo escribió no estaban en Ampliación del campo de batalla.

—Lo que me parece interesante que no estaba en Houellebecq, que no llega a estar en Ampliación del campo de batalla, son algunos cambios que tienen que ver con eso, por ejemplo, vinculados con internet. Uno podría pensar que en el año 94, cuando lo escribe y, dice, los lindos acceden al placer y los feos no, veinticinco años después, con las herramientas de las redes sociales, por ejemplo, aquellos que antes estaban desplazados de este mercado del deseo encontraron puertas que habilitan y reescriben ese campo de batalla. Por supuesto, se abren nuevos problemas y discusiones; me parece interesante que ahí Houellebecq, por una cuestión cronológica y como la ciencia cambió, no pudo llegar a ver que los feos iban a tener su momento de, digamos, entre comillas, de venganza, de reingreso a este mercado del placer. Ahí está el problema: cómo los que supuestamente no tienen las condiciones de belleza, que es otro tema que trata y trata, organizan su deseo y su placer. Cómo los que nos cumplen con los famosos parámetros de belleza pueden rehabilitarse en el intercambio de placer. ¿Por qué los que antes no accedían reclaman el acceso y la idea de que aquello que legitimaba la belleza antes ha sido deslegitimado? Esta cuestión de que la belleza es relativa es un problema muy contemporáneo en otras discusiones y eso me parecía interesante. Houellebecq leído sirve como puerta de acceso a cuestiones que uno ve todo el tiempo.

—¿Por qué dice que Houellebecq es él mismo parte de su obra y que armó una gran performance de su vida?

—Eso va unido a la cuestión mediática. Houellebecq percibió que si lo mediático devoraba la percepción de su obra y se quedaba con la figura misma de Houellebecq, una especie de perfomance que también mediatice y lleve esas cuestiones que trata su obra al personaje mismo que muestran los medios, era un extensión más mediática de su problema mediático.

—¿Operó sobre la escena mediática antes de que lo hagan sobre él?

—Exacto. Eso es algo que basta leer la novela El mapa y el territorio, donde él mismo habla de eso y de su personaje mediático. La oportunidad de haberlo visto y escuchado en Buenos Aires es un buen contraste: si uno compara las preguntas que se le hacían y la imagen que Houellebecq demostraba en las entrevistas con la conferencia que dio sobre los intelectuales en Europa y cuál es el lugar de la izquierda, va a ver que ahí no hay ningún papel de alguien timorato o reprimido o con poco que decir. Era un contenido y desarrollo perfectamente normal, consciente y lúcido.