
La Primera Guerra Mundial comenzó en un automóvil. Lo firma la Historia con mayúsculas, lo cerciora la transición de hechos que desencadenaron en la Gran Guerra, el primer conflicto bélico de trascendencia trasnacional que mereció numeración cuando en 1939 otra guerra se instauraba. El magnicidio del archiduque Francisco Fernando, heredero al trono austrohúngaro, y de su esposa, la condesa Sophie Chotek, fue caratulado el "Atentado de Sarajevo", un acontecimiento con suficiente carga emotiva y mérito histórico para portar un título valorativo. El Atentado de Sarajevo que detonó la guerra se concibió sobre un Gräf & Stift Double Phaeton, descapotable, negro, testigo mudo del asesinato doble.
El siglo XX había nacido efervescente para el nacionalismo serbio. Serbia había conquistado Macedonia y Kosovo en la llamada Guerra de los Balcanes de 1912 y 1913 que lo enfrentó con el Imperio Otomano. La decadencia progresiva del "enfermo de Europa", tal como era conocido el imperio multiétnico y multiconfesional liderado por la dinastía osmanlí, había permitido también que el Imperio austrohúngaro anexara el territorio de Bosnia y Herzegovina, una región rápidamente asaltada por movimientos independentistas y despertada por formas de insurrección popular. Bosnia era gobernada por un régimen austrohúngaro pero su población era serbia: latía en el pueblo un plan de desestabilización. Agentes terroristas suspendieron el atentado al gobernador de Sarajevo; habían identificado un blanco superior: el archiduque Francisco Fernando, sobrino del emperador Francisco José y heredero al trono imperial de Viena.
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El emperador le pidió que viajara a Bosnia con el propósito de monitorear operaciones militares en la zona y manifestar la posteridad del imperio a través de la figura hipnótica del heredero al trono. El grupo independentista Bosnia Joven lo percibió como una provocación: reclutó a seis jóvenes serbios, tres en Belgrado y tres en Sarajevo, para perpetrar el magnicidio. La fecha elegida, el 28 de junio de 1914, cuando en la capital de la provincia imperial de Bosnia y Herzegovina, el blanco se dispusiera a inaugurar las instalaciones de un nuevo museo público y asistiera a un acto en el Ayuntamiento.
Para el acto terrorista, el escenario era ideal. Llegó a las diez de la mañana en tren desde la localidad de Ilidža. La comitiva imperial haría un trayecto público, en una caravana de seis vehículos a la intemperie, a merced de cualquier hipotético atentado. A Francisco Fernando le irritaba la presencia permanente del servicio secreto y prefería el contacto con el pueblo sin que mediara un cordón policial. Había desatendido los riegos y la amenaza latente. Edmund Gerde, jefe de la Policía de Sarajevo, exigió que reforzaran las medidas de seguridad. El Ejército le respondió que no se obsesionara con fantasmas.
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El archiduque y la duquesa viajaron junto al gobernador de la ciudad, el general Oskar Potoirek, a bordo de un Gräf & Stift Double Phaeton descapotable, el tercer automóvil de la caravana. En las calles de Sarajevo, escondidos entre la multitud, se desplegaron las facciones terroristas en distintos grupos. La cantidad, la variedad pretendía garantizar la efectividad del plan macabro. Hubo un primer atentado, a pocos minutos de que partiera la comitiva oficial. Cabrinovic, miembro de Bosnia Joven, lanzó una bomba al auto. La capota del vehículo actuó como resorte: la bomba rebotó y explotó cerca del auto que circulaba detrás. Hirió a decenas de personas, entre ellas el teniente coronel Erich von Merizzi, ayudante del general Potoirek. El automóvil en el que murieron, antes los había salvado. Cabrinovic fue doblemente ineficiente. No mató a Francisco Fernando ni logró suicidarse: luego de arrojar la bomba ingirió cianuro y se tiró al río. El veneno no hizo efecto y durante el verano bosnio el río Miljacka se seca y carece de profundidad. Posteriormente Cabrinovic era detenido.

El atentado frustrado alteró naturalmente los ánimos. La caravana emprendió raudo viaje hacia el Ayuntamiento, donde lo esperaba la bienvenida oficial. El archiduque pronunció un discurso tenso, en el que se mostró visiblemente nervioso. Estudiaron suspender el raid oficial, pero decidieron continuar con el itinerario con una modificación pertinente: el archiduque visitaría el hospital en el que se encontraban los heridos del atentado. Pero una casualidad, un error previsible, terminaría instaurando una guerra.
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El soldado Leopold Sojka, conductor del lujoso Gräf & Stift Double Phaeton -propiedad del conde Frantisek Harrach-, no sabía que la ruta había cambiado. La comitiva debía dirigirse al hospital siguiendo la avenida Appel, que bordea el río, sin incursionar en las angostas calles de la ciudad antigua. El vehículo en el que viajaban Francisco Fernando, heredero al trono austrohúngaro, su esposa, la condesa Sophie Chotek, y el gobernador de Sarajevo, el general Oskar Potoirek, pensaba continuar el camino trazado, pero su conductor advirtió que el resto de la caravana había tomado otra ruta por lo que decidió detenerse. Quiso dar marcha atrás: no pudo. El automóvil carecía de tamaña tecnología. El motor -cuatro cilindros, 5,8 litros y 32 cv- también se había detenido. Ese instante de pasividad despertó el espíritu terrorista del estudiante de 19 años, Gavrilo Princip, quien comía en la cafetería de un tal Moritz Schiller reflexionando sobre el primer acto frustrado.

Princip se encontró a la vera de una oportunidad histórica. Sin procesar el contexto ni las consecuencias, se dirigió al vehículo: asestó dos disparos certeros. La primera bala impactó en la yugular del archiduque, la segunda penetró en el abdomen de la duquesa. Había perpetrado el magnicidio. El joven fue instantáneamente linchado por la multitud. Un mes después la Primera Guerra Mundial había comenzado. Según el canciller Bismarck, "por alguna estupidez ocurrida en los Balcanes". Austriahungría le declaraba la guerra a Serbia, por considerar que había avalado el atentado. El tejido de alianzas fue alcanzando a todas las potencias europeas.
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El Gräf & Stift, seis piezas y fabricado en 1910, se conserva en el Museo de Historia Militar de Viena, Heeresgeschichtliches Musseum. Testigo inerte del suceso que desembocó en la Gran Guerra, aún preserva los orificios de bala que alteraron el rumbo de la historia y acabaron con la vida de veinte millones de personas.
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