En Santiago de Chile, Ramón no durmió. Desde que comenzaron a llegar las primeras noticias sobre el devastador terremoto en Venezuela, pasó la noche mirando la pantalla de su teléfono, alternando entre llamadas, mensajes de WhatsApp y redes sociales. Nadie respondía.
Sus padres, dos hermanos y varios familiares vivían en La Guaira, una de las zonas más afectadas por el desastre. Las horas avanzaban y la incertidumbre crecía.
Intentó llamar una y otra vez. Los mensajes quedaban sin entregar. Las aplicaciones se actualizaban sin mostrar novedades. En los grupos familiares solo aparecían preguntas de otros parientes que tampoco sabían nada.
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Recién cerca de las 11 de la mañana llegó una respuesta: “Estamos todos bien”. Nada más. El alivio duró apenas unos segundos. Porque inmediatamente aparecieron nuevas preguntas: ¿Bien cómo? ¿La vivienda seguía en pie? ¿Habían resultado heridos? ¿Seguían en la zona? ¿Y qué había ocurrido con los tíos, los primos o los vecinos?
La historia de Ramón se repitió durante horas en distintas ciudades del mundo.
En Buenos Aires, Madrid, Bogotá, Miami, Lima o Santiago, miles de venezolanos vivieron pendientes de una llamada, un mensaje o una publicación en redes sociales que confirmara que sus familiares seguían vivos.
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Para muchos, la espera se prolongó durante toda la noche.
Una segunda emergencia
Mientras las cámaras mostraban edificios colapsados, hospitales recibiendo heridos y equipos de rescate removiendo escombros, otra crisis se desarrollaba lejos de las zonas afectadas. Era la crisis de quienes no podían obtener información.
Familias enteras pasaron horas sin saber si sus seres queridos habían sobrevivido.
Otros lograron establecer contacto, pero solo de forma intermitente y mediante mensajes breves que llegaban con horas de retraso. Algunos recibieron una fotografía. Otros apenas una palabra.
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Muchos no recibieron nada.
El problema de comunicarse en medio del desastre
Las dificultades no surgieron únicamente por la magnitud del doble terremoto en Venezuela.
Durante años, el país ha enfrentado un deterioro progresivo de su infraestructura de telecomunicaciones.
Las fallas eléctricas, la falta de mantenimiento, la escasa inversión tecnológica y las limitaciones de conectividad han sido señaladas reiteradamente por especialistas como algunos de los principales problemas del sector.
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Cuando el sismo golpeó zonas densamente pobladas del país, esa fragilidad quedó expuesta.
La saturación de las redes, los cortes de energía y las interrupciones en los servicios de comunicación dejaron a numerosas comunidades prácticamente aisladas durante las horas más críticas.
El país de los rumores
En ausencia de información clara, comenzaron a circular versiones de todo tipo. Videos sin ubicación confirmada. Fotografías antiguas compartidas como si fueran actuales. Audios reenviados miles de veces por aplicaciones de mensajería. Supuestos balances de víctimas que cambiaban de una hora a otra.
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Para quienes buscaban noticias de familiares, cada mensaje podía convertirse en una fuente de esperanza o de desesperación.
En muchos casos era imposible distinguir entre información real y rumores.
La situación se vio agravada por un ecosistema informativo debilitado tras años de restricciones y dificultades para el funcionamiento de medios independientes, una realidad que numerosos organismos de libertad de prensa han documentado en Venezuela.
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Una vulnerabilidad que va más allá de los edificios
El terremoto dejó al descubierto una realidad que suele pasar desapercibida hasta que ocurre una emergencia.
La capacidad de un país para enfrentar una catástrofe no depende únicamente de hospitales, ambulancias o equipos de rescate. También depende de la posibilidad de mantener informada a la población.
La situación se vio agravada por un problema que Venezuela arrastra desde hace años: la censura impuesta por el régimen. Organizaciones nacionales e internacionales han denunciado reiteradamente el cierre de medios independientes, restricciones a la prensa y bloqueos de portales informativos y plataformas digitales. Aunque las fallas de comunicación registradas tras el terremoto estuvieron vinculadas al impacto del desastre sobre las redes y la infraestructura eléctrica, la emergencia encontró a millones de venezolanos en un país donde el acceso a información plural y confiable ya se encontraba debilitado por años de controles y limitaciones al ecosistema informativo.
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Durante años, Venezuela ha visto reducirse su ecosistema de medios independientes a través del cierre de emisoras, la desaparición de periódicos, restricciones sobre portales informativos y dificultades crecientes para el ejercicio del periodismo.
Al mismo tiempo, la infraestructura tecnológica del país se ha deteriorado de manera sostenida.
El resultado quedó en evidencia tras el sismo que devastó Caracas y La Guaira.
Mientras miles de personas buscaban sobrevivientes entre los escombros, otras miles luchaban por algo mucho más simple: conseguir una señal telefónica que les permitiera saber si sus familiares seguían vivos.
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Esperar una señal
En las horas posteriores al desastre, la escena se repitió una y otra vez. Personas observando sus teléfonos. Actualizando aplicaciones. Llamando sin éxito. Esperando.
Para muchos venezolanos que viven fuera del país, el terremoto en Venezuela se experimentó a miles de kilómetros de distancia, pero con la misma intensidad emocional que en las zonas afectadas.
Porque cuando las comunicaciones fallan, la incertidumbre también se convierte en una víctima de la catástrofe.
Y en medio de los escombros, los apagones y las operaciones de rescate, millones de personas descubrieron que una de las cosas más difíciles de encontrar después del doble terremoto no era ayuda, ni refugio, ni transporte.
Era información.