En Caracas, la noticia empezó a circular de boca en boca antes de fijarse en las pantallas. “Manita, al fin se acabó esta pesadilla”, dijo Mariza desde la capital venezolana cuando logró comunicarse con su hermana María, que vive en Buenos Aires. Del otro lado de la línea, la frase se repitió como un desahogo largamente contenido: “Después de tantos años, al fin”. Hablaron de celebrar, de hacerlo cuando “todo esto pase”, y de una libertad que, por primera vez en mucho tiempo, parecía imaginable.
La detención de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos abrió una grieta emocional entre la cautela y el festejo, una mezcla de sensaciones que venezolanos dentro y fuera del país compartieron a través de WhatsApp. Esos testimonios, recogidos por Infobae, se reproducen en esta crónica con nombres modificados a pedido de los propios entrevistados, por razones de seguridad.
En edificios de Caracas, algunos vecinos salieron a los balcones a gritar que “Venezuela ya es libre”. Carolina, desde El Llanito, describió una “tensa calma”: gritos espontáneos, pero también prudencia. La imagen televisada de figuras del oficialismo mantuvo a muchos dentro de sus casas. “Dormimos dos horas y estamos atentos a las explosiones”, dijo. En su zona no faltaron servicios básicos; la decisión fue resguardarse.
La esperanza, aun así, se abrió paso. Yanitza León, migrante exiliada en Estados Unidos, habló de un shock emocional. “Es una mezcla de tantas cosas”, dijo. “Celebrar un triunfo, por mínimo que sea, no lo hacemos porque pensamos que todavía quedan algunos”. En su relato, la imaginación se adelantó al presente: volver, abrazar, verificar que el daño a los civiles no fuera mayor. “Es impactante”, repitió.
En el estado Lara, Roberto pidió controlar la emoción. Recordó decepciones pasadas y oportunidades fallidas. “Habrá que esperar todavía”, dijo, con la expectativa puesta en un alineamiento definitivo de las fuerzas armadas. La desconfianza convive con la fe en que esta vez “todo esté bien medido”. Su relato terminó con la frase “yo destapé una botella de whisky” y una foto de su vaso dispuesto para el brindis.
Desde el exterior, la noticia reactivó un pulso común. Una madre, con un hijo exiliado en Chile desde hace dos décadas, habló de tiempos cumplidos. “Estoy feliz por mi patria querida, por mi familia regada en el mundo”, dijo. Pensó en el regreso. Pensó también en lo que falta.
En Santiago, Johan, exiliado venezolano, puso palabras a un cansancio colectivo. “Luchamos por 26 años”, dijo. Enumeró secuestros, muertes, destierros. “Nos agotamos, dejamos de creer”. La detención de Maduro reavivó la idea de volver a casa “en libertad y con democracia”.
En Caracas, la incredulidad no se disipó del todo. Carlos dijo haber visto bombas caer en La Carlota y militares en la calle. “Todavía no lo creo”, afirmó. “Hasta que no lo vea preso”. Nohelia, también en la capital, describió un vaivén emocional: angustia con esperanza, ganas de sonreír contenidas por la incertidumbre. Preguntas sobre el poder real, sobre los nombres que siguen, sobre la desinformación. La ilusión “agranda el pecho”, dijo, mientras el estómago se encoge.
En Maiquetía, Daniela contó que las explosiones sacudieron su casa como un terremoto. Pensó en los escombros cercanos y en los grupos armados. “Queremos celebrar, pero la gente se contiene”, dijo. La incertidumbre domina el espacio público.
En Miami, una exiliada expresó un temor persistente: un estallido social. El recuerdo del Caracazo apareció como advertencia en medio del alivio.
Desde Chile, Fernanda, integrante de la diáspora venezolana, describió una mezcla de esperanza y miedo tras la detención de Nicolás Maduro. Dijo que la principal inquietud es qué ocurrirá ahora y cómo impactará en los civiles en Venezuela, en medio de la posibilidad de nuevas acciones militares de Estados Unidos. Aunque aseguró que su familia y amigos en Caracas están bien, reconoció la ansiedad que domina estas horas. Aun así, afirmó que el cambio político era necesario tras años de intentos fallidos por vías pacíficas. “Estoy feliz, pero asustada”, resumió, con cautela, pero convencida de que se abre una oportunidad de libertad.
Entre Caracas, Buenos Aires, Santiago, Madrid, Miami y ciudades de Estados Unidos, la noticia corrió con una velocidad inédita para un país acostumbrado a esperar. La esperanza se expresó en susurros, en gritos desde los balcones, en llamadas que cruzaron fronteras. El festejo, cuando apareció, lo hizo con los frenos puestos. La escena quedó suspendida, a la espera de lo que sigue.