
El Día de la Madre suele reunir a las familias alrededor de una celebración, pero también puede abrir un momento para revisar las decisiones cotidianas de la crianza. Entre ellas, aparece una pregunta que atraviesa desde los primeros años hasta la adolescencia: si resolverles cada problema, evitarles los enojos o impedir que se equivoquen realmente los prepara para el futuro o, por el contrario, les quita oportunidades de desarrollar recursos emocionales y autonomía.
Atarles los cordones durante años, prepararles la mochila o intervenir cada vez que algo no sale como esperan puede aliviar un conflicto inmediato, pero también limitar un aprendizaje necesario. La tolerancia a la frustración y la autonomía se construyen cuando los chicos tienen oportunidades de probar, equivocarse y volver a intentar, con adultos cerca que acompañen sin resolver por ellos.
PUBLICIDAD
La psicóloga Maritchu Seitun, autora de libros de crianza, atribuye la dificultad para tolerar frustraciones a una combinación de factores: “Padres permisivos que vienen resolviéndoles los temas desde chiquitos, modelos adultos que no la toleran, acceso rápido a lo que desean o piden, búsqueda de todo ya y sin esfuerzo ni dolor”.
La médica pediatra y coordinadora de la Secretaría de Medios y Relaciones Comunitarias de la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP), Ángela Nakab, propone evitar las generalizaciones sobre las nuevas generaciones. “No creo que los chicos hoy sean menos capaces que los chicos de otras generaciones. Creo que en muchos casos tienen menos oportunidades de practicar cómo atravesar, por ejemplo, una dificultad”, señaló. Para ella, la inmediatez y la comparación que promueven las redes son parte del contexto, aunque intervienen también el temperamento, la vida familiar, la escuela, el estrés y las experiencias de cada niño.
PUBLICIDAD
Resolverles todo: el mensaje implícito de “no podés solo”

La licenciada en Psicología especialista en crianza y orientación a padres y coautora de Adolescencia divino tesoro, Lorena Ruda, advierte sobre una modalidad frecuente de crianza: hacer por los hijos tareas que podrían aprender de manera gradual. “Una cosa es estar para acompañar, enseñar y guiar y otra es hacer por ellos”, explicó. Entre los ejemplos, mencionó ocuparse de recordarles las fechas de exámenes, llevar a la escuela lo que olvidaron o realizar resúmenes.
Según Ruda, esas intervenciones buscan evitar un malestar, pero pueden comunicar otro mensaje: “No podés solo”. “Cuando los chicos después se enfrentan al mundo que los frustra permanentemente, no saben resolver. Incluso, si todo les fuimos resolviendo sienten que no pueden solos”, sostuvo.
PUBLICIDAD
Nakab coincide en que los adultos suelen anticiparse “por amor o también porque vivimos apurados”. Sin embargo, remarcó que la autorregulación, la capacidad de planificar, controlar impulsos, sostener la atención y resolver problemas se desarrollan de forma progresiva. “No nacemos sabiendo manejar la frustración, sino que vamos aprendiendo con otros y de otros a partir de experiencias cotidianas”, afirmó.
Cómo acompañar una frustración sin rescatar de inmediato

Un juguete roto, un amigo que no quiere jugar, una evaluación con una nota menor a la esperada o una negativa de los padres son situaciones habituales. Para Nakab, tolerar la frustración no es resignarse ni callar lo que se siente: supone “reconocer una emoción, atravesarla sin quedar completamente dominado por esa emoción y encontrar una manera de poder seguir adelante”.
PUBLICIDAD
La intervención adulta puede empezar por nombrar lo que pasa. “Me doy cuenta de que te está costando, entiendo que estás enojado y que te da bronca. Vamos a pensar de qué manera podemos hacerlo”, ejemplificó la pediatra. Si el niño está desbordado, primero necesitará recuperar la calma; luego podrá pensar alternativas.
Ante la frase “no puedo”, Seitun recomienda no responder con retos ni con lecciones. “El que empieza diciendo ‘no puedo’ no necesita retos ni lecciones de vida, sino recuperar la confianza en sí mismo y nada mejor que nuestra mano para lograrlo”, dijo. Su propuesta es que los hijos “se rescaten a sí mismos” con preguntas y acompañamiento de los adultos.
PUBLICIDAD
Nakab sugirió indagar qué expresa ese rechazo inicial: miedo a equivocarse, dificultad para empezar, anticipación del fracaso o costumbre de que otro haga la tarea. “¿Qué es lo que te resulta más difícil?”, “¿Qué te parece que podés probar primero?” o “¿Querés que te muestre cómo empezar?” son algunas preguntas que pueden abrir una salida. La ayuda, indicó, consiste en dividir una tarea en pasos y retirarse en forma gradual a medida que el chico gana recursos.
El error enseña más que una tarea hecha a la perfección

La mirada de las tres especialistas puso el acento en el proceso. Seitun plantea: “Se aprende de los errores más que de los aciertos”. Por eso, propone valorar los intentos y el esfuerzo antes que exigir un resultado impecable.
PUBLICIDAD
Ruda trasladó esa idea a los quehaceres cotidianos. “Si les pido que doblen la ropa y no queda de lavandería, pues no es lo importante”, expresó. La finalidad de asignar esa tarea es que incorporen una responsabilidad; la técnica mejorará con la práctica.
También frente a una mala nota conviene distinguir entre el resultado y lo que el chico hizo para prepararse. Ruda recomendó valorar “el esfuerzo, la responsabilidad y la intención” y, desde allí, ofrecer herramientas de estudio u organización para la próxima oportunidad. “En el aprendizaje el error es clave”, afirmó.
Desde guardar juguetes a organizar horarios y tareas: qué responsabilidades pueden asumir a cada edad

La autonomía no aparece de un día para otro ni depende solo de la edad. Nakab aclaró que los rangos son orientativos y que deben contemplar desarrollo motor, emocional y cognitivo, temperamento, experiencias previas y necesidades particulares. “La autonomía se va construyendo cuando vamos dando oportunidades para hacer cosas, cuando vamos enseñando cómo hacerlas y cuando aceptamos que al principio no salgan perfectas”, explicó.
PUBLICIDAD
Y enumeró algunas tareas o responsabilidades que pueden asumir los niños según su edad:
- Entre los 2 y los 3 años: pueden guardar algunos juguetes, llevar la ropa al lugar indicado, colaborar al vestirse y elegir entre dos opciones. Requieren “mucha ayuda y mucha supervisión”.
- Entre los 4 y los 5 años: empiezan a vestirse con ayuda, según la dificultad de cada prenda; pueden guardar pertenencias, colaborar en tareas domésticas simples y participar de la preparación de una merienda junto a un adulto.
- Entre los 6 y los 8 años: en general, ya se visten de manera independiente, preparan la mochila con apoyo de una lista visual, ordenan sus útiles, ponen la mesa y preparan una merienda, a veces con supervisión.
- Entre los 9 y los 12 años: pueden asumir la organización de mochila, útiles y materiales escolares; además, ordenar sus pertenencias, realizar tareas domésticas y preparar algunos alimentos bajo pautas de seguridad.
- Durante la adolescencia: avanzan hacia una mayor organización de horarios y obligaciones escolares, pueden preparar comidas sencillas y cuidar su ropa y su cuerpo, con supervisión de los cuidadores cuando corresponda.
Preparar una mochila ilustra ese aprendizaje gradual. “Al principio nosotros podemos hacer las tareas con ellos, pero después los vamos a acompañar mientras las hacen y finalmente vamos a dejar que se ocupen y revisen solo cuando sea necesario -señaló Nakab-. Si siempre nosotros les preparamos la mochila, difícilmente aprende a anticiparse”.
Los límites se sostienen con acuerdos claros, consecuencias previsibles y afecto

Pedir colaboración en la casa no debe utilizarse como un castigo o una represalia. “Si le pedimos a un niño o una niña que guarde sus juguetes porque forma parte del cuidado de la casa, estamos enseñándole a participar. Ahora, si usamos esa tarea para castigarlo o amenazarlo, el sentido es otro”, diferenció Nakab.
PUBLICIDAD
Ruda sugirió construir acuerdos familiares y prever las consecuencias de incumplirlos. Si un adolescente invita amigos a comer, por ejemplo, una regla puede ser dejar la cocina ordenada. Si no se cumple, se revisa la posibilidad de repetir esa salida. Para la psicóloga, quitar el celular durante varios días por una falta que no guarda relación con esa sanción “no es poner límites”, sino “castigar con poder y arbitrariedad”. La previsibilidad evita que las reglas dependan de reacciones impulsivas. “Si acordamos horarios y se cumplen, vamos ganando confianza y habilitando más permisos”, indicó. De ese modo, las libertades se vinculan con responsabilidades asumidas.
Un límite puede despertar enojo, tristeza o desacuerdo, y eso no implica que dañe el vínculo. “Los hijos se van a enojar; solo con el tiempo van a darse cuenta de que era por su bien”, sostuvo Seitun. Para la especialista, los adultos deben sostener sus decisiones sin ofenderse ni castigar por la reacción. Nakab resumió esa posición en una frase: “No necesitás estar de acuerdo conmigo para seguir contando con mi amor”. Las normas funcionan mejor, añadió, cuando hay afecto, claridad, anticipación y respeto, sin que eso implique negociar todo o abandonar la autoridad adulta.
La perseverancia se cultiva con práctica, tiempo y el acompañamiento de los adultos

La perseverancia se ejercita en situaciones cotidianas: aprender a andar en bicicleta, practicar un deporte o un instrumento, cocinar, leer, armar un rompecabezas o retomar un problema que no tuvo solución en el primer intento. Seitun recomendó sostener esos desafíos con presencia y ejemplo, proponer actividades que despierten interés y decir “vamos” en lugar de “andá”. También sugirió compartir historias breves y divertidas sobre los propios esfuerzos, sin transformarlas en discursos sobre las expectativas adultas.
Nakab señaló que esta capacidad requiere “tiempo, constancia, deseo, pasión por lo que se estaba haciendo” y la aprobación de las personas significativas. Por eso, planteó dar margen para aprender, atravesar obstáculos y evitar que cada actividad se convierta en una competencia por el resultado. El juego libre, el deporte, la música, la lectura y cocinar en familia ofrecen ese espacio. “Perseverar no es insistir a cualquier precio”, aclaró: también implica distinguir si alguien abandona solo porque una tarea se volvió difícil o si cambia de rumbo porque descubrió que ese camino no es para él. El objetivo, agregó, es que puedan pedir ayuda, cambiar de estrategia y retomar aquello que les importa.
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Últimas Noticias
Cómo la operación del Papa León XIV puso en el centro de la escena mundial el futuro del cáncer de pulmón
El diagnóstico precoz y la posterior cirugía del Pontífice reavivaron la discusión sobre localizar tumores a tiempo, el impacto de la contaminación ambiental —tan determinante como el cigarrillo— y la era de los tratamientos personalizados

Un vino para cada mamá: cómo elegir la botella ideal según su personalidad
En el Día de la Madre, una copa puede convertirse en un regalo con intención. Desde la que siempre encuentra un motivo para brindar hasta la romántica, la viajera o la amante del aire libre, opciones para acompañar sus gustos y celebrar con ella

Infarto y ACV: las nuevas estrategias para prevenir riesgos, acelerar la atención y personalizar tratamientos
El Precongreso ICBA 2026 reunió a especialistas nacionales e internacionales para analizar avances en detección temprana, inteligencia artificial, terapias adaptadas a cada paciente y redes de atención que buscan reducir las demoras ante emergencias cardiovasculares

Por qué miles de mujeres postergan la mamografía, incluso cuando reconocen su importancia
Un informe nacional detectó una brecha entre la intención de cuidar la salud mamaria y la posibilidad concreta de sostener controles periódicos, marcada por desinformación, dificultades de acceso y desigualdades económicas

Jennifer Lawrence recuperó el cinturón con tachas: el accesorio punk que eligió para un paseo en bicicleta por Manhattan
La actriz sorprendió al reincorporar este detalle de inspiración de los años 2000 a un conjunto de musculosa blanca, jeans acampanados y ojotas negras



