Vivir solo como opción gana peso en países como España, donde los hogares unipersonales ya representan cerca del 28% del total y reúnen a 5,5 millones de habitantes, según la Revista AD. Al mismo tiempo, persisten situaciones opuestas: desde quienes comparten vivienda por razones económicas hasta exparejas que siguen conviviendo porque no pueden asumir el costo de mantener dos hogares.
El Instituto Nacional de Estadística (INE) proyecta 7,7 millones de hogares unipersonales en 2039, es decir, uno de cada tres, de acuerdo con el medio citado. Esa perspectiva suele asociarse de inmediato con la soledad no deseada, que en España afecta al 20% de la sociedad y, según el texto, impacta sobre todo en los jóvenes.
Pero el medio plantea otra lectura: la de quienes viven solos porque quieren y pueden. Esa posibilidad cobra un valor particular entre quienes no lograron independizarse hasta después de los 30 o solo compartieron vivienda por obligación.
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Para el sociólogo estadounidense Eric Klinenberg, vivir por cuenta propia puede entenderse como una conquista social, aunque arrastre dificultades como el estigma, el “individualismo defensivo” o la posibilidad de sentir soledad. Esa idea aparece en Going Solo: The Extraordinary Rise and Surprising Appeal of Living Alone y también en Arquitectura de la soledad, volumen editado por Rosana Rubio y Fernando Nieto en 2024.
Ese libro reúne 10 ensayos sobre la relación entre la experiencia de la soledad y el entorno construido. Sus editores sostienen que el aumento de las personas que viven solas y la generalización de las relaciones sociales en entornos virtuales exigen una nueva lectura de la soledad en la sociedad contemporánea.
Klinenberg sostiene en ese marco una idea que discute un lugar común: vivir solo también puede ayudar a estar menos solo. Según su ensayo, los solteros jóvenes y de mediana edad suelen pasar más tiempo con amigos y vecinos, frecuentan bares, cafés y restaurantes y participan en actividades sociales informales y grupos cívicos.
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El autor plantea que el tiempo privado en casa puede dejar energía disponible para la vida social fuera de ella. La vida en solitario, vista así, no anula el vínculo con los demás, sino que puede dejarle espacio.
Cuando Eric Klinenberg se trasladó a Estocolmo, entrevistó a una docena de personas de entre 29 y 47 años. Todos habían empezado a vivir solos entre el final de la adolescencia y el principio de la veintena, y recordaban esa etapa como una de las mejores de su vida: muy social y, al mismo tiempo, decisiva para su autonomía.
En los países nórdicos, esa experiencia resulta más habitual porque la mayoría de la población se emancipa antes de los 22 años, mientras que en España la media está en los 30. La diferencia se explica, según la Revista AD, por ayudas públicas al estudio, becas, mayores ingresos juveniles, un mercado del alquiler más desarrollado y una tradición de emancipación temprana.
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Dinamarca cuenta, además, con una categoría de vivienda reservada a estudiantes y jóvenes en formación, con alquileres reducidos y acceso prioritario para determinados perfiles.
Dentro del sistema de vivienda social danés hay más de 44.000 hogares de este tipo, con rentas que cubren solo los costes reales de la casa.
Suecia también ha desarrollado programas y cooperativas dirigidos a personas de entre 18 y 30 años para facilitar su acceso a la vivienda en ciudades donde el mercado resulta especialmente difícil para los jóvenes. A eso se suma una larga tradición de edificios pensados para combinar intimidad y vida en común.
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Entre los ejemplos que recoge Klinenberg figura la Casa Colectiva impulsada por el arquitecto Sven Markelius y la defensora del bienestar social Alva Myrdal, abierta en 1935 para mujeres y madres solteras. El complejo incluía 57 viviendas, un restaurante con un sistema de ascensor que llevaba las comidas a cada unidad, una cocina común, una lavandería con personal y una guardería.
El modelo tuvo tal acogida que surgieron otros edificios parecidos para mujeres y hombres solteros. También hay comunidades sin niños, orientadas a adultos sin hijos o a personas mayores que prefieren un entorno más tranquilo.
Klinenberg también recuerda que vivir solo es una de las muchas formas que puede adoptar la vida en distintos períodos y no tiene por qué ser permanente. En Arquitectura de la soledad sostiene: “Una de las razones por las que los solteros son tan frecuentes en los países escandinavos es que sus estados del bienestar protegen a la mayor parte de los ciudadanos de los aspectos más difíciles de vivir solos”.
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La referencia incluye bajas por maternidad prolongadas, cuidado infantil subvencionado, atención médica pública, ayudas al alquiler, prestaciones por desempleo elevadas y pensiones altas. Ese entramado no elimina los problemas, pero reduce los riesgos materiales que pueden convertir la autonomía residencial en un privilegio.
La propia crónica recuerda, a través del documental La teoría sueca del amor, que una vida segura y fácil también puede derivar en vacío y aislamiento. Aun con esa reserva, la Revista AD sitúa el debate en otro lugar: no en presentar la vida en solitario como un ideal, sino en garantizar que quien la necesite o la elija pueda acceder a ella en condiciones viables.