
Durante décadas, los jóvenes en Estados Unidos y otras partes del mundo han sido un bastión del progresismo. En 2008, su voto fue clave para la victoria de Barack Obama.
En 2016, respaldaron a Hillary Clinton con 18 puntos de ventaja sobre Donald Trump. En 2020, dieron a Joe Biden una diferencia aún mayor, de 24 puntos.
Sin embargo, en 2024, la tendencia cambió drásticamente: Trump redujo la brecha a solo cuatro puntos, obteniendo el 47% del voto juvenil.
Más allá de los márgenes electorales, encuestas recientes han arrojado un dato aún más sorprendente: los menores de 30 años en EE.UU. no solo están divididos equitativamente entre los partidos, sino que en algunos casos muestran mayor apoyo a Trump que los propios boomers mayores de 65 años.
Según The Atlantic, esta inclinación hacia la derecha no es un fenómeno exclusivo de Estados Unidos. En Europa, el cambio político juvenil también ha sido notorio.
En Francia, Alemania y Finlandia, los partidos de extrema derecha han ganado un apoyo significativo entre los votantes jóvenes, a veces incluso superando el respaldo de las generaciones mayores.
En Alemania, por ejemplo, el partido de extrema derecha Alternativa para Alemania (AfD) se ha convertido en el más popular entre los menores de 30 años. Este fenómeno ha sido bautizado en alemán como Rechtsruck, es decir, un “giro a la derecha”.
¿Por qué los jóvenes están virando a la derecha?

Las razones de este cambio son múltiples y complejas, pero tres factores principales parecen haber influido de manera decisiva: la crisis económica post-pandemia, el debilitamiento de la confianza en las instituciones y el impacto del COVID-19 en la socialización juvenil.
1. Factores económicos y descontento político
El aumento del apoyo juvenil a la derecha coincide con una crisis de confianza en los gobiernos progresistas. En 2023, se produjo la mayor derrota global de partidos en el poder en el mundo desarrollado desde la Segunda Guerra Mundial.
El descontento con la inflación, el bajo crecimiento económico y el manejo de la inmigración ha sido aprovechado por los partidos de derecha, que argumentan que los gobiernos progresistas han fallado en priorizar a sus propios ciudadanos.
2. La pandemia y la crisis de confianza en las instituciones
A primera vista, el COVID-19 podría haber impulsado un sentido de solidaridad colectiva, aumentando la confianza en la ciencia y en las instituciones de salud. Sin embargo, ocurrió lo contrario.
Un estudio del Systemic Risk Center de la London School of Economics encontró que las personas que experimentan epidemias entre los 18 y 25 años tienden a perder confianza en las autoridades científicas y políticas. Esta desconfianza no es pasajera: puede persistir durante décadas.
Los datos respaldan esta teoría. Según un análisis de 2024 en EE.UU., la confianza de los jóvenes en el presidente ha caído un 60% en la última década, mientras que su fe en la Corte Suprema, el Congreso y Wall Street ha disminuido en más de un 30%.
Se trata de la generación con los niveles de confianza más bajos en las instituciones desde que existen registros.
3. El papel de las redes sociales y el aislamiento juvenil
El confinamiento impuesto por la pandemia afectó profundamente la socialización de los jóvenes. Con menos interacción en el mundo real, el tiempo dedicado a las redes sociales aumentó drásticamente.
Según el investigador noruego Ruben B. Mathisen, este fenómeno generó una mayor segmentación de los espacios digitales por género, llevando a muchos hombres jóvenes a consumir contenido masculinista y anti-feminista.
Mathisen documentó cómo, en Noruega, el apoyo de los varones jóvenes a la derecha se ha disparado, impulsado en gran parte por un rechazo a las ideas del feminismo y la justicia social.
Su estudio sugiere que este fenómeno no es exclusivo de los países nórdicos, sino que se está replicando en diversas partes del mundo occidental.
¿Un cambio temporal o una transformación duradera?
Si bien estos cambios podrían no ser permanentes, las investigaciones sugieren que las ideologías políticas tienden a consolidarse en la juventud.
Al igual que los llamados “bebés de la Gran Depresión” crecieron con una mentalidad de ahorro y aversión al riesgo financiero, los jóvenes que vivieron su transición a la adultez en tiempos de pandemia podrían mantener una visión del mundo marcada por la desconfianza en las instituciones y el rechazo a las políticas progresistas.

En este contexto, Anne Applebaum (The Atlantic) ha observado cómo ciertos movimientos populistas emergentes en Europa están combinando escepticismo hacia las vacunas, misticismo pseudocientífico y un fuerte discurso anti-inmigración.
Aunque todavía no tiene un nombre definido, podría estar surgiendo una nueva microgeneración dentro de la Generación Z: la “Generación C” (de COVID), caracterizada por su conservadurismo y su desconfianza hacia el statu quo.
En los próximos años, será crucial observar si estas tendencias se consolidan o si, por el contrario, los jóvenes vuelven a inclinarse hacia el progresismo. Lo cierto es que el impacto del COVID-19 en la formación política de esta generación será un tema de estudio y debate durante mucho tiempo.
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