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Murió Roxana Amed, la artista de 63 años que hizo de su voz un puente entre el jazz, la poesía y el alma argentina

Ganadora de dos premios Gardel, construyó una carrera entre la fusión de la música y los poemas. Fue nominada dos veces a los Latin Grammy y nunca dejó de llevar el arte argentino al mundo

La cantante Roxana Amed y el pianista Lito Vitale interpretan una versión de la canción «Cinema Verité»

La cantante, compositora y productora Roxana Amed murió a los 63 años mientras atravesaba una enfermedad. Radicada desde 2013 en los Estados Unidos, había construido una destacada carrera internacional en la que fusionó el jazz con el folclore, el rock argentino y la poesía, sin renunciar nunca a las raíces que marcaron su identidad musical. Ganadora de dos premios Gardel, nominada en dos oportunidades a los Latin Grammy y reconocida por su trabajo como docente en la Universidad de Miami, dejó una obra que desafió las fronteras entre géneros y llevó la música argentina a escenarios de distintas partes del mundo.

La noticia de su muerte fue confirmada por Sony Music Argentina, que la despidió con un mensaje publicado en sus redes sociales. “Desde Sony Music Argentina lamentamos profundamente el fallecimiento de Roxana Amed, extraordinaria artista, compositora y productora, cuya voz, sensibilidad y visión musical dejaron una huella única en la música”, expresó la compañía. El comunicado también incluyó un mensaje de acompañamiento para su esposo, Daniel Arano, su familia y quienes tuvieron el privilegio de conocerla y compartir su arte. “Honramos su legado y su invaluable contribución a la música. Descansa en paz Roxana, te vamos a extrañar mucho”, concluyó.

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La discográfica Sony Music Argentina publicó un mensaje de condolencias por la muerte de la compositora Roxana Amed

Roxana cantaba y su voz era un viento salvaje, un galopar, una estampida que nacía desde los huesos, un ahogo, una explosión de luz, un río de lágrimas, un rojo fuego. Había en su manera de interpretar una intensidad que desbordaba la técnica y parecía alcanzar un territorio más profundo, allí donde las palabras no siempre consiguen explicar lo que sentimos.

Su música podía recorrer los caminos del jazz contemporáneo, detenerse en una chacarera, encontrar inspiración en un poema de Alejandra Pizarnik o descubrir en una canción de Luis Alberto Spinetta una forma de contar la Argentina. En esa libertad, en esa manera de unir universos sin perder la identidad, construyó una de las propuestas más personales de su generación.

Roxana Amed interpreta la canción Amelia junto a Pedro Aznar

Nacida el 5 de octubre de 1963 en el barrio porteño de Palermo y criada en Ramos Mejía, Amed creció en una familia de raíces italianas y de Medio Oriente, alejada del ambiente artístico. Era hija única y su vínculo con la música comenzó cuando tenía apenas cuatro años, al iniciar sus estudios de piano. Aquella primera aproximación a los sonidos se transformaría con el tiempo en una búsqueda que no reconocería límites de género ni de idioma.

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Durante su infancia, el folclore argentino ocupó un lugar central. Su padre disfrutaba de la música tradicional y compartía con ella canciones que terminarían acompañándola durante toda su vida. “A mi viejo le gustaba lo tradicional. Tendría seis o siete años y con mi papá cantábamos juntos a Yupanqui, temas como ‘La Nochera’, que después grabé con Manolo Juárez, o ‘La Nostalgiosa’, con Adrián Iaies”, recordaba al explicar el origen de una relación con la música argentina que nunca abandonaría.

La adolescencia le abrió otra puerta. A través de los discos que escuchaba su padre, comenzó a descubrir el jazz y se interesó por las voces de Judy Garland y Doris Day. A los 18 años, un casete de Sarah Vaughan terminó de definir su horizonte artístico. Aquella experiencia fue decisiva para una cantante que encontró en el género una posibilidad de exploración expresiva, pero que nunca se conformó con reproducir sus convenciones. Su objetivo era encontrar una voz propia, capaz de combinar el conocimiento musical con la emoción y la libertad de la composición.

Esa búsqueda también la llevó a desarrollar una importante carrera como autora de canciones populares. Amed fue coautora de “La última noche”, uno de los éxitos de Diego Torres, y escribió “Lucía” para Luciano Pereyra. Además, trabajó con Sandra Mihanovich y Los Tekis, entre otros artistas. En 2001 recibió un premio Martín Fierro por “Sobrevivientes”, canción interpretada por Mihanovich para la serie Vulnerables. Su recorrido demostraba que podía moverse entre la canción popular y los territorios más experimentales del jazz sin perder sensibilidad ni personalidad.

Roxana Amed & Frank Carlberg - Antes

Uno de los períodos más dolorosos de su vida estuvo marcado por la enfermedad de su padre, quien padeció un tumor cervical. Durante seis años, Amed decidió acompañarlo y postergó parte de sus proyectos musicales. Su muerte, en 2003, la enfrentó con una pérdida profunda y con la necesidad de retomar un camino artístico que había quedado parcialmente suspendido. Fue entonces cuando volvió a concentrarse con mayor impulso en la grabación de su primer álbum.

En 2004 publicó Limbo, producido por Pedro Aznar, a quien había convocado para acompañarla en ese debut discográfico. Dos años después volvió a trabajar con él en Entremundos, un álbum que profundizó una búsqueda cada vez más personal. Ambos trabajos marcaron una etapa fundamental de su carrera: Amed comenzó a alejarse de las interpretaciones tradicionales de los estándares del jazz para darle mayor espacio a sus propias composiciones y a los cruces entre distintas tradiciones musicales.

En 2010 llegó Cinemateca Finlandesa, junto al pianista Adrián Iaies, un proyecto que recuperó parte de las canciones que habían acompañado su infancia. El folclore aparecía allí integrado a su lenguaje musical, sin nostalgia impostada ni necesidad de establecer jerarquías entre géneros. Para Amed, las raíces argentinas y el jazz podían convivir con naturalidad.

“El folclore es muy importante para mí. En Nueva York hacía jazz y de golpe cantaba el Cuchi, o las chacareras, y para el público la transición era natural”, explicó. Y desarrolló una reflexión sobre la singularidad de la música nacional: “Los argentinos tenemos una cualidad como creadores y decodificadores de cultura. Tenemos una originalidad que no se parece a nada. Lo agarrás al Cuchi, Spinetta o Ginastera y esa cosa rara es argentina, tanto como esa relación con el jazz y la flexibilidad de ciertas reglas en la composición, como Piazzolla, que son tan inconfundibles. Cuando canto Spinetta, y me preguntan ‘¿qué es esto?’, les digo: ‘Esto es Argentina’”.

Roxana Amed & Frank Carlberg - "Moradas" (incluida en el disco "Los trabajos y las noches" - 2023)

Esa convicción acompañó su carrera incluso después de instalarse en Estados Unidos. En 2013, una oportunidad laboral de su esposo, Daniel Arano, productor vinculado a la industria musical y televisiva, llevó al matrimonio a mudarse a Miami. La decisión significó comenzar de nuevo en un lugar donde Amed todavía debía construir vínculos profesionales y encontrar su espacio en una escena musical diferente.

El proceso estuvo atravesado por la incertidumbre económica y por las dificultades de sostener una carrera artística lejos del país en el que había desarrollado buena parte de su trayectoria. La cantante llegó a considerar la posibilidad de dedicarse a otra actividad para mantener a su familia. Sin embargo, también sentía que su recorrido en la Argentina había alcanzado un límite y que el cambio podía ofrecerle nuevas oportunidades para desarrollar su música.

Con el tiempo, consiguió consolidarse en Estados Unidos y amplió su actividad hacia la enseñanza. Se desempeñó como docente de canto y teoría musical en la Frost School of Music de la Universidad de Miami, donde compartió su experiencia con nuevas generaciones de artistas. Su trabajo académico se sumó a una carrera que nunca dejó de explorar nuevas formas de composición e interpretación.

El reconocimiento internacional llegó con discos como Ontology (2021) y Unánime (2022), ambos nominados a los Latin Grammy en la categoría de mejor álbum de jazz latino/jazz, en 2021 y 2023, respectivamente. Amed también compartió proyectos con figuras como el pianista cubano Chucho Valdés y se presentó en escenarios y festivales internacionales, consolidando una trayectoria que combinaba la experimentación musical con una identidad profundamente argentina.

Roxana Amed al momento de presentar "Los trabajos y las noches" en Nueva York

En 2023 publicó Los trabajos y las noches, junto al pianista y compositor Frank Carlberg, un álbum en el que musicalizó poemas de Alejandra Pizarnik. La elección de la escritora encontraba un punto de contacto con su propia manera de entender la interpretación: una búsqueda que se internaba en las zonas más íntimas de la experiencia humana, en los silencios, las contradicciones y aquello que las palabras no siempre pueden expresar por completo.

En 2025 recibió el Diploma al Mérito de los Premios Konex como solista de jazz, una distinción que se sumó a los dos premios Gardel y a las nominaciones internacionales obtenidas a lo largo de su carrera. En abril de 2026, además, celebró una nueva nominación a los Gardel en la categoría de mejor álbum de jazz. A través de sus redes sociales agradeció a los músicos, productores y técnicos que habían participado del proyecto, así como a su esposo por acompañarla en cada etapa.

También volvió a destacar el valor de la música argentina que había llevado a distintos escenarios del mundo. “¡Siempre orgullosa de llevar nuestro patrimonio al mundo!”, escribió. La frase sintetizaba una decisión que había sostenido desde sus primeros trabajos: explorar otros lenguajes sin desprenderse de la cultura que había alimentado su sensibilidad desde la infancia.

Amed fusionó jazz moderno con folklore sudamericano y art rock

Pero su historia no se explica únicamente a través de los premios, los discos o las colaboraciones. También está en aquella niña que comenzó a estudiar piano a los cuatro años, en las canciones de Yupanqui que compartía con su padre, en el descubrimiento de Sarah Vaughan durante la adolescencia y en la decisión de transformar esas influencias en un lenguaje propio. Amed hizo de la mezcla de tradiciones una forma de identidad y encontró en la música una manera de expresar aquello que la vida, con sus pérdidas y sus incertidumbres, no siempre permite decir.

En una charla con Infobae, la cantante había ofrecido una definición íntima de ese vínculo con su voz, una respuesta que hoy adquiere una resonancia especial. “Es la voz de lo que no puedo decir. Eso es impresionante. A veces estoy quemada de la cabeza por lo cotidiano y mi voz hace su trabajo sola. Ella traduce lo que hay en mi corazón y en mi pensamiento musical. Tal vez vine a este mundo a hacer esto, y eso se hace, lo deje uno o no”, dijo.

En esas palabras quedó expresada la esencia de Roxana Amed: una artista para quien cantar no era solamente interpretar una melodía, sino encontrar una forma de revelar lo invisible. Su voz recorrió el jazz, el folclore y la poesía, cruzó fronteras y construyó un puente entre su historia personal y la cultura argentina. Ahora que ya no está, sus canciones conservan esa capacidad de conmover y de decir, desde la música, aquello que las palabras por sí solas no alcanzan a nombrar.

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