La carrera de Andrés Prevetti, más conocido como El Andy, se distingue por haber dejado una huella en el desarrollo de la cumbia villera desde sus inicios en barrios populares, hasta consolidarse como productor y referente del género, ahora al frente de La Mercadería, un innovador proyecto que integra a su pareja, La Cheeca. Prevetti, nacido en Once y criado en La Tablada, se autodefine como un “pibe normal” cuya prioridad actual son sus hijas, y cuya devoción por la Santa Muerte —a quien conoció en un viaje a Tepito, México— es central en su identidad, según relata.
A los 40 años, Prevetti puede revisar una trayectoria marcada por la resiliencia personal y artística. Aunque de niño se destacó en el fútbol, su temperamento lo alejó del profesionalismo y desde adolescente canalizó su energía en la música. Su formación musical fue ecléctica: el punk rock de 2 Minutos y Flema se fusionó con la cumbia que escuchaba su padre, de referentes como Antonio Ríos y Los Charros.
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Al dejar el cuarto año del secundario en el Liceo 8 de Mataderos, fundó Resk-Tate junto a compañeros con quienes compartía aspiraciones de fama. Como narra en su testimonio, debieron “tocar en el colegio, la calle y las reuniones familiares” hasta dar un salto gracias a un anuncio callejero de la discográfica Magenta, visto por su madre Alejandra. Aunque sólo llegó a las semifinales del certamen, fue ahí donde conoció a Carlos Mandia, quien luego se volvió un productor clave en su carrera.
Tras su paso por Resk-Tate, Mandia lo convocó como bajista para Corazones Rotos, banda de cumbia cachaca con puestas en escena extravagantes —“tenía que usar trajes con corazones brillantes y pantalones de mujer”—. Allí conoció a Wally Lescano, quien, según cuenta Prevetti, inicialmente “lo odiaba” por su falta de técnica en el bajo. La experiencia, lejos de desalentar a Andy, terminó motivando el nacimiento de su proyecto más recordado.
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La disolución de Corazones Rotos fue el punto de partida para la fundación de Altos Cumbieros, nombre inspirado en la jerga callejera (“altas llantas”) y concebido junto a Lescano y Mandia. El grupo experimentó un quiebre inesperado cuando Andy, reemplazando a último momento al vocalista, debutó con “La Colaless”, tema que lo catapultó como cantante y referente del ambiente tropical.
Los sucesivos éxitos, como “No voy a llorar” y “Pedazo de lagarto”, llevaron a Altos Cumbieros a girar por Uruguay y otros países limítrofes, consolidando un fenómeno masivo. El punto de mayor exposición llegó en 2006, pero poco después, impulsado por diferencias creativas, Prevetti dejó el grupo para fundar El Andy Club, transitando hacia una cumbia más melódica y romántica.
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Actualmente, lidera La Mercadería, una formación de la que participa su pareja, “La Cheeca”, con quien tiene a su hija menor Lexa (apodada “Lechuza”) nacida el año pasado y cría a Mila, su hija mayor, de una relación anterior. El proyecto busca sostenerse como colectivo familiar y musical, permitiendo a Prevetti mantener la música como motor de vida incluso tras etapas difíciles donde llegó a trabajar como albañil.
Acá, los momentos más destacados de la charla:
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—Andy Prevetti, bienvenido a Nunca me faltes. ¿En qué momento te encontramos?
—Grabando a full el nuevo material pero de mi banda solista. Después de veintiséis años, la idas y vueltas de Altos Cumbieros, éramos un dúo, pero desde el año pasado me decidí a no volver. Hicimos un par de cositas por la banda, que se lo merecía, pero ahora estoy grabando mi material de La Mercadería a full.
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—Donde estás con tu pareja, aparte.
—Exacto, estoy con mi mujer, La Cheeca, que vendría a ser el Chucky en Altos Cumbieros, lo cambié por una mujer. Es un estilo parecido pero con un poco de lo que suena ahora. A mí me gusta mucho. Bueno, eso fue una de las cosas por las que nos separamos, cada uno pensaba diferente en lo musical, y al tener tu banda propia vos decidís, podés hacer lo que querés.
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—¿Es verdad que vos arrancaste con el rock?
—Sí, yo era bajista. Encima yo vivía en Lomas del Mirador, muchas bandas de rock salieron de ahí, de Villa Celina.
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—¿Y por qué te tira la cumbia después?
—A mí me gustaba el rock and roll, el punk rock, en cambio mi viejo era más de AC/DC, Rata Blanca, escuchaba todo eso, pero también siempre escuchaba Antonio Ríos, Los Cartageneros. Tenía de todo. Todos los CD los escuchaba al lado de él. Y por el lado de mi mamá, la influencia rolinga, mucho Rolling Stones. Yo tengo ahora cuarenta años, pero a mí me tuvieron a los veintiuno, padres jóvenes.
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—¿Y cómo eras de pibe con padres jóvenes. ¿Más bardero? ¿Prolijo en el colegio?
—No, a mí me vende la caripela. Pero jamás... Ponele que una vez sola fui preso y por cruzar General Paz en un horario que no se podía, durante la pandemia, imaginate. Y sí, fui siempre bardo, de esos pibes que hacen boludeces en el colegio, como meter una silla en el ventilador. Pero siempre fui estudioso, siempre me gustó. Bueno... hay cosas de la escuela que no me gustaban. Dejé en cuarto año, todavía no terminé, pero veo muchos documentales, películas, cosas que me gusta saber, ¿viste? De música me encanta saber de todos los palos. Por qué esta banda llegó a tal cosa, ¿entendés?
—Dejaste en cuarto año y al rato ya la estaban pegando con Altos Cumbieros, ¿no?
—En tercero me llevo todas las materia y tenía mi primer gira a las Cataratas. Le digo a mamá: “¿Qué hago?”. Y me dice: “Si a vos te gusta la música, hacé lo que quieras vos”. Le digo: “¿Puedo hacer música?”. Y era no rendir. Y ahí ya dejé la secundaria. Mi vieja siempre me apoyó, tuve unos padres geniales... Yo, ponele, nunca tuve un recibo de sueldo. La música es así: un día podés tener un par de millones en el bolsillo y al otro día, si no hay baile, no tenés un peso.
—¿Y cómo te llevás vos con eso? ¿Eras ordenado cuando cuando te iba bien o...?
—No, soy un desastre y soy muy bohemio, ¿entendés? Por ahí otros pibes se matan por tener el superauto, que esto, que lo otro, y por ahí a mí me ves viajar en colectivo. No soy un pibe que lo da vuelta la fama... Usaba los autos de mi productor, que tenía una BMW y un New Beetle y me los prestaba...
—O sea, andabas en tremendos autos, pero no eran tuyos.
—No eran míos.
—¿Llegase a tener problemas con productores, no?
—Y... hay de todo. Ponele, hace muy poco -dos años- empecé a cobrar regalías después de veintiséis años. Imagínate la que me robaron, ¿no? Es como si pagaras derecho de piso. Y si hay problemas y el público se calienta, el que la liga siempre es el cantante que es el que pone la caripela. Por eso es el que tiene que ganar más plata (ríe). Me pasó que en una banda el cantante no viajaba con nosotros; fue en la primera banda de cumbia con que toqué en la tele, Corazones Rotos, en Pasión tropical. Estaba buena. El pibe, Matías Mitilli, de Bahía Blanca, cantaba muy bien y yo le decía: “Vos no sos para la cumbia”, cantaba igual que Abel Pintos. “Si cantaras otra cosa la romperías”, le digo. Y me acuerdo que el padre le decía al chaboncito: “No, ¿cómo vas a viajar con los músicos? Vos viajas en la BM”. Me daba una bronca... ¿Sabés cuántas veces le rayé el auto? (Risas). Se debe estar enterando ahora. Después aprendés: hay músicos que van a estar de acuerdo con vos y otros, no. Igual, para mí, el músico siempre estuvo muy mal pago.
—¿Y en el boom de Altos Cumbieros?
—Una locura, era.
—¿Podían llegar a cobrar un show una fortuna?
—La plata va variando según la popularidad y el corte de tickets que tenés en el momento.
—Y no es lo mismo un show en un baile o en un evento privado, ¿no?
—Exacto. Los privados a veces se cobra más caro, porque te dicen: “No, vos tenés que venir a las tres de la mañana porque la velitas las apagamos a las cuatro”, ponele...
—¿Te acordás cuánto habrán cobrado un show en el pico de Altos Cumbieros?
—Ni enterado, porque los mataría a todos (risas), ¿entendés? Porque en esa época yo era empleado. En Altos Cumbieros fui empleado. Ates por ahí hacía cincuenta bailes, pero se la llevaba otro. Es más, mi primer sueldo -hasta el día de hoy me río- fue un billete de cincuenta. Hice dos bailes y me pude comprar mis primeras zapatillas bien zarpadas, ¡que no llegaba nunca, boludo! Es que soy un pibe... Yo nací en el Once, fui criado en Tablada, familia normal. Mis viejos trabajando un montón, viviendo el día a día. No es que nos sobraba. Lo que sí, mis viejos nunca me hicieron faltar nada.
—Y cuando empezaste a ganar guita, ¿te pintó más el delirio o no, rescatado con eso?
—Soy de guardar, llegué a hacerme mi casa arriba de la de mis papás. Ahora la tiene mi hermano y yo me fui a vivir a otro lado, alquilo con mi mujer. Soy medio delirante con la plata, pero no delirante de gastarla en boludeces, sino en divertirme, pasarla bien, no sé... ir de viaje, conocer cultura, pero tampoco soy de gastar millones en ropa, porque tampoco era que ganaba fortunas.
—¿Y en las jodas, en la noche, en las giras?
—Es que en la noche a veces viene todo gratis. Un b... gastaría nomás, ¡con la fama viene gratis! ¿Sabés las veces que entré gratis a un lugar? Me daban de tomar: “¿Qué hacés, que querés, Andy?" Ahora, si no estás con fama, el mismo que te hacía entrar te dice “Noooo, ¿sabés qué? Lo vendí el boliche", ¿entendés? Te hacen esa. Pero bueno, vos sabés que te están usando, pero no de mala manera, es como un uso mutuo: al bolichero le sirve que vos estés y a mí me sirve ir.
—Ahora, con La Mercadería, cantás con tu mujer, la Checa...
—Sí, estamos armando algo y no solo el estilo villero. Ella canta medio romanticón también y le estoy haciendo como sus temas... Cuando pueda, va a venir a cantar, no siempre porque ahora tuve una nena -ya tiene ocho meses-, que nació en España, durante una gira que fui a tocar para los Millonarios de Colombia, que me llevaron a España y me nació allá la nena.
—¿Es tu segunda hija?
—Sí, la primera es Mila, pero fue con otra chica, va a cumplir ocho ahora... Soy un papá amigo tanto con la bebé como con Mila, trato de ponerle los puntos pero me pueden. Y más las nenas, ¿viste? Cuando digo uno, dos, tres es porque ya me enojé mucho, pero sí, me cuesta. Para mí, como papá, soy excelente. Puedo ser un desastre que en el desastre saco mi lado de papá...
—¿A qué te referís con “ser un desastre”?
—Es que uno vive en la noche, no duerme, baile de acá para allá, joda, ¿entendés? Y la chiquita me salió así encima. Ocho meses. A los cuatro días de nacida estaba en el medio del baile; estábamos en Barcelona festejando San José, que alllá es como una Navidad. A eso me refería, ¿viste? Sí, tuve mis épocas de drogas, pero nunca zarpado; siempre fui un pibe que los excesos los supe manejar, ¿entendés?
—No llegaste a caer en la adicción, decís....
—No, jamás.
—¿Supiste cómo tomar distancia de eso?
—Es que si fumo... no sé, un cigarrillo y digo: “No quiero más”, no fumo más. Por ahora lo controlé.
—Me decías que con tu actual pareja estás hace un par de años...
—Sí, y ya tenemos una banda y una hija (risas). Fue un flechazo re lindo apenas la conocí.
—¿Vos siempre fuiste enamoradizo?
—Sí, ariano: con el amor, cagada tras cagada (risas). Siempre fui de tener novia...
—¿Por qué “cagada tras cagada”?
—Porque siempre fui muy tóxico, celoso. Hasta que dejé de serlo. Me fui de un mambo al otro, porque un día dije basta.
—O sea, ¿te dabas cuenta que eras tóxico?
—Sí, fui al psicólogo y como que me dio herramientas, me ayudó y pasé a otro mambo. Por ejemplo, si tengo una ex, la dejé y no la vuelvo a llamar nunca más, no la jodo. Aunque esté con mi mejor amigo, si te dejé, hoy en día me importás nada.
—¿Antes te costaba soltar?
—Sí, era celoso, me costaba soltar, era muy enamoradizo. Me ayudó mucho la música con el levante. Antes era más facherito, ahora lo que pasa que estoy más gordito. Pero tuve mi época de sex symbol (risas). Y tenía minas, lo que te pasa es que siempre muy enamoradizo y eso me arruinó muchas cosas.
—¿Por ejemplo...?
—Porque idolatrás a la persona y por ahí perdés cosas. No sé... tenía una fiesta y me quería apurar porque me quería ir a verla... ¿entendés? Y los chabones me decían: “Loco, no te podés ir, tenés que tocar”. “No, que yo ya toqué...”. “No, quedate que vamos a una cena que nos invitaron”. “Me importa un huevo la cena, me voy”. Y así me perdí un montón de cosas.
—Y hoy, cuando mirás para atrás esa etapa, ¿te sentís más maduro?
—Lo veo y no me arrepiento de nada. Es la vida, pero sí me mandé un montón de mocos.
—¿Llegaste a agarrarte a piñas alguna vez?
—Sí, es más, ¡tocando también! Una vez estábamos tocando en Fantástico y lo estaban escupiendo a Chucky, una y otra vez, hasta que salté. Era grandote pero mi primera piña le entró y después cayeron los patovicas y zafé (risas). Antes era más bardo, pero hoy en día la cumbia se volvió más familiar, más amiga. Influye esto de las colaboraciones y esas cosas. Antes un grupo de cumbia santafesina no grababa con un villero, ¿entendés? Hoy en día todo se unió un montón. Mucho tuvo que ver también con los pibes de RKT.
—¿Qué significa el tatuaje que tenés en la cara?
—La Santa Muerte, es de México. Viajo mucho allá. Toco para muchas barras de fútbol. Amo el fútbol y amo México.
—¿Picante, no?
—Es picante, pero bueno... para el que lo ve de afuera, pero sí, toco para las barras fuertes. Pero la gente a mí me trata de diez, son excelentes personas. La cultura mexicana es hermosa. Tepito, el barrio más peligroso de México, sería como un Fuerte Apache. Ahí está el templo de doña Queta, que es de la Santa Muerte. Ahí me hice devoto porque me equivoqué en una historia... y una noche me metí en ese lugar y vi a la Santa...
—Cuando decís “me equivoqué”, ¿qué sería?
—Porque terminé de tocar y en vez de ir al hotel me equivoqué... Empecé a caminar y vi una luz y justo era el templo. Y eso me salvó. Para mí es mi protectora. Para mí Dios es todo. Pero a veces soy de los que piensan: “Che, por ahí Dios está ocupado ahora, hay que hablarle a otro para que vaya a hablar con Dios”, ¿entendés? Yo tengo esos pensamientos. Creo en todas las culturas. Me encanta la religión y todo eso.
—Che, y por el tatuaje en la cara, ¿el que no te conoce alguna vez se asusta y se cruza de vereda?
—Y sí, olvidate de tomar taxis. En los aeropuertos me voy solito a un costado, abro el bolsito y digo “fijate que no tengo nada”. Ahora ya me río.
—¿Acá también laburaste con barras?
—Sí, soy de River, acá he tocado en River. A ver, para mí el folclore del fútbol es divertido, no llega a violencia. Mi papá y mi hermano son bosteros. Yo y mi vieja somos de River. Mi casa es un River-Boca. Jamás hice una... jamás caí en cana porque la pegué muy de chiquito, a los 16, 17... Tengo amigos por todos lados por eso de trabajar para las barras. Por el ambiente en que me manejo, ponele, yo tengo más miedo de quedarme solo en Palermo que en una villa (ríe). Ahora vivo en Banfield, Villa Centenario, yo te paso por Fiorito y para mí es re normal. No me da miedo. Yo bajo al kiosco a las dos, tres de la mañana, sin problemas. Es más, una vez sola me quisieron robar en Lomas del Mirador el auto en la puerta de mi casa. Y no sabés las veces que me olvidé el auto con la llave puesta (ríe). Otra vez, venía de comer de la casa de Lisa, de Bandana, que es amiga mía, y justo pincho en la rotonda de San Justo; del pedo que tenía no podía sacar la rueda. Y aparecen unos pibes y me ponen un fierro para robarme el auto. Le digo, “¿Qué hacés, gordo? Soy Andy. Me parece que te equivocaste, loco", le digo cagándome de risa. Me dice: “Sí, sí, discupá, ¡y se fueron!“ Tengo esa cosa. Soy muy amiguero de mucha gente. No me importa lo que vos seas mientras no me molestes a mí. Ojo, jamás defendería a un violador. Ahí te rompo la cabeza.
—Bueno Andy, gracias. ¿Lo pasaste bien?
—Genial, gracias, y ahora empiecen a escuchar La Mercadería. Al que le gustaba Altos Cumbieros le va a gustar también.
Fotos: Jaime Olivos