
Nina Lamaison levanta un frasco, lo destapa y lo acerca al periodista de Infobae sin decirle qué contiene. El hombre inclina la cara, aspira y no consigue identificar lo que tiene delante. Ella espera unos segundos antes de hablar. “Es Malvinas”, dice la perfumista.
Detrás de ella, en la pared del laboratorio donde trabaja en su laboratorio porteño, cuelga una bandera argentina que estuvo en el Regimiento 10 de Comunicaciones durante la guerra del Atlántico Sur. Se la regalaron el día en que presentó la fragancia por primera vez.
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Nina Lamaison tiene 45 años, nació en San Miguel de Tucumán y se presenta como perfumista y artista olfativa. En una entrevista con Infobae abrió frascos, hizo oler composiciones y recorrió la historia de cada una de las 13 obras que integran su colección Hay olor a historia argentina. Sobre la mesa del salón Osmotique, en su galería de la calle Adolfo Alsina 1433 en la Ciudad de Buenos Aires, los nombres de las piezas forman una lista que parece el índice de un manual escolar reescrito desde la nariz: La Reunión, El Ausente, El Testigo, Saber eterno, El Perpetuo, La Bataclana, Una Perla Inmortal.
Afuera, la zona parece detenida. Hay poca gente por la calle en las cercanías del Congreso de la Nación y muchas oficinas vacías. Adentro, en el laboratorio de Lamaison, todo es de tono rojizo y con un aroma dulzón que se percibe desde la entrada.
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Malvinas fue la primera obra. La creó en 2022 y la terminó en una hora. “Fue mágico”, dice, y después aclara que esa velocidad no se repitió con ninguna otra pieza.

Tres palabras que olían a trinchera
Lamaison quería trabajar con la flora de las islas, reconstruir el paisaje a partir de elementos botánicos. Se inspiró en el pasto, el viento, la vegetación del lugar. Pero antes de formular se puso en contacto con excombatientes. Entre ellos, Marcelo Lapajufker, el soldado que se encargaba de repartir las cartas que llegaban al frente.
Lo que escuchó cambió el rumbo de la composición. Lamaison no preguntó por plantas ni por clima. Preguntó a qué olía Malvinas y los veteranos le devolvieron tres palabras que se repitieron en distintas entrevistas. CAsi todos los veteranos dijeron miedo, humedad y desesperación. “Con eso ya está - dice-. No hizo falta nada más”.
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La fórmula tiene notas de pasto mojado, tierra, cuero y un rastro de tabaco que, según Lamaison, solo perciben las narices más entrenadas. También incorpora papel, por las cartas que recibían los soldados, y una nota dulce ligada al chocolate, que era lo único que comían. Si es que llegaba desde el continente.
Lamaison lo describe como un olor perfumado, verde, con cuero y una textura que al secar recuerda la tela rígida de los uniformes militares. “Seca como un olor medio plasticoso”, explica a Infobae con pasión por su trabajo.

Cuando se presentó en galerías, hubo gente que lloró. “Es un viaje directo a ese momento”, dice Lamaison. La obra llegó al Museo Malvinas, donde hoy permanece expuesta en la sala. Ella la concibió como una pieza de exhibición, no como un producto para vender.
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Una fisioterapeuta entra a una fábrica de esencias
Antes de los frascos, las fórmulas y las 600 materias primas que hoy tiene en su laboratorio, Nina Lamaison era fisioterapeuta. Venía del mundo de la salud, había estudiado bioquímica, cursado materias de química y farmacia, y crecido en una familia de médicos tucumanos donde los nombres técnicos circulaban en la mesa.
Los olores la acompañaban sin que ella supiera todavía qué lugar ocuparían en su vida. Las cremas que usaba en fisioterapia tenían perfume y esa presencia, dice, le daba una tranquilidad que entonces no podía explicar.
Su padre murió hace 11 años. Lamaison necesitaba anclarse a algo y empezó a buscar una marca de aromas ambientales que le gustaba pero que resultaba demasiado costosa. Con su marido, Fabricio Croter, decidieron fabricar sus propios productos. Crearon Bar de Aromas, una línea de textiles, difusores y fragancias para el hogar que llegó a tener 100 composiciones que podían mezclarse entre sí.
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Los clientes empezaron a pedir que esos aromas existieran también como perfumes. Lamaison todavía no lo veía como su camino. Hasta que un día levantó el teléfono y llamó a la empresa que le proveía las esencias.

Le propusieron que fuera. En la fábrica conoció a la perfumista del lugar, que la invitó a pasar al laboratorio. Lamaison entró, miró los frascos alineados en los estantes y enseguida lo supo. “Esto es mi mundo”, recuerda que pensó.
No había carrera de perfumería en la Argentina cuando empezó a buscar formación. Nina se capacitó de manera virtual con escuelas de España y Francia. Las clases francesas las seguía con alguien al lado que le traducía en tiempo real porque no habla el idioma. El aprendizaje, dice, le resultó más fácil de lo que esperaba. La base química que traía de sus estudios anteriores le permitió entender rápido la lógica de las materias primas.
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Hoy trabaja con unas 600 sustancias, todas importadas. Conoce cada una por nombre, función y comportamiento dentro de una fórmula, aunque reconoce que con el tiempo fue descartando más de las que incorporaba.
“Podás más de lo que comprás - explica Lamaison-. Cuando ya sabés cómo funciona un material dentro de la fórmula, no te hace falta comprar tanto”.
Cada obra o perfume que produce tiene no menos de 50 materias primas. La creación de una fragancia es, según Lamaison, un proceso técnico antes que artístico. “Hay materiales que sostienen la fórmula, conectores que unen las notas y moduladores que equilibran el conjunto. Después viene la parte creativa”, explica en forma didáctica Nina.
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Su primer perfume comercial fue Coco Rush, creado para la marca Oriana Russo. Esa empresa tiene hoy nueve fragancias firmadas por ella. En total, calcula que hay unas 50 composiciones en el mercado con su sello.
En Osmotique trabaja junto a Fabricio. Ella en el laboratorio y él como director creativo de la marca.

El asado que queda después del fuego
Lamaison destapa otro frasco. Esta vez el entrevistador reconoce el contenido antes de que ella diga el nombre. Es el olor del final de un asado.
La obra se llama La Reunión, pero lo que aparece primero no es la mesa servida ni la carne sobre la parrilla. La composición busca lo que queda cuando el fuego se apagó. El aroma es una mezcla de carne asada, ceniza y el resto blanquecino del carbón consumido.
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“No es el asado en sí, es la reunión, es la parrilla cuando ya se usó y quedó”, explica Nina que también se lleva el frasco a la nariz para analizar su obra.
Para Lamaison, esa escena no termina en la comida. La obra está ligada a las sobremesas de domingo, a la familia, a las conversaciones largas, a las confesiones y también a las peleas que pueden aparecer después de comer.
No trabaja con ceniza real ni con carne ni con yerba ni con dulce de leche. Lamaison no destila elementos naturales. Cada composición está construida con materias primas químicas, recreada desde la fórmula.
“Mucha gente dice bueno, yo destilo la yerba y ya está. No. Esto está creado, recreado”, insiste Nina.
El mate tiene su propia pieza que se denomina El Testigo. El olor no remite a la infusión servida sino al recipiente curado, con una nota verde, suave y amaderada que Lamaison asocia a la calabaza tratada con palancanta.
Eligió ese nombre porque el mate es testigo de todo. “Nos acompaña en la soledad, la compañía, las conversaciones profundas y los silencios”, sostiene la perfumista.
Otra obra es El Ausente que está dedicada al dulce de leche. El periodista la huele y primero percibe vainilla. Después encuentra la leche y un fondo más oscuro. Lamaison pensó en el dulce de leche de pote de cartón, el que se abría con las manos y se comía con cuchara.

El método de trabajo de Lamaison no parte de un pedido de olor. Cuando una marca la contrata, pide un brief que cuente una historia. Por ejemplo, puede ser una tarde, una playa, una persona vestida de determinada manera. La fragancia llega después.
En el arte olfativo, la exigencia es otra. Si la obra se llama mate, debe oler a mate. Si se llama asado, quien la huela tiene que reconocer el asado antes de cualquier interpretación personal.
“Si yo te digo esto es dulce de leche, se huele a dulce de leche. Esa es la misión del arte olfativo, poder trasladarte”, sostiene la artista.
Lamaison sostiene que el olfato tiene una conexión directa con la memoria, el aprendizaje y las emociones. A diferencia de otros sentidos, la información olfativa viaja al sistema límbico sin pasar primero por un filtro racional. Por eso un olor puede disparar un recuerdo completo que incluyan el aroma, la escena y las personas.
“El olfato es el primero de los sentidos que se desarrolla en un ser humano. Aparece a las 13 semanas de gestación. Cuando un recién nacido es colocado en los brazos de su madre, lo primero que hace es olerla. Hay estudios que demuestran que los bebés reconocen el olor de las cremas que usaban sus madres durante el embarazo”, cuenta Lamaison.

Maradona de día, Maradona de noche
Lamaison toma dos frascos y presenta a Maradona. La obra se llama Entre dos mundos y está dividida en una versión diurna y otra nocturna.
La diurna huele a césped, a cancha, a lo que ella define como la parte de Maradona que todos quieren. La nocturna parte de un perfume que el futbolista usaba, A*Men de Mugler. Lamaison hizo su propia interpretación sin conocer la composición original; cuando después la olió, encontró que eran parecidas.
Eva Perón tiene su frasco bajo el nombre Una Perla Inmortal. Lamaison investigó a la figura antes de formular y encontró que Eva había sido musa de Christian Dior durante años, que la casa francesa la vestía y que las perlas eran sus joyas preferidas.
La composición trabaja con violetas suaves, colonias femeninas de los años 50 y un registro que Lamaison describe en la línea de los jabones de tocador de la época. “Es como una colonia de abuela”, dice.
Tita Merello también tiene obra. Se llama La Bataclana y el punto de partida fueron los labios de la actriz y cantante. Lamaison la recuerda como una luchadora por los derechos de las mujeres, una arrabalera a la que nadie se le ponía al frente. “El olor es el de un labial viejo por esos labios tan característicos de Tita”, explica Nina.

La Casa de Tucumán tiene una pieza llamada Cimientos. El entrevistador percibe humedad. Lamaison agrega revoque, cal, construcción reciente y maderas antiguas. La obra busca recuperar que antes de ser el lugar donde se declaró la Independencia, esa casa era una vivienda familiar con pisos de adoquín, paredes altas pintadas de blanco y carpinterías de madera.
La llevó como regalo cuando dio una conferencia en Tucumán, donde el Honorable Concejo Legislativo la distinguió como personalidad destacada.
Lamaison también trabaja en una serie llamada Iconografía, dedicada a personajes internacionales. Tiene piezas sobre Frida Kahlo y Elvis Presley. La de Marilyn Monroe representa su muerte. Un aroma que combina algo parecido a Chanel con una nota de los barbitúricos que la mataron.
El fernet que duele y la sábana que incomoda
En el laboratorio hay un proyecto que todavía no tiene forma definitiva y que le provoca dolor de cabeza. Es el fernet.
Lamaison ya consiguió recrear la nota de la gaseosa. Lo que falta es el fernet en sí, que describe como una de las composiciones más complejas que enfrentó. “Tiene cítricos, aromáticos, notas de madera, resina y una superposición de capas que resiste la simplificación. Me está haciendo doler la cabeza”, admite.
El fernet no es un encargo. Es un proyecto personal, como lo fue Malvinas, como lo son las obras que nacen de algo que la moviliza y que ella necesita traducir a una fórmula antes de poder dejarlo ir.
Hay otro proyecto en curso que la obliga a medir cada paso. Junto al artista plástico Augusto Montoya, prepara una colección vinculada a temas que Lamaison define como “eso de lo que no se habla como el crimen y el abuso”.
La puesta será visual y olfativa. Montoya aportará la imagen y Lamaison el olor. Para la pieza sobre abuso, ya tiene una composición terminada. La describe como el olor a sábana de bebé sucia. Es una obra sobre abuso infantil y Lamaison sabe que necesita un encuadre preciso antes de exponerla.
La obra sobre crimen todavía no tiene fórmula cerrada. Lamaison piensa en el olor de la sangre, que en realidad, explica que “tiene más gusto que olor. Es algo con mucho contenido de hierro, medio dulzona y medio metálica”.
No pretende que esas composiciones sean agradables. Algunas obras anteriores ya probaron ese territorio. Buscando Alma, una pieza sobre el uso y el abuso de la tecnología, huele a goma quemada y cable recalentado, como un electrodoméstico a punto de entrar en cortocircuito. Quedó como finalista en un concurso internacional de arte olfativo.
Ser ombligo, creada a partir de un cuadro en el que había una multitud de un lado y una sola persona del otro, tiene un dejo raro y feo. Lamaison reprodujo el olor cuando una persona se mete un dedo en el ombligo.

La firma en el frasco y los perfumistas que se organizan
Lamaison exige por contrato que su nombre aparezca en cada perfume que formula para otra marca. No acepta que el perfumista quede como una figura anónima detrás de la composición. “Todas tienen mi nombre”, dice.
Su marca propia se llama Nina La Maison y tiene tres fragancias, con una cuarta próxima a salir. El packaging incluye cajas con terciopelo, cuero y tapas con pigmentos brillantes que, dice, son difíciles de producir en la Argentina.
Un perfume a medida, hecho para una sola persona en un frasco de 100 mililitros, cuesta alrededor de USD 1.000 y puede demandar meses de trabajo. Los perfumes de nicho de su línea tienen un precio que ronda los $ 200.000 o $ 300.000.
Lamaison también da clases. Tiene una escuela de perfumería por la que este año ya pasaron unas 30 personas. Y preside la Asociación de Perfumistas Independientes de Iberoamérica, creada hace pocos meses.
Lamaison recuerda que cuando empezó, en 2021, salió a defender la independencia del perfumista frente a un mercado que no estaba preparado para recibirla. Lo hizo con transmisiones en vivo, con catarsis frente a la cámara y con una exposición pública que le valió seguidores y también resistencias.
En el laboratorio, la jornada de trabajo no tiene un corte definido. Los temas del laboratorio vuelven a la mesa de la cena, a la conversación antes de dormir, al día siguiente.
Cuando era chica, en Tucumán, caminaba por la vereda de la calle donde vivía su madre y olía las casas para deducir quiénes vivían adentro. “Decía acá hay niños, acá hay ancianos, acá hay perros, acá comieron esto”, recuerda Nina.
Hoy, sus obras se registran por derecho de autor a través de los textos que las describen. Los olores no se pueden patentar. Lo que queda es la palabra escrita que cuenta qué quiso hacer con cada composición.
Lamaison cierra el frasco de Malvinas y lo devuelve al estante, junto a los otros 12. Sobre la mesa del laboratorio queda una lista de proyectos abiertos que van desde el fernet, un whisky para una marca grande y una cuarta fragancia propia. También queda una frase que dijo al pasar, cuando explicaba por qué no acepta todos los encargos que le proponen. “Me tiene que vibrar”. En la vereda de la calle Alsina, a la salida, el aire no huele a nada en particular. Adentro, en el laboratorio de Nina, a todo.
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