Los recuerdos de infancia de Juan Pablo Jofré, en San Juan, aparecen ahora mientras está en Corea del Sur. Vuelven los años en que en su casa siempre sonaba algún disco de tango. Su abuelo cantaba y tocaba el piano y el acordeón; su madre escuchaba música clásica y formaba parte de un coro. De chico, Jofré inventaba canciones para sus abuelas y se las cantaba para hacerlas reír. Sin saberlo, empezaba a acercarse al mundo de la composición.
Fuera de casa, su infancia transcurría entre bicicletas, lagos y salidas con sus amigos. Durante la adolescencia, caminaba hasta la escuela escuchando música en un walkman: alternaba entre Metallica y Nirvana; Bach, Stravinsky y Dvořák. A veces soñaba con tocar en grandes salas, aunque también dudaba de que eso pudiera hacerse realidad.
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A los 19 años dejó la provincia para estudiar composición en Mendoza. A los pocos meses recibió su primer premio e inició una nueva etapa en Buenos Aires, donde vivió de cerca la experiencia del Sexteto de Astor Piazzolla. Ese camino lo llevó, con el tiempo, a construir una carrera en la que hoy combina la composición y la interpretación, fusionando el tango con la música clásica.
Se presentó en Nueva York y Praga y grabó con la Orquesta Sinfónica de Londres. En agosto pasado recibió la Comisión Especial de Composición Musical de la Fundación Barlow, luego de ser seleccionado entre 171 propuestas de 28 países.
Una infancia libre entre la música y la familia
Para Juan Pablo, el recuerdo de su infancia —a la que vuelve una y otra vez— está marcado por una sensación de libertad. Cuenta que fue una época de aventuras, de moverse sin demasiadas reglas y de descubrir el mundo con la curiosidad propia de un chico. Algunas de esas experiencias, vistas desde la adultez, hoy le parecen incluso temerarias.
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“Fue una infancia muy libre, muy salvaje”, admite. Entre esos recuerdos aparecen las visitas a colmenas de abejas, las corridas en las que no sentía las piernas mientras escapaba de los insectos y excursiones sin demasiada supervisión. “Gracias a Dios nunca me pasó nada”, dice entre risas.
En esas aventuras también estaba la familia. Cuando sus padres no podían cuidarlo, pasaba tiempo con sus abuelos y sus tíos. Allí, la música era parte de la rutina: su abuela escuchaba tango durante todo el día; uno de sus abuelos cantaba ese repertorio y otro tocaba el acordeón. Sus tíos también hablaban de música y arte.
Esa convivencia le dio la primera formación musical. “Recuerdo tener conversaciones muy lindas con gente adulta, y eso creo que me influyó mucho”, dice. Sus tíos hablaban de música y de arte, un intercambio que sumó otra dimensión a los discos y las canciones que escuchaba en la familia. En esos ratos, empezó a inventar melodías para sus abuelas y se las cantaba, jugando. “Para mí eso no era componer”, admite. “Aunque ahora me doy cuenta de que eran los inicios de mi perfil de compositor”, agrega sobre aquellas melodías inventadas para sus abuelas.
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La música clásica llegaba por el lado de su madre, que solía escucharla y cantaba en el coro de la ciudad. A él le gustaba verla en escena. Tanto que todavía recuerda la noche en que la vio interpretar por primera vez el Réquiem de Verdi, junto a la Orquesta Sinfónica y el Coro Universitario de San Juan. “Fue una cosa increíble, me encantó”, dice.
Después llegaron otros horizontes, entre ellos el rock pesado. Pero, al mismo tiempo, entre sus elegidos estaban los grandes compositores de distintos períodos: el barroco de Bach, la música moderna de Stravinsky y el romanticismo de Dvořák. Para él, esa mezcla nunca fue extraña. Las músicas podían dialogar entre sí. “Nunca lo sentí como algo diferente”, afirma sobre la convivencia entre el rock y la música clásica. Y los tangos que escuchaba en casa de sus abuelos también formaban parte de ese universo. Esa familiaridad con distintos géneros lo siguieron en sus primeras composiciones, donde el bandoneón dialoga con recursos de la tradición académica.
De San Juan a Mendoza
Juan Pablo comenzó a estudiar contrabajo con Néstor Castillo, uno de sus primeros profesores de música. Lo recuerda como una figura decisiva en esa etapa, cuando recién se iniciaba en la formación musical y no confiaba demasiado en sus propias posibilidades.
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“Yo en esa época recién empezaba a estudiar música y sinceramente no tenía fe en mí mismo”, cuenta sobre sus inicios con el contrabajo. Pero Castillo lo alentó y le dio herramientas para creer en su capacidad: “Me hizo tener confianza y mucha fe en mí mismo”. También tomó clases de canto lírico con Rafael Fernández y se formó en teoría musical, armonía, composición y orquestación.
A los 19 años llegó otro cambio importante: dejó San Juan para estudiar Composición en la Universidad Nacional de Cuyo, en Mendoza. La mudanza le produjo entusiasmo, pero también soledad. Era una etapa nueva, lejos de su familia y de los lugares donde había crecido, en la que empezó a pensar la música ya no solo como una inquietud, sino como un camino posible.
Poco después recibió el Premio Fondo Nacional de las Artes. El reconocimiento le abrió la puerta a Buenos Aires, adonde comenzó a viajar para tomar clases con el bandoneonista Julio Pane, integrante del Sexteto de Astor Piazzolla. Para J.P. Jofré —es reconocido en el mundo—, el encuentro significó mucho más que una clase: estaba frente a un músico al que admiraba y del que conocía su trabajo junto a Piazzolla y Fito Páez.
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“Era como estar estudiando con Maradona o con Messi”, resume.
Nueva York, el desarraigo y una red de músicos
El salto al exterior llegó con otra cuota de incertidumbre. J.P. Jofré vivió 15 años en Manhattan. Recuerda que instalarse en Nueva York fue difícil, sobre todo porque no dominaba el inglés lo suficiente como para sostener conversaciones fluidas sobre trabajo y música. A eso se sumaban los trámites migratorios, la distancia de su familia y la necesidad de construir una red profesional desde cero.
“El primero o el segundo año son los más difíciles. Al menos lo fueron para mí”, sostiene. Cuenta que para él otros músicos fueron fundamentales para atravesar esa etapa. Lo llamaban para tocar, lo recomendaban y lo sumaban a proyectos. Esos gestos terminaron construyendo una red que, en los momentos de mayor incertidumbre, le dio motivos para quedarse pese a las dudas.
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Más allá del trabajo, esos vínculos fueron una forma de sentirse acompañado en una ciudad en la que todo era nuevo. Los llamados, las recomendaciones y las invitaciones a tocar fueron apareciendo en momentos en que todavía estaba construyendo su lugar en Nueva York. Con el tiempo, esa red de músicos se convirtió en una parte importante de su vida en la ciudad.
Después de 15 años en Manhattan, se mudó y hoy vive entre Estados Unidos y Corea del Sur.
En Corea encontró un ritmo más tranquilo para componer, practicar, editar música y preparar sus proyectos. Viaja a Estados Unidos y Europa para conciertos, ensayos y encuentros con colegas. Los años de viajes también ampliaron su mirada sobre otras culturas. El contacto con artistas de distintos países le dejó una certeza muy clara: “Hay gente buena en todos lados”.
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Los escenarios que alguna vez soñó
Aun después de alcanzar escenarios que alguna vez imaginó desde San Juan, la inseguridad no desapareció. Grabó con la Orquesta Sinfónica de Londres, recibió nominaciones a los premios Grammy en 2022 y Latin Grammy en 2023 y se presentó en la Sala Dvořák de Praga. Allí vivió uno de esos momentos que resumen su historia personal: su madre escuchaba las sinfonías de Dvořák en la casa y, años después, él terminó tocando en ese auditorio.
“Estar ahí, tocando mi música, con el teatro lleno y la gente a los gritos... aplaudiendo, fue una cosa hermosa. ¡No lo podía creer!“, recuerda. Haber grabado con la orquesta londinense es una de sus experiencias más significativas y sorprendentes: escuchar a los músicos trabajar sobre sus partituras y recibir sus comentarios sobre las obras fue, dice, difícil de procesar.
La duda, sin embargo, siguió acompañándolo. Al conocer que Brian May había contado experiencias parecidas después del éxito de Bohemian Rhapsody, entendió que esa sensación también podía aparecer después de una carrera consolidada. Su manera de enfrentarla parte de una pregunta que suele hacerles a sus alumnos y que también se hace a sí mismo: “¿Qué harías si no tuvieras miedo?”. La respuesta, dice, suele mostrar el paso que viene.
También empezaron a aparecer nuevas oportunidades para escribir y trabajar con otros músicos. Una de ellas llegó hace unos meses, en agosto de 2026, cuando recibió la Comisión Especial de Composición Musical (Barlow Special Commission), uno de los reconocimientos más prestigiosos del Barlow Endowment for Music Composition, una fundación privada con sede en la Universidad Brigham Young (BYU), en Utah. Fue seleccionado entre 171 propuestas de 28 países en una convocatoria dedicada a obras para quinteto de tango moderno. Para postularse, presentó las partituras de La Scaloneta y The Fifth Season, dos piezas de su álbum Tangofonus.
El reconocimiento incluye un fondo para escribir una nueva obra, que será estrenada por el Quinteto Revolucionario de Buenos Aires, el quinteto del violinista Ramiro Gallo y el Quinteto Sónico, de Bélgica. “Lo más lindo de este premio no es solo lograr el título de ganador, porque en el arte nunca se gana, solo se crea y se comparte”, asegura. Para él, la distinción representa también la posibilidad de seguir escribiendo música nueva.
Después de años de giras, también cambió su manera de vivir fuera del escenario: prefiere estar con su familia, tocar el bandoneón, componer o cocinar. Pero hay algo que no cambió desde la adolescencia. Sus amigos de San Juan todavía lo reconocen como aquel chico que se iba en bicicleta a nadar a un lago. Y aunque lleva años viviendo fuera del país, la Argentina sigue apareciendo en su música, en el bandoneón, en el tango y en la memoria de San Juan.
“Argentina siempre está en el corazón. Siempre”, dice. La fuerza y la melancolía son, para él, dos marcas que siguen presentes en lo que escribe y toca.
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