Para cientos de miles de chicos argentinos, durante los años de esplendor de Titanes en el Ring, “El Ancho” Peucelle era el bueno que tenía que ganar. No importaba cuán grande fuera el villano ni qué trampas le presentara para intentar vencerlo. En algún momento, él se recuperaba, desplegaba toda su fuerza y terminaba imponiéndose en la lucha.
Después venía la celebración. Y cuando las cámaras se apagaban y la función terminaba, comenzaba otra escena que también formó parte de su leyenda: largas filas de chicos esperando un autógrafo. Peucelle podía estar agotado, exhausto por la pelea, pero siempre se quedaba un rato más para firmar una foto y otra más.
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Autógrafos para todos
Sabía que para esos niños aquel papel con su nombre podía convertirse en un recuerdo para toda la vida. Décadas después, cuando ya tenía más de 80 años, todavía recordaba aquellas escenas con emoción. “Me partía el corazón dejar a los pibes sin el autógrafo”, contó siempre al recordar los años de gloria.
Cuando trascendió que el hombre que supo generar esa devoción había muerto el 8 de septiembre de 2014, en Olivos, a los 81 años, la noticia provocó conmoción y mucha tristeza. Pero para entender por qué “El Ancho” llegó a convertirse en uno de los personajes más queridos de la televisión argentina hay que volver mucho tiempo atrás, a una época en la que todavía no existían los estadios llenos, las cámaras de televisión ni los muñecos con su figura.
De Arribeños a Vicente López
Rubén Ovidio Piuselli -su nombre real- nació el 2 de septiembre de 1933 en Arribeños, noroeste de la provincia de Buenos Aires. Tenía seis hermanos: cuatro varones y dos mujeres. Trabajó desde muy chico: a los 12 años, después de dejar los estudios al terminar la primaria, ayudaba cargando medias reses.
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Luego su familia se trasladó a Vicente López. En su casa se respiraba una cultura vinculada al deporte. Rubén desarrolló muy pronto una pasión por el entrenamiento y el desarrollo físico. Las revistas de Charles Atlas eran su referencia y la inspiración para dedicar cada vez más tiempo al ejercicio.
No era simplemente una cuestión estética. Para él, el cuerpo debía trabajarse con disciplina. Durante su juventud pasó por diferentes oficios y actividades. También fue estibador en el puerto y se desempeñó como guardavidas y modelo publicitario. Pero ninguna de esas ocupaciones terminó definiendo su vida. El deporte sí.
En los años 50 empezó a frecuentar el balneario El Ancla, en la zona de Olivos. Allí se reunían jóvenes dedicados al fisicoculturismo y al levantamiento de pesas. Se integró a aquel ambiente y formó junto a otros hombres un grupo que sería conocido como Los Patovicas. Eran épocas en las que aquellos cuerpos musculosos despertaban tanta curiosidad como admiración. Se entrenaban durante horas y realizaban exhibiciones junto al río.
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Entre quienes frecuentaban aquel ambiente estaban Eliseo Panza, Carlos Mesa y Elvidio Flamini, integrantes del denominado Trío Cercles de levantadores de pesas y acróbatas. Peucelle se sumó a ese universo que terminaría funcionando como una escuela informal para su futura carrera.
Antes de Titanes
Él ya había demostrado condiciones excepcionales en el levantamiento de pesas. En 1952, representando al club Comunicaciones, consiguió el campeonato argentino y estableció marcas de 145 kilos en envión y 112 en arranque, según reconstrucciones de su trayectoria. Aquella preparación física sería decisiva cuando apareció el catch.
A comienzos de la década de 1960, la televisión argentina descubrió que las luchas podían convertirse en un espectáculo masivo. Martín Karadagián daba inicio al fenómeno de Titanes en el Ring. Pero en 1962 apareció en Canal 13 un programa que buscaba competir con aquella propuesta: Lucha Libre. Y Peucelle fue convocado.
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Lo presentaron como Hércules Peucelle y también como “El Ancho del 13”, un apodo que servía para remarcar su pertenencia al programa de ese canal. Había nacido un personaje. Pero todavía faltaba el salto que cambiaría definitivamente su carrera. Karadagián conocía el mundo del catch y sabía reconocer a un luchador con potencial. Y Rubén ya había tenido contacto con aquel ambiente antes de incorporarse a la tele y, en 1963, el armenio lo convocó para sumarlo a Titanes en el Ring.
El programa ya estaba construyendo un universo propio, con personajes que parecían salir de una historieta: La Momia, el Caballero Rojo, Pepino, Joe, el Mercenario y tantos otros. Aceptó con una condición fundamental para él: quería estar del lado de los buenos, nunca convertirse en villano. Su primera lucha oficial sucedió en el programa fue el 12 de mayo de 1963 frente a Benito Durante, de acuerdo con los registros de su trayectoria. Muy pronto dejó de ser simplemente otro integrante de la troupe y se convirtió nada menos que en “El Ancho”.
Héroe sin máscara
Había algo que diferenciaba a Peucelle de buena parte de los luchadores de Titanes. No necesitaba esconder su identidad. Mientras otros personajes tenían nombres fantásticos, disfraces y voces particulares, él era Rubén, “El Ancho”, el gran campeón argentino. Y esa condición ayudó a convertirlo en una figura especialmente cercana para los chicos. Era un hombre fuerte que representaba el bien.
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Su físico también formaba parte del espectáculo. Con sus clásicos movimientos -el “molino”, el “volantín” y otras maniobras- terminaba imponiéndose sobre rivales que parecían imposibles de vencer.
La fórmula funcionaba. Durante los años de mayor popularidad de Titanes, especialmente entre 1972 y 1974, estuvo entre las figuras principales del programa junto con Karadagián, La Momia, el Caballero Rojo y otros personajes emblemáticos. Las cifras de audiencia eran enormes. Y el fenómeno ya no terminaba en la pantalla.
Su imagen comenzó a aparecer en productos destinados a los chicos. Había muñecos, figuritas, posters, fotografías y todo tipo de objetos relacionados con su personaje. Su rostro podía encontrarse en productos alimenticios y prendas de vestir. Había dejado de ser simplemente un luchador para ser un ídolo popular. En los teatros y estadios, el público infantil esperaba verlo entrar al cuadrilátero. Y cuando terminaba la función, los chicos no querían irse, le pedían su autógrafo, una foto, o tan solo un saludo.
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Él mismo recordaría años después que, en algunas ocasiones, los luchadores tenían que marcharse rápidamente porque debían cumplir con otra función en otro lugar. Pero los niños seguían esperando y a él le costaba irse. Había entendido algo esencial: para un adulto podía ser solamente una firma, para un chico, uno de los grandes recuerdos de su infancia.
La amistad con Martín Karadagián
Entre Peucelle y Karadagián se construyó una relación que excedió el trabajo. Fueron compañeros, rivales dentro del espectáculo y, con el tiempo, amigos. El armenio había creado el universo de Titanes y Rubén se convirtió en una de sus figuras más importantes. Pero el éxito no podía durar para siempre.
A medida que avanzaron los años, el show cambió, aparecieron nuevas propuestas y también surgieron problemas económicos. Peucelle se alejó. Sin embargo, la ruptura profesional no destruyó la amistad. Ese detalle adquiriría especial importancia cuando la salud de Karadagián comenzó a deteriorarse. El creador de Titanes padecía diabetes y, como consecuencia de la enfermedad, sufrió complicaciones que terminaron con la amputación de una pierna. Y Rubén siempre permaneció cerca. Ya no eran simplemente dos figuras de un programa exitoso. Eran hombres que compartieron una parte enorme de sus vidas.
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Cuando la enfermedad dejó a Karadagián fuera del cuadrilátero, “El Ancho” fue uno de sus sostenes personales. Martín murió en 1991, a los 69 años. Para Peucelle, aquella pérdida significó también el final definitivo de una época. Hubo un momento en que volvió a ocupar el centro del ring televisivo. En 1988 apareció Lucha Fuerte, un programa inspirado en el universo de Titanes y encabezado por él.
No se trataba de su debut en la lucha televisiva -eso había ocurrido mucho antes-, sino de una nueva etapa en la que asumía el lugar protagónico que durante años había ocupado Karadagián. El programa recuperaba personajes conocidos y mantenía la clásica división entre héroes y villanos. Allí volvió a demostrar que su figura seguía teniendo peso. Pero el mundo estaba cambiando y la televisión también.
El catch perdió progresivamente el lugar central que ocupó durante las décadas anteriores. Y Peucelle siguió vinculado a la actividad durante años, participando además en producciones cinematográficas y televisivas. En 2006 volvió a aparecer ante una nueva generación con 100% Lucha, donde se desempeñó como jurado y quedó nuevamente asociado al mundo de los combates televisados hasta 2010.
Su compañera, su hijo, sus nietos
Marta Eva Carreño Mulvihill fue su pareja durante décadas. Se conocieron en El Ancla, en Vicente López, cuando ella era una adolescente. Fueron padres de un único hijo, Maximiliano, nacido el 9 de octubre de 1972, los años de máxima popularidad de Titanes en el Ring. Él los hizo abuelos de cuatro nietos: Nicolás, Lucía, Sofía y Josefina.
Pese a algunos tiempos en los que estuvieron distanciados, luego de muchos años, Marta y Rubén decidieron formalizar la unión y se casaron el 19 de junio de 2004 en el Registro Civil de Vicente López, cerca de “El Ancla”, su lugar en el mundo, donde nunca dejó de entrenar para estar bien por él y su familia.
El cuidado para Rubén fue mucho más que una herramienta profesional, era una filosofía de vida. Mantuvo durante décadas una rutina de ejercicios y continuó vinculado al fisicoculturismo, dando clases y desarrollando actividades relacionadas con el entrenamiento. A los 80 años todavía sorprendía por su estado físico. Quienes lo conocían podían verlo entrenar, mantener el trabajo y sostener hábitos que había adquirido desde su juventud.
Era como si aquel hombre que había entrado al mundo del espectáculo por la fuerza de sus músculos se negara a aceptar que el tiempo también podía derrotarlo. El 2 de septiembre de 2014 Peucelle cumplió 81 años. Seis días después, el 8, murió en Olivos. Las primeras informaciones periodísticas señalaron que había sufrido un paro cardiorrespiratorio en su casa, después de regresar de pasear a sus perros. Con el tiempo, sin embargo, su familia precisó que padeció un infarto mientras dormía en el balneario El Ancla, sitio que amaba y donde se dio por esas cosas de la vida el comienzo y el final de su historia.
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