—Hola, soy el Gato—, dijo una extraña voz.
—¿Y cómo sabemos que no sos un tarado haciendo una broma?—, respondió del otro lado el comisario, desconfiado.
—Le digo que soy el Gato. Les hablo desde el teléfono 22-813...
La extraña conversación ocurrió el 5 de agosto de 1984. Así reconstruyeron ese intercambio los diarios que siguieron el caso durante casi siete meses. Los policías rastrearon el número y fueron hasta el domicilio que figuraba en la guía telefónica, en Brandsen. Allí los recibió un maestro muy conocido en la ciudad, quien les confirmó que ese era su número, pero les aseguró que la línea llevaba meses fuera de servicio. Aquel llamado fue uno de los tantos episodios que alimentaron el enigma de una historia que, entre denuncias, rumores y versiones nunca del todo esclarecidas, desató una ola de pánico en la provincia de Buenos Aires: la del “Hombre Gato”.
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En ese momento, la Argentina transitaba los primeros meses de la recuperación democrática y Brandsen todavía conservaba la calma de una ciudad donde casi todos se conocían. Esa tranquilidad comenzó a resquebrajarse con una serie de denuncias nocturnas. Varios vecinos aseguraban que un hombre vestido completamente de negro, con una máscara que imitaba el rostro de un gato y unas garras metálicas, recorría los techos de las casas, emitía maullidos y, en algunos casos, atacaba a quienes encontraba solos antes de desaparecer en la oscuridad.
Lo que al principio parecía un simple rumor de barrio terminó desbordando a la policía y a los propios vecinos. El “Hombre Gato” ocupó las portadas de los diarios, dio origen a patrullas vecinales armadas que recorrían las calles durante la madrugada y alimentó todo tipo de hipótesis: desde el accionar de un agresor solitario hasta la existencia de una supuesta secta brasileña, una maniobra para desviar la atención pública o incluso un experimento social. Más de cuarenta años después, entre expedientes inconclusos, archivos periodísticos y los recuerdos de quienes vivieron aquellas noches de miedo, el caso sigue siendo uno de las leyendas urbanas más recordadas.
Brandsen, el origen del miedo
Las primeras denuncias aparecieron entre la última semana de julio y la primera semana de agosto de 1984, cuando en Brandsen comenzaron a circular relatos sobre una presencia extraña que aparecía durante la noche. Al principio eran comentarios entre vecinos: alguien había escuchado ruidos sobre el techo, otro decía haber visto una sombra cruzar un patio, algunos aseguraban haber oído un maullido profundo, demasiado grave para parecer el de un animal.
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Con el paso de los días, los testimonios empezaron a multiplicarse y a compartir una misma descripción. Ante las cámaras de Crónica TV, unos vecinos que afirmaban haberlo visto, lo describieron como un hombre alto, de contextura atlética, vestido completamente de negro y con una máscara que imitaba la cabeza de un gato. Se movía con rapidez, saltaba entre los techos y desaparecía antes de que alguien pudiera acercarse.
La situación cambió el 4 de agosto de 1984, cuando una joven de 22 años denunció haber sido atacada dentro de su propia casa. Según reconstruyeron los diarios a partir de su testimonio, el intruso ingresó durante la madrugada a su habitación vestido completamente de negro. La víctima aseguró que llevaba una máscara con rasgos felinos y orejas puntiagudas, además de un guante del que sobresalían cuchillas metálicas semejantes a garras. Durante el forcejeo, dijo que logró defenderse y que el agresor escapó después de herirla y volver a emitir esos maullidos graves que, hasta entonces, solo habían sido parte de los relatos que circulaban entre vecinos.
Pero el caso dio un giro definitivo cuando una joven denunció que el misterioso atacante había entrado a su habitación e intentado abusar sexualmente de ella. Al declarar, aseguró que estaba vestido completamente de negro, llevaba una máscara con rasgos felinos y un guante del que sobresalían cuchillas metálicas similares a garras. También contó que, durante el forcejeo, la hirió antes de escapar y perderse en la oscuridad.
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Esa denuncia cambió la dimensión del caso. Lo que hasta entonces había circulado como una serie de relatos entre vecinos comenzó a ocupar las páginas de los diarios y a instalarse en la conversación cotidiana de Brandsen. Crónica tituló: “Brandsen, aterrorizado por el Gato Montés”, una de las primeras formas en que nombró al personaje. Ese mismo día, el diario Popular utilizó otra denominación: “el Hombre Gato”. El nombre terminó imponiéndose y convirtió a un supuesto agresor en un personaje que ya empezaba a formar parte del imaginario social.
Ese apodo terminó imponiéndose. En pocos días dejó atrás otras denominaciones y comenzó a circular en radios, comercios y reuniones familiares. Eso ayudó a darle una identidad a un personaje cuya existencia todavía no había podido ser comprobada, pero que ya comenzaba a instalarse en el imaginario popular. La presión sobre la policía aumentó: no había un sospechoso identificado, no existían pruebas concluyentes y el atacante parecía haberse desvanecido sin dejar rastros.
En ese clima de incertidumbre apareció un episodio que terminó de alimentar la leyenda. Una llamada telefónica a la comisaría de Brandsen, atribuida por los policías y los medios al propio “Gato”, sumó una nueva capa de misterio a un caso que ya había escapado de los límites de una investigación policial.
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La noche en que Brandsen empezó a buscar culpables
El problema ya no era solamente encontrar al Hombre Gato. En Brandsen comenzó a crecer otra preocupación: la posibilidad de que el miedo llevara a los propios vecinos a cometer un grave error. Con cada nueva descripción del supuesto atacante, también se repetían algunos rasgos físicos: un hombre alto, atlético, vestido de negro y con una particular forma de moverse. Esas características, difundidas una y otra vez, terminaron convirtiéndose en una señal de sospecha para cualquiera que coincidiera con ellas.
Las patrullas vecinales que se habían formado dejaron de ser simples recorridas de vigilancia y comenzaron a funcionar como grupos de búsqueda. Por las noches, los vecinos organizados salían con linternas, palos y armas para recorrer calles, terrenos baldíos y zonas oscuras de la localidad. En algunas de esas salidas hubo confusiones que estuvieron cerca de terminar en tragedia.
Uno de los episodios más recordados fue el de un joven boxeador del barrio. Su altura, su contextura física y la costumbre de entrenar de noche hicieron que algunos vecinos lo vincularan con el personaje que buscaban. Una patrulla llegó a rodearlo convencida de haber encontrado al responsable, pero la situación cambió cuando la mujer a la que supuestamente había atacado confirmó que se trataba de un conocido que simplemente había pasado por su casa.
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Otro señalado fue un profesor de karate de la zona, cuya habilidad física y características coincidían con algunos de los datos difundidos por los testigos. La sospecha llegó incluso hasta la policía, que lo investigó antes de descartarlo. El hombre debió salir públicamente a aclarar que no tenía nada que ver con los ataques, y sacó a la luz cómo la frontera entre la investigación y la persecución comenzaba a desdibujarse.
Mientras tanto, en las reuniones vecinales aparecía una pregunta cada vez más difícil de responder: ¿había un solo Hombre Gato o eran varios?
La diferencia entre algunos relatos —algunos hablaban de simples apariciones, otros de agresiones— alimentó la idea de que detrás del fenómeno podía haber más de una persona. Con el paso de los días comenzaron a circular versiones de toda clase: imitadores que aprovechaban la fama del caso, grupos organizados e incluso una supuesta secta brasileña vinculada con los ataques. Ninguna de esas hipótesis pudo ser comprobada, pero todas ayudaron a que la leyenda creciera más allá de Brandsen.
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La leyenda se extiende por la provincia
La historia comenzó a desplazarse hacia otros puntos de la provincia de Buenos Aires. Durante los meses siguientes aparecieron denuncias y supuestos avistamientos en localidades como Monte Grande, Burzaco, Esteban Echeverría y distintos barrios de La Plata. Cada nuevo relato ampliaba el alcance de un fenómeno que ya había dejado de ser un episodio local para convertirse en una historia comentada en distintos puntos de la provincia de Buenos Aires.
En La Plata, algunos de los episodios más difundidos ocurrieron en zonas como Los Hornos, Villa Elvira y las inmediaciones del Hipódromo. Allí comenzaron a circular testimonios sobre ruidos durante la madrugada, supuestas apariciones y ataques atribuidos al personaje. Como había ocurrido en Brandsen, muchos de esos relatos llegaron a los medios y se sumaron a una cadena de versiones que crecía con cada nueva denuncia.
La expansión del caso también dio lugar a explicaciones cada vez más elaboradas, entre ellas creció la teoría de una supuesta secta brasileña vinculada con los ataques. Según las versiones que circularon durante aquellos meses, eran un grupo dirigido por un “pai” con supuestos contactos e influencias políticas. Con el tiempo, esa historia incorporó nuevos elementos: entrenamientos en artes marciales (capoeira), rituales de iniciación y posibles objetivos criminales... Nunca apareció una prueba que confirmara la existencia de esa organización.
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Pese a eso, seguían apareciendo testimonios de personas que habrían escuchado palabras en portugués o una tonada brasileña durante los ataques... La falta de certezas permitió que esas versiones convivieran con otras explicaciones más simples como bromas, imitaciones o hechos aislados aprovechando la repercusión del caso.
Con el paso del tiempo también apareció otra interpretación vinculada al contexto político y económico de aquel año: unas teorías sostuvieron que el fenómeno pudo ser “una distracción” en medio de la crisis económica y social que atravesaba la Argentina en la primera etapa del gobierno de Raúl Alfonsín. Aunque esa hipótesis nunca fue respaldada, se incorporó a la lista de teorías que intentaron explicar cómo una serie de denuncias logró transformarse en un episodio de miedo provincial.
A fines de diciembre de 1984, una publicación del diario Popular aseguró que uno de los supuestos Hombres Gato había sido abatido durante un enfrentamiento en Ezeiza con la Brigada de Investigaciones de Avellaneda. La noticia, contada en potencial y sin confirmación oficial de la fuerza involucrada, lejos de cerrar el caso abrió nuevas especulaciones entre quienes seguían la historia. Poco después volvieron a aparecer algunos relatos aislados, pero con el paso de los meses los supuestos avistamientos comenzaron a perder intensidad hasta desaparecer casi por completo.
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A principios de 1985, los relatos comenzaron a perder intensidad. Los supuestos avistamientos fueron cada vez menos frecuentes hasta desaparecer casi por completo a fines de febrero. Sin un responsable identificado y sin una explicación creíble, el Hombre Gato dejó de ser una amenaza que recorría las noches bonaerenses para convertirse en una de las leyendas urbanas más recordadas de la Argentina. Al año siguiente, aquella historia de miedo y rumores encontraría una inesperada segunda vida en la cultura popular, cuando el cantante de cumbia, Ricky Maravilla, sacó una canción que convirtió al personaje que había provocado temor en un símbolo de las fiestas argentinas.