Es miércoles 22 de julio. A las 10 de la mañana, Julia Santos Ludueña, de 90 años, abre su cuaderno, acomoda los lápices y espera a Guillermo Suaya, el maestro rural jubilado que volvió a dar clases con un único propósito: ayudarla a cumplir el sueño que la acompañó desde la infancia.
Desde hace un año, el comedor de su casa en Río Tercero, Córdoba, se transforma tres veces por semana —lunes, miércoles y viernes— en un aula. El mismo espacio que por años fue escenario de su vida familiar hoy alberga horas de aprendizaje que parecían destinadas a no llegar nunca. “Siempre quiero aprender”, le dice, emocionada, a Infobae. Es el deseo que guardó en silencio durante casi toda su vida.
Durante décadas, a Julia le tocó mirar los cuadernos desde afuera. Primero vio aprender a sus hermanos en Villa Ascasubi mientras ella debía quedarse en su hogar o trabajando en casas ajenas. Más tarde, fingió saber leer para ayudar a sus cinco hijos con la tarea y evitar que perdieran el entusiasmo por el estudio. Mientras ellos descubrían las palabras, ella guardaba que no podía leerlas. Su propio sueño quedó relegado por las urgencias de una vida que nunca le dio respiro.
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Cuidó a un esposo enfermo, crio a su familia y sobrevivió al dolor que el diccionario nunca pudo nombrar: enterrar a tres de sus hijos y a un nieto. Repasando su vida, recuerda que siempre hubo alguien que necesitaba de ella antes que ella misma. Hasta que parada de cara a la soledad de los años, un día, decidió que ahora era su turno.
El inicio de un sueño postergado
No recuerda el día exacto, pero en junio de 2025, después de una reunión barrial, Julia —nacida el 13 de septiembre de 1935— empezó a pensar una y otra vez en una posibilidad que durante mucho tiempo había parecido lejana. “Pensaba cómo sería aprender y hablarle al maestro para que me ayudara”, recuerda. La idea no la dejó dormir. A la mañana siguiente reunió coraje, caminó hasta la casa de Suaya —un vecino reconocido de Río Tercero que vive a media cuadra— y tocó el timbre.
“Maestro, quiero hablar con usted”, le dijo cuando lo tuvo enfrente. Entonces le contó su historia y formuló un pedido tan sencillo como profundo: “¿Usted puede ayudarme a leer y escribir?”. Para Julia no era solo aprender letras. Significaba abrir una puerta que había permanecido cerrada durante casi toda su vida.
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Guillermo recuerda ese momento con emoción. “Te juro que me emocionó, porque toda mi vida trabajé con niños y que una persona de su edad tenga ese coraje y esas ganas de superación fue muy emocionante. Le dije que sí de inmediato: ‘¿Cómo no voy a querer?’, le respondí”, cuenta el maestro rural jubilado.
A los pocos días comenzaron las clases. Tres veces por semana, el comedor de la casa de Julia, ese lugar donde durante años transcurrió la vida familiar, empezó a tener una nueva rutina. Los lunes, miércoles y viernes, durante una hora, los cuadernos, lápices y ejercicios ocupan un espacio que antes estaba reservado para otros momentos de su vida. “Vengo, le doy la clase, trabajamos, conversamos sobre la vida, le dejo tarea y leemos”, explica Suaya la dinámica.
El avance de Julia sorprende incluso a su maestro. Cada logro, por pequeño que parezca, tiene un significado enorme. “Me leyó el diario. La diferencia que hay desde el año pasado hasta ahora es notable”, cuenta Guillermo orgulloso. Para alguien que durante décadas miró los cuadernos desde afuera, poder recorrer una noticia con sus propios ojos representa mucho más que un ejercicio de lectura.
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Julia vive cada encuentro como una conquista personal. “No me pesa estar sola ni ser grande. Que el maestro venga a mi casa y me deje tarea es algo que me da fuerza porque siempre sentí una espina por no saber. Por eso, ahora, cada vez que entiendo o aprendo algo nuevo, siento una alegría muy grande, algo que me llena el corazón”, dice.
La vida en la que siempre quedó para después
La historia de Julia con los cuadernos empezó mucho antes de sentarse frente a Guillermo. En Villa Ascasubi, donde pasó sus primeros años, veía cómo sus hermanos aprendían mientras ella quedaba al margen de esa posibilidad. En la Argentina rural de la década de 1940, especialmente en familias numerosas y de bajos recursos, era algo aceptado que niñas y niños comenzaran a trabajar desde pequeños para ayudar en la casa. Para Julia, la infancia estuvo más ligada a las obligaciones que a los libros.
“En mi casa éramos muchos y salíamos a trabajar: acompañábamos a la gente, les hacíamos los mandados, juntábamos agua. Ayudábamos en lo que se podía”, recuerda. Después comenzó a trabajar “cama adentro”, como se decía entonces al trabajo doméstico. No cuenta esos años desde el enojo, sino desde la gratitud por las personas que la recibieron. “Tengo buenos recuerdos porque siempre me trataron bien. Yo hacía lo que podía. Nadie me obligaba a nada. Siempre me cuidaban, no me dejaban sola. Todo eso para mí fue bueno”, dice, admitiendo que eso forma parte de la escuela de la vida.
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Con el tiempo llegó su propia familia y Julia tomó una decisión: sus hijos sí tendrían la oportunidad que ella no había tenido. Se aseguró de que asistieran a la escuela y acompañó sus tareas como pudo, aunque guardaba un secreto que durante años nadie conoció. “Siempre dije: mis hijos no van a faltar nunca a la escuela porque yo no los voy a dejar faltar, salvo que estén enfermos. Como yo no había ido, me prometí que ellos sí iban a aprender”, cuenta.
Para ayudarlos, se sentaba junto a ellos frente a los cuadernos y fingía una seguridad que no tenía. “Les decía: ‘Vamos a hacer la tarea’. Pero ellos no sabían que yo no sabía leer ni escribir. Así fue hasta que ellos, ya grandes, se enteraron. No lo oculté por verguenza, no. Y cuando me preguntaron por qué no había ido a la escuela dije que porque no me mandaron...”, relata. Nunca sintió vergüenza por esa parte de su historia. Simplemente entendía que había hecho lo que había podido con las herramientas que tenía.
Durante décadas, Julia puso primero las necesidades de los demás. Cuidó a un esposo enfermo, crio a sus hijos y atravesó la muerte de tres de sus cinco hijos, un nieto y su compañero de vida. Pero incluso frente al dolor eligió seguir adelante. “Yo no me pensaba quedar ni me pienso quedar a llorar mi pena. Sé muy bien que eso es lo único que me puede arruinar”, afirma.
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Por eso busca mantenerse activa. Teje, hace manualidades, prepara mermeladas y cuida su casa con la misma dedicación de siempre. Su salud y estado físico son dignos de admiración. “No tomo medicamentos. Hago el quehacer de la casa, hago la comida, limpio mi casa. Si hace frío, me quedo adentro y tejo. Si hay sol, salgo. Siempre busco hacer algo”, cuenta. Después de una vida en la que casi siempre hubo alguien antes que ella, llegó el momento de preguntarse qué quería para sí misma.
Aprender para ella
Cada clase con Guillermo se convirtió en un pequeño festejo. Escribe palabras, practica letras, lee textos cortos y se sorprende con cada avance. “Yo lo siento, que todo esto que yo he aprendido, que estoy aprendiendo, me sirve. Me sirve para mí”, dice.
Entre sus logros guarda algunos que para otros podrían parecer pequeños, pero que para ella tienen un valor enorme: para el Día del Amigo, Guillermo le pidió que hiciera una lista de sus amigos y Julia escribió primero “Alicia”, el nombre de su hermana. “Nos llevamos muy bien. Viene a verme, voy a verla. Con mis hermanos somos muy unidos”, cuenta. Escribir los nombres de sus hermanos, leer el diario y enfrentarse a una hoja en blanco sin miedo son esas grandes metas diarias. “Ahora soy feliz. No tengo vergüenza por la edad. Me molesta eso”, dice.
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Su historia también transformó la mirada de quienes la rodean. La familia, que durante años no conoció esa parte de su pasado, hoy acompaña con orgullo este nuevo capítulo y la apoya de manera incondicional. Guillermo siente que el aprendizaje fue mutuo. Como docente, encontró en Julia una alumna distinta, pero con la misma curiosidad que cualquier alumno. “Uno va notando el progreso de sus alumnos. Julia ha progresado un montón. Es un ejemplo de vida extraordinario, desde el cuidado de su salud, de su mente y de querer siempre superarse. Además, le encanta llenar su cuaderno de colores porque dice que sin colores es aburrido”, cuenta.
La historia de Julia ya no quedó solo entre las paredes de su comedor. Guillermo decidió incluirla en la presentación de su tercer libro, Anécdotas de un maestro, e invitó a su alumna a acompañarlo. Cuando terminó de contar cómo una mujer de 90 años había golpeado su puerta para pedirle que le enseñara a leer y escribir, el auditorio estalló en un aplauso. “Las personas se pusieron de pie y la ovacionaron. Fue un orgullo, una emoción tremenda por el ejemplo de vida que es ella”, recuerda.
Pero Julia no piensa detenerse y sigue buscando nuevos desafíos: quiere aprender costura, seguir haciendo manualidades y descubrir todo aquello que todavía pueda incorporar. Por ahora, tres todos los lunes, miércoles y viernes, a las diez de la mañana, vuelve a abrir su cuaderno y espera a su maestro. Después de una vida en la que siempre hubo algo o alguien antes que ella, ahora cada palabra que aprende tiene un destinatario distinto: Julia.
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