El hombre que sabía demasiado y el guardaespaldas que disparó cuatro veces: un muerto equivocado en el Senado de la Nación

El 23 de julio de 1935, Enzo Bordabehere entró a la Cámara Alta como senador electo por Santa Fe y salió en camilla. Esa misma noche, el presidente Agustín P. Justo y su esposa fueron al Teatro Colón, como si nada hubiera pasado

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Bordabehere había nacido en Uruguay, luego su familia se radicó en Rosario, donde se formó como abogado y se convirtió en militante social-demócrata. (Foto Caras y Caretas)

Dos días antes del asesinato, el ministro de Agricultura había gritado en plena sesión de la Cámara Alta: “¡Ya pagará todo esto el señor senador, punto por punto! ¡Ya pagará bien caro todas las afirmaciones que ha hecho!”.

La amenaza fue de Luis Duhau al senador socialista Lisandro de la Torre, que tenía 70 años y llevaba semanas presentando pruebas de que el gobierno del presidente Agustín P. Justo, una de las figuras clave de la llamada Década Infame, era cómplice de un fraude millonario. El que pagó, nada menos que con su vida y por error, fue Enzo Bordabehere.

Ramón Valdés Cora apretó el gatillo cuatro veces. Tres de sus balas impactaron en el cuerpo del senador Bordabehere: dos por la espalda; una, la más fatal, en el pecho cuando intentó darse vuelta. El cuarto disparo hirió la mano del propio Duhau, que al caer sobre su pupitre se fracturó varias costillas. La ironía no pasó inadvertida en las crónicas periodísticas de la época: el guardaespaldas del ministro baleó a su propio protegido.

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Apenas pasadas las cinco de la tarde del 23 de julio de 1935, Enzo Bordabehere murió en el Hospital Ramos Mejía atendido por el doctor Augusto Wiebert, sin haber jurado como senador. Cuando De la Torre llegó al hospital apenas unos minutos antes de esa muerte, ya era tarde para cualquier intento de asunción protocolar del cargo.

Algunos de los funcionarios que sellaron la firma del Pacto Roca - Runciman.

Unas horas después, el decreto presidencial que ordenó las honras fúnebres comenzaba así: “Con motivo del fallecimiento del señor senador electo…”, como si se hubiese tratado de una muerte natural y no de un homicidio dirigido a la oposición de ese Gobierno. Esa misma noche, el presidente Justo y su esposa asistieron a una velada de gala en el Teatro Colón: el luto quedó sólo del lado de los socialistas y demócratas que denunciaban las maniobras espurias del oficialismo conservador.

Un pacto que fue una humillación

La crisis económica global de 1929, la llamada Gran Depresión, sacudió los mercados de todo el mundo y dejó al descubierto la fragilidad de la Argentina, un país cuya riqueza dependía casi exclusivamente de lo que exportaba.

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La carne era el producto estrella en el comercio entre Argentina y Gran Bretaña, su principal comprador. Pero en 1932 el llamado Pacto de Ottawa cambió las reglas del juego: el Imperio Británico decidió priorizar las compras de materias primas de sus propias colonias —Australia, Nueva Zelanda, Canadá— y Argentina quedó en una posición débil para negociar.

Con esa debilidad llegó el gobierno del general Justo a una mesa de negociaciones en Londres en 1933. La misión la encabezó el vicepresidente Julio Argentino Roca hijo, y al otro lado de la mesa estaba Sir Walter Runciman, presidente del Board of Trade británico -la Junta de Comercio- y magnate exportador. Lo que firmaron el 1º de mayo de ese año fue el Pacto Roca-Runciman. Muchos argentinos lo interpretarían como el establecimiento de un vínculo prácticamente colonial con las islas británicas.

Los términos del acuerdo eran humillantes. Argentina se comprometía a mantener los precios de la carne por debajo de los de cualquier otro proveedor mundial. A cambio, cedía el 85 por ciento de las licencias de importación a empresas y exportadores británicos, liberaba de impuestos al carbón y otros productos ingleses, se comprometía a no habilitar frigoríficos de capital nacional y entregaba al Reino Unido el monopolio de los transportes públicos de Buenos Aires. Se creaba además un Banco Central con participación de funcionarios del Imperio Británico en su directorio.

Lisandro de la Torre, formado políticamente con Leandro N. Alem, investigó junto a Bordabehere la corrupción en torno al negocio de las carnes entre Argentina y el Reino Unido.

El frigorífico Anglo era el ejemplo más claro de lo que el tratado había producido. Declaraba 75.000 pesos nacionales de utilidades anuales. En realidad, según la comisión investigadora que De la Torre presidía, sus ganancias en los últimos tres años habían llegado a 37.800.000 pesos. Un engaño de proporciones astronómicas, avalado y encubierto por el propio Ministerio de Hacienda.

El hombre que investigó las cajas selladas

Lisandro de la Torre había sido uno de los pocos que alertó sobre el grave costo económico y político del tratado desde el primer momento. En septiembre de 1934 propuso la formación de una comisión investigadora para establecer cuál era la situación real del comercio de exportación de carnes y si los precios que pagaban los frigoríficos en el país guardaban relación con lo que obtenían de sus ventas al exterior. Fue una lucha casi en soledad contra un sistema corrupto.

La documentación que reunió la comisión incluía material que alguien había intentado sacar del país disimulado en embarques de carne: planillas del frigorífico Anglo secuestradas del barco Norman Star que mostraban lo que el gobierno quería que nadie viera.

Con esas pruebas, De la Torre habló durante cinco sesiones seguidas en el Senado, dejando al descubierto prácticas fraudulentas, evasión impositiva y complicidad estatal. Durante trece días, Duhau y el ministro de Hacienda, Federico Pinedo, asistieron a las sesiones a rebatir sus acusaciones, alentados desde las galerías por empleados públicos y militantes del aparato conservador que el gobierno llevaba a presenciar los debates.

Duhau era un estanciero bonaerense vinculado a la Sociedad Rural que había integrado el directorio del Banco de la Nación durante el gobierno de Alvear. Pinedo había sido diputado por el Partido Socialista Independiente. Ambos escuchaban a De la Torre cada día y respondían. Y cada día la temperatura del recinto subía un poco más.

Parte de la reconstrucción del asesinato de Bordabehere que se llevó a cabo en el Senado de la Nación.

El 21 de julio, dos días antes del crimen, Duhau lanzó en plena sesión su amenaza directa contra el senador. No fue un exabrupto improvisado. Fue una advertencia. Lo que De la Torre no sabía entonces —o quizás sí, y eligió no decirlo hasta después— era que Valdés Cora llevaba un mes acechándolo. Día a día, según el propio senador declararía después, el ex comisario frecuentaba el Senado con ese propósito.

Antes de los disparos

La sesión del 23 de julio comenzó con De la Torre en el uso de la palabra. Era la continuación de un debate que ya llevaba semanas y que ese día llegó a su punto de quiebre.

La discusión escaló cuando Pinedo dijo que De la Torre, como traía su discurso escrito y no podía apartarse de él, era víctima de su propia ignorancia en el tema. El senador se levantó de su banca. Caminó hacia la mesa ministerial. “¡Usted no se bate conmigo porque es un cobarde!”, le gritó a Pinedo.

Duhau se interpuso. El senador trastabilló al pisar mal un escalón y cayó al piso entre las bancas. En la confusión que siguió, con senadores de pie, voces a los gritos y la campana de la presidencia del recinto que no paraba de sonar, Enzo Bordabehere corrió desde uno de los laterales de la Cámara hacia donde su compañero de partido estaba en el suelo.

Y entonces, de repente, cuatro disparos. Tres le dieron a Bordabehere. Una bala rozó al diputado santafesino Manzini en el pecho y alcanzó la mano de Duhau.

El comisario que acechaba

Ramón Valdés Cora no era cualquier persona. Tenía 42 años, prontuario de estafador y extorsionador, y era afiliado al Partido Demócrata. Se ganaba la vida como guardaespaldas del ministro de Agricultura, aunque los dirigentes conservadores, en su primera reacción pública, declararon ignorar quién era.

Duhau, De la Torre y Pinedo, protagonistas del debate en el Senado que terminó con los disparos fatales.

La coartada duró poco: los vínculos eran demasiado conocidos. Debieron reconocer que trabajaba para ellos, y aparecieron testigos que confirmaron que era visita habitual de la mansión que Duhau tenía en Recoleta.

Lo que vino después fue todavía más revelador. Hubo un intento, desde el entorno del ministro, de convencer a la opinión pública de que Valdés Cora había disparado porque creyó ver que la víctima estaba armada. Y se llegó a fantasear con la posibilidad de colocarle un arma en la mano del agonizante Bordabehere para sostener esa versión. El plan no prosperó.

Valdés Cora intentó escapar después de los disparos. Corrió hacia las salas interiores del Congreso.El fugitivo llegó hasta la sala de los taquígrafos, donde fue inmovilizado por el senador socialista Alfredo Palacios. Cuando lo revisaron en el Departamento de Policía, tenía un revólver calibre 32 con dos balas y cuatro cápsulas servidas.

Duhau, mostrando la mano herida, dijo que él también había sido víctima. Ante la comisión especial y ante el juez, el funcionario juró no conocer al asesino. Nadie le creyó.

Una duda que la familia nunca resolvió

¿A quién apuntaba Valdés Cora? La versión más extendida señala a De la Torre como el blanco original, y que Bordabehere quedó en el medio por error. Pero en la familia Bordabehere —que durante años conservó como reliquias el saco y el pañuelo manchados de sangre de aquel 23 de julio— siempre se creyó otra cosa: que Enzo era el blanco elegido, por su papel central y meticuloso en la investigación del negociado de las carnes. Que no fue un error. Que él era la víctima señalada.

El féretro con los restos del senador electo fueron llevados en tren a Rosario.

La pregunta nunca se resolvió judicialmente. De la Torre la formuló de la única manera en que podía formularla: “Se conoce el nombre del matador. Falta conocer el nombre del asesino”.

Enzo Bordabehere había nacido en Paysandú, Uruguay, el 25 de septiembre de 1889. Llegó a Rosario de chico, cuando tenía cinco o seis años, y la ciudad lo adoptó para siempre. Estudió en el Colegio Nacional, se recibió de abogado y escribano en la Universidad Nacional de Rosario, y compartió estudio con su hermano Raúl. Era hincha de Newell’s como toda la familia, y el tío solterón que malcriaba a sus sobrinos.

Militó en la Liga del Sur desde 1908, estuvo en el grupo fundador del Partido Demócrata Progresista en 1914, fue diputado provincial en 1918 y diputado nacional en 1922. A lo largo de los años se fue convirtiendo en la mano derecha de De la Torre: el hombre que sostenía la bancada, que conocía el expediente de las carnes en detalle, que hacía el trabajo que el líder del partido no podía hacer solo.

En 1935, tras la muerte del senador Francisco Correa, la Legislatura de Santa Fe lo designó como su reemplazante. El tratamiento de su diploma fue postergado hasta que concluyera el debate. El 23 de julio fue al Senado como asistente, no como integrante. Nunca llegaría a jurar.

Después del homicidio

Miles de personas escucharon los discursos de despedida de De la Torre y del senador Palacios en la estación de Retiro, donde la Policía tuvo que contener a la multitud. El cuerpo fue trasladado en tren a Rosario. En la estación Rosario Norte lo esperaban doce mil personas. Más de setenta mil acompañaron sus restos hasta el cementerio.

De la Torre no fue al entierro. A las ocho de la mañana del 25 de julio, en los terrenos del fondo del Colegio Militar, se batió a duelo con Pinedo. Cuando los padrinos propusieron la reconciliación, De la Torre respondió: “Nunca hemos sido amigos, ni hemos sido presentados.” Disparó al aire. Pinedo, según los testigos, le apuntó a la cabeza y falló. Los dos ministros presentaron sus renuncias. El presidente Justo no las aceptó.

El 6 de agosto, el Senado retomó las sesiones. El presidente del cuerpo, Julio A. Roca hijo, dijo que “la sala de sesiones ha sido profanada por la mano criminal de un insensato”. Pidió retornar a “la serenidad y a la mesura, la senatorial courtesy, esenciales para el acierto y el prestigio de sus sesiones”. No mencionó a Bordabehere por su nombre.

La noticia del suicidio de Lisandro de la Torre tuvo un alto impacto. Se produjo dos años después del asesinato de Bordabehere.

El 10 de septiembre, De la Torre tomó la palabra para anunciar que daba por terminada su investigación sobre el negociado de las carnes. La razón que dio no fue el cansancio ni la derrota.

Fue otra cosa: “Sería absurdo pensar en que el debate sobre la investigación del comercio de carnes pudiera continuar con mi intervención mientras subsistan en mi espíritu las dudas que mantengo acerca de que se trajo a este recinto un guardaespaldas, extraído de los bajos fondos, para gravitar sobre su resultado. Si lo hiciera, faltaría al respeto y al afecto que debo a la memoria del doctor Bordabehere”.

Valdés Cora fue condenado a veinte años de prisión. Fue liberado en 1953, durante el segundo gobierno de Juan Domingo Perón. Sus instigadores no pisaron ningún juzgado.

En enero de 1937, De la Torre renunció a su banca. Dos años después, en su casa, se pegó un tiro en el corazón. Era el mismo revólver con el que había practicado para el duelo con Pinedo.

En 1984, el director Juan José Jusid llevó la historia al cine. La película se llamó Asesinato en el Senado de la Nación. Arturo Bonín interpretó a Bordabehere.

La investigación que De la Torre había construido prueba a prueba, sesión a sesión, murió con él. Los frigoríficos siguieron operando. El Pacto Roca-Runciman siguió vigente. El recinto del Senado que vio morir a Bordabehere volvió a sesionar con normalidad semanas después. Y el presidente Justo, la noche de los cuatro balazos en la Cámara Alta, fue al Teatro Colón con su esposa. Convencido de no aceptar la renuncia de ningún ministro más o menos involucrado en el asesinato.

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