¿Cómo sería tu vida si te comprendieran?

Una historia para pensar sobre las maneras de educar y la importancia de entender las necesidades del otro

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Estudiante adolescente recibiendo orientación de su maestro en un ambiente escolar, simbolizando la colaboración y el apoyo en el proceso educativo. Este intercambio resalta la dedicación a la enseñanza y el aprendizaje activo, clave para superar desafíos académicos y personales. (Imagen ilustrativa Infobae)
"Se priorizan los conocimientos académicos por sobre el bienestar emocional de los alumnos. Yo pienso que el orden debiera ser exactamente al revés", dice el profesor (Imagen ilustrativa Infobae)

¿Qué hago?

Si lo desenmascaro, voy a dejarlo expuesto y agravar sus problemas. Las razones por las que actúa así.

¿Y entonces? Tengo que pensar con rapidez porque no hay mucho tiempo.

Llevo mi vida dedicado a la educación. Fui testigo privilegiado de los estragos que causa la educación tradicional, aburriendo y desmotivando a los chicos. Se priorizan los conocimientos académicos por sobre el bienestar emocional de los alumnos. Yo pienso que el orden debiera ser exactamente al revés.

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Frustrado de pelear con instituciones que no me contenían ni representaban, y mucho menos a mis alumnos, decidí fundar una que se adaptara a las necesidades que observaba.

Un espacio en donde no se cumpliera la maldición de Herman Hesse -“en la escuela solo aprendí latín y mentiras”-, sino uno al que fueran contentos, con temas que les interesaran, y que les resultaran útiles para sus vidas.

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Si no podemos despertar y acompañar la curiosidad y los intereses de los alumnos, ¿qué estamos haciendo?

Los retamos porque no prestan atención pero, ¿un adulto aguantaría ocho horas diarias durante años, escuchando y haciendo algo que no le interesa? Como para que después no naturalicemos esa aberración y sigamos toda la vida haciendo un trabajo que no nos interesa. O soportando una pareja que no nos despierta nada. Algún día, la ciencia cuantificará el daño de nuestra educación tradicional. Habrá que hacerse cargo de lo que hicimos.

Pero no puedo distraerme porque tengo poco tiempo para encontrar una salida.

Desde que fundé el colegio siempre me llegan alumnos con malos antecedentes de conducta. Soy consciente de que para muchos padres soy la única esperanza. A veces la última.

Alcanzan pocos días en el colegio para que los peores “demonios” dejen de serlo. Basta con que se los deje de presionar, se los contenga, se los abrace y se les dé total libertad para experimentar aquellas materias y actividades que les interesan, para que se transformen.

A veces me pregunto cuáles son las causas de que nuestras escuelas estén tan llenas de rigidez y violencia. ¿Será que los adultos estamos llenos de miedos?

Francisco tenía unos antecedentes terribles. El informe del colegio anterior mostraba que no solo no había aprobado ninguna materia, sino que tenía gravísimos problemas de conducta.

Su padre, al parecer un hombre fuerte, había aceptado el consejo del director del otro colegio, de probar suerte acá. Mi colega me llamó para contarme que él lo había propuesto. “O lo salvás vos o no lo salva nadie”, me dijo.

Estudiante adolescente recibiendo orientación de su maestro en un ambiente escolar, simbolizando la colaboración y el apoyo en el proceso educativo. Este intercambio resalta la dedicación a la enseñanza y el aprendizaje activo, clave para superar desafíos académicos y personales. (Imagen ilustrativa Infobae)
"O lo salvás vos o no lo salva nadie", le dijo un colega (Imagen ilustrativa Infobae)

Cuando lo vi por primera vez, sus ojos me dieron miedo: tenía una mirada asesina. Le mostré la escuela, le conté cómo funcionaba, y lo acompañé hasta la habitación en la que dormiría. No dijo ni una sola palabra.

Menos de un mes después recibí una llamada telefónica de su madre, contándome que tenían un bautismo familiar y quería ver si lo podíamos autorizar a salir un fin de semana.

“Por supuesto”, le dije. “Solo le pido que me envíe su autorización por correo”, agregué.

También me pidió si le podía dar algo de dinero para el pasaje en tren, que me lo devolvería a la vuelta.

A los pocos días llegó la autorización. El viernes previo al viaje fui a su habitación a saludarlo y darle el dinero acordado.

Al verlo percibí algo extraño. Su expresión me llamó la atención, estaba nervioso, contrariado.

Después de salir de su cuarto me quedé pensando. ¿Qué le pasará?

No tardé mucho en entender lo que estaba sucediendo. ¿Por qué será que nos cuesta tanto darnos cuenta de lo obvio?

Todo era una mentira. La madre nunca había llamado, sino una cómplice de Francisco, quien también habría mandado a falsificar la autorización.

¿Qué hacer?

Siento que si lo confronto voy a dejarlo muy expuesto, profundizando sus heridas. Pobrecito, no necesita más personas que lo reten, sino alguna, quizás solo una, que lo comprenda.

-¿Qué se te ocurre?, le pregunté a mi esposa tratando de encontrar una salida.

-Tenés que llamar a los padres para chequear y después decirle que no se puede ir. Si querés, no lo retes. Pero no podés permitir que se vaya. Sería una irresponsabilidad de nuestra parte.

Ahora el incomprendido era yo. Fui a verla en busca de ayuda y me propuso hacer lo único que no quería hacer. Como si fuera poco, me aumentó la presión que ya sentía.

Las horas seguían corriendo y necesitaba resolver algo, porque mañana se irá.

Cuando parecía que todo estaba perdido, me surgió una idea. Yo quería transmitirle un mensaje contundente de apoyo incondicional, pero que a su vez, fuera sutil.

Después de cenar fui nuevamente al cuarto de Francisco y golpeé la puerta.

Apenas la abrió y me encontró ahí parado, su cara se transformó como si estuviera viendo al diablo.

Sin darle tiempo para pensar le dije:

-Llamó de nuevo tu madre para pedirme que te diera un poco más de dinero, así en el viaje te comés un sándwich.

Frente a su perplejidad le di un billete, me di media vuelta y me fui.

Al día siguiente, Francisco se fue.

Mi esposa me quería matar y yo tenía el corazón lleno de preguntas.

Pasaron los días, hasta que dos semanas más tarde apareció sin aviso.

Le sonreí, lo abracé, y le dije que se incorporara a las actividades cuando quisiera.

Uno de los mediodías vino con su bandeja y se sentó a almorzar al lado mío.

Estudiante adolescente recibiendo orientación de su maestro en un ambiente escolar, simbolizando la colaboración y el apoyo en el proceso educativo. Este intercambio resalta la dedicación a la enseñanza y el aprendizaje activo, clave para superar desafíos académicos y personales. (Imagen ilustrativa Infobae)
"Usted es mejor actor que yo", le dijo el alumno (Imagen ilustrativa Infobae)

Conversamos de algunos temas y en un momento se puso serio y me dijo:

-Usted es mejor actor que yo.

Sonreí.

Comimos el postre en silencio.

-¿Te puedo hacer una pregunta? ¿Por qué volviste?

Después de pensar unos instantes, me dijo:

-Cuando usted volvió a mi habitación diciendo que había llamado de nuevo mi madre, recibí una de las sacudidas más grandes de mi vida. Era claro que no había llamado, porque ella sabe poco y nada de mí. No digo que no le importo, pero está demasiado ocupada en sus propios problemas…

Mientras lo miraba con ternura, pude ver la tristeza en sus ojos.

-La noche en que usted me dio el dinero, quedé en estado de shock. Y por eso me fui igual. Un poco porque soy desconfiado y otro poco porque necesitaba pensar. Pero apenas salí de acá, pude ver las cosas con claridad. Usted se había dado cuenta de todo, y sin embargo, me apoyó. Fue la primera vez en mi vida que sentí que alguien estaba de mi lado. Por eso volví. ¿A dónde más voy a ir?

Juan Tonelli es escritor y speaker https://linktr.ee/juan.tonelli

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