
Montoneros y los diversos grupos guerrilleros que operaron en la Argentina en los 70 no eran, ciertamente, ONGs pacifistas, defensoras de los derechos humanos; por el contrario, estaban embarcadas en lo que ellos postulaban como “una guerra popular y prolongada” para tomar el poder y concretar el sueño de una revolución socialista o comunista.
Para eso, necesitaban armas y explosivos, que compraban en el mercado negro, robaban en armerías, comisarías y cuarteles o fabricaban ellos mismos. En el caso de Montoneros, que en 1975 se convirtió en la guerrilla urbana más poderosa del continente, ya desde sus inicios desarrolló una red de fábricas propias, no solo en el Gran Buenos Aires sino en varias regiones del país.
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La principal de esas fábricas se llamaba José Sabino Navarro, en honor del segundo jefe de esa organización político militar, un carismático obrero que cometió un error imperdonable para aquellos revolucionarios nacidos en las sacristías: tenía una relación extramatrimonial, y por eso fue degradado y enviado a Córdoba, donde murió luego de una persecución cinematográfica con la policía. Así fue que Mario Firmenich ocupó el vértice de Montoneros.

Navarro se convirtió en leyenda y su nombre pasó a ilustrar los envoltorios de granadas, lanzagranadas, explosivos y armas fabricadas en las instalaciones ubicadas en Munro y Lanús, en el Gran Buenos Aires. Parte de este arsenal fue hallado el jueves 14 de septiembre en un departamento de Palermo perteneciente a la familia Mochkovsky, luego de un incendio.
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En la fábrica de Montoneros fue donde se fabricó, por ejemplo, la bomba vietnamita que José María Salgado, el joven agente de la Policía Federal que también pertenecía al muy eficiente aparato de Inteligencia del grupo guerrillero de origen peronista, dejó en una silla del comedor ubicado en la planta baja de la calle Moreno al 1400 el mediodía del viernes 2 de julio de 1976. La voladura provocó la muerte de veintitrés personas y hubo ciento diez heridos, en la peor masacre de la historia del país hasta la voladura de la AMIA.
Los peritos de Bomberos determinaron rápidamente que la carga fue hasta diez veces mayores que el modelo original de esos explosivos, desarrollados en la Guerra de Vietnam por los militares estadounidenses; de entre cinco y siete kilos de trotyl, con una doble boca de proyección de la onda explosiva, hacia adelante y hacia atrás del lugar donde fue dejada, dentro de un maletín marca Primicia de color negro.
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En una de las fábricas en el Gran Buenos Aires, los montoneros completaron el núcleo de la bomba con dos caños cargados con postas o bolas de acero, que luego de la detonación se convirtieron en proyectiles mortales, junto con los tenedores, cuchillos, platos, vasos, botellas, bandejas y hasta la caja registradora y las patas de las sillas y mesas del comedor, que también salieron volando para todos lados cortando los cuerpos de las víctimas.
La bomba en el comedor policial fue explicada a los corresponsales extranjeros por el jefe del llamado Ejército Montonero, Horacio Mendizábal, Hernán, en una conferencia de prensa obviamente clandestina que se realizó en un salón de fiestas del barrio de Chacarita.
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La dictadura había comenzado hacía poco más de tres meses, pero el comandante Mendizábal se mostró muy optimista en la reunión, en la que los montoneros también exhibieron los explosivos y las armas que fabricaban: “granadas antitanques de largo alcance, granadas de mano SEM 4, tromblones lanzagranadas y espoletas de tracción, que forman parte del arsenal montonero”, según describió Francisco Cerecedo, de la revista española Cambio 16.
“Estamos protagonizando una guerra popular, revolucionaria y prolongada en la que el enemigo no tiene ninguna posibilidad de retaguardia”, afirmó Mendizábal en esa conferencia de prensa. “El enemigo intenta tergiversar nuestra doctrina del explosivo. Nosotros jamás lo utilizamos indiscriminadamente, sino selectivamente”, agregó.
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Dos años después, en otra conferencia de prensa, pero ya no en la Argentina, Mendizábal sostuvo que “en estos dos años y medio el Ejército Montonero ha logrado una importante producción de su propio material de guerra: 4 mil granadas de mano, 1.500 granadas de fusil, 250 lanzagranadas, más de 1.500 kilos de amonal, un explosivo medio, y más de 850 kilos de explosivo plástico de alto poder, el C2. No hay movimiento revolucionario en le mundo que produzca este explosivo, y a nosotros nos llevó cuatro años de investigación propia”.
Montoneros siempre se destacó en la fabricación de sus armas y explosivos, aprovechando la experiencia casi natural de sus ingenieros químicos, por ejemplo, los que estudiaban o ya habían egresado de esa carrera en la Universidad Nacional del Litoral, en Santa Fe, como, entre otros, Fernando Vaca Narvaja, Raúl Yaguer, Ricardo Haidar, Roberto Pirles y Fred Mario Ernst.
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“En 1975, teníamos tanta fuerza que pensábamos que, si le metíamos pata, le íbamos a ganar al Ejército. El material de guerra que Montoneros desarrollaba era impresionante”, me contó el formoseño Rafael María Menéndez para mi libro Operación Primicia. “Por ejemplo, una granada que era un espectáculo y que la terminaron vendiendo en Cuba; después, se fabricó un fusil que disparaba una granada que rompía los tanques. Hubo varias fábricas en todo el país; en una época, hubo una en el Chaco”, agregó.
Como escribiría luego, el 2 de enero de 1977, Rodolfo Walsh, uno de los guerrilleros más lúcidos, “las armas de la guerra eran el FAL (fusil) y la Enarga (granada de fusil)”, y no podían correr el riesgo de quedarse sin ellas.
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*Periodista y escritor, extraído de Masacre en el comedor.
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