Victoria junto a Lola, su hija. Se conocieron cuando la nena tenía 5 años y 4 meses. Desde bebé vivía en un Hogar y esperaba una familia.
Victoria junto a Lola, su hija. Se conocieron cuando la nena tenía 5 años y 4 meses. Desde bebé vivía en un Hogar y esperaba una familia.

Antes, unos pocos meses antes de viajar a Salta para conocer a Lola, de arrodillarse frente a esa nena en silla de ruedas, de acariciarle el pelo negro con colitas, de decirle “hola, hija” y de llorar al escucharse pronunciar la palabra “hija” por primera vez, Victoria se había sentido “inerte”.

Paralizada, sin reacción, sin vida. “Inerte”, esa es la palabra que usa ahora para describir aquella tristeza negra y espesa. Tras años de búsqueda y empujada por un deseo poderoso de maternar, Victoria acababa de perder un embarazo de gemelos. Primero uno; tres semanas después, el otro.

Era enero de 2017 y Victoria todavía estaba casada con Luján, la profesora de educación física a la que se había aferrado después de haber terminado una relación con un hombre por un episodio de violencia y haber escapado de casa “con lo puesto”. Durante los siete años que estuvieron juntas hicieron dos inseminaciones artificiales que no resultaron, se inscribieron en el Registro Único de Adopción pero nunca las llamaron y se hicieron una fertilización in vitro que terminó en el embarazo gemelar que perdieron.

Hacía 5 años que Lola estaba institucionalizada. Tenía parálisis cerebral y otros nueve diagnósticos. Nunca nadie había preguntado por ella.
Hacía 5 años que Lola estaba institucionalizada. Tenía parálisis cerebral y otros nueve diagnósticos. Nunca nadie había preguntado por ella.

Tenía 29 años, los estudios de trombofilia dieron negativo y nadie terminó de entender por qué no lograba mantener un embarazo. “Después de esa pérdida, vivía porque respiraba y porque comía algo, lo justo y necesario. Nada me producía entusiasmo”, cuenta a Infobae Victoria Tolosa, que es licenciada en Trabajo Social, en Gestión Educativa y está especializada en Salud Mental Clínica.

Fue en ese contexto empetrolado, hace exactamente tres años, que ocurrió una escena simple pero que ahora, vista con algo de distancia, suena a premonición. Sucedió durante una misa en la iglesia Espíritu Santo, en Santiago del Estero, a la que fueron ambas.

Las clases de natación son parte de la nueva vida de Lola junto a su familia
Las clases de natación son parte de la nueva vida de Lola junto a su familia

“En la iglesia había una nenita que corría, jugaba, se caía y se reía. Yo no la conocía pero en un momento se acercó y me abrazó por atrás. Se iba pero siempre volvía a mí. Me llamó la atención porque yo no le había hecho ninguna demostración de nada”, cuenta Victoria. De repente, una joven que estaba unos asientos más atrás y tiene un retraso madurativo, partió el silencio de la misa y le explicó por qué esa nena se sentía imantada por ella.

— ¡Te ha visto el amor! ¡Te ha visto el amor! — gritó con alegría.

Victoria Tolosa todavía estaba “enojada con la vida” por la pérdida del embarazo y no entendió el mensaje que ahora ve con nitidez: esa dos niñas desconocidas estaban presagiando que todo el amor y todo el deseo de ser madre que había acumulado estaban por encontrarse con la destinataria indicada.

Una hija, cada vez más cerca

Cuando volvieron a casa, Victoria entró a mirar las convocatorias públicas de adopción, es decir, las búsquedas de familias para los chicos más vulnerables que -por ser grandes, tener hermanos, alguna discapacidad o problema de salud- no cumplen los requisitos habituales de quienes se inscriben para adoptar.

En Salta encontró dos: buscaban una familia para un nene de 2 años con una malformación genética y otra para una nena de 5 años con parálisis cerebral infantil y otros nueve diagnósticos: entre ellos, microcefalia, retraso madurativo del desarrollo global, ceguera bilateral, hipoacusia severa, anemia crónica, un deficiencia renal y una displasia broncopulmonar.

Victoria mandó un mail y preguntó por los dos. El nene ya estaba vinculándose con una familia y se alegró por él. Pero en el Hogar Divino Niño Jesús, en Salta, se armó un pequeño revuelo: era la primera vez que alguien preguntaba por ella. Lola era la única niña en un hogar de adolescentes y adultos con discapacidad, y allí esperaba una familia, sentada en su silla de ruedas, chupándose el dedo y mirando a un punto fijo.

Así era Lola cuando la conocieron. Estaba en silla de ruedas, se chupaba el dedo y miraba a un punto fijo.
Así era Lola cuando la conocieron. Estaba en silla de ruedas, se chupaba el dedo y miraba a un punto fijo.

En marzo, dos meses después de la escena de la misa, viajaron a Salta a conocerla. Fue ahí que les contaron su historia: “Todo había sido traumático en su vida, desde su gestación”, arranca Victoria. “Su mamá biológica era trabajadora sexual y adicta a la pasta base. Además, era víctima de violencia de género. La mujer había llegado al hospital con trabajo de parto avanzado, sin haber tenido ningún control durante el embarazo. Nació una nena prematura y ahí mismo, después del parto, se dieron cuenta de que había otra bebé”.

Eran las hijas número siete y ocho de la mujer, que había llegado sin saber que estaba embarazada de gemelas. En estos minutos de demora entre el parto y la cesárea de urgencia, Lola sufrió una hipoxia (falta de oxígeno) que le provocó una lesión cerebral.

Nació sin signos vitales, no respiraba. Le hicieron una reanimación prolongada, de varios minutos y lograron estabilizarla. La intubaron y a los pocos días la operaron de la vista. Después, volvieron a operarla por una obstrucción intestinal. Pasó los primeros tres meses de vida en cuidados intensivos de neonatología”. Lola salió adelante y, por fin, les dieron el alta.

“Pero ahí, no sabemos bajo qué circunstancias, fueron abandonadas juntas en una zona de basurales en la periferia de Salta. No se sabe cuántas horas han estado a la intemperie hasta que un hombre las ha escuchado y bueno, y ha dado aviso a la policía”. Las hermanas eran bebés de tres meses cuando ingresaron al Hogar Cuna.

Durante sus primeros años de vida las autoridades buscaron que alguna familia las adoptara juntas para que no sufrieran otra pérdida. Hasta que tuvieron que asumir que -pese a que eran bebés, la edad más solicitada por los postulantes- tal vez lo mejor era darlas en adopción por separado. Su gemela, que tenía 2 años y no tenía discapacidad, encontró una familia enseguida. Lola siguió creciendo en el Hogar.

Ya era una nena de 5 años y 4 meses el día en que Victoria y Luján viajaron a conocerla. Victoria se preparó mentalmente para no sentir culpa si, después de verla, creía que no iba a poder. Pero no fue eso lo que pasó porque, apenas la vio, la alzó a upa, le acarició la cara y le dijo “estás hermosa, hija”.

El día en que Victoria y Lola se conocieron
El día en que Victoria y Lola se conocieron

“Siempre he trabajado con niñez y con delitos sexuales contra la infancia pero sobre discapacidad no tenía ni idea. Igual sentí que iba a poder, tal vez por el deseo inmenso que tenía de ser madre”, dice Victoria. “Era muy notable lo que Loli necesitaba, y no tenía que ver con plata”. Dos días después de ese primer encuentro se la llevaron a casa. Así, a los 29 años, Victoria se convirtió en mamá.

Salir adelante

Ya como sus madres, arrancaron por una consulta con un neurólogo. “Ha sido realmente muy dura esa consulta. El neurólogo la miró, después nos miró con cara de desconcierto y nos dijo: ‘Chicas, ¿qué han hecho?’, como diciendo ‘prepárense para destinar sus vidas a una niña que no va a lograr nunca nada’”.

El día en que Lola conoció el mar
El día en que Lola conoció el mar

Pero tampoco fue eso lo que pasó. Lola llegó a sus vidas con anemia y desnutrición crónica: tenía 5 años y medio y pesaba 12 kilos (lo que pesa un niño de 1 año). Con paciencia, le enseñaron a masticar, a usar los dientes y pronto empezó a comer sólido. “Rápidamente subió de peso y la anemia desapareció. La pediatra nos acompañó en todo el proceso. Se le caían las lágrimas al verla crecer”.

Una neumonóloga se ocupó de las lesiones en la tráquea de los meses que había estado intubada. Después de un tratamiento, Lola dejó atrás otros 2 de aquellos diagnósticos iniciales. Un nefrólogo trató el problema de sus riñones, que eran muy pequeños por la desnutrición.

“Cuando llegamos nos dijo: ‘Yo sé que a ustedes no les gusta la expresión pero realmente le han salvado la vida. Con sus riñoncitos así, en pocos meses iba a ser una niña dializada y con todos sus antecedentes de salud no iba a sobrevivir”. Un oftalmólogo trató la supuesta ceguera bilateral y encontró que Lola tenía baja visión producto de la prematurez pero no era ciega.

Lola en el jardín al que ingresó mediante un amparo judicial
Lola en el jardín al que ingresó mediante un amparo judicial

Así, en pocos meses, dejaron en el camino 5 de los 10 diagnósticos que tenía cuando leyeron su historia por primera vez. El neurólogo, aquel que les había dicho “chicas, ¿qué han hecho?” vio cuánto avanzó Lola en tan poco tiempo y aprendió la lección: “La verdad, no contemplé un factor que nada tiene que ver ni con lo médico ni con lo clínico: el amor”, les dijo.

Nadie se las hizo fácil: pese a que la Ley de Educación exige que los chicos vayan, sin importar sus particularidades, al año escolar que corresponde de acuerdo a su edad, no la admitieron en el jardín de infantes.

Victoria pasó madrugadas estudiando la Ley de discapacidad. Después buscó asesoramiento legal y presentó un recurso de amparo para que su hija pudiera ir al jardín, como cualquier otra niña. Lo logró: Lola empezó el año pasado salita de 3 en una escuela común con una docente integradora. Poder ir al jardín y estar rodeada de la infancia que le habían robado le alegró la vida.

Rodeada por sus compañeritos del jardín
Rodeada por sus compañeritos del jardín

“Yo hoy me siento tranquila porque Lola por fin ha logrado ser niña. Una niña que se sabe hija, que se sabe amada, contenida, acompañada en su crecimiento. Y, sobre todo, que se sabe parte: parte de una familia y parte de sus compañeros de jardín”, piensa Victoria.

Una familia ampliada

El año pasado las madres se separaron pero la familia, lejos de disgregarse, se amplió. Y Victoria, que siempre había mirado a las personas más allá de su género y de su orientación sexual, formó pareja con Santiago Merlo, un hombre trans que es licenciado en Comunicación Social, activista y docente en un colegio secundario.

La familia diversa que formaron entre los tres: ella, mujer cis, él, hombre trans, y Lola, que llegó a la familia mediante el sistema de adopción
La familia diversa que formaron entre los tres: ella, mujer cis, él, hombre trans, y Lola, que llegó a la familia mediante el sistema de adopción

La atracción hacia otras personas independientemente de su género -estuvo en pareja con un hombre cis, con una mujer lesbiana y ahora está formando una familia con un hombre trans- se conoce como “pansexualidad”, pero a Victoria nunca le interesó ponerse etiquetas.

A Santiago se le ilumina la voz cuando habla de Victoria y de la familia diversa que está formando con ella y con Lola. Pese a que tiene capacidad de gestar, Santiago nunca quiso hacerlo aunque sí tiene un gran deseo de ser padre. Victoria sigue teniendo su deseo de volver a maternar. Juntos, ahora, comenzarán un tratamiento de fertilidad para hacer hacer crecer, todavía más, a la familia.

Ahora empezarán un tratamiento de fertilidad para seguir ampliando la familia. Si bien Santiago puede gestar, lo intentará Victoria.
Ahora empezarán un tratamiento de fertilidad para seguir ampliando la familia. Si bien Santiago puede gestar, lo intentará Victoria.

— ¿Fue un problema formar pareja como un hombre trans?

— En absoluto. Nos unen muchas cosas: el amor, el compromiso, nuestras historias de lucha—contesta Victoria, y se emociona cuando lo dice. Historias de lucha que ambos comparten con Lola, que recién tiene 8 años pero hace tiempo sabe, en carne propia, lo que es luchar para sobrevivir.


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