(Diego Medina)
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Josy camina por la arena de Pinamar como si desfilara en la pasarela del Sambódromo de Río de Janeiro una noche de fuego y carnaval. Sus brazos de ébano abiertos, en una pose que inevitablemente recuerda la del Cristo Redentor, están forrados con una bijouterie afro y psicodélica y se agitan y flamean hasta que señalan el rostro de alguna veraneante. La -a partir de ahora- clienta la ve venir y ya se ríe porque sabe lo que Josy, deusa de la palabra y el carisma, está por decirle: "Mallaaaas, topeees, Valeria Mazza, hermosa, olha lo que tengo para vos".

Josy Brasil -se hace llamar- canta su samba de vendedora ambulante todas las mañanas y las tardes. Es brasileña, morena, trans, tiene 36 años y de diciembre a marzo recorre la playa -cada vez que el clima ayuda- de punta a punta. Literalmente. De Cariló hasta la frontera norte de Pinamar. Atraviesa Valeria del Mar y Ostende con 30 kilos de trajes de baño colgados de sus hombros.

"Te cambio el perro por el top", le dice a una chica de veintilargos que sostiene un salchicha con cara de no entender cuál es la broma. Es uno de sus pasos de comedia más festejados. Y funciona para que se junten una, dos o tres mujeres a revolver y mirar qué tiene Josy ahí para ofrecerles: tops y bombachas de múltiples colores y diseños, trajes enterizos, comprados en Once o diseñados por ella, que tiene su propia marca "Josy Brasil".

Josy ostenta un atributo que para el extremo e ingrato trabajo de la venta ambulante es un don: la simpatía. Los veraneantes disfrutan del intercambio con esta brasileña. La vendedora es un momento de recreo en la insoportable levedad de estar de vacaciones.

(Diego Medina)
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"La mayoría de la gente se divierte conmigo. Hay personas que me buscan, que esperan por mí cada verano, que me mandan facebook. Soy una persona popular, me gusta estar en contacto con la gente", se enorgullece con una sonrisa encendida. Podría tratarse de la declaración de una actriz, y en algún punto ella lo es.

"Ay, Pampita, mirá cómo te queda ese tope, mi amor, criminal, lo agarrás a tu novio y lo dejás como un cangrejo acalambrajajaja", estalla Josy alrededor de un joven que había ido a preguntar un precio y terminó con un top rosa puesto, para las risas de su verdadera novia, sentada con el mate a tres metros.

"Siempre pienso chistes para hacer, busco una broma. A la gente con arena siempre le digo 'mirá la milanga, ya está lista!'. A una chica con la cola llena de arena, 'mirá la cola milanesa', y la gente se divierte, se ríe. Y es una forma cariñosa, muy brasileña. Yo no puedo cambiar, soy así", comenta.

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Hace más de 10 años que Josy recorre todo Pinamar con sus mallas. Llegó de Salvador de Bahía a principios de los 2000. Buscaba un país que no le hiciera sentir su condición de trans todo el tiempo. En la ciudad donde creció, Caldas de Cipó, fue rechazada por su padre, por sus amigos del barrio, por gran parte de la comunindad.

"En Brasil no es la misma onda, es un mundo distinto. La gente está brava, hay mucha discriminación, falta de oportunidades", cuenta.

Aterrizó en Buenos Aires y trabajó en la calle. Luego consiguió un empleo como cocinera en la Feria de las Colectividades. "Y así conocí el país todo. Lanús, Quilmes, Lomas de Zamora, Hurlingham, Avellaneda, Bosque, Ezeiza, José C. Paz, después me fui al norte argentino, las termas, Tucumán, Santiago del Estero, me fui por todos lados, Chaco, Resistencia", enumera con una pronunciación de portuñol.

Un verano comenzó a vender sus mallas en Miramar. Así lo hizo varios años hasta que vio que el público cambió, que había pocos jóvenes y se mudó a un balneario de nombre parecido ubicado un poco más al norte: Pinamar.

(Diego Medina)
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Desde hace un tiempo, cuando termina la temporada de verano Josy vuelve a Salvador de Bahía, donde trabaja como cocinera en una escuela pública: "Cocino, soy peluquera, decoradora, diseñadora, pero nadie da oportunidades a nadie. Yo quería un laburo fijo, tenía ganas de tener un trabajo en mi país. Pero el hecho de ser trans y por mi color de piel me limita".

Cada día Josy camina unos 20 kilómetros, desde Cariló hasta el último balneario al norte de Pinamar, con más 30 kilos de bikinis colgando de su cuello. "Imaginá vos, ¿querés agarrar? Es criminal", ofrece los palos cargados de trajes de baño. El peso sobre los hombros es soportable un rato, imaginar el trayecto en ese estado se hace insoportable.

Así, hay días que Josy camina hasta la zona donde van los turistas con sus camionetas y gazebos, más allá de donde terminan los balnearios, y después vuelve caminando hasta el centro y de ahí se toma un remís hasta su casa en Valeria del Mar. Hay días que se duerme mientras come.

(Diego Medina)
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"Tengo un alma tan fuerte que cuando más me contacto con la gente más ganas de laburar me dan. Me gusta conectar con ellos, hacerlos reír, la gente se acerca, se saca fotos. Para mí la satisfacción no es la plata, es la alegría, la forma en que la gente me trata", dice y cuenta una especie de secreto: "Me ejercito psicológicamente. No como, tomo agua, debo tomar 20 litros por día".

Mientras Josy posa para el fotógrafo de Infobae se escucha un grito de una mujer: "¡Me muero, Josy, vas a ser famosa!". Es una vendedora de churros. Las dos ríen, se abrazan, se hacen bromas.

"Josy es la estrella. Es lo más. Es entradora con la gente. Tiene magia, como vendedora es muy buena, tiene onda, es comunicativa", dice su colega y ella responde: "Yo me saco la tristeza cuando hago reír a la gente en la playa. Es un vicio eso para mí. Que me quiten todo de mi vida pero que no me quiten mi temporada".

La churrera explica por qué no es para cualquiera la venta ambulante de la playa: "Es pesada la arena, es pesada la mercadería, está el sol, el viento, el calor, te pican las piernas, te entra arena en el ojo. Y tenés que seguir. Te agarran las tormentas y tenés que seguir".

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Josy agradece la buena onda de los veraneantes de Pinamar aunque también destaca que algunos la discriminan y maltratan: "Acá me siento muy querida. Un poco discriminada a veces me siento. Hay gente que me dice 'negra de mierda, volvé a tu país, algunas personas me tratan así, sobre todo en Cariló donde son más agrandados, pero estoy feliz igual, soy feliz'. A veces sí vuelvo llorando porque me insultan, me dicen que vengo a sacarle la plata a los argentinos, que grito y no los dejo dormir, a veces pasan esas cosas, o me dicen que los robo por los precios".

-Algunos me miran fijo, me gustaría que la gente me pregunte cómo es la vida de una transexual. La gente no está acostumbrada a ver la forma en que laburo, porque yo arranqué de chica, después laburé demasiado para hacerme cirugía, para cambiarme de sexo.

Josy, cuyo DNI dice Josemar Andrade Lima, desde chica supo su identidad sexual: "Nunca tuve espíritu de varón, nunca. Y siempre tuve ese problema con mi familia, nunca volví a la casa de mi padre, no tuve apoyo de él, un hermano mío se cortó la cara por mí. Yo siempre me identifiqué con mi cuerpo pero algo raro había, no estaba bien conmigo misma, pero me considero una persona feliz, superé muchas cosas en mi vida, fue muy difícil", dice Josy, que llegó viva y sana y con trabajo a los 36 años, la edad promedio en la que la población trans de América Latina muere.

(Diego Medina)
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La historia de su vida no es alegre. Su pasado es un capítulo de segregación y maltrato. Y su presente tiene la cara de Sonia Francisca, su mamá, enferma de cáncer, según cuenta Josy. Por eso va. Anda. Ríe. Camina. Vende.

"Todos los trabajadores que estamos acá tenemos objetivos, no estamos por estar. Yo estoy porque mi mamá está enferma y la quiero ayudar. Mi mamá está con cáncer. Quiero juntar plata y ayudarla con el tratamiento. Quiero volver y cuidar de mi mamá. Es muy duro. Estoy por eso, no vengo a buscar una casa ni un auto. Es porque el tema de salud está muy precario en Brasil y los medicamentos son muy caros", cuenta y llora.

Pero Josy no tiene tiempo para estacionarse en la tristeza. Necesita caminar para vender, para moverse, para olvidar, para mirar hacia adelante. Lo hace bajo riesgo. No tiene el permiso de la Municipalidad y si la agarran los fiscalizadores podrían sacarle la mercadería.

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Dice que le pasa todos los años. Muestra papeles que certifican que inició el trámite. Pero explica que no se lo dan porque ella no es residente de Pinamar. Muestra una denuncia de 2015 contra un funcionario municipal que le pidió dinero supuestamente para el trámite oficial. El permiso nunca lo recibió y la plata la perdió. "Yo quiero trabajar legal, quiero trabajar, este trabajo no es para cualquiera, hay que tener la sangre en el ojo y yo la tengo", es todo lo que dice.

Cerca del mediodía la vendedora hace una pausa en un puesto de jugos y bebidas sobre la playa de Ostende. Los empleados del lugar la reciben a los gritos y los abrazos. Josy pide un agua y cuenta que, por día, bebe unos 20 litros. Dice que tiene que estar fuerte para cargar el peso. "Igual estoy como gordita, parezco una ballena con tres críos, pero estoy feliz, 'mejor ser una gordita hermosa que una flaquita tuberculosa', me dijo una clienta, jaja. Así que esta noche me como todo", exagera y las mujeres que miran sus productos ríen a carcajadas.

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"Superé muchas cosas en mi vida, ahora afronto la enfermedad de mi mamá, pero soy feliz. Si mañana me muero tengo certeza de que me van a echar de menos, porque Josy Brasil, la chica de las mallas, la morocha de la playa, ya la conocen, saben qué persona soy y es gratificante", se emociona.

Graciela, de Madariaga, es una de las mujeres que reía con el chiste de la ballena con tres críos. Adora a Josy. Una tarde de hace un par de veranos la vendedora la ayudó a su nieta de 8 años a terminar con la manía de chuparse un dedo: "Todo el día con el dedo en la boca hasta que un día vino Josy, le agarró la mano, le chupó el dedo y chau, nunca más. Josy es una genia".

Josy abraza a Graciela y le dice: "Yo soy una voluntaria de la playa. Así es la vida". Después se cuelga los 30 kilos de malla y sale a caminar mientras vuelve a la rutina: "Tooopeee, maaaallas, Pampita, criminal, tengo algo para vos, te va a quedar di vi na".

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