La captura de Eichmann en Argentina, su secuestro, el posterior juicio en Israel y su ejecución han ocupado al cine en varias oportunidades. Ben Kingsley, que interpretó a Gandhi y al contador Itzhak Stern en La Lista de Schindler, ahora se instala, gracias a su arte, en el otro extremo del espectro humano. En Operación Final, película recientemente estrenada en Netflix, interpreta a Adolf Eichmann, el criminal de guerra nazi.

La historia empieza mucho antes del 11 de mayo de 1960 en que un comando israelí lo capturó en una calle de tierra de la localidad de San Fernando. Ben Gurión le encargó a Isser Harel, líder del Mossad, que buscara a dos de los más buscados criminales nazis que residían en la Argentina: Josef Mengele y Adolf Eichmann. A ambos los rastrearon durante meses. Mengele se escapó por poco y decidieron ir en busca del otro.

El punto de partida de la investigación fue el testimonio de una víctima de Eichmann que ya ciego residía en Argentina. Su hija salía con el hijo del nazi. La denuncia llegó hasta Alemania e Israel. Pero enseguida surgieron complicaciones. La familia se había mudado de domicilio y, todavía, no se sabía fehacientemente bajo que nombre vivía el criminal nazi en Argentina.

En este punto surgen las hipótesis de cómo fue, finalmente, ubicado Eichmann. Algunos atribuyen el mérito a una investigación de Simon Wiesenthal, otros a miembros del servicio secreto israelí, y el investigador y periodista Jorge Camarassa plantea otra hipótesis interesante: Eichmann podría haber sido delatado por Wilhelm Sassen, un holandés que residía en Argentina y que, en 1955, lo había entrevistado largamente.

Sassen, además de periodista, era nazi. En plena guerra, abandonó la ciudadanía holandesa y adoptó la alemana. En 1947, había sido juzgado en ausencia en Bélgica y condenado a muerte. Otra joyita con DNI argentino. Con esas profusas entrevistas, Sassen escribió las memorias de Eichmann.

Ningún editor se mostró interesado en publicarlas. La necesidad de ocultar el verdadero nombre del protagonista, devaluó el libro. Pero, una vez capturado Eichmann, con la repercusión mundial de la noticia, el manuscrito tipeado desprolijamente por Sassen y corregido de puño y letra en sus márgenes por el propio Eichmann, fue disputado por las revistas más importantes del mundo. Life ganó la partida y publicó la primicia en julio de 1960.

A comienzos de mayo de 1960, una decena de agentes israelíes se instalaron en Buenos Aires. Debían ubicar a Eichmann, secuestrarlo y trasladarlo a Israel. Sin que nadie se enterara.

Adolf Eichmann, teniente coronel de las SS
Adolf Eichmann, teniente coronel de las SS

El equipo comandado por Isaac Harel, jefe del Servicio Secreto Israelí, lo integraba una decena de especialistas entre ellos Peter Malkin y Rafi Eitan, que llegaría a ser Jefe de Estado Mayor israelí y Ministro. Luego de un seguimiento de varios días, lograron determinar que el alemán que se hacía llamar (y tenía documentos expedidos por la Policía Federal Argentina a nombre de) Ricardo Klement bajaba todos los días del colectivo a las 19.40 horas, caminaba unos ochenta metros por el piso de tierra de la calle Garibaldi, en San Fernando, hasta llegar a su casa. Volvía de su trabajo en la Mercedes Benz. No podían creer que el criminal nazi era ese hombre vencido, prematuramente avejentado, que alumbraba sus pasos débiles con una linterna. La vivienda era precaria, en un barrio desolado, sin servicio de luz ni agua. No iban a tener la certeza plena hasta el momento de la captura.

Aunque un dato les indicó que estaban tras la presa correcta. Un día, Klement bajó del colectivo con un ramo de flores que le entregó en la puerta de su casa a su esposa; por la ventana se veía la mesa del comedor con su mejor mantel y unas velas. Los habitantes de la casa de la calle Garibaldi estaban de festejo. La incógnita se develó, esa misma noche cuando los agentes israelíes llegaron a una de las múltiples casas operativas que habían instalado en Buenos Aires (llegaron a tener siete simultáneamente). El legajo les dio la respuesta: ese día Adolf y Vera cumplían veinticuatros años de casados. Eso celebraban los Klement. El aniversario de casamiento de los Eichmann.

Adolf Eichmann fue uno de los criminales nazis que se ocultó en Argentina
Adolf Eichmann fue uno de los criminales nazis que se ocultó en Argentina

La operación se fijó para el día 11 de mayo. Las opciones para la captura eran escasas. No habían podido determinar donde trabajaba. Siempre en algún lugar del recorrido, le perdían el rastro. Se decidió sorprenderlo al bajar del colectivo. En la oscuridad de la noche, los dos autos detenidos no levantarían sospechas. A las ocho de la noche de ese día, la preocupación se apoderó de los agentes israelíes apostados en la calle Garibaldi: ya habían pasado tres internos de la línea 203 y de ninguno de ellos había descendido su presa. En los días previos siempre había llegado puntualmente a su casa. Estuvieron a punto de levantar el operativo. Pero llegó otro colectivo. Y de él bajo su presa. Sus captores esperaban en un auto con el capot levantado mientras uno simulaba preocupación por un desperfecto del motor.

Eichmann recorrió unas decenas de metros. Pasó por al lado del automóvil sin prestar atención; tal vez saludó con un leve movimiento de cabeza. De pronto, Peter Malkin, el agente israelí, lo derribó de un empellón y lo inmovilizó. Pese a las especulaciones previas todo fue sencillo y no encontraron resistencias. El criminal de masas era un ser débil y endeble físicamente. Lo tiraron en el piso de la parte de atrás del auto y mientras lo maniataban y amordazaban, partieron raudos hacia el escondite que habían previsto. La presa temblaba sin parar.

¿Podía ser éste individuo enclenque y temeroso el responsable de más de seis millones de muertes? Las dudas atiborraban a los captores. Al llegar a la casa donde lo tendrían hasta la partida a Israel, el médico del equipo, con la ficha con los datos personales y señas particulares de Eichmann en la mano, procedió a revisarlo. En una de las axilas portaba un tatuaje con su grupo sanguíneo, señal inconfundible de que se encontraban ante un integrante de las SS. Al tiempo que el doctor continuaba buscando cicatrices y otros indicios, le preguntaron el nombre al detenido. "Ricardo Klement", contestó. Una voz menos amable reiteró la pregunta. La respuesta otra vez no fue acertada. "¿Cuál era su número de afiliado al partido nazi?". Contestó con celeridad. "¿Y el número de miembro de las SS?". Casi sin pensar, con parsimoniosa seguridad, también respondió. El silencio fue total. Los israelíes se cruzaron miradas intensas. Ambos números coincidían con los de su archivo. Con el torso desnudo, con los ojos tapados por unas pesadas anteojeras, el detenido comprendió que su fuga había terminado después de quince años. No sabía cuál sería su destino. No sabía lo que esos hombres que lo rodeaban harían con él. Sólo tuvo una certeza. Ya nadie, nunca más, lo llamaría Señor Klement. Resignado, no esperó la siguiente pregunta. Y dijo en su idioma de origen: "Ich bin Adolf Eichmann". Yo soy Adolf Eichmann.

Aquí estuvo la casa de Adolf Eichmann en San Fernando
Aquí estuvo la casa de Adolf Eichmann en San Fernando

Una vez capturado e identificado el funcionario nazi, el operativo Eichmann enfrentaba su mayor desafío: Mantenerlo oculto hasta el momento que lo pudieran embarcar hacia Israel. Todos los miembros del equipo debían moverse lo menos posible, para no despertar sospechas. Descontaban que tenían unos días a su favor. La esposa no haría la denuncia en forma inmediata, y en caso de que la hiciera, no develaría a la policía la verdadera identidad de su esposo. Pasados esos primeros días, y descartadas las hipótesis de una fuerte borrachera o de un escape fruto de una aventura amorosa, el peligro aumentaba. Los agentes israelíes escuchaban permanentemente los informativos radiales y buscaban en los diarios, noticias sobre la desaparición de Eichmann, pero nada apareció. Con el paso de los días, ese también fue un dato de anormalidad, perturbador. Si cualquier otro empleado de la Mercedes Benz (casi cualquier otro: tal vez no ocurría lo mismo con alguno de los otros 36 alemanes empleados en la fábrica en la época de Jorge Antonio) desaparecía, transcurridos unos días, la noticia hubiera sido publicada en todos los diarios de Buenos Aires. Cada movimiento extraño alrededor de la casa, cada frenada abrupta de un auto en las inmediaciones, los inquietaba. Habían tomado precauciones. Uno de los agentes sometía a Eichmann a un interrogatorio exhaustivo sobre sus actividades durante el régimen nazi, grabado para ser difundido a la prensa internacional, en caso de ser descubiertos y detenidos por las autoridades argentinas.

Una cuestión que no siempre es tenida en cuenta. Los israelíes tomaron más precauciones de lo debido. Álvaro Abós pone el foco en ello: "Los agentes sobrevaloraron dos espacios: la unidad, capacidad y fortaleza de los antiguos nazis refugiados en Buenos Aires y la capacidad logística y de inteligencia de la policía argentina".

¿Quién podía estar interesado en conseguir la liberación de Eichmann? Nazis, filonazis y agentes de los servicios de inteligencia. Klaus, hijo mayor de Eichmann, declaró unos años después: "Con mi hermano fuimos a visitar a un oficial de las SS cuyo nombre no puedo revelar. Era el mejor amigo de mi padre. Nos dijo que teníamos que ser prácticos. Lo buscamos durante dos días en las comisarías, los hospitales y las morgues. Todo fue en vano. Y entonces comprendimos que lo habían apresado. Un grupo juvenil peronista se puso a nuestra disposición. Algunas veces se congregaban alrededor de la casa hasta trescientos hombres montados en motocicletas. En el transcurso de aquellas horas se planearon toda clase de actos descabellados. Alguien dijo: 'Secuestremos al embajador israelí. Saquémoslo de la ciudad y torturémoslo hasta que tu padre regrese'. El plan fue rechazado. Otro sugirió la colocación de un artefacto explosivo en la embajada israelí. Las reacciones fueron distintas según los círculos. Los peces gordos reaccionaron de una manera y los de poca monta de otra. Uno de los amigos de mi padre, también antiguo miembro de las SS, organizó una red de controles en los puertos y aeropuertos. De este modo, nos ayudaron los más humildes; los peces gordos, en cambio se limitaron a huir. La mayoría se refugió en Uruguay y Brasil".

Adolf Eichmann se hacía llamar Ricardo Klement
Adolf Eichmann se hacía llamar Ricardo Klement

Eichmann estaba en una quinta en la localidad de San Miguel cerca de la ruta 197. El encierro, al avanzar los días, flagelaba a los agentes israelíes. Fueron dieciséis días de ocultamiento y convivencia con su presa. La moral declinaba. Pero nada podían hacer. Sólo esperar. Y no levantar sospechas.

Una mujer y un hombre del equipo se hacían pasar por matrimonio para que el casero no viera nada extraño. Los demás no salían de sus escondites. Había permanentemente una doble guardia. Una externa que cuidaba que nadie se acercara a la propiedad; y una interna: las 24 horas del día había alguien mirando a Eichmann, quien no podía estar solo ni un segundo. Lo afeitaban, le daban de comer, un médico lo atendía: era fundamental llegar con él a Israel en buen estado y poder mostrárselo al mundo. La relación de los israelíes con Eichmann era escasa y tensa. Sólo Peter Malick tuvo charlas con él más allá de los interrogatorios de rigor. Era una guerra contra el tiempo, contra la espera. Dependían de la llegada a la Argentina del avión que transportaba a la delegación oficial del Estado de Israel que participaría en los festejos por los 150 años de la Revolución de Mayo. En ese avión trasladarían a Eichmann, camuflado como un piloto de la aerolínea. El plan era arriesgado, pero era el único viable. Luego de analizarlo, concluyeron que era imposible sacar al nazi del país por tierra o por mar. En realidad, la dificultad no residía en traspasar las endebles fronteras argentinas, sino en llegar a Israel sin ser detenidos en otras jurisdicciones. Eichmann, al ser informado del plan, pidió que no lo sedaran. Aseguró que no ofrecería resistencia alguna. No había motivos para dudar de su sinceridad. Desde el mismo momento de su detención, se mostró solícito y participativo. Los israelíes no se arriesgaron y le suministraron tranquilizantes. En el aeropuerto adujeron que un miembro de la tripulación, luego de una noche de copas, se sentía mal. Hasta volcaron algo de whisky sobre su ropa para que despidiera más olor. Fueron pasando los controles con este miembro de la tripulación descompuesto. Lo subieron al avión entre dos, inconsciente. Otra muestra de la equidad de las fronteras argentinas: cualquiera entra, cualquiera sale.

El avión hizo escala en Dakar dónde sabían que no serían detenidos. El 23 de mayo de 1960 Adolf Eichmann llegó a Jerusalén. 24 horas después, la noticia estaba en la primera plana de todos los diarios del mundo. Por primera vez, Israel, juzgaría a uno de los responsables de la Shoah.