Facundo Arana, la furia antinatalista y la “Madre Naturaleza” Julia Roberts

El actor quedó al borde de la “crucifixión” virtual por decir que la mujer se realiza plenamente en la maternidad. Lo más llamativo fue la agresividad de las críticas en torno a un tema tan ligado a la naturaleza humana

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Facundo Arana, víctima de la furia antinatalista
Facundo Arana, víctima de la furia antinatalista

Fue tal la virulencia de los ataques que recibió Facundo Arana por alegrarse con la inminente maternidad de su ex Isabel Macedo que tuvo que hacer una autocrítica pública -"me disculpo por decir que una mujer se realiza con la maternidad" (sic)-, quizás sincera, pero que se vio más como una prudente retirada ante descalificaciones tales como "falocéntrico"; lo más suave que le dijeron.

Cuesta creer que Arana piense que una mujer que no tiene hijos no puede realizarse de ninguna manera. Hace tiempo además que en la sociedad argentina no se piensa mayoritariamente de ese modo. Quienes sólo ven la mitad del vaso vacío pasan por alto que el nuestro es uno de los países con mayor participación femenina en casi todas las áreas de actividad. No hace falta extenderse al respecto. Nuestra tasa de natalidad "a la Europea" habla a las claras de la importante inserción de las mujeres en el mundo profesional y en la vida pública en general.

El embarazo de Isabel Macedo, esposa del gobernador salteño Juan Manuel Urtubey, fue el involuntario detonante de una áspera polémica
El embarazo de Isabel Macedo, esposa del gobernador salteño Juan Manuel Urtubey, fue el involuntario detonante de una áspera polémica

Lo que llama la atención es que ninguna de las indignadas contra Arana le haya replicado que la mayoría de los varones también se realizan con la paternidad, la necesitan, la buscan y, de ser necesario, hasta luchan por ella. Los hijos no son una realización sólo para las mujeres, también lo son para los varones; es algo intrínseco a la persona humana. Aunque, obviamente, no es lo único que la hace sentir plena. También lo hace la entrega a una causa que le dé un carácter trascendente a  la vida.

Sin embargo, en la forma en que fue planteado el debate -por llamarlo de algún modo- hubo ecos de un furor antinatalista que gana adeptos en Europa y Estados Unidos. "Los padres se mienten a sí mismos sobre los beneficios de tener un hijo", fue por ejemplo la conclusión de un estudio publicado en Psychological Science, por dos psicólogos de la Universidad de Waterloo, Ontario.

La teoría de Richard Eibach y Steven Mock es que los padres no tienen idea del "enorme costo necesario para la crianza de un niño" y por ello idealizan el aporte afectivo y emocional de un hijo. Cuando los potenciales padres norteamericanos se enteran de que criar un hijo cuesta unos 200 mil dólares, "idealizan mucho menos" la paternidad. Esto prueba que los padres "se mienten a sí mismos, tratando de minimizar la pérdida de dinero (sic) en beneficio del afecto (familiar)". Es por este desconocimiento, dicen, "que los padres siguen haciendo una apología de la paternidad y creyendo que es 'la' vía a seguir".

Una sociedad de "gerontes egoístas"

En la línea de extremistas como David Benatar, un antinatalista por filosofía, para quien sería mejor que todos dejasen de tener hijos, existen movimientos y agrupaciones que militan por un mundo "childfree", libre de hijos.

En el caso de Benatar, director del departamento de Filosofía de la Universidad de Ciudad del Cabo (Sudáfrica), el argumento es el pesimismo: la vida es tan mala, tan dolorosa, que los seres humanos deberían dejar de tener hijos por compasión. "Mucha gente bien intencionada hace grandes esfuerzos para evitarles sufrimiento a sus hijos, pero pocos de ellos se dan cuenta de que la única vía segura para (eso) es empezar por no traerlos al mundo", escribió en 2006 en un libro cuya dedicatoria lo dice todo: "A mis padres, a pesar de que me trajeron al mundo".

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La "sociedad de gerontes egoístas", que alguna vez evocó el filósofo Silvio Maresca para desnudar por el absurdo estas posturas, parece ser el desiderátum de estos pesimistas descreídos.

La serie The Handmaid's Tale, de gran éxito y recientemente muy premiada, plantea la pesadilla futurista de una caída de la natalidad brutal y el sometimiento de un grupo de mujeres obligadas a procrear. Basada en el libro de Margaret Atwood, podemos verla como un adelanto de aquello en lo cual puede desembocar la continua baja de la tasa de fecundidad en los países más avanzados, pero también como una visión sombría de la procreación en sí misma. Como sea, el tema de esta distopía no deja indiferente.

Ahora bien, la duda sobre engendrar en un mundo convulsionado es en realidad vieja como la humanidad. Por algo la natalidad cae dramáticamente en los países que viven fuertes conmociones; fue el caso de Rusia en los 90, luego de la desintegración de la URSS, por ejemplo. Pero hoy curiosamente estos planteos surgen en países que tienen las tasas de natalidad más bajas, el mayor desarrollo y los más altos niveles de vida. Y que, según los estudiosos del calentamiento global, son los más contaminantes.

Neomalthusianismo

"Catástrofes ecológicas, sobrepoblación, consumo excesivo, algunas parejas dudan sobre si engendrar en un mundo de porvenir tan incierto", puede leerse en uno de estos artículos. Dejemos de lado el tono apocalíptico del argumento; lo que se insinúa también aquí es otro justificativo del antinatalismo: el cuidado del ambiente. "¿No tener niños, un gesto ecológico?", es un tipo de notas cada vez más frecuentes en la prensa del primer mundo.

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"Seremos cerca de 9.800 millones sobre la Tierra en 2050. Cada ser humano consume energías fósiles no renovables, carbón, petróleo, gas. (…) Muchos ecologistas y científicos creen que, si no hacemos nada, vamos hacia la catástrofe", dice el artículo.

Para movimientos como "Green Inclination, No Kids» ("Tendencia Verde, Niños no", GINKS), de Estados Unidos, la solución es simple: mejor no procrear. "Demografía responsable" es una ONG francesa que aspira a instalar la variable demográfica en los debates sobre el clima. GINKS, por su parte, afirma que la mejor forma de poner freno al calentamiento climático es reducir la población mundial en 500 millones de personas de acá al 2050.

Esta idea de que es mejor no agregar personas a un mundo con recursos finitos tampoco es original. En su Ensayo sobre el principio de la población (1798), Thomas Malthus sostenía que, como el número de habitantes crecía de modo exponencial y los alimentos de modo aritmético, la hambruna era inevitable si no se frenaba el crecimiento poblacional. Malthus llegó a oponerse a la caridad -hoy diríamos a los subsidios y planes- porque quería desalentar los nacimientos.

El desarrollo tecnológico permitió un incremento acelerado de la productividad desmintiendo a Malthus. Pero la idea de que, en un mundo de recursos limitados, el control de la natalidad es la herramienta que permitiría a los países pobres salir de la miseria hizo escuela y prosperó a lo largo de todo el siglo XX con miles de "voluntarios" del Primer Mundo que recorrían las periferias del planeta predicando la planificación familiar como panacea.

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Sin embargo, la historia demostró una y otra vez que no es el tener menos hijos lo que lleva al desarrollo. Es más, la secuencia se da al revés. Cuando una sociedad se desarrolla, no sólo económica sino culturalmente, las familias tienden a tener menos hijos, esencialmente porque ese desarrollo implica una emancipación de la mujer y su inserción profesional.

Mientras son pobres, la única riqueza de las familias es su prole, por algo Marx los llamó "proletarios". Una verdad que la propia izquierda suele olvidar.

Hoy, esos viejos argumentos antinatalistas vuelven con nuevo ropaje: reducir las emisiones de carbono. El clima es la pasión militante de moda. No hay celebrity que no preste su voz o su rostro para una campaña en defensa del mar, el agua, los glaciares, la selva…

En un spot de la ONG Conservation International -que asegura estar cuidando el planeta en beneficio de todos desde hace 30 años- la Naturaleza tiene la voz de Julia Roberts y nos advierte: "Yo puedo vivir sin ustedes, ustedes no pueden vivir sin mi". "Nature doesn't need people. People need nature", es un eslogan tan efectista como falaz.

¿Cómo pensar el Universo sin el ser humano? ¿Quién le daría sentido? El hombre es el único ser que puede dar existencia a las cosas al enunciarlas. La tierra, el universo, el sistema solar, sólo existen porque un humano los ha nombrado. Por algo la Biblia dice "en el principio era el Verbo…"

Joshua Rothman, que en noviembre pasado entrevistó para The New Yorker al citado filósofo antinatalista David Benatar, dice que éste "piensa que el mundo sería un mejor lugar si la vida consciente desapareciese de él por completo". La pregunta que hasta un niño haría es ¿mejor para quién?

"Yo en realidad no necesito a la gente -dice la Madre Naturaleza Julia Roberts-, pero la gente me necesita a mí. Estoy aquí desde hace años. He alimentado especies más grandes que la vuestra; he hambreado a especies más grandes que la vuestra".

No se trata de negar la amenaza de sobreexplotación de los recursos naturales, sino de evitar caer en planteos absurdos que parecen olvidar que, en definitiva, el objetivo de la preservación ambiental es el ser humano. ¿Para quién preservar los recursos si no?

"Innegablemente, el crecimiento demográfico amplifica todos los problemas", dijo el demógrafo Henri Leridon en Le Monde. Pero nada justifica esta visión exclusivamente negativa del crecimiento demográfico. Más población no implica solamente más bocas para alimentar sino también más mentes para pensar y crear, más voluntades para hacer. ¿O no ha sido el propio ingenio humano el que promovió  una innovación tecnológica que mejoró las condiciones de vida en todos los órdenes?

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No hay ninguna realidad que justifique el catastrofismo demográfico. El especialista Hervé Le Bras explica que la tendencia es a la baja del crecimiento de la población mundial. "En 1970, la tasa de crecimiento era de 2% anual, hoy está a algo menos de 1 %. (…) En la mayor parte de los países la fecundidad se ha vuelto débil, incluso muy débil: en Brasil, 1,7 niños por mujer (contra 5 hace 20 años), lo mismo en Irán y China. En la India es de 2,4". Para Le Bras uno de "los factores determinantes en esta evolución es la educación de las mujeres; apenas acceden a estudios secundarios, la fecundidad pasa a ser de dos niños por mujer".

El porvenir no depende de la cantidad de niños sino de su educación como seres responsables, conscientes de la necesidad de cuidar el planeta tierra, la "casa común". Criarse en un hogar austero, evitar el desperdicio -una constante de nuestra sociedad de consumo-, es mucho más importante que la prédica de la antinatalidad por parte de individuos que parecen creer que se engendraron a sí mismos.

Un millón de chinos

Como tema de Estado, la demografía está ausente del discurso de nuestros dirigentes, pese al antecedente de los hacedores de nuestro país que tuvieron conciencia de que "gobernar es poblar" o que se debía construir "una Nación en el desierto argentino".

En muchos países europeos, la baja de la natalidad empieza a encender alarmas. La población es poder; ahí está China como muestra de ello. Es una gran nación no especialmente dotada desde el punto de vista de la naturaleza. Buena parte de su territorio no es cultivable. ¿En dónde radica su fuerza sino en sus casi 1.400 millones de habitantes? El Mercosur no hubiera tenido destino alguno de no ser por los 200 millones de brasileños que conforman un mercado regional superlativo.

Hace un tiempo, el empresario Carlos Spadone (presidente de la Cámara de Comercio chino-argentinadio una entrevista que impactó porque dijo que la coima en Argentina había pasado del 30 al 3 por ciento. El revuelo tapó otro concepto mucho más importante: "La solución acá sería (…) un millón de chinos a la Patagonia. Los chinos van a necesitar comida, tierra y agua, no va a haber barreras en algún momento".

Finalmente, todas las opciones individuales sobre la maternidad o paternidad son absolutamente respetables. Pero el problema de una cultura antinatalista en un país como el nuestro, significaría desconocer el riesgo de inviabilidad que tiene con una superficie de casi 2.800.000 km cuadrados y apenas 44 millones de habitantes. Y con el agravante de una clase dirigente para la cual la geopolítica no existe. Sólo se padece.

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