Espartanos: cuando los valores del Rugby traspasan las rejas

(Nicolás Aboaf)
(Nicolás Aboaf)

Mística. El rugby, antes de comenzar el partido, tiene rituales donde la testosterona se entrecruza con valores de amistad y respeto. El capitán alienta: "Vamos a jugarles de igual a igual. Somos espartanos". Otro que agrega: "Les vamos a faltar el respeto, nadie se achica". Músculos tensos, abrazos, tatuajes en los antebrazos. Antebrazos con cicatrices de cortes finitos, uno al lado del otro. El sol que se filtra por una ventana.

Un sábado primaveral y dos horas de espera hasta que empiece el partido. Una voz nombra uno por uno a los rugbiers que se aproximan a la puerta. Son 19 en total. Van a ir a Villa de Mayo, a la sede del Club Universitario de Buenos Aires (CUBA), uno de los animadores del mejor rugby de Buenos Aires. El viaje será muy corto. Tomarán camino del Buen Ayre, Panamericana y ruta 202. Todos suben al vehículo que los lleva.

Es mediodía. Salen de la cárcel para pasar unas horas en libertad y volver a la tumba, como se dice en lenguaje carcelario, a eso de las seis de la tarde. Para colmo son de la Unidad 48, que en la quiniela es el muerto que habla. Detrás del camioncito celular que los traslada van dispuestos algunos vehículos con guardiacárceles, algunos munidos de armas largas, otros con perros.

Espartanos surgió porque Eduardo "Coco" Oderigo, abogado y jugador del San Isidro Club, se empecinó hace casi una década en llevar la pelota ovalada tras los muros. Porque donde otros veían rejas y candados, Coco supo que había oportunidades. Los primeros jefes penitenciarios con quienes había hablado le decían que era una locura: un deporte violento para personas violentas. Entonces Coco, cabeza dura, dijo que quería empezar con algún penal de máxima seguridad. Así fue que cayó con otros jugadores a la 48, penal de máxima seguridad.

(Nicolás Aboaf)
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El contingente llega a destino. Se les suman otros espartanos que salieron en libertad y que, incluso, los viernes van al penal a rezar el rosario junto a sus compañeros. Uno de ellos es Santiago Ojeda, medio scrum, macizo, eléctrico. En la camiseta lleva escrito su sobrenombre, "Enano", y se sonríe cuando lo muestra. Santiago es de un barrio pobre de San Fernando. De pibe salía a robar y conoció, entre otros, el Centro de Recepción de Menores Pablo Nogués, ubicado en Malvinas Argentinas, donde las cucarachas conviven con pibes de 15 años.

Santiago salió del raid de institutos y en 2011, a los 18, le detuvieron por robo calificado. En sus meses de libertad se había acercado al club Virreyes, un espacio deporte social, centrado en el rugby. Ahí le habían hablado de los espartanos. Al cabo de unas pocas semanas, se iniciaba en el camino espartano. Cuatro años después, Santiago salía con libertad condicional.

Habla con Infobae mientras hace movimientos precompetitivos. Mueve la cabeza de un lado a otro: "¿Mi familia? Muchos delincuentes, mi hermana adicta…, antes yo pensaba en seguir robando, esto me cambió la vida".

Espartanos vs. Cubanos

El escenario de la cancha central de rugby de CUBA es extraño: en las gradas hay familiares del medio centenar de cubanos (así les dicen a los rugbiers de ese club) que se preparan para enfrentar a los espartanos. Varios de ellos integran el plantel superior desde hace muchos años. Entre ellos el gigante Felipe Aranguren, que hace jueguito con destreza con una número cinco en el ingoal de su equipo. Detrás del ingoal espartano están madres, esposas y hermanas de los jugadores. En vez de visitarlos en la 48, ese sábado a la tarde, van a ver el partido. Los guardias con perros y con armas largas están un poco más retirados, a unos 30 metros de la cancha.

Santiago cuenta que al salir trabajó en la construcción pero que le va mejor como vendedor ambulante. "No me gusta que me mande nadie", aclara. "Saco hasta mil pesos diarios. Medias, remeras, ropa interior, lo que sea". Se mueve de un lado a otro. Se acerca un grupo de chicas. Saludan. "Soy Carolina Dunn", dice una. Infobae le pregunta si colabora con los espartanos. "Soy jugadora", responde con voz firme. "Del Club Atlético San Andrés". En su Facebook se la ve en acción deportiva. Coordina el rugby femenino en el sector femenino de la unidad 47. Con Carolina están tres chicas que son parte de esa historia.

Empieza el partido, la pelota está viva, circula mucho. Parece un entrenamiento. Al principio, los cubanos dominan. Llegan al try con más facilidad. Santiago alterna alguna mirada al desarrollo del match con unas anécdotas muy graciosas.

(Nicolás Aboaf)
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"Cuando fuimos a verlo al Papa (agosto de 2015) yo llevé la camiseta que dice Enano. Le causaba gracia". ¿Le pediste algo al Papa? "Sí, por mi abuelita, que había muerto dos días antes del viaje… Me dijo que iba a hacer todo lo posible para que la abuelita se fuera al cielo. Rezamos varias veces el rosario. ¡Estuvimos una hora cuarenta con el Papa! En ese entonces, mi meta era salir. Sabía que faltaba poco. Yo nunca había salido de Buenos Aires. Estaba en el Vaticano. Volví y salí al poco tiempo. Llevo más de dos años en libertad y sé que voy por buen camino. Ahora quiero ver crecer a mi hijito. Porque yo no tuve padre".

¿Qué pasó?, preguntó Infobae. "Circunstancias de la vida", dijo Santiago mientras se preparaba para reemplazar al medio scrum que estaba en la cancha. Antes de entrar cuenta que la primera vez que se sacaron una foto todos juntos, en el vestuario, él hizo el gesto de apuntar con una pistola hacia la cámara y que Coco le pidió que no lo hiciera más, que no jodiera con eso. "Desde entonces levanto el pulgar, nomás", dice.

Del lado de las gradas donde estaban los cubanos, había un hombre con equipo profesional de fotografía. Se presenta como Fernando Moroni. Infobae  pregunta si es hermano del puma Matías "Tute" Moroni. Fernando saca pecho y dice que es el padre. Cuenta que su hijo Tute era bueno al fútbol y se inició con la ovalada a los 17, muy tarde en comparación con la mayoría. Fernando es arquitecto y desde que sus hijos se destacan en el rugby viaja detrás de ellos. Cuenta que Tute fue a jugar al penal, contra los espartanos. El padre le dijo que jugara despacio, es un profesional, súper entrenado… pero Tute es competitivo.

La obra quijotesca iniciada por Coco Oderigo hace nueve años se expandió por todos lados. Coco entró a la cancha. Tiene el pelo blanco pero las destrezas intactas. Los espartanos tuvieron su racha de tries. Algunos jugadores rápidos, pero sobre todo mentalidad de equipo, el pasamanos funcionaba muy bien pese a que enfrente tenían jugadores con mucho oficio.

¿Un invento argentino?

Antes de que empezara el tercer tiempo, Coco habló con Infobae. "Tenemos 1.200 presos que están jugando rugby. En 34 cárceles de todo el país. Ayer llegamos de Tucumán, pero hay en Neuquén, La Pampa, Misiones… Y los resultados, en cuanto a la tasa de reincidencia son muy buenos".

¿Hay experiencias en otros países? ¿Este es un invento argentino? Coco se ríe, no quiere ser el autor de la birome y el dulce de leche. Prefiere ser cauto. Una finta y contesta desde otro lugar: "Cuando estuvimos en el Vaticano nos llevaron a Florencia y vimos una experiencia como esta. Ahora se está empezando en Uruguay, en Chile, en Brasil…, Brasil es muy complicado", aclara.

En casi una década, Espartanos no solo formó jugadores que no sabían nada de rugby. Hacen algo que debería ser una política pública. O, mejor dicho, Espartanos hace lo que debería hacer el Estado: ellos consiguen empresas que les dan trabajo a los que salen. No son los únicos, hay parroquias católicas y sobre todo las evangélicas que asisten a los presos y logran conseguirles un conchabo. Muchos de los rugbiers de Cardenal Newman, CUBA, SIC, Lomas Athletic, son parte de una elite social. Sin embargo, muchos de ellos se tomaron la causa de ayudar a los presos como algo de vida o muerte. Están convencidos de que eso surge de los valores del rugby.

El mismo empeño que ponen para recuperarse de una cirugía de ligamentos cruzados lo ponen para cruzar una barrera social y cultural que otros no saben cómo encararla. Un rubio grandote con pinta de ascendientes ingleses y abdomen de haber ingerido mucha cerveza en la vida les da abrazos de oso a los morochos que cumplen condenas por delitos que muchos de sus vecinos en los countries creen que la única salida en que se pudran en las cárceles. Los rubios y los morochos que se pasan la ovalada con identidad espartana hacen lo que creen y creen en lo que hacen.

Infobae busca voces. Falta apenas una hora para que el camión celular lleve de regreso a los jugadores a la unidad 48 y para que los ex presos se vuelvan a las casas por sus propios medios. Juan García juega de centro tres cuartos desde hace muchos años. Ya tiene 31 y en 2011 cayó preso por segunda vez. Lo condenaron a seis años y no tuvo acceso a la libertad condicional porque era reincidente. La primera caída fue a los 19 y esa vez sí salió con la condicional.

(Nicolás Aboaf)
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"Y sí, me pasé más de diez años preso", dice Juan. "Me perdí de ver crecer a mi hijo, que tiene 13. Soy del barrio Aviación", cuenta. El barrio Aviación se formó en los alrededores del aeropuerto de Don Torcuato. Tenía talleres y algunas modestas industrias en una Argentina que parece haberse esfumado. Ese barrio perdió la vieja identidad obrera y sus habitantes viven de lo que pueden, que en muchos casos significa delinquir. Juan cuenta que, en esta segunda caída, desde dos años antes de salir, ya tenía claro que no iba de nuevo a la cárcel. Logró que lo trasladaran al pabellón 8, donde estaban los espartanos y se las rebuscaba muy bien al fútbol se amigó enseguida con la ovalada. Yo estaba solo, no tenía visita de mi familia. Ahí empecé a conocer a los voluntarios…

Juan se refiere no solo a los que acompañan a los espartanos. Y hay que mirar toda la cancha. La Universidad de San Martín tiene un trabajo intenso en la unidad 48. Se creó el Centro Universitario de la Universidad (CUNSAM) que en 2016 pudo llevar nada menos que al premio Nobel de Literatura J. M. Coetzee a dialogar con los presos que hacen talleres literarios. También entre las talleristas de dramaturgia contaron con la participación de Cristina Banegas.

Juan pudo terminar el secundario en los últimos años de la cárcel y se anotó en el ciclo básico. Pero la única carrera que había es Sociología, y no me copa tanto. ¿Y qué hiciste al salir?, pregunta Infobae. Me junté con otro, compramos una motosierra y otras herramientas y tocamos timbres por Don Torcuato para arreglar jardines, podar árboles. Yo sabía que tenía que poner mucha voluntad. Los espartanos me ayudaron. Me abrieron las puertas del country del Newman y voy con mi primo a hacer jardines, lavar auto, compramos una hidrolavadora y una aspiradora… Somos microemprendedores", dice Juan con una sonrisa, delatando que es una palabra nueva, algo distinto al lenguaje tumbero que lo acompañó durante tanto tiempo.

"Yo antes salía a afanar, no te lo voy a negar, ahora tengo mucho para perder. No quiero volver a la cárcel, ahí la injusticia es muy grande. Los abusos de poder…", Juan no termina la frase, quizá quede para un nuevo encuentro.

No es momento quizás para alguien que está en carne viva, que en solo unos meses ya se siente un microemprendedor. "Y te digo la verdad, al principio, cuando los veía llegar, vestidos de traje, yo pensaba ¿y estos a qué vienen? ¿Nos estarán investigando? Porque a ellos también les podía caber: A estos chorros hay que matarlos… Pero ahí vas conociendo a las personas, muchos son mis amigos. Lo hacen de corazón. Claro, para algunos es una pantalla". Juan deja abiertas sus dudas, como las deben tener la mayoría, unos y otros, rugbiers criados en barrios pitucos y rugbiers salidos del barro.

La mirada de los centinelas

Se acerca la hora y todos comparten el tercer tiempo. El partido terminó 60 a 48. Ganó CUBA pero no fue un baile, para nada. Ahí, cerca del ingoal donde están las familias de los Espartanos, cerca de los guardias que estuvieron cinco horas de vigilancia con perros y armas largas, sin hacer gestos. ¿Qué pensarán? La mayoría de esos guardias provienen de familias humildes y quizá nunca se abrazaron con un abogado o un médico en un club como CUBA.

¿Sentirán simpatía por las historias Espartanas? ¿Tendrán rechazo por unos y por otros? En horario de trabajo, los penitenciarios no pueden delatar sus sensaciones. Sin embargo, Coco Oderigo tiene una jugada pensada para cada situación. Este 2017 se formó el equipo de rugby de los penitenciarios y jugaron contra un equipo de presos en la Unidad 9 de La Plata. ¿Cómo se llaman los rugbiers penitenciarios? Por supuesto, los Centinelas.

(Nicolás Aboaf)
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Se terminaron las gaseosas y los sandwichs de carne. Llegó el momento de las palabras. Es el cierre. Después llega la despedida. Las madres que saludan, los muchachos que sin dejar de ser rugbiers adquieren los movimientos y los hábitos del encierro. Les toca volver a la tumba. Pero antes hablan varios.

Habla el Enano Santiago Ojeda, que está en libertad pero se hace eco de sus compañeros. Dice que nadie se equivoque, que por culpa de un juez (José Villafañe) que liberó mal a un preso (José Echegaray) murió Abril (Bogado). "La sociedad está muy asustada cuando salen los presos. Nosotros cambiamos".

El Enano pide una oración para los que, en unos minutos, van a volver a la cárcel. Todos rezan el Padre nuestro. Coco Oderigo habló con palabras sencillas: "En estos años ya no somos los mismos, cada cual a su modo toma cosas del otro, aprendemos del vínculo, promovemos los valores del rugby, que son la integración, el respecto, el compromiso".
Uno de los oficiales se acerca y, sin que medien palabras, se formó una fila. Algunos agentes verificaban con rigor burocrático que cada uno de los 19 rugbiers que subían al camión eran, a la vez, los 19 detenidos alojados en la unidad 48.