El desgaste de la piel fue el punto de partida de una conversación que se desplazó hacia el interior de las células. En un episodio del podcast del canal Mark Hyman, MD, el entrevistador Mark Hyman conversó con Mamina Turegano, dermatóloga certificada, sobre las mitocondrias, el envejecimiento y la salud cutánea.
El intercambio vinculó la mitofagia, un mecanismo de limpieza de las mitocondrias, con hábitos cotidianos y con la urolitina A. La charla recorrió desde el descanso y la actividad física hasta el papel que ambos participantes atribuyeron a la microbiota intestinal y a los suplementos.
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La conversación vinculó el deterioro mitocondrial con la piel
Hyman planteó que el envejecimiento, la inflamación, el daño solar y una dieta deficiente podían afectar a las células. Según su explicación, ese proceso no solo comprometía la energía de tejidos y órganos, sino que también podía llegar a la piel. Por eso consultó cómo cuidar, reparar y renovar las estructuras celulares asociadas con esa función.
Para explicarlo, comparó la mitofagia con la autofagia, a la que describió como una limpieza celular. “En esencia, significa comerse a uno mismo”, afirmó.
Hyman señaló que, durante el descanso nocturno, unas estructuras celulares llamadas lisosomas reciclaban partes viejas de las células; después vinculó ese mecanismo con la eliminación de mitocondrias que ya no funcionaban.
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Turegano sostuvo que las mitocondrias deterioradas podían ocupar espacio y dificultar el trabajo celular. “La mitofagia ayuda a eliminar las mitocondrias dañadas”, explicó.
Para favorecerla, señaló la importancia de reducir el estrés oxidativo, un proceso que puede dañar las células, además de limitar el consumo de alimentos procesados y la exposición prolongada a la radiación ultravioleta del sol.
El descanso y el ejercicio fueron presentados como parte de la base
La dermatóloga también relacionó el sueño con los procesos de reparación del organismo. “Dormir es cuando hacemos gran parte de la reparación”, afirmó, en referencia tanto a las células de la piel como al resto del cuerpo.
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En su exposición, el estrés podía sumar presión sobre las células y favorecer el deterioro celular que ambos asociaron con el funcionamiento mitocondrial.
El entrenamiento de fuerza formó parte de las prácticas mencionadas durante la entrevista. Turegano lo vinculó con la circulación, una mejor respuesta a la insulina y una menor inflamación. Hyman agregó que el ejercicio incrementaba “el número y la función de las mitocondrias”, una idea con la que la entrevistada coincidió.
La conversación también incluyó componentes presentes en alimentos o suplementos, como omega-3, vitamina D y sustancias del té verde, el cacao y algunos vegetales. Turegano los presentó como opciones que podían ayudar a reducir la carga oxidativa de las células.
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Hyman y Turegano colocaron esas prácticas dentro de una base de hábitos que incluía alimentación, descanso, manejo del estrés y actividad física.
La urolitina A apareció como un complemento ligado a la microbiota
Después de repasar esos hábitos, el diálogo pasó a los suplementos como complemento. Turegano describió la urolitina A como una sustancia que apuntaba a la mitofagia y señaló que existían presentaciones orales y productos de aplicación sobre la piel. También indicó que debía revisarse la dosis de los productos que la incluyeran.
Hyman la definió como un posbiótico, es decir, una sustancia que podía formarse cuando las bacterias intestinales procesaban componentes de algunos alimentos.
En su explicación, las nueces, las granadas, el té verde y los arándanos rojos aportaban compuestos que esas bacterias podían transformar en otras sustancias.
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“Probablemente un tercio o la mitad de los productos presentes en el torrente sanguíneo provienen de la microbiota intestinal”, sostuvo.
Turegano estimó que solo el 40% de las personas podía producir su propia urolitina A a partir de ese proceso. “Creo que la suplementación oral puede beneficiar a todos”, afirmó durante la entrevista.
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