La prevalencia del bullying y la violencia durante la infancia y la adolescencia en República Dominicana ha encendido una alarma institucional, con cifras que exigen una intervención coordinada y urgente. Cerca de uno de cada tres adolescentes entre 13 y 17 años ha sido víctima directa de acoso escolar en el país, según el informe más reciente de Unicef y la Organización Mundial de la Salud (OMS). La magnitud del problema se agrava al observar que el 63,5 % de los menores ha experimentado algún tipo de disciplina violenta, como informa Diario Libre.
Estos datos sitúan a República Dominicana frente a un desafío estructural que rebasa el ámbito educativo. Un análisis regional de la OMS, que abarca a 23 países, confirma que el acoso escolar no es un fenómeno aislado: uno de cada cuatro menores en América Latina y el Caribe admite haber sufrido bullying. La comparación con otras naciones revela que Perú y Brasil encabezan la lista de mayor incidencia, con tasas cercanas al 50 %, mientras que Chile y Barbados registran los índices más bajos, alrededor del 15 %.
La investigación liderada por Unicef y la OMS advierte que el acoso escolar no solo constituye una infracción legal, sino que representa un obstáculo directo para el desarrollo integral de la niñez. Los organismos subrayan que combatir el bullying es un requisito indispensable para proteger la salud mental y emocional de los estudiantes. Se trata de una problemática que adopta múltiples formas y causas. Según el informe, factores como la apariencia física, la discapacidad y la identidad sexual suelen detonar episodios de discriminación y hostigamiento en las escuelas dominicanas.
El documento precisa que el bullying implica una secuencia sostenida de conductas agresivas, que pueden ser de carácter físico, verbal, sexual o digital, y que se despliegan tanto en entornos presenciales como virtuales. El patrón se repite: la víctima enfrenta dificultades para defenderse, mientras que el o los agresores refuerzan su conducta a través de la impunidad o la complicidad colectiva.
Las secuelas del acoso se extienden mucho más allá del aula. Unicef y la OMS advierten sobre el aumento del riesgo de depresión, ansiedad, aislamiento social, pensamientos suicidas y bajo rendimiento académico entre quienes lo sufren. Además, el análisis pone el foco en los agresores: sus trayectorias suelen estar marcadas por comportamientos antisociales y una mayor propensión al consumo de sustancias. Esta doble dimensión convierte al bullying en un fenómeno con impactos negativos para toda la comunidad escolar.
El estudio introduce una visión diferencial al analizar el bullying desde la perspectiva de género. Los datos reflejan que los niños tienden a sufrir más agresiones físicas, mientras que las niñas resultan más vulnerables a ataques psicológicos y sexuales. Entre los casos consultados, 324 niñas reportaron burlas relacionadas con su apariencia, una cifra que duplica a la de los varones afectados por este motivo. En el terreno de la violencia física, 183 niños declararon haber sufrido lesiones, frente a 69 niñas. Las agresiones de índole sexual afectan a ambos géneros, con 135 niños y 125 niñas que reconocieron haber sido víctimas de este tipo de hostigamiento.
La radiografía expuesta por Unicef y la OMS conduce a una única conclusión: la respuesta debe ser multisectorial, sostenida y respaldada por políticas públicas robustas. La capacitación del personal educativo, la participación de las familias y el diseño de programas escolares integrales emergen como prioridades inmediatas. Los especialistas insisten en que solo un entorno escolar libre de violencia permitirá que los menores ejerzan plenamente sus derechos y desarrollen su potencial.
El desafío involucra tanto a las instituciones gubernamentales como a las comunidades locales. El entorno educativo debe transformarse en un espacio protegido y propicio para el crecimiento, donde la prevención y la intervención temprana sean la norma y no la excepción.