LiL Cake: “No sé por qué es pero siento que la gente me ve y ya me detesta”

En una charla con Infobae, el músico y streamer habló del odio que recibe en Internet desde los 13 años, del peso de haber quedado encasillado con “Mercho” y del proceso personal que lo llevó a dejar atrás al adolescente que, según reconoce, se había “comido una re película”

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LiL Cake: “No sé por qué es pero siento que la gente me ve y ya me detesta”

Durante años, millones de personas conocieron a LiL CaKe por un hit imposible de esquivar: Mercho. Para muchos quedó reducido a esa canción, al streamer polémico o al chico que parecía vivir siempre en el centro de alguna discusión en redes. Él asegura que esa imagen ya no lo representa.

A los 22 años, después de pasar casi dos años sin publicar música, acaba de lanzar un proyecto tan ambicioso como inusual: 41 canciones de un minuto, todas producidas casi íntegramente por él. Dice que es el disco que siempre quiso hacer, lejos de las fórmulas y de la búsqueda desesperada del próximo éxito viral.

En esta charla con Infobae habla por primera vez con tanta profundidad sobre el costo de Mercho, el odio que recibe en Internet desde los 13 años, el miedo a quedar atrapado en un personaje, la relación con sus padres, la ludopatía que atravesó su familia, la ansiedad, la terapia y su relación con la influencer Sofía Barreiro, el amor que inspiró gran parte del álbum.

“Hoy soy amigo de Mercho. Durante mucho tiempo no lo fui", admite. Y resume el espíritu de esta nueva etapa con una frase que atraviesa toda la entrevista: “Ya no soy el nene que todos creen que sigo siendo”.

Lil Cake presenta 4114

—Bienvenido, con música nueva.

—Mucha música nueva. Sacamos 41 canciones y todas desde casa.

—¿Salieron todas las que hicieron o quedaron algunas afuera?

—Quedaron un montón. Soy medio raro para hacer música. Me gusta generar ideas todo el tiempo y muchas ni siquiera las guardo o las exporto. Quedan ahí, en un cajón de la computadora.

—¿Cómo es el proceso?

—Lo fui descubriendo hace poco. Me encierro solo con la computadora, el micrófono y la placa de sonido. Hago casi todo yo: los beats, la producción. Empiezo a balbucear melodías y trato de que las cosas me bajen solas, sin pensar demasiado lo que digo.

—¿Por qué canciones de un minuto?

—Porque 4114 va a tener varias partes y no podía sacar de entrada un disco de dos horas, tenía que dar un preview. ¿Quién escucha hoy un álbum de dos horas? Vivimos en una época donde todo pasa rapidísimo y quise reírme un poco de eso: hacer un disco larguísimo y, al mismo tiempo, cortísimo. También quería poner en contexto quién soy. Hay cosas que la gente tiene que saber para meterse en este mundo. Si alguien ya me odia de entrada, probablemente le parezca malísimo. Y, en realidad, es un disco muy amoroso.

—O sea, primero hay que conocerte.

—Es un disco para escuchar de principio a fin. Muchos creen que hice 41 canciones para ver cuál explota en TikTok y es exactamente al revés: me esforcé por salir de lo que está sonando hoy. Mucha gente dice: “Tuvo su minuto de fama, pegó con Mercho y listo". El minuto también habla de eso, me río un poco de esa idea.

—¿En algún momento te la creíste?

—Sí, me comí una re película (risas). Pero creo que a cualquiera le puede pasar.

—¿Llegaste a pensar que realmente se terminaba todo? Alguna vez contaste que le dijiste a tu papá: “Hasta acá llegué”.

—Sí. Hay días en los que me pongo un escudo y no me entra una bala, pero otras veces sí. Desde los 13 años, cuando empecé a streamear, recibo insultos en Internet. Nunca fui de caer bien de entrada, mi forma de hablar siempre fue chocante y con Mercho todo se multiplicó. Hoy me lo tomo con más humor, pero a veces entro a TikTok y de 400 comentarios no hay uno bueno. Hay algunos que son graciosos porque no tienen ningún sentido.

—¿Como cuáles?

—Los parecidos. Ahora dicen que soy Romi, la cantante de Grupo Play, y me estallo. Antes era Amigacho y Mercedes Sosa. Eso me hace reír. Lo que sí me molesta es cuando dicen que soy un fantasma. Hace poco usé la palabra statement en una entrevista y me mataron: “Estamos en Argentina, pa”. Y yo pensaba: tampoco dije nada tan raro. Capaz hablo medio gamer. Crecí jugando Minecraft y esa quedó siendo mi forma de expresarme.

—Volvamos al principio. ¿Cómo fue esa infancia?

—Muy normal. Vivía con mi papá, mi mamá y mi hermana. Somos una familia muy chica y muy unida. Nací en General Rodríguez, después nos mudamos a Pilar y todavía vivo con ellos. Son mi columna.

—¿Terminaste la escuela?

—Casi (risas). Me quedó Educación Física. Después vino la pandemia, firmé con Sony y la vida agarró para otro lado.

—¿Cómo les explicaste a tus papás que trabajabas como streamer?

—No al principio. Recién se dieron cuenta en una juntada de la Coscu Army en Puerto Madero, cuando tenía 13 o 14 años. Llegamos al Puente de la Mujer y todo el mundo empezó a gritar “¡Tortita, Tortita!”. Ahí entendieron que estaba pasando algo.

—¿Ellos sabían que te llamabas Tortita?

—Sabían que hacía streams porque me acostaba a las tres o cuatro de la mañana, pero no dimensionaban. Después vieron que ya ganaba algo de plata con Twitch y que me alcanzaba para comprarme juegos.

—¿Qué hacías con esa plata?

—Me la gastaba toda. Llegaba por PayPal y ni sabía cómo sacarla. Decía “ya fue” y me gastaba todo comprando juegos en Steam, una página de juegos.

—¿Cuándo aparece la música?

—En 2019. Ahí está el punto de quiebre de mi vida. A fines de 2018 murió mi abuelo y eso me destruyó. Como somos tan pocos, pasar de seis a cinco fue durísimo. Ese Fin de Año cuando se fueron todos a dormir terminé Volvé conmigo y la subí. Toda la Coscu Army empezó a decir: “Che, Tortita sacó un tema”. Nadie sabía todo lo que había detrás de esa canción. La hice porque me nació.

—¿Dónde la publicaste?

—En YouTube y Spotify. Aprendí a subirla mirando tutoriales.

—¿Hasta ese momento nunca habías mostrado música?

—No. Producía desde los 11 años, pero nunca había publicado nada. Después salió USA, empezó a moverse mucho durante la pandemia y ahí apareció Sony. Vinieron a mi casa, hablaron con mi viejo, hicimos un asado y terminamos firmando. Ni siquiera fui a las oficinas: llevaron el contrato y lo firmé en la puerta.

—Y ahí tu papá empezó a acompañarte.

—Sí. Venía a los estudios, a las reuniones. Casi hacía de manager. De ahí salió ese mito de que mi viejo trabajaba en la música y que por eso me iba bien. Nada que ver: es productor de seguros. Mi mamá ocupa otro lugar, es mi costado emocional, es con quien hablo cuando me pasa algo o me siento solo.

—¿Cuándo sentís que se te fueron “los patitos”?

—Veinte millones de veces (risas). Pero la que más recuerdo fue en Mar del Plata, tenía 16 o 17 años y estaba en mi etapa más rebelde. Streameaba con Brunenger, se viralizaban clips míos haciendo cualquier cosa y mis viejos me decían: “Rescatate porque vas a perder todo”. Tenían razón.

—¿Qué pasó?

—Un clip mío se viralizó completamente fuera de contexto. Había reaccionado mal con una persona que nos seguía por la calle mientras transmitíamos en vivo y solo quedó la parte donde yo insultaba. Ahí entendí que Internet te deja pegado para siempre y mucha gente se quedó con esa imagen de mí, la del tarado atómico. Hoy siento que crecí y que vivo pidiendo perdón por cómo era a esa edad, algo que también tengo que aprender a soltar.

—¿Sentís que eras agresivo?

—No. Era un guachín que se había comido un poco la película. Hubo muchos clips sacados de contexto, pero también estaba en una etapa de rebeldía y no sabía manejarla.

—Firmás con Sony y empezás a ganar plata en serio.

—Sí (risas). Llegó el famoso adelanto, donde te llega buena plata. Alquilé un departamento en Recoleta cuando tenía 16 o 17 años, aunque ni vivía ahí. Lo usaba cuando tenía que grabar en Capital.

—Pero en algún momento te compraste el Mercedes.

—Sí, en 2022. El famoso Mercedes del “Mercho escuchando el Farcho”. Lo gracioso es que lo vendí dos meses antes de que explotara Mercho.

—¿Es verdad que al principio no te encantaba?

—Con Mercho tuve una relación de amor y odio. Hoy somos amigos, pero al principio era mi enemigo. No quería sacarla porque había otros temas que me gustaban más. Antes grabé dos videoclips que nunca salieron y recién el tercero fue Mercho. Al mes explotó y me pasó exactamente lo que nunca había querido.

—¿Por qué?

—Siempre soñé con crecer de a poco, armando un público. Y de golpe todo lo que había construido quedó tapado. Dejé de ser LiL CaKe para convertirme en “el de Mercho". Me bajaba de festivales en España sintiéndome vacío. La gente gritaba Mercho, pero después tocaba seis temas más y casi nadie los conocía. Ahí entendí: “No se pegó LiL CaKe; se pegó una canción”. Y encima era una canción que no representaba la música que quería hacer.

Pero mientras todos veían que estabas en el mejor momento de tu carrera...

—La estaba pasando horrible. Nunca lo decía, fingía demencia. Pensaba: “Bueno, ya estoy acá, habrá que seguir”. Pero por dentro estaba muy mal. Me acuerdo de estar muy enojado con todo, con la vida.

—Está bueno que lo cuentes porque del otro lado uno imagina otra cosa.

—Sí. Mucha gente busca pegar un hit, pero si hacés música de verdad no necesariamente querés eso. A mí Mercho me sacó más de lo que me dio. Me dio plata, exposición, obvio, pero me quitó todo el trabajo que venía construyendo. Yo no quería ser “el de Mercho“.

—¿Hoy ya no te molesta que te la pidan?

—No. Hice las paces con la canción. Hoy soy amigo de Mercho. Pero después de todo ese proceso tuve que preguntarme qué quería hacer de verdad.

—¿Y ahí aparece este disco?

—No fue de un día para el otro. En 2024 me equivoqué otra vez. Volví a hacer cumbia porque creíamos que era el camino para pegarla de nuevo, era el camino fácil, sin desmerecer la cumbia. Grabé un montón de canciones para tratar de pegarla en TikTok, pero un día pensé: “¿Qué estoy haciendo?”. Estaba haciendo música para que funcionara, para intentar salir a flote.

—¿Era una búsqueda tuya o del equipo?

—De todos. Creíamos que era el camino: pegan los temas, salimos a tocar, guardamos plata en la mochila y estamos. Después me separé de ese equipo y quedamos mi viejo, Sony y yo. Ellos apuntaban a algo mucho más comercial y yo quería experimentar. Y si quería encontrar mi identidad, tenía que hacer la música que realmente me representaba.

—Había que hacer un trabajo profundo en serio. ¿Cómo llegaste a este disco?

—A fines de 2024 conocí a un productor amigo que, más que producir, me ayudó a descubrir qué quería hacer. En marzo de 2025 empecé a ir solo al estudio. Sony también me dio libertad total. Dejé de pensar en géneros y empecé a hacer la música que realmente me salía. Ahí me encontré. Al principio no pensaba hacer un disco, pero empecé a acumular canciones hasta que terminamos eligiendo 41.

—Estuviste casi dos años sin sacar música. ¿No daba miedo?

—Una banda (risas). Pero también sé que cada vez que aparezco genero algo: interés, muchas veces odio, pero igual se viraliza. Con Mercho pasó eso. Al principio todos me decían “Mercedes Sosa”. Era un chiste despectivo, pero esos comentarios hacían que el tema siguiera circulando. Después vino el baile, el trend y explotó.

—¿En serio sentís que despertás odio?

—Sí. No sé si es por cómo hablo, por cómo me veo o por todo lo que pasó conmigo en Internet, pero siento que mucha gente me ve y ya me detesta. Nunca encontré la forma de revertirlo.

—Yo no vengo del mundo Twitch. ¿Creés que tiene que ver con un personaje provocador que construiste?

—No fue intencional. Cuando era más chico me las mandaba porque no tenía control de lo que hacía. Hoy veo esos clips y yo también me odio. No era un ángel; era un un pesado. Pero crecí. Y la gente que me seguía también.

—¿De qué viviste esos dos años?

—De lo que me dejó Mercho. Una canción así sigue generando. Si sumás todas las plataformas, debe andar cerca del billón de reproducciones. Eso te da tranquilidad, pero sabés que no es para siempre.

—¿Cómo un joven de 22 años termina titulando un tema Atahualpa Yupanqui?

—Justamente porque habla de lo contrario: nunca escuché folclore ni tengo una gran cultura musical. La canción es un descargo sobre todas las etiquetas que me ponen. Digo que no soy trapero porque nunca fui un pibe de calle; no soy yankee porque, aunque a veces meta frases en inglés, es solo porque me gusta cómo suenan. Y cuando digo que nunca escuché a Atahualpa Yupanqui no es una provocación: es la verdad. Soy todo lo contrario a la imagen que muchos esperan de un músico y hago música porque me nace, no porque haya estudiado discos toda mi vida.

—Hay otra canción, Aunque seas mala. ¿Alguna vez te enamoraste de alguien que sabías que te hacía mal?

—No sé si sabía que me hacía mal, pero todo el disco habla de mi relación, que todavía sigue. Es la primera vez que siento que estoy realmente enamorado.

—¿Habla de Sofi?

—Sí.

—¿Es mala Sofi?

—A veces (risas). Pero no.

—¿Tienen una relación medio tóxica?

—No. Estamos un poco locos los dos. Ella fue mi mejor amiga desde los 15. Después desapareció un tiempo y volvió a aparecer en febrero de 2025. Y a mí me pasa algo: para hacer música necesito estar enamorado o que alguien me guste. Muchas veces escribí canciones para personas que nunca supieron que hablaban de ellas.

—Hay un tema que se llama 2026. ¿Tiene que ver con algo que pasó este año?

—Nació de una discusión de pareja, a fin de año, una época que siempre me pega mal. Pero si pienso el disco, la evolución no está tanto en las letras como en el sonido. Quería que el cambio se escuchara, por eso me metí tanto en la producción. Casi todo el disco lo produje yo.

—¿La teoría de conocerse dos veces habla de Sofi?

—Sí. Habla de reencontrarte con alguien. Yo la amaba desde chiquito, pero ella tiene tres años más que yo, así que en ese momento no tenía ninguna chance.

—¿Ella lo sabía?

—No. Creo que es el clásico mejor amigo enamorado que nunca dice nada. Después cada uno siguió su vida y cuando nos volvimos a encontrar, la historia fue otra.

—¿Y Carta natal?

—Creo mucho en las energías y la astrología. Me hice la carta natal y todavía tengo guardado el audio de esa sesión porque muchas de las cosas que aparecían ahí terminaron pasando. Antes de empezar este disco también hice una terapia entre meditación y reiki. Me hicieron imaginar un río y dejar ahí todo lo que me hacía mal. Nunca lo había contado, pero me hizo muy bien.

—Habrá que volver a ese río.

—Sí, por favor (risas). Todavía tengo varias cosas para dejar ahí.

—¿Meditás?

—Sí, sobre todo para dormir. Soy muy ansioso. Cuando llega la noche necesito poner una meditación o, a veces, un capítulo de Los Simpson para dejar de pensar.

—¿En esos momentos de ansiedad o tristeza, no consultaste nunca a psicólogos?

—Sí. Fui un tiempo, me hizo muy bien y quiero volver. Fue justo antes del disco y siento que tuvo mucho que ver. Tenía una obsesión con la hora: miraba el reloj para decidir hasta cuándo esperar para hacer cualquier cosa. El psicólogo me ayudó a entender que era una exigencia absurda.

—Está bueno que cada vez se hable más de salud mental.

—Sí. Y también habría que hablar más del impacto que tienen las redes. A mí me pegan muchísimo. Muchas veces aparezco y me matan sin hacer nada. Tenés que construir un escudo para bancarte eso.

—¿Eso pasa solo en las redes o también cuando te cruzás con la gente?

—Solo en las redes. Cuando conozco a alguien siempre pienso: “¿Le voy a caer igual de mal que en Internet?”. Y casi siempre pasa lo contrario. Frente a una cámara mostramos una parte; en el día a día soy bastante distinto.

—El disco termina con Adiós para siempre. ¿A quién o a qué le dijiste adiós?

—A mi pasado. Sentí que pude soltar un montón de fantasmas, culpas e inseguridades. Por eso cierra el disco: es una forma de despedir esa etapa.

—¿Y hacer las paces con todo eso?

—Sí. Hoy ya no veo mi historia como algo feo, sino como parte de lo que soy.

—El disco tiene 41 canciones de un minuto. Así que te propongo responder algunas cosas en un minuto. ¿La vez que pasaste más vergüenza arriba de un escenario?

—En España se cortó la luz en pleno show. Irremontable. Estábamos solos con Diego, mi corista, y empecé a cantar a capela hasta que volvió. Cinco minutos después dijimos: “Bueno, Mercho" (risas). Nos salvó la canción.

—¿El mensaje más inesperado que te mandó un famoso?

—Ozuna. Un día abrí Instagram y tenía un mensaje suyo. También hablé con J Balvin. Jamás imaginé que supieran quién era.

—¿Quién es el famoso más famoso que tenés en WhatsApp?

—J Balvin, la cabra. Con él me llevo re piola.

—¿La peor decisión económica que casi tomás?

—Casi me compro una casa enorme y me quedaba en cero, no sé qué flasheé. Tenía cinco habitaciones, dos livings, una locura para mí solo. Por suerte frené a tiempo.

—¿Un secreto de un videoclip?

—El Mercedes de Mercho era de El Villano. Nos lo prestó para filmar.

—¿La peor cita de tu vida?

—La verdad, no tuve muchas citas.

—¿El primer día que viste plata en tu cuenta?

—Tenía 13 años e hice un descalabro. Me entraron unos 120 dólares por PayPal y me gasté casi todo comprando juegos.

—Con ese acceso tan temprano a Internet, ¿nunca caíste en las apuestas?

—No. En mi familia hubo mucha ludopatía: mi papá, mi abuelo y un tío. Jugué algunas veces, pero nunca aposté fuerte. Les tengo respeto y miedo. Por eso nunca acepté hacer publicidad para casinos ni streams apostando, aunque me ofrecieron muchas veces. Sé el daño que puede hacer.

—¿Y tu papá cómo está?

—Muy bien. Hace mucho dejó de jugar, pero perdió mucha plata y así lo entendió. Tiene hasta una ruleta tatuada como recordatorio de lo que no quiere volver a ser. Mi mamá siempre lo bancó. Somos una familia muy unida.

—¿La vez que más te confundieron con otra persona?

—(Risas) Todos los días. Dicen que me parezco a todo el mundo. En un momento me decían Manzana, Big Apple, y como éramos amigos y salí en su videoclip, muchos pensaban que era él.

—Yo fui Tortita; después Cake. Nunca Manzana.

—Nunca Manzana. Hasta Mercho me estiré eh, pero Manzana no.

—¿Qué borrarías de tu etapa en Twitch?

—Casi todo. Sobre todo los streams de cuando tenía 15 o 16 años. Era un nene con demasiada exposición y me mandaba todas, re tarado. Llegamos a tener diez mil personas mirando en vivo y nadie dimensionaba lo que significaba eso.

—El disco termina con Tu hijo. Imaginemos que esta es la canción 42. Decime algo que nunca hayas dicho en una entrevista.

—No sé si hay algo que nunca haya dicho, porque siempre fui bastante abierto. Pero sí me gustaría que la gente entendiera una cosa: ya no soy el nene que muchos creen que sigo siendo. Crecí, cambié un montón. Capaz a veces parezco sobrador cuando hablo, pero soy un pibe completamente normal. Si me odiás, lo entiendo. Ojalá algún día me des otra oportunidad y también se la des al disco. Si te gusta, gracias. Y si no, no pasa nada.

—Me encantó nuestra primera charla. ¿Se vienen fechas?

—Ojalá. Por ahora no hay nada confirmado porque siento que este disco es empezar de cero. Pero tengo muchas ganas de tocar por primera vez canciones que realmente me representan.

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