Gustavo Méndez empezó y terminó la entrevista hablando de Norma y de Jorge, sus papás. Es el tema que subyace en la conversación y lo que conforma los cimientos de su propia historia, el relieve de su vida, lo que vino a contar. Dijo que llamó a su mamá para contarle, contento, que iba a dar una nota en Infobae. Contó que a su papá le dicen “el actor” en San Nicolás, su ciudad natal, porque le gusta actuar, bailar, disfrazarse, payasear. En ese relato mínimo, no puede evitar envolverse en emoción. Algo remueve ese recuerdo, afloran los orígenes, brotan los obstáculos superados, el camino transitado, la resemblanza de dónde estaban, la consciencia de donde están, los que eran, en los que se convirtieron. Así empieza. “Honrar y compartir. Está el mundo tan superficial, egoísta, oscuro, que hay que mostrar la unión de la familia con sus defectos, con sus peleas, pero que siempre pregone el amor y la fraternidad”. Así termina, rememorando a Norme y a Jorge.
En el medio, entre la primera y la última emoción, se mece su propia vida, su recorrido. El niño que cenaba líquidos, el adolescente que a los trece años empezó a sentir un dolor espantoso para dormir, que no podía orinar, no podía correr, que nunca creyó en el diagnóstico fatalista de que iba a dejar de caminar, que tuvo que usar un corset hasta el cuello para alinear su columna. El joven que le dijo a su médico que pronto lo iba a ver por televisión como periodista, el que vivió de prestado en Villa Madero, San Martín, El Palomar y el microcentro para alcanzar su sueño profesional. Y el adulto que hoy brilla como panelista en La Mañana con Moria, que tejió una relación de cercanía con la China Suárez, que tiene cruces mediáticos con Wanda Nara y que ya acumula 17 años de trayectoria en diferentes medios de comunicación.

— ¿Cómo era la infancia en San Nicolás?
— Era una infancia en el barrio 14 de Abril, calle de tierra, cuneta. Un hermano más grande, Matías, que me lleva seis años. Una infancia muy lúdica, muy de salir a la calle, de jugar con mis vecinos, amigos, de ir al jardín de infantes, de ir al colegio. Mi papá nunca quería que falte al colegio. Yo me llevé la mejor parte, mi hermano siempre digo que se llevó la peor porque lo llevaba a trabajar en bicicleta, mi viejo plomero, gasista, y tenía la caja de herramientas adelante, mi hermano iba en el caño. Lloviera, día feo, lo que sea, nos llevaba al colegio. No había excusa, siempre íbamos al colegio. También me acuerdo que nunca podía pagar la cuota, siempre se demoraba, en el boletín era uno de los pocos que no pagaba la cuota, porque mi viejo era un laburante cuentapropista.
— ¿Se enteraba el resto?
— No, no se enteraba el resto. Siempre me quedó marcado fuego eso. Por eso hoy a mí no me gusta deber nada, ni un centavo. Y fue una infancia muy buena, muy linda, disfruté mucho. Me dieron mucha libertad. Criándome en cumpleaños, a mi papá y mi mamá les gustan mucho la familia, los cumpleaños, siempre salir a bailar. Y nunca sobró nada ni faltó nada. Siempre me acuerdo que yo jugaba al fútbol y al básquet en clubes de San Nicolás. Para poder comprarme las zapatillas para jugar al básquet o los botines, iba a trabajar con mi papá para que no le pagara el peón y laburaba yo.
— ¿Qué edad tenías?
— 10, 11. Rompía, agarraba masa y cortaba fierro. Hasta los 13 que fue cuando empecé a tener un problema de salud grave. Me cambió la vida. Pero, por ejemplo, para poder comprarme las zapatillas le pedía a Mari, la vecina del barrio, que me preste la tarjeta de crédito, y no teníamos auto entonces pedía un remis, tenía que organizar todo. Antes de ir a ver las zapatillas que yo necesitaba para jugar al básquet o los botines, hacíamos toda la operativa y me podía comprar las cosas.
— ¿En qué momento entendiste que en tu casa faltaba plata?
— Y ya de chico, cuando iba a un colegio privado: iba a la casa de mis amigos y había otra realidad. Cosas que te das cuenta de niño, una Nintendo por ejemplo, un Sega, que yo no tenía. O que pedía para el arbolito de Navidad tal cosa y no me llegaba. Pero hubo amor.
— ¿Llegaste a pensar que no ibas a alcanzar lo que querías?
— No. Nunca jamás. Siempre sabía que iba a llegar.
— En algún momento te empezaste a sentir mal. Algo empezó a pasar. ¿Cómo detectan que estabas enfermo?
— Acá también entra un poco la parte económica porque era el año 95, 96. Empecé a despertarme todos los días con dolor de espalda en la zona lumbar. No sabía qué tenían entonces empecé a despertarme a las cuatro de la mañana con dolor. Eran intermitentes los días que pasaba. Y yo seguía jugando al fútbol y al básquet.
— ¿Jugabas bien?
— Sí, yo me consideraba que jugaba bien porque soy competitivo, porque me entrenaba, porque siempre quería ganar. Y era también lo que yo siempre veo a retrospectiva, que era competir contra mí mismo, por más que jugaba en equipo. Sí, jugaba de ayuda base al básquet, metía muchos triples, y jugaba de mediocampista o de 4 de lateral, porque era derecho, al fútbol. ¿Por qué digo derecho? Ahora te voy a contar. Empiezo a ver que mis piernas no empiezan a funcionar como mi cerebro le estaba indicando. Empecé a que me vean médicos, todos amigos de mi padre, clientes de mi padre, etcétera, sin obra social por supuesto. Iba boyando de un lado a otro y ya ahí empezaba a tener, al tratarme con médicos adultos, una realidad que mis amigos y compañeros del colegio no lo tenían que era hablar con adultos que me estaban analizando, que no podemos ir acá por tal cosa, este médico es muy caro…
—¿Te preocupaba lo que estaba pasando con vos? ¿Tenías noción de que se podía complicar?
— No, todavía no. Hasta que a los 13 ya la coordinación de mis piernas estaban medias raras cuando quería correr. Ya no orinaba, no iba de cuerpo, se me empezó a desviar la columna de manera muy rápida y nadie sabía qué tenía.
— Qué susto.
— Yo quería saber qué tenía. Al ir a trabajar con mi papá a casas hermosas, quería ser arquitecto. Me cambié a un colegio técnico en San Nicolás. Y ahí es cuando empiezo con los síntomas súper graves: no orinar, no ir de cuerpo, no poder correr, desviación de la columna. Y ahí es cuando me doy cuenta que me estaba pasando algo muy grave. Muy grave. Y fui a una guardia, me dijeron “tomate una bayaspirina y vení mañana al urólogo”. El dolor era tan fuerte, ya era diario, yo caminaba todos los días a las cuatro de la mañana rodeando la mesa de roble y mi mamá llorando mirándome. Siete de la mañana al colegio. Volvía y me acostaba a la siesta. Hasta que un día ya no podía orinar, no podía ir de cuerpo, no tenía apetito y la mucha la desviación de columna, fuimos a un traumatólogo en Rosario. Me dice que los dolores son por la desviación de la columna. Y yo le digo “hace dos años no tenía desviada la columna y los dolores los tenía igual”. Voy a un pediatra, Alonso, de San Nicolás. Me dice “andá a hacerte este estudio a Rosario”, era un estudio urodinámico: te ponen sonda, te vacían la vejiga, te la vuelven a llenar y te dicen “cuando tenés ganas de hacer pis te parás y orinás sobre sonda”.
— Horrible ese estudio, ¿no?
— Sí, 13 años tenía. Tengo ganas de hacer pis, me paro, quiero orinar, gotas. Hice así chiquitito y en la vejiga tenía más de un litro de líquido. Me vacían la vejiga, me hacen salir, se quedan con mis padres. La charla que después me entero es “su hijo tiene un problema neurológico muy grande, lo tienen que llevar ya a un médico y es probable que no pueda caminar”.
— Chequeándote la vejiga encuentran que tenés un problema neurológico.
— Exacto. Así que volvimos y ese doctor que nos había mandado a hacer el estudio dijo “mañana lo tienen que llevar al Garrahan”. Ahí empezó una batería de estudios, de punzar la médula. Cuando llegué al Garrahan ya sentí paz diciendo “estoy en el lugar indicado”. No me preguntes qué. Antes de irnos de San Nicolás había cadena oración en el barrio. Estábamos a siete cuadras de la Virgen.

— Había un barrio y una comunidad acompañando.
— Sí, hacían bingos porque como mi viejo si no trabajaba no le ingresaba plata. Mis compañeros del colegio salían con una lata a pedir monedas para darle plata a mis viejos. Porque yo estaba internado y tenían que estar conmigo. Mi viejo era independiente y mi mamá no trabajaba. A todo esto, mi hermano, estudiando primer año de la Facultad, profesorado de educación física, solo en San Nicolás. El segundo o tercer día, aparte de punzarme la médula, me hago una resonancia magnética, era un tumor medular octavo dorsal. Era tan alto el tumor que les avisaron a mis viejos que yo iba a quedar paralítico. ¿Por qué te dije que jugaba con la derecha? Después te voy a contar por qué. En el Garrahan te revisan todo de pie a cabeza. Lo más grande que hay para mí. Es el elefante blanco del amor le digo. Sale una médica oftalmóloga retando a una mamá que no había hecho los estudios de su hijo. Mi mamá me mira y dice “esta es brava”. Entramos y yo pillo digo “¿por dónde le entro?”, porque tenía cara de mala. Los nenes a los doctores del Garrahan les dejan dibujitos. Veo una estampita de la Virgen de San Nicolás. Le pregunto “¿es tuya? ¿te la regaló un paciente?”. “No, es mía, la traje yo”. “Ah mirá, somos de San Nicolás”, dice mi mamá. Le cambio la cara. Dice “les voy a contar mi historia. Yo tenía hepatitis y rechazaba todos los medicamentos hasta que una vecina me dijo hay una virgen que apareció en el año 83, andá que es muy milagrosa”. Fue con fiebre, volvió, se hizo el estudio y no tuvo más hepatitis. Lo contó breve. “Así que si ustedes tienen fe quédense tranquilos que están en un muy buen lugar pero aparte tienen la protección divina”. Nos fuimos. Antes de que me venga a internar, la casa se llenó de gente. Entonces una persona me dijo “si te van a operar, cerrá los ojos y la virgen te va a ayudar”. Era re loco porque en todos los días que iban pasando yo sentía que había algo que era anormal. Venían los médicos, los equipos, los ateneos, venía el jefe de traumatología con su equipo, y yo podía hacer algo que, por la altura del tumor no podía, por ejemplo, caminar con los talones. Y yo desfilaba, los hacía reír a todos. Estaba tratando de llevarlo lo mejor posible. Aparte entendía que si a mí me veían bien la incertidumbre que expresaban tus seres queridos menguaba. Entonces, me empecé a sentir mejor hasta que al séptimo día me iban a operar. Me avisaron el sexto día. “Tenés que bañarte tres veces en pervinox. Una gasa la parte de abajo, una gasa la parte de arriba”.

— Hasta ese momento vos no sabías que te iban a operar.
— No, yo nunca supe. No sabía que tenía un tumor en la médula yo.
— ¿Tus papás sí?
— Sí. Y les dijeron “prepárense para la nueva vida de su hijo, busquen una silla de ruedas”. Bueno, me llevan a quirófano ese séptimo día. Y ahí veo un punto blanco. Yo desconocía la palabra tumor. El tipo empieza hincha de qué sos, de Boca, te hacen el biri-biri los anestesistas por supuesto. Me ponen la máscara blanca, me acordé de San Nicolás. “Cerrá los ojos, la virgen te va a ayudar”. Y esa luz que está ahí vino. Una luz normal. Vino, se quedó conmigo. La sensación que yo sentí es que me dijo “quedate tranquilo que va a estar todo bien”. Tres segundos. Me levanto. Luz, luz, luz, luz. Esa luz se va, se va, se va, se va. Me despierto. Miro para mi costado: mi papá. “Papi, ¿por qué no me operaron todavía?”. “No, ya te operamos, estamos al otro día”. Viene una nube. Me da algo frío. Me duermo. Me levanto la segunda vez mejor. Miro esa luz. Digo “papi ¿qué es esa luz que está ahí?”. Porque yo sentía que me había cuidado pero no le quería decir. Me dice “no, estamos en terapia intensiva y enfrente está el cuartito donde los padres enchufan los celulares”. Hay un altar. Le digo “¿y está la Virgen ahí?”. “Sí, ahí está la Virgen. ¿Querés que cierre la puerta?”. Mi viejo, familia humilde, siempre las puertas abiertas. Y en San Nicolás lo hace hasta hoy y yo me pongo loco. Y me dice “¿querés que cierre la puerta?”. “No, no, dejala. ¿Cuánto tiempo duró la operación?”. Diez horas. Bueno. Me duermo. Me levanto la tercera vez mirando esa luz y me pongo a hablar. Acordate: jugaba al fútbol, lateral derecho, mediocampista derecho, jugaba al básquet. Me quiero levantar y no puedo. Quiero mover las piernas y no puedo. Mi papá me empieza a hacer como unos mimos en las piernas, él sabiendo, yo no. Sentía cosquilleo. Y yo miraba la luz y moví la izquierda un poco. La derecha nada. Cuando me pasan a los días a la sala común conozco a mi neurocirujano que lo quiero nombrar, Carlos Rutabul, que me salvó la vida. Yo estaba a sonda por todos lados, tomando un energizante de leche chocolatada porque tenía que subir el peso que había perdido. Viene, se sienta: “yo soy quien te operé. La operación fue un éxito”. “Menos mal -decía-, no puedo caminar, me tienen que llevar hasta el baño o poner la chata”. Y me dice “esta pierna -no la podía mover, me toca la derecha- es un bebé. ¿Sabés cuánto tarda un bebé para volver a caminar? Un año”. Exactamente un año silla de ruedas, andador, muletas, rengueando para volver a caminar. Me acuerdo que el Mundial de Francia 98 lo pasé bastante en cama, por eso decidí ser periodista, porque miraba tanto TyC Sports.

— ¿La rehabilitación dolía?
— No, dolían cuando me esguinzaba estando parado porque mi cerebro al tener un problema neurológico creía que el pie estaba así y me tenía que volver a poner una bota. Yo me esguincé como quince veces la pierna derecha.
— Pero vos sabías que ibas a volver a caminar.
— Yo sabía que iba a volver a hacer la vida que tenía. No profesionalmente, no a ese nivel, pero yo sabía que soy un competitivo y quiero ganar y nadie me va a ganar, nunca me puse en papel de víctima.
— ¿Los médicos sabían que ibas a volver a caminar o era incertidumbre?
— No, para los médicos era no. Porque incluso mi neurocirujano me dijo “yo te operé a ojo”. ¿Por qué tardó tanto la operación? Porque a mí me limaron las vértebras. Yo no tengo los piquitos de las vértebras. Me las limaron todas para poder extraer de adentro de la médula el tumor. Y hasta que ellos no sacaban todo ese hueso y entraban no sabían qué hilos que vienen del cerebro tocaban. El porcentaje científico era que no iba a poder volver a caminar. Hoy uso una plantilla de dos centímetros, tengo treinta y pico de grados de escoliosis, me quedó una vejiga neurogénica, me operaron del riñón, pero vos decís “¿ahí vino lo malo?”. No, lo peor vino después. Urodinamias cada tres, cuatro meses. He llegado a orinar coágulos de sangre así de grandes. Tengo este dedo medio roto porque un día me agarró infección urinaria después de hacerme una urodinamia y cada vez que salía un coágulo, yo le pegaba una piña a la pared sentado en el inodoro porque es un dolor terrible. Y después usar el corset, porque yo tenía tanta desviación de columna que me pusieron un corset Milwaukee, el que lo abrís y lo cerrás. Es fundamental para dormir. ¿Y qué pasa? Mi columna quería hacer esto a los 11, 12, 13 años y el tumor me provocaba el dolor.

— ¿Qué tipo de tumor?
— Es una astrocitoma que obviamente al operar a ojo puede quedar una recidiva, lo que se llama un pedacito y que puede ir creciendo. Eso me enteré en 2013 cuando tuve un pico de estrés trabajando en el diario Perfil. Trabajaba mucho. Ya había terminado la carrera de locutor nacional que entré en el ISER después de haber estudiado en Buenos Aires periodismo y cuando fui me dice “acá veo algo”. Imaginate cuando le conté a mamá, vienen todos los fantasmas. Pero yo estuve bastante tranquilo. Porque cuando entraba en el consultorio de Carlos era como el que me salvó la vida, junto con el hospital Garrahan y Dios y María, la Virgen, y el amor de mi familia y toda la gente que rezó. Y me dijo “tranquilo, lo vamos a monitorear, puede ser que sea -como yo te operé a ojo- una cicatriz que queda líquida adentro o puede ser un pedacito de tumor o un quiste que quedó”. Pero nunca me victimicé, siempre fui de ponerle el pecho.
— ¿Vos sentís que esa luz era la Virgen?
— Sí, estoy seguro de que era la Virgen. No tengo ninguna duda. Se me da con cosas que se han manifestado no viéndolas pero siempre confié, es como que me entregué directamente. Esa luz para mí que vino fue la Virgen, la fuerza de la oración de un montón de gente que rezó, de mi familia por supuesto, y me han pasado un montón de cosas que tienen que ver con la Virgen entendés. Cuando me iban a operar la segunda vez del reflujo renal, porque al no poder orinar la vejiga se me hizo una pelota, se te rompe el catéter en la válvula y me volvía el líquido del riñón, que era un dolor horrible. Cada vez que orinabas sentías un fuego que te volvía al riñón y te lo iba dañando el riñón. Me iban a operar un 5 de julio…

— ¿Cuánto tiempo después?
— Fue cinco años después. ¿Por qué? Urodinamias, un montón de cosas. A mí me iban a operar y yo iba a orinar por el ombligo. Le pedí tanto a la Virgen, hice todo, las dietas, todo a rajatabla. Y te lo pintan como que está todo bien y yo sabía que no estaba todo bien. Por suerte, gracias a Dios, todo salió bien y me dijo no te vamos a operar de esa cirugía estética de orinar por el ombligo, sino te vamos a operar del reflujo renal y vamos a ir viendo. El tema que el estudio del reflujo renal se llama cistouretrografía y es peor que la urodinamia. Es lo peor que hay. Yo ya estaba viviendo en Buenos Aires porque me había venido a través de una beca a estudiar al Círculo de Periodistas Deportivos. Boyé por casas de familias porque no había ni para una pensión, entonces vivía en Villa Madero, me tomaba el 103 una hora y media hasta la Facultad. Vivía en San Martín. Todas casas de parientes que me dieron un techo y comida. Era tanto el deseo y el sueño de convertirme en periodista. Después me invitó Andrea, con su hijo, a vivir en un departamento acá en Microcentro que iba caminando a la Facultad. Entonces vi todas las realidades.
—¿Era una pareja tuya?
—No, era la preceptora del colegio. Su hijo, Nico, venía a estudiar a Buenos Aires y no quería que estuviese solo. Me invitó y compartimos un año un departamento así que también agradecido. Son todas las cosas que me ayudaron a poder seguir con mi sueño. Cuando me van a operar me dicen “tenés un problema en la sangre que no nos saltó en la primera operación y ahora sí, tenemos que hacerte estudios”. Los estudios eran 14 horas sentado y me cortaban con trinchetas para saber por qué no me coagulaba la sangre. Tengo un problema que se llama von Willebrand factor 8 que es hereditario: no me coagula la sangre. Sobreviví a una operación de 10 horas sin que me coagulara la sangre. Es lo que yo pensaba obviamente. Me volvieron a operar. Me dieron fecha de la operación del riñón para el 25 de julio, que es el día de la Virgen de Rosario San Nicolás.
— ¿En esa operación también la sentiste a la Virgen?
— Sí, cuando me dieron la fecha del 25 porque era una operación heavy del riñón. Porque si no salía tan bien me tenían que hacer una cirugía estética. Igualmente hacía dieta, usaba un corsé. La mirada del otro es muy fuerte. Te estoy hablando cuando yo tenía 13, 14, 15, 16 años. Me llevé el corsé a Bariloche, vos entrabas, la persona que te veía desconocía y te decía “¿qué te pasó, tuviste un accidente?”. Tenía que tener una fuerza de voluntad y una fuerza mental muy fuerte para atravesar todo eso.
— ¿Tus compañeros te ayudaban?
— Muchísimo. Después yo volví otra vez al colegio privado San Juan Bautista en San Nicolás y nunca sentí bullying. Un día me caí cuando yo ya había pasado a las muletas y me ayudaron.

— A mí me parece muy importante que hables de la presencia de la Virgen pero deja muy claro el rol fundamental de la ciencia y la medicina.
— Del Garrahan, de los médicos. Todos. A Alderete, mi oncólogo, yo le decía “voy a trabajar en la televisión, usted me va a ver en la televisión”. Mariano Noel fue el que me dio el corset, el traumatólogo. La salud no tiene precio. Y al Garrahan totalmente agradecido. Yo tuve una gripe en comparación de los casos que hay ahí adentro. Y nadie me lo contó, yo lo vi en persona. Un día mi mamá me dice “hay una chica de El Dorado, Misiones, que quiere venir a jugar las cartas con vos, ¿querés?”. “Dale, perfecto, sí, no hay problema”. Entra, la totalidad de su cuerpo, una nena de 14 años, totalmente quemado. En un campamento en Misiones se le cayó una olla entera de aceite hirviendo. Tenía 33 operaciones. Divina, una persona hermosa. Jugamos a las cartas. Nunca tuve prejuicios. Ahí tomás real dimensión de lo importante que es la salud en la vida.
— El Garrahan, por supuesto, hace un trabajo espectacular.
— Todos. Del primero al último. De la enfermera, del que te recibe, del camillero, Todos. Siempre que puedo he llevado artistas al Garrahan. Trato de darle alegría a los chicos porque cuando van están todo un día ahí adentro. Yo dormía en los pasillos con el corsé puesto tirado en el piso porque llegaba a las siete de la mañana y me iba a las tres de la tarde. Porque atienden de todo el país: metía tres, cuatro turnos o estudios, me compraba el diario Clarín, escuchaba la radio porque yo ya quería ser periodista y me informaba. Estoy eternamente agradecido. Tenemos para mí los mejores médicos del mundo no solamente en lo humano sino también en lo científico. Son lo más.
— ¿Cuándo te dieron de alta?
— Tardé 10 años en estar bien. Hasta los 23 más o menos ya empecé a salir del Garrahan y tener ya mi historia clínica para llevarla.
— Dejó de ser un tema permanente de la salud.
— Nunca fue un tema permanente de la salud en mi vida. Incluso cuando apenas me operaron y me dieron de alta. Nunca. Nunca. Yo quería volver a la matinée en Jetro en San Nicolás. Quería volver a jugar al básquet. Nunca fue un tema de victimización ni tener una prioridad. Nunca. Es más, te voy a contar algo, esto es fuerte porque a mí me marca a fuego de quién soy hoy, la independencia y todo lo que construí. Viaje a Bariloche. Había que votar a quién le daban los liberados. Impresionante, gané por goleada. Y yo lejos de decir “gané”, a mí no me gustó. Porque hablaba de la carencia o la necesidad. Entonces todas esas cosas yo no me las olvido. Para nada. Cuando yo entro a trabajar al diario Perfil hice dos cosas: me puse una prepaga porque no la tenía cuando me pasó y me pedí la tarjeta de crédito porque no la tenía cuando quería comprarme los botines o las zapatillas.

— Tampoco le tuviste miedo al laburo.
— Nunca. No, no. Siendo licenciado en periodismo trabajaba en uno de los clubes de San Nicolás en los veranos con el famoso chapitero que se le llama, que te traen el carnet e ingresan. Que lo tenés que controlar que entren por la ducha. Yo ya era licenciado en periodismo pero necesitaba plata. Trabajé tres días en una en una heladería donde no me habían hecho obviamente el psicofísico y comenté el tema del problema de salud y estuve tres días y me dijeron mira, no podés trabajar acá porque en verano bajamos 300 tachos de helado que llegaba de otra provincia. Trabajé en una tienda de ropa. Incluso cuando yo empiezo a colaborar con el diario estaba trabajando en una tienda de ropa y la primera nota fue con Alejandro Dolina, yo tenía 22 años. Y Dolina no le daba notas a Perfil y yo rezaba por favor que me dé la nota, que me dé la nota, que me dé la nota, hasta que un día me llaman y me dicen hoy a las seis de la tarde tenés la nota y yo estaba haciendo un noticiero en una radio allá entendés.
— ¿Soñaste mucho este presente?
— Lo soñé pero sobre todo lo trabajé. Lo trabajé con decisiones. Decisiones donde me ofrecían cosas que no quería hacer y por ahí me ingresaba dinero, pero preferí decir que no para construir una carrera. Y lo soñé muchísimo. Lo estoy disfrutando. Y no es que me quedo. Hoy siento que llegué acá a base de mucho trabajo, mucho amor, mucha paciencia, muchos no y aprovechando las oportunidades. Y siendo agradecido. Vos me das trabajo yo te agradezco trabajando todos los días y con la camiseta recontra puesta. Tal vez no te digo gracias todos los días, pero yo cuando me siento ahí voy preparado para darte lo mejor de mí. Les agradezco a las personas que me dan oportunidades en lo privado, en lo personal y en lo profesional, dándole todo de mí. Esa es mi manera de agradecer.
— Moria es súper generosa.
— Moria es lo más grande que hay. Estoy agradecido de la vida de trabajar con ella. Muy generosa. Lo que es delante de cámara es mejor fuera de cámara. Me ha dado muy buenos consejos. Ha estado, ha tenido el gesto de estar en mi cumpleaños y decirme unas palabras delante de mis padres y llamarlos a mis padres. Es uno de los agradecimientos que tengo en la vida. Y para con ella mi agradecimiento eterno.

— Viene un Gustavo del futuro, un Gustavo dentro de 20 años. ¿Qué le preguntarías hoy?
— ¿Disfrutaste? Me cuesta mucho disfrutar. Si bien tuve el apoyo de mi familia, de mis seres queridos, todo lo logré yo subiéndome al bondi y yo yendo a las paralelas, yendo a hacerme los estudios. Ya en un momento mis viejos obviamente no me acompañaban a hacer los estudios. Yo golpeando las puertas. Yo pidiéndole a uno. Yo tratando de aprender. Yo tratando de alquilar un monoambiente en el que viví seis años en Caballito con una escritura trucha que había comprado porque estaba desesperado y necesitaba alquilar algo y porque en mi casa no había escritura.
— Para garantía era esa escritura.
— Para la garantía, exacto. Entonces ¿disfrutaste? ¿Todo lo disfrutaste? Yo estoy tratando de disfrutar. Hoy voy todos los días feliz a trabajar con Moria Casán y mis compañeros. Todos los días. Y lo agradezco. Y si hay que bailar bailo. Y si no hablo en el programa no importa, yo estoy ahí. Era el lugar en el que quería estar. No hay más. ¿Qué hay más de Moria Casán? Siempre digo lo mismo. No sé, me invitan a ver Arjona al Arena y me invitan a comer agradecido y yo le digo a mi novia “disfrutemos esto porque no hay más”. Nos están dando sushi para comer. Lo mío eran los lunes comer sopa. No había vacaciones. Yo de vacaciones me fui a los 25 años a San Bernardo. Esas fueron mis primeras vacaciones.
— Me quedo con esto: disfrutar, que es súper importante.
— Por eso hablo de mi papá y de mi mamá, tratar de honrarlos y compartir. Hoy en día está el mundo tan superficial, egoísta, oscuro, hay que mostrar la unión de la familia con sus defectos, con sus peleas, pero que siempre pregone el amor y la fraternidad. Me quedo con eso.
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