“Cuando me despertaba decía: ‘¡P*ta madre!, otro día siendo yo’. Sentía que tenía un defecto, que había algo en mí que estaba totalmente roto y que no había manera de coserlo”, relató Dolores Campos en Ellas, el ciclo de entrevistas de Infobae, al recordar el camino íntimo de trauma, silencio y reconstrucción que atravesó.
Lolita es su seudónimo literario. Es escritora, conferencista y viajera argentina. Nació en Buenos Aires, pasó parte de su infancia en Francia y en la provincia de Santa Cruz, y más tarde adoptó un estilo de vida nómade que marcaría su obra. Tras desempeñarse como maestra y diseñadora, encontró en la escritura el medio para narrar experiencias atravesadas por la memoria, el dolor y la resiliencia. Es autora de 28 Rulemanes, Peritos de una fuga y Viajar, libros en los que combina relato autobiográfico, reflexión y prosa poética.
En los últimos años, su historia cobró gran repercusión por visibilizar las secuelas del abuso sexual intrafamiliar. A través de sus libros, conferencias y redes sociales, se convirtió en una voz de referencia para miles de personas que encontraron en su testimonio una forma de ponerle palabras al dolor y al camino de la reconstrucción personal.

—Me encanta tenerte acá porque creo que tu historia merece ser contada y en este espacio cada testimonio inspira o identifica a quienes están del otro lado. Hay historias que nos atraviesan y cuando las escuchamos nos resuenan. Pero antes de empezar, quiero preguntarte en qué momento de tu vida estás.
—Estoy duelando, recientemente separada. Obviamente con las heridas a flor de piel. Nunca me separé o me divorcié con una hija, así que todo es nuevo. Cuando mis seres queridos me preguntan: “¿Cómo estás? ¿En qué estado estás?”, les digo: “Todo es desconocido, es una sensorialidad completamente nueva”. Desde chiquita quizás me pasó de sufrir muertes cercanas de primas, abuelos. Entonces, cada vez que pasaba, volvía a pasar y medio que tenía el spoiler alert.
—De lo que habías sentido otras veces.
—Claro. De cómo iba a ir, cómo el agua se iba a ir calmando y cómo me iba a ir sintiendo. Y en esta vuelta estoy totalmente desorientada, desvalijada. Entonces, no sé en qué instancia me encuentro. Por momentos digo: “Ya estoy re cerca de estar bien”. Lo único que sé es que estoy muy lejos ya de la persona que quería dejar de ser.
—Eso no es poco y es un proceso, ¿no? Haciendo un paralelismo con la lectura, ya que sos una gran escritora, ¿sentís que cerraste un capítulo o sentís que terminaste directamente el libro?
—Sentí que cerré la trilogía de mi vida. O sea, que sé que es hasta acá… ¿Viste como en los países tienen su banda cronológica de los hechos trascendentes? Bueno, siento que hay un antes y después de esto en mi vida. Siento que realmente ahora es mi verdadero no sé si renacimiento o reencarnación (risas), no sé en quién me voy a convertir. Pero sí estoy segura que había un tamborcito adentro mío ya hace rato diciéndome: “Basta”. Sentía como si mi pasado fuese una sentencia y no lograba realmente aggiornarme a esa intuición, a esa nueva vida que quería vivir y despojarme de esa versión mía que no me gustaba.
—Cuando decís: “Mi pasado fue una sentencia”, ¿a qué te referís concretamente?
—Cuando conoces a alguien y te presentas, cargás con una mochila de abuso sexual intrafamiliar. Yo creo que la sociedad todavía no está preparada para mirar esa batalla, esa supervivencia con admiración. La miran como con lástima, como: “Uy, esta mina si pasó por eso debe estar un poco tocada”. Como si nos condenara casi a un tipo de locura o a decir: “Esta mina debe ser difícil con esto que le pasó”.
—Para quienes no te conocen, ¿quién es Lolita?
—Hoy me cuesta mucho definirla. Fui una niña muy rebelde, una adolescente totalmente rebelde, que cuando terminó el colegio decidió agarrar su mochi e irse a viajar. Fui una mujer en una búsqueda infatigable de su paz. Entonces, si me tengo que describir a la anterior, te digo una luchadora total de su paz que logró encontrar en la escritura su forma de transpirar.
—¿Y qué te quitaba la paz?
—La familia es algo que… Pensá que tirás la torre, el jenga lo desarmás por completo, esa figura que tenía esa persona en la familia. Obviamente enseguida el foco está puesto en lugar de tomarte como una víctima que pasó por eso, sos la persona que está tirando la familia, está manchando el apellido y sos la “culpable” del dolor de todos los integrantes de la familia, que el árbol genealógico es gigante y sos la que le está poniendo voz a ese dolor.
—Hubo muchos años en donde no recordabas ni eras consciente de lo que te había tocado vivir, ¿no?
—Sí, entre los tres y los ocho años.
—En todo ese proceso hasta que vos supiste lo que había sucedido en tu vida, en tu casa, con personas de máxima confianza que eran parte de la familia, ¿qué te resonaba física y emocionalmente que te hacía sentir que te faltaba paz?
—Primero mi vínculo conmigo misma. Era un odio a mí misma, inconvivible. Yo sentía que tenía un defecto, que había algo en mí que estaba totalmente roto y que no había manera de coserlo. No había manera. Y después, obviamente, empezó con los síntomas físicos, muchísimos. Fueron muchos síntomas uterinos. La pasé fatal. Y obviamente ahí me decidí a empezar a investigar. Yo tenía mis imágenes, no el rostro...
—O sea, vos tenías una conciencia de que habías estado expuesta a una situación de abuso, pero no tenías claro quién, cómo ni dónde.
—Eso siempre lo recordé. Siempre tenía la misma imagen. Después, cuando logré dar con el rostro, las imágenes empezaron a ser cada vez más nítidas y en diferentes momentos. Y ahí yo siempre digo, no sé si es polémico, pero cada mujer se enfrenta a diferentes duelos y formas de salir adelante. Mi trauma en sí, para mí se me acentuó mucho más en el momento de hablar con la familia, por la reacción, por la culpa de ver a mi viejo llegar y saber que se le había roto la mirada. Sentir la culpa dentro mío de decir: “Se la rompí yo”. Si yo no hablaba, todo seguía igual. Pero la consecuencia la pagaba yo en ese silencio insoportable, físico, mental, anímico y sentir que me tenía que exiliar. Yo me fui 12 años a viajar por el mundo porque sentía que en mi casa no pertenecía. Sentía que si yo estaba dentro de casa, la familia no funcionaba. Si yo estaba afuera, todos funcionaban bárbaro y que era mejor que la oveja esté lejos.
—Cuando vos lograste ponerle rostro a tu abusador y entendiste que era un miembro de tu familia, que ya había fallecido, ¿correcto?
—Sí. Ya había fallecido.
—Lo pudiste compartir y sentiste que todas las miradas se redirigieron hacia vos de una manera de profundo dolor, pero ¿sentiste apoyo de alguno de los miembros de tu familia?
—Totalmente. Mi familia núcleo: papá, mamá y hermanos fueron un muro, fueron incondicionales, estoicos al lado mío, obviamente con sus dolores y después, con el paso del tiempo, empezaron a sanar esos procesos. Pero después la familia más grande: tíos, primos y demás, sí sentí que el foco estuvo puesto en mi personalidad, en cuestionar… Yo justo ahí me casé, en medio de todo ese proceso. Nunca me voy a olvidar esta frase: “No está tan triste si se está casando. No vaya a ser cosa que esto no sea verdad y sea una forma de llamar la atención”. El mundo no está preparado hoy para acompañar. Creo que cada vez más sí, gracias a Dios. Pero en ese momento, yo sentía que tenía que justificar cada palabra, que tenía que pensar cada oración con exactitud, no vaya a ser cosa que sea malinterpretada y que mi verdad sea puesta en un laboratorio, como “a ver dónde se equivoca, a ver dónde algo falla”. Se me pidió hasta que dé detalles: “¿pero cuándo era? ¿En qué horarios? ¿Qué tenías puesto?”

—¿Recordás el momento exacto que pusiste rostro a tu abusador?
—Sí.
—¿Qué tuviste que transitar para, en esa búsqueda, poder ponerle nombre y cara?
—Yo siempre lo recuerdo como un tamborcito que sonaba dentro de una manera tan fuerte, pero tan fuerte, como si yo misma del futuro me estuviese diciendo: “Vas a llegar, pero te tenés que meter en el barro, te tenés que arremangar, vas a estar hecha pelota, pero no queda otra”. Había un envión de mí que decía: “Bueno, sí. Dale para adelante”. Pero después era otro que decía: “Pero estás viajando, estás bárbaro, estás chocha de la vida. Mirá los paisajes”. Era un tire y afloje interno insoportable hasta que llegué a Perú. Fui a hacer una ceremonia de ayahuasca, que es una medicina ancestral. Le tenía pavor porque yo sabía que en el momento en el que fuera a hacerla iba a surgir esto. Me levanté ese día con tortícolis, dura y me fui a hacerla igual. En la ceremonia, en la madrugada, me encontré con el rostro.
—¿Fue nítido? ¿En ese rompecabezas que vos tenías, la pieza que faltaba la pudiste poner?
—Sí.
—¿No tuviste ningún tipo de duda?
—Ningún tipo de duda. Obviamente el dolor desgarrador me acuerdo de estar gritando y diciendo: “Por favor no. Porque ¿qué hago yo con esto? ¿Qué hago?”. Yo me acuerdo que salí de la ceremonia al día siguiente y mi sentencia dentro mío fue: “Yo muero con esto, yo me voy a la tumba con esto”.
—Habías decidido no contárselo a nadie.
—De ninguna manera. Yo decía: “¿De qué va a servir? ¿Qué va a cambiar para el resto del mundo? Si la que lo pasó fui yo. Me la tengo que bancar”. Era la culpa y la responsabilidad que yo sentía. Si yo ponía audible lo que me estaba pasando, le ponía el on a lo que me estaba pasando adentro. Pero ahí empecé a adelgazar, llegué a pesar 38 kilos, me rapé y obviamente el ruido interno se empezó a ver externamente; y mi mamá se dio cuenta que algo estaba mal...
—Pero hasta ese momento vos estuviste en silencio.
—Sí en silencio total y convencida de no contarlo. En ningún momento titubee. Convencidísima que esto iba a morir adentro mío. Yo había tenido una pausa bastante silenciosa en el grupo familiar. No hablaba, no me comunicaba y mi vieja insistió bastante hasta que un día me llama por videollamada. En ese momento no se acostumbraba tanto porque era antes de la pandemia.
—Y en la dinámica de ustedes como vos vivías de viaje era más común.
—Claro. Me llama y la atiendo. Fue rarísimo porque no siempre tenía wifi y había que arreglar con tiempo la llamada para coincidir. Y ella me mira totalmente desarmada y me dice: “Por favor, decime qué te pasa. Porque no me puedo dormir. Todas las noches me voy a dormir sintiendo que te estás muriendo”.
—Recuerdo cuando nos conocimos tenías temas vinculados a la reproducción y te habían dicho que no ibas a poder ser mamá. Era medio sin causa aparente, pero vos tenías muy descartada tu maternidad. ¿Ella sabía de todo eso?
—Sabía perfectamente, pero como también yo había sido la rebelde, la oveja negra que se había ido a viajar, no sentían que era un mandato adentro mío, arraigado. No me veían como una Susanita…
—Pero cuando ella te decía: “Siento que te estás muriendo”, ¿pensaba en algo así de salud o le resonaba otra cuestión?
—Le resonaba porque me lo preguntó directamente: “¿Fue un abuso?” Y ahí estuve llorando como treinta minutos al teléfono. Era como si le hubiese permitido al mar arrancar el tsunami. Y yo lloraba. Y ahí ella a los treinta minutos de dejarme llorar al teléfono, se empezó a desesperar y empezó a nombrar personas. Por supuesto, quiso descartar a los más cercanos: a papá, a mis hermanos. Le dije que no, hasta que dijo su nombre.
—Enseguida tu madre asoció que había sido intrafamiliar.
—Sí.
—¿Le preguntaste después si ella había tenido alguna sospecha en algún momento?
—Nunca lo quiso y siempre fue muy castigada por lo que ella pensaba de él. Ella siempre se manifestó en contra, en muchas ocasiones. Sobre todo porque yo volví a vivir con él de grande, con este síndrome de Estocolmo que uno vuelve a quien le ha hecho muchísimo daño.
—Pienso en mujeres que están del otro lado y que quizás están atravesando situaciones similares y se quedaron con esa versión tuya de: “Voy a morir con esto adentro mío”. Qué injusto que las mujeres a veces tengamos que tomar ese rol de salvadoras de todo, incluso de nuestros propios abusadores, ¿no?
—De cuidarles la narrativa. Es terrible.
—Es duro, pero también profundamente inspirador que compartas tu testimonio. Lo hiciste en Peritos de una fuga, un libro que exige tiempo y atención porque relata con enorme sensibilidad tu historia. Pienso en quienes están del otro lado, incluso en quienes todavía conviven con sus abusadores. Ver que alguien pudo romper esas cadenas puede cambiarles la vida.
—Hay un momento clave que yo me acuerdo: cuando arranqué terapia con especialistas en abuso sexual intrafamiliar. Me acuerdo que yo le decía: “Me odio, yo me levanto y cuando me despierto digo: ‘¡P*ta madre!, otro día siendo yo’”. Y me acuerdo que Eduardo, que en el libro está como don Diego, que es mi angelito...
—Tu terapeuta.
—Sí. Me decía: “Fíjate que es tanto el amor propio que vos te tenés que decidiste hablar para salvarte”. Hoy quizás el amor propio no está puesto en que sostenerte cuesta un montón, pero me amé tanto que me banqué las consecuencias de todo lo que podía pasar después de ese tsunami.
—¿Qué pasó cuando tu madre le pone nombre y vos decís que sí?
—Le digo que sí y le hago hacer un pacto de silencio. Le digo: “Nunca más te hablo, no me volvés a ver la cara si vos decís algo”. Enseguida me empecé a arrepentir. Pero estaba desesperada por callarla. Ahí pasaron varios meses…
—Seguiste de viaje.
—Nos íbamos comunicando, ella acompañando como podía, hasta que llegué a Buenos Aires. Me acuerdo que le toco bocina. Imaginate, después de años viajando, sale mi viejo, mi hermana, mi hermana que había tenido a mi ahijada y era la primera vez que la iba a conocer. Y cuando se abre la puerta todos ahí afuera saludando y la veo a mama en la cocina lavando los platos. Y mi hermana diciéndole: “Mamá, ¿podés salir? Acaba de llegar Lolita”. Y en un momento conectamos así la mirada y yo vi y dije: “Ella sabe que vengo con esta bomba en el cuerpo”. Sabía que en el momento que yo ponía un pie en Buenos Aires, la familia iba a estallar.
—Pero te cumplió su palabra y no dijo nada.
—Cumplió su palabra. Ahí enseguida arrancamos las dos juntas terapia con el especialista, con Eduardo.
—En ese momento entraste en tu casa y no dijeron nada.
—Absolutamente nada. Obviamente, se sentía energéticamente una cosa extrañísima y había preguntas: “Che, ¿hablaste con Lolita? ¿Está bien? ¿Algo le pasa?”. Fueron meses de mucho acompañamiento y me acuerdo la primera vez que fui a este terapeuta que llegué y me acosté en su sillón. Me acuerdo que le dije: “¿Me puedo sacar los zapatos?” Y me acosté. Era como la guarida, porque ahí era todo verdad. En el momento en que salía, yo tenía que fingir. Entonces, cuando yo entraba en la puerta de él, era como que…
—Aflojabas.
—Era como si mi diario íntimo estaba expuesto y ahí era todo verdad y yo podía estar y descansar en lo devastador de sostener esta herida. Cuando salía afuera, la herida se tenía que cerrar inmediatamente, me tenía que aguantar el llanto, el nudo de garganta. Entonces, era un placer cada vez que entraba a su casa. Y me acuerdo la primera vez que llegué y le dije: “¿Cómo sabés que te estoy diciendo la verdad?” Porque la peor batalla que yo tuve que lidiar fue con mi mente.
—¿Qué sentís que fue más difícil el momento en el que le pusiste rostro a tu abusador o esa sensación de autocuestionamiento en relación a si esa verdad era tal o había partes que estaban huecas y las estabas tratando de rellenar?
—Yo creo que el diario del lunes se va actualizando. Obviamente, si te habla la Lolita de Perú, te va a decir: “Cuando vi el rostro fue el peor momento”. Creo que el dolor que más perduró y con el que más tuve que laburar era con la duda. Era decir: “¿Qué pasa si esto fue una pesadilla y yo estoy destruyendo una familia? No puedo volver atrás”. Yo decía: “Mirá si en 10 años yo lo cuento y digo: ‘Ah, no, fue una pesadilla, al final me confundí’”. Ese era mi pensamiento. Entonces, era buscar todo el tiempo adentro mío síntomas, señales de que yo tenía quizás un diagnóstico de esquizofrenia, que alguien no me había descubierto, que yo era una mentirosa patológica y que quería llamar la atención, ¿viste?
—Un poco lo que pensaban algunos de los miembros de tu familia.
—Claro. Entonces, todo el tiempo buscaba adentro mío pistas, a ver dónde en mi adolescencia alguna vez había mentido. “¿Ves? Ahí mentí, quizás", me decía a mí misma. Porque una no se cree.
—Te preguntás: “¿Cómo esta persona me puede hacer esto?”
—Ahí arranca el proceso, quizás el último en el que me encontré fue el de la confusión. Porque yo veía las fotos de los cumpleaños y decía: “¿Cómo esta persona a la que yo muchas veces le dije te quiero y lo abracé, cómo me pudo hacer tanto daño?”. Después también se desencadena lo vincular en como después una se va vinculando en la vida, que es una de las peores cosas con las que tuve que cargar y de la que jamás voy a poder perdonar, porque a la hora de vincularme siempre lo hice con una confusión extrema de dejar pasar humillaciones, mentiras, abuso psicológico total. Porque si de chiquita alguien al que supuestamente me dijeron que me amaba y que tenía ese rol en mí de cuidarme y de protegerme, me hizo ese daño con secuelas emocionales eternas...
—Y físicas.
—Sí, físicas. Pero las emocionales yo creo que son eternas. A lo que le tengo que estar poniendo barniz y revisando todos los días.
—Claro, ¿cómo vas a confiar en un desconocido?
—Y elegimos mal.
—El terapeuta, ¿qué te decía cuando vos te cuestionabas que quizás había partes de invención y no de realidad?
—Me acuerdo que me dijo: “Cuando alguien tiene sarampión o varicela, no se puede mentir porque tiene toda la cara brotada. Cuando alguien tiene un dolor de muela. No lo vemos, pero toca creerle porque se está agarrado la cara, le duele y le dan medicamento. Cuando alguien tiene dolor en el alma, se lo ve en los ojos. ¿Vos te miraste al espejo?”. Le digo: “No puedo”. Yo me acuerdo, en ese momento me llegaba a bañar tres veces por día, lavarme las manos. No me podía mirar al espejo. Me sentía fea, desintegrada. Y me dijo: “Eso no se puede mentir, las emociones no se pueden inventar”. Así que fueron minipasitos para volver a confiar en mí misma.

—Se lo contás a tu padre, se lo contás a tus hermanos, ¿qué devolución tuviste ahí?
—Los hermanos fueron incondicionales. Ahí a mis viejos, los dos, hicieron un trabajo espectacular porque la incondicionalidad fue de fierro. Obviamente después, con los años, cada uno fue abriendo su propio proceso y hemos discutido, nos hemos peleado, no fue todo color de rosas para nada. Pero la incondicionalidad de “estoy acá”, la sentí siempre. Después sí la primada y los tíos, fue mi gran dolor. Después de eso me fui a Costa Rica, pero antes de irme me atreví a una reunión más. Mi viejo se estaba yendo a juntar con sus hermanas y parte de la familia. Y me acuerdo que lo veo subirse al auto y estaba totalmente roto él. Lo miro y le digo: “Yo te acompaño”. Y papá me dice: “No. No te expongas porque te van a preguntar a vos las preguntas que me tienen que hacer a mí”. Pero lo acompañé. Obviamente estaban todos y fue una carnicería porque las preguntas que hicieron yo creo que quizás ni se las acuerdan. Pero yo me las acuerdo todos los días de mi vida. Porque fue como si me patearan la cabeza tirada en el piso.
—En un punto también hay un sentimiento de seguir protegiendo al monstruo, ¿no?
—Hasta el día de la fecha. Hace muy poquito fui a una reunión, donde se habló sobre Peritos y hablé abiertamente sobre quién era. Cuando salí le mandé un mail a quien me había recibido y le dije: “Quizás para vos esta reunión fue una de las millones de reuniones que tenés, pero yo por primera vez pude decir su nombre sin sentir miedo de haberlo dicho”. Porque hasta el día de la fecha lo protejo. Quizás por proteger a mi viejo, por querer seguir cuidando a la familia. Pero siento que en eso hay, de cierta manera, una complicidad con ese silencio.
—¿Se perdona?
—No. Porque hasta el día de la fecha tengo que seguir eligiendo vivir, seguir eligiendo amar la vida. Todos los días es una nueva oportunidad para mí para elegir el lado de la vida. Y eso es muy injusto. Porque me doy cuenta de las secuelas. El perdón es conmigo, con haberme permitido tantos años de silencio, de haber dudado tanto de mí, de haberme sentido mi propia enemiga, de haber preferido mil veces ser otra persona. A mí cuando nací me dieron un trabajo: cuidar a esta humana. Bueno, la descuidé durante muchísimos años con todo el bombardeo mental, todo el castigo, el daño que yo no había ocasionado.
—Hacías lo que podías con todo lo que te había pasado y pudiste un montón. A tía, tío, prima, primo, no importa, que no te creyó, que te juzgó y te cuestionó, ¿se lo perdona?
—Menos. Porque tenían la oportunidad de hacerme el dolor más liviano y me lo hicieron profundamente más difícil. Y aparte, cuando ves a tus amigas al lado tuyo son de fierro, tan incondicionales, pero tan incondicionales... A mí me encanta la gente que te espera cuando uno se está atando los cordones. Y mis amigas ¿sabés los años que me vienen esperando? Porque aparte saben el potencial que tiene mi risa, saben que puedo ser feliz y me vienen esperando en cada caída. Entonces, al ver a esos incondicionales que eran en su momento primas, tías y demás, que me vieron crecer y que en lugar de acompañar eligieron hacerme el camino más difícil, no se perdona. Y mirá que intenté. Lo intenté, lo intenté, lo intenté, pero hay algo en mí que cuando conversamos, porque nos hemos sentado a conversar, hemos tenido la oportunidad de conversar, pero hay algo en mí que lo rechaza totalmente, que sé que es la Lolita que no va a permitir nunca más que la dañen de esa manera.
—Después de todo ese dolor, la vida sin dudas te recompensó. Hoy estás parada desde otro lugar y el proceso de sanación te regala a Amapola. Porque finalmente, después de que los diagnósticos te decían que no te ibas a poder convertir en mamá, llegó ella. Una niña, aparte, con todo lo que eso implica. ¿Cómo fue ese proceso?
—Es impresionante la cantidad de aristas que tiene este proceso. A donde vas hay una mina que va a explotar. Entonces, cuando nace ella, era tal el amor que yo sentía, que me desbordaba y no la podía dejar ni dos segundos. Incluso me costó un montón darle ese espacio. Era como si hiciera un fuerte, un blindado alrededor de ella que era insoportable al principio. Pero en ese momento, pum, la mina que piso fue: che, si yo amo tanto a este ser y no quiero que le pase nada, ¿cómo fue que no me hayan cuidado?
—Claro, empiezan los cuestionamientos hacia arriba.
—¿Por qué no me cuidaron? Porque esto pasó durante años. ¿En dónde estaban? No por culparlos, porque yo a mi vieja le decía: “Jamás te voy a poder culpar a vos, Ni la sociedad ni yo”. La nombro mamá, pero papá también. Jamás los voy a poder culpar de lo que no se pueden ni imaginar. Obviamente que no.
—¿Y cuando se los preguntaste qué te contestaron?
—Obviamente también eran tiempos distintos, la conciencia era otra. Mamá tenía cuatro hijos, mi viejo laburaba todo el día.
—Aparte, ¿qué se podían imaginar esto?
—Y no te podés imaginar que al dejarlo con un abuelo... Pueda pasar algo así.
—Si pudieses tomarte un mate con la Lolita de todo ese ruido emocional, mental, físico, de antes de tomar la decisión de decir: “Voy a ir a hacer esta sesión, voy a ir a hacer esta ceremonia, yo quiero encontrar la verdad”, ¿qué le dirías?
—No sabés el abrazo que le daría...
—La apoyarías a que siga en esa búsqueda, siempre.
—Pero totalmente. Le daría pero el abrazo más profundo y le diría: “Fuerza, guerrera, te queda un camino totalmente incierto, pero con muchísima recompensa. Muchísima”. Y lo sé porque tengo amigas de fierro al lado que eso lo eligió esa Lolita del pasado. La familia no se elige, la historia no se elige. No pude cambiar el principio, pero pude cambiar el final con las amigas maravillosas que me han acompañado. Así que a esa muchacha la abrazaría, le pediría perdón por cuestionarla tanto. Pero que esa búsqueda infatigable nada tiene que ver con una falla en su sistema de personalidad. Tiene que ver con una intuición, que ella la sabía. Pero que había que negociar con el miedo.
—Y me convierto por un ratito en el personaje de Eduardo, tu terapeuta, y te pregunto: ¿ahora te mirás al espejo?
—Sí.
—¿Y te gusta lo que ves?
—Sí. Y hacemos el ejercicio con mi hija todas las mañanas cuando nos levantamos. “Soy maravillosa, soy poderosa”. Obviamente hoy me encuentro en otro proceso, con otro duelo, con secuelas muy parecidas. Pero estoy muy orgullosa de la mujer en la que sé que me voy a convertir, porque ella eligió que el camino de quienes dañan, no nos pertenece.
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