“Siempre estoy trabajando, haciendo shows y todavía se factura con La pollera amarilla. Es un hit que hoy siguen cantando hasta en la cancha”, reconoció Gladys La Bomba Tucumana en Desencriptados, el ciclo de entrevistas de Infobae, al referirse a la vigencia de la canción que marcó su carrera y al impacto que continúa teniendo en su vida profesional.
Su nombre real es Gladys Nelly del Carmen Jiménez y es una de las figuras más emblemáticas de la música tropical argentina. Nacida en San Miguel de Tucumán, inició su carrera profesional en la década de 1980 y se convirtió en una de las pioneras femeninas del género.
A lo largo de más de cuatro décadas de trayectoria, lanzó más de 20 discos, obtuvo múltiples certificaciones de Oro y Platino, recibió reconocimientos como el Diploma al Mérito de la Fundación Konex y se consolidó como una de las artistas más influyentes de la escena tropical. Además de su carrera musical, participó en televisión, teatro y diversos emprendimientos, manteniéndose vigente en el mundo del espectáculo argentino hasta la actualidad.

—¿Seguís cantando La pollera amarilla?
—Sí, abro y cierro. Por ahí me piden un bis, así que va siempre. Esa es la parte que la gente espera de alguna manera. Porque tengo muchos temas, no solo La pollera amarilla. La gente a la que le gusta mi música saben cuál es mi historial a nivel discográfico. A veces hay gente mala y dice: “Es el único tema que tiene”. Y ya aburren con eso, me tienen podrida. Para todos los que digan que es el único tema que tengo, la carrera que tengo es increíble y estoy muy agradecida de La pollera amarilla. Es un orgullo para mí, imaginate que lo cantan hasta en la cancha. ¿Qué artista no sueña con eso?
—¿Tu ingreso central siempre fueron los shows o ganabas buen dinero con la venta de discos?
—No. Con la venta de discos yo nunca gané dinero. Y no sé si algún artista gana. Pasa que en mi época yo firmé un contrato, que le pasó a muchos artistas de la movida tropical, medio extraños. Yo nunca gané dinero con regalías de discos y soy muy vendedora de discos, cuando existía el disco físico. Porque ahora viste que es todo digital, por redes. Pero yo vendía muchos discos. De hecho, tengo montones. La compañía se hacía cargo de las ventas, pero era para ellos la regalía. No le daban nada al artista. O sea, mi único ingreso real es que me suba al escenario y cante. De otra forma, no. Eran unos contratos que creo que se llaman leoninos.
—¿Es verdad que vos tenés un récord de 15 shows en una noche?
—¡Sí! Inolvidable, la verdad. En una noche, ese día específico, fui la persona que más trabajó. Pero esa era la cantidad de shows que hacía: 13, 14 o 15. Así era. Laburaba muchísimo. Pero desgraciadamente también en esa época yo no era la dueña de mí. Tenía un representante y yo ganaba un sueldo. Me pagaban por show una plata específica, simbólica y chau. Me acuerdo que hacíamos las bolsas de guita, las bolsas de residuos negras llenas todos los bailes. Hacíamos, ponele 10, 12 o 15 bailes. Y eran bolsas y bolsas. Después a mí me pagaban unas monedas y yo me volvía feliz a Tucumán porque para mí era un montón de plata en esa época. Pero en realidad era muchísimo más plata la que me correspondía. Hay mucha gente que ganó mucha plata conmigo.
—¿Y hace cuántos años lograste independizarte y poder ganar todo para vos? A ser tu propia PyME.
—Siempre lo digo en broma: yo tendría que estar rascándome en mi casa, divina. Pero tengo que seguir trabajando. Desde el año más o menos 97 o 98, pude ser mi propia representante y ser yo dueña de mi propia empresa. Ahí pude tener un techo propio y tener mis cosas. Imaginate si yo hubiese manejado desde el principio…
—¿Pero te hiciste millonaria?
—No, nunca. Ojalá. ¡Dios te oiga! Pero no pierdo las esperanzas de que pueda surgir y puedan venir cosas buenas. Nunca hay que perder la esperanza, la fe de que pueda pasar y de estar bien para poder hacer cosa por las personas a las que amo. Me encantaría poder ayudar. Incluso hace poco puse un negocio, invertí en el país, sacrifiqué mis ahorros y la verdad que cuesta sostenerlos con la situación del país...
—¿Qué pusiste?
—Un local de empanadas artesanales, hechas a mano, no industriales. Acá en Buenos Aires, en Recoleta.
—¿Y cómo va?
—Va bien, pero cuesta. Es impuesto de acá, impuesto de allá, empleados... Uno tiene todo en regla y se paga un montón de impuestos. Pero ahí va. Vender, vendemos. Es un sueño que yo tenía de traer las empanadas nuestras a Buenos Aires. Ahora vivo hace seis años acá. Pero cuando venía y probaba las empanadas de acá decía: “¡Uy! Qué fea. Como me gustaría que los porteños conozcan las empanadas de acá”. Y era un sueño que nunca podía hacer realidad y mi pareja, Luciano (Ojeda), que falleció hace muy poquito y fue mi gran amor, él me ayudó a hacer realidad ese sueño de tener el local.

El amor inesperado y la despedida: la historia de Gladys y Luciano
—Tu historia de amor con Luciano es linda. ¿Vos qué edad tenías cuando lo conociste?
—Yo tenía 57 años.
—¿Y él?
—Estaba próximo a cumplir… 35 (risas).
—¿Es verdad que te gusta el colágeno? (risas).
—Es como un mito que hay de mí, que dicen: “Che, a la Bomba le gustan los pendej*s” ¡No! Te juro que no (risas). Le llevaba 20 años...
—No te dan las matemáticas.
—No, es que él no era un pendej*. Él era un hombre, un hombre adulto... Había una diferencia, pero ¿sabés qué? Yo nunca me daba cuenta. Y él tampoco, te juro. Él era un hombre maravilloso.
—Pero escuchame, de los 57 años para atrás, con todos los que saliste, ¿un día se enteraron que no fueron ningún amor de tu vida? ¿Ni siquiera el padre de tu hijo?
—No, el, el papá de mi hijo fue algo diferente. Yo con él me casé. La ilusión de salir vestida de blanco. Yo pienso que me gustaba tanto que tenía un deslumbramiento y como un amor, pero así de esos que después se pasan. Cuando te hacés grande, te das cuenta. Yo agradezco a Dios que lo conocí a Ariel, que lo quise un montón y que yo pensaba que estaba enamorada. Pero después, cuando pasa el tiempo, miro y digo: “No, amor es esto que yo me pasó ahora”.
—Quizás era un amor diferente...
—Un amor diferente, sí.
—A los 57 años dijiste: “Me enamoré y no esperaba esto en mi vida”. Pero quizá de Ariel estuviste re enamorada también.
—Sí estuve, obvio, estuve enamorada. Me casé con él, sino no me hubiese casado. Me casé. Fue hermosa toda mi vida con él. Aparte, fui mamá de mi único hijo, que amo con el alma. Y él también es único hijo de su papá. Aparte un bombón, una persona hermosa, pero es un amor diferente.
—¿Ariel te recriminó cuando vos contaste esto en el medio?
—No, nunca. Ariel está casado, divino, hace mucho. Yo estoy divorciada hace muchos años de él.
—No, pero quizá te decía: “Gladys…“.
—“Desgraciada, me has cag*do, te casaste conmigo, hija de mil, y no me querías” (risas). No, no pasó. Nunca me reclamó nada. Nadie apareció a reclamarme nada. Así que todo bien. Yo tranquila, porque soy feliz pudiendo contar esta historia y decir la verdad de lo que yo siento.
—Con tu hijo tenés un amor muy fuerte también, como un Edipo...
—No sé si Edipo. Edipo no... Santiago es un chico muy independiente, jamás fue dependiente de mí. Todo lo opuesto a lo que la gente fantasea. Fantasea que estamos todo el día juntos y que yo le digo: “Andá para allá” y que mi hijo va. “Bueno, mamita”. No, nada que ver. Es una fantasía de la gente eso.
—¿Vos cómo sos como suegra cuando te traía candidatas?
—Yo soy divina. Sino vayan y pregunten. Yo soy un amor. Con quien mi hijo elija, está todo bien para mí. Nos tenemos mucho respeto, que es lo más importante. Él sabe que soy su mamá, no su amiga. Aunque tenemos una relación también hermosa. Me acompañó mucho en este último tiempo con la pérdida de mi amor. Me puso su hombro, su pecho para que yo llorara, que siempre las mamás somos las que hacemos eso. En este caso fue mi hijo el que me estuvo sosteniendo todo este tiempo. De hecho, se quedó prácticamente a vivir en Buenos Aires. No vive conmigo, pero se quedó acá porque yo me quedé sola.
—¿Qué pasó cuando se enteró que salías con Luciano y que era más joven? ¿Qué te dijo?
—No, nada. Porque él también es feliz si yo estoy bien. Y él sabía que yo era muy feliz. Lo quería mucho a Luciano. Él también lloró mucho la pérdida de Luciano. Eran muy amigos y se querían un montón. Éramos familia los tres, ¿entendés? Entonces Fue un golpe muy duro para mi hijo también.
—Luciano cuando tuvo el diagnóstico de su enfermedad, ¿se quiso alejar para que vos no sufras y no lo veas así?
—Sí. Literalmente me dejó y yo hice de todo para estar con él. Por eso entiendo que él era mi gran amor. Porque nunca me lo hubiera imaginado. Yo tengo esa cosa que algunas mujeres, tal vez de mi época, tenemos del orgullo de una dama. Pero yo hice de todo. Fui a buscarlo a donde vivía él, que ni me acordaba donde vivía la madre, porque vivíamos juntos, el ya no tenía departamento. Y se fue a la casa de su mamá. Un día yo estaba de gira en Tucumán y decidió irse porque empezaba quimio y no quería... porque él amaba que yo fuera feliz, que sonriera y cantara. Amaba lo que yo hacía. Él sabía que iba a morir en algún momento y que yo iba a quedar devastada. Y tenía razón. No quería que me pasara eso, todo lo que ahora me está pasando, que yo iba a estar quebrada, que cada vez que lo nombre me iba a poner mal porque no sé cómo se explica el amor que nos unió, el amor tan leal, fiel, tan honesto, sin dobles intenciones. Me sentí muy amada. Los dos decíamos que nos conocíamos de antes. Luciano era muy maduro, no era un chico de su edad. Él siempre me decía: “Mamita, yo nací viejo”. Era licenciado en higiene y seguridad en el trabajo.
—¿Qué sentís que vino a enseñarte este amor?
—Él me enseñó a amar, a sentirme amada, a sentir que era valiosa, a que si compartís algo con amor, aunque sea lo último que tengas, aunque sea un vaso de agua y lo das con amor, es lo más lindo que a vos te puede pasar, no al otro. Al otro quizás le haces mucho bien, pero a vos te hace más bien. Nosotros éramos felices llevando una caña de pescar a la orilla de cualquier río, en cualquier lugar. Él armaba su carpa y amaba todo eso. Amaba todo lo que yo amaba y que nunca pude vivirlo con otro, ¿me entendés? Lo viví con él por primera vez en mi vida y yo soy re católica. No me enojo nunca con Dios, pero a veces con la vida sí y digo: “¿Por qué? Yo me merecía este amor. ¿Por qué tuvo que pasar esto en esta etapa de mi vida donde por primera vez soy inmensamente feliz con alguien?” Es tan tremendo... Era muy joven y sufrió un montón. Yo estuve llorando durante cuatro meses, pidiéndole por favor que me dejara acompañarlo. Fui a buscarlo a su casa. Me echaron de su casa, me desconocieron. Su familia me sacó cagand*. Pero porque él se ve que les dijo: “Si llega a venir algún día, quiero que ella se aleje, quiero que se olvide de mí, que vaya sanando, porque yo en algún momento me voy a morir”. Porque él era recontraculto, ¿viste? Un chico estudioso. Y él sabía cuál era el final. Yo alucinaba, soñaba y tenía la esperanza de que mi amor iba a estar bien, que se iba a curar. Yo nunca pensaba se iba a morir. Yo pensaba ya va a salir de la quimio y le va a crecer el pelito de vuelta y va a estar bien. Y vamos a hacer todas las cosas que queremos. Porque él era re hacendoso, le gustaba la casa, le gustaba cocinar...
—¿Y cuándo te cayó la ficha?
—Él murió el 24 de mayo del año pasado y, el 10, yo lo tenía que llevar a que haga diálisis, porque con la quimio se le rompieron sus riñones. Entonces, empezó a hacer diálisis, todo era un desastre. Y ahí lo empecé a ver cómo empezó su cuerpo a cambiar. Después me di cuenta. Yo en el mientras tanto no, porque lo amaba tanto que yo lo veía con los ojos del amor. Pero por ahí publicaba una foto y me decían: “Pobrecito, mirá cómo está”. Después que él murió, veo las cosas y me quiero morir. Digo: “Así estaba mi amor y yo nunca jamás me di cuenta”. A los cinco días lo llevé y lo interné, que ahí ya estaba asustada y lo llamé a mi hijo. Mi hijo viajó de Córdoba porque yo le dije: “Mi amor, me parece que Luciano está mal. Tengo miedo. Vení, por favor”. Y bueno, ahí vino mi hijo y vino la familia de él y ya mi amorcito estuvo re consciente hasta el último día pidiéndome perdón por todo, porque había luchado, pero no podía más. Me decía: “Mi amor tenés que seguir adelante. Mamita, te amo. Gracias por haberme hecho conocer el amor. Gracias por tu lealtad, por tu fidelidad, por tu amor”. Y pidiéndome perdón porque me iba a dejar. Y yo llevé un cura e hicimos bendecir los anillos. Él estaba consciente y ahí me pidió que sea su esposa para eternamente y yo acepté. A los dos días se fue mi amor, se durmió y se fue. Tenía 38 años.

El amor después de los 60: exigencias, límites y humor para volver a empezar
—Después de sanar y de recomponer tu vida, ¿estás abierta a conocer a alguien o no? Porque sos una mujer que me imagino que siempre estuviste con alguien.
—Estuve sola muchos años. Y no, por ahora la verdad que no. Soy grande ya, tengo 61 años. Entonces es como que digo: “Mmm ¿Pasará? ¿Pasará que alguien se vuelve a acercar a mí a querer conocerme y yo tendré ganas de eso?”
—Yo creo que sí. Sos una artista, viajás por todos lados, cantás, hacés shows, seguís estando vigente...
—Activa.
—Tenés buena onda. Te deben sobrar los candidatos. Solamente tenés que saber para dónde mirar, Gladys.
—Sí, puede ser.
—Quizá estás con los ojitos cerrados, pero cuando los abras vas a ver.
—Bueno, esperemos que pueda aparecer alguien que yo merezca y que me merezca. Porque soy buena gente, porque lo único que necesito es que me quieran, nada más. No busco más nada que eso.
—¿Son difícil de conquistar?
—Sí, olvidate. Toda mi vida, siempre.
—¿Primera cita? Vas a comer algo y…
—No. Primera cita jamás. Nunca. Desde que soy muy joven. Nunca en mi vida. Por ejemplo, tuve un montón de noviecitos cuando iba al secundario sin que pase nade, pero que estuve de novia en serio fue con el papá de mi hijo... Y no pasaba nada con él. Ya el chico me iba a dejar, me quería pegar una patada porque decía: “Yo tengo un millón de minas, todo bien con todas, y vos, que justo sos la chica que me gustás bien, en serio, para ponerme de novio, han pasado como cinco meses o seis meses y nada”.
—¿Lo hiciste esperar seis meses?
—Sí, cinco meses fácil. Vivía en Córdoba. Y después no le quedó otra que proponerme matrimonio (risas). A los ocho meses de estar de novios nos casamos y no le quedó otra, porque sino, no me iba a tocar (risas). En ese sentido soy así. No sé si será mi crianza, por mi edad, qué sé yo, mi generación, no lo sé, pero soy muy jodida con eso. Nunca fui a acostarme con alguien que haya conocido en un boliche o en algún lugar. Mucho menos ir a una cita e irme después a dormir con alguien. Jamás. Nunca en mi vida. Con Luciano, que de hecho yo estaba perdidamente enamorada desde que lo conocí y el chico me encantaba, tuvieron que pasar muchos meses... Yo lo conocí en enero y pasaron febrero, marzo, abril y mayo. En mayo o junio, por ahí, recién había pasado algo.
—Creo que todas las personas que vinieron acá, sos la única que me contestó esto. Me llama la atención.
—Y actualmente soy más. Aparte, si yo te llego a contar, te matas de la risa. Yo te cuento las cosas que yo he hecho con personas con las que tuve relaciones estables antes de tener relaciones y te morís. Análisis de esto, análisis de lo otro, de todo. Soy re jodida con eso. Yo no me acuesto con cualquier persona. Primero me tiene que encantar mal la persona todo: su aliento, su olor, sus dientes, su cara, todo. Perfumado, rico, limpio, impecable, inmaculado, porque yo soy así también. Soy muy cuidadosa de mi persona, de mis perfumes, de mis olores, de todo. Soy impecable con eso.
—¿Para vos una red flag es que el flaco tenga olor a chivo?
—Ni siquiera charlaría. Dos segundos charlo y ya me doy cuenta de todo. Tengo el olfato súper desarrollado. Me encanta todo eso de una persona. Me tiene que gustar todo eso, que cuando se ría yo le vea hasta la última muela impecable y todo divino, porque yo soy así. Cuando hablo con alguien yo ya sé si tiene rico aliento sino ni ahí me acerco. Todo eso, sumado a que después, cuando de verdad ya me gusta esa persona, y si decidimos que vamos a estar juntos, le digo: “Yo te presento todas mis cosas, mis análisis, que yo estoy divina, sana, impecable de todo, y vos me presentás todas tus cosas, sano, impecable, divino, todo y ahí recién arranca”.
—Me encanta porque dice: “Bueno, tercera cita con Gladys, vamos al laboratorio. Venite en ayunas. ¿A qué hora te paso a buscar? (risas)
—Sí, sí (risas). Soy muy jodida con eso. Puede ser que me encante, pero me dijo hola y si tiene un alientito medio raro, ya no me gusta. O sea que todas las personas con las que yo estuve olían bien, eran ricos, tenían sana su boca, sano su cuerpo, sano todo, divino como tiene que ser. Porque yo qué sé con quién... no sé nada de esa persona. Si recién me estoy conociendo con tres meses, no significa que lo conozca. Menos me iría a acostar, por más que use todas las medidas de seguridad con alguien que conozco en un boliche. ¡Ni loca! ¡No! Tendría que nacer otras millones de vidas...
—¿Cómo venís con el tema del olfato? ¿Vengo bien yo?
—Vos venís divino, pero igual me puedo acercar y sentirte, si querés. Y vos también me sentís a mí, a ver cómo vengo...
—A ver, plfateémonos.
—Qué bien olé. Me gusta. Pero ya está grande para mí. Así que no se preocupen… (risas).
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